Mayo, rosas en un oasis berebere
Justo antes de que los pétalos de rosa se vayan rumbo a manos de perfumistas franceses, los cultivadores bereberes los juntan, los celebran, los hacen collares y bailan en un hermoso festival de tres días en el oasis de Kelaa M’Gouna.
Por
Valeria Burrieza |
diciembre 2006-enero 2007
|
Tags:
rosas, bereberes, perfumes, aromas, marrakech
Al costado de una carretera desolada, un sendero de alfombras con dibujos geométricos y coloridos marca el camino hacia una carpa de lona. No hay rastros de personas. Sólo una decena de camellos que deambulan entre piedras y polvo, y que resultan graciosos, con sus bigotes y esa manera tan despreocu- pada de babear. Nadie me ve, así que puedo ceder a la tentación de tocar sus lanas polvorientas sin sentirme una turista ridícula. Pero apenas estaciono el auto, salen disparadas de la tienda tres niñas envueltas en telas brillantes. Uñas rojas, pies descalzos, collares, pulseras, dibujos en la cara, ojos delineados. Enseguida, salen otras ocho, diez, y ahora un ejército de mujercitas adornadas me toca la cara, el pelo, la ropa, el auto. En segundos trepan y se acomodan en los asientos. Pierdo de vista las llaves y veo cómo mis chicles pasan de boca en boca. Sacuden el volante, el claxon, gritan, ríen, asoman cabezas, brazos y pies por las ventanillas, se pelean por conseguir un lugar.
Me resigno. Definitivamente, pienso, he perdido el control.
Estaba a un paso de Kelaa M’Gouna, uno de los últimos oasis que hay en el sur de Marruecos antes que el Sahara devore todo con sus arenas infinitas. En mi imaginación, un oasis era un paraíso perfecto y ondulado, con pajaritos y agua transparente esperando una zambullida. Todas esas imágenes resultan absurdas ahora que estoy en el medio de la banda de las uñitas pintadas en este páramo de tierra y piedras.
Una de las nenas más grandes, de doce o trece años, me invita a pasar a la tienda. Tiene la frente tatuada con símbolos y puntos negros y por sus gestos entiendo que es una señal de que está casada. La carpa es grande y huele rico, hay pétalos rosas en cuencos plateados, en canastas, en collares. Hay un perfume dulce y delicioso en cada centímetro del hogar donde imagino que viven una vida tan nómada de pensamiento como de horizontes y costumbres.
El piso es de alfombras superpuestas. Entiendo por qué están descalzas y yo misma me quito las pantuflas naranjas que compré en el zoco de Marrakech. En los bordes algunas mujeres bordan, otras tejen, decoran almohadones o hilvanan pétalos en collares. Están quietas, mudas y me dedican miradas suaves sin dejar de mover las manos.
Una ráfaga de niñas entra corriendo, me jala del brazo y me empuja hacia una montaña de collares de flores rosas. Me prueban varios, se alejan para mirarme y vuelven saltando en puntitas de pies a ponerme más, a tocarme el pelo, la ropa, los collares. Soy un ejemplar exótico, como ellas para mí.
Pero ellas no tienen pudor.
DE LA MECA AL OASIS DE KELAA M’GOUNA
Es mayo, primavera en el sur de Marruecos, y los rosales del Valle del Dades estarían en flor si no fuera porque las mujeres se apuraron a cosecharlos antes de que los pétalos perdieran su juventud. En cada recoveco de este valle salpicado de oasis crecen rosas de una especie llamada damascena. La leyenda cuenta que la primera planta llegó en alguna caravana desde la ciudad santa de la Meca, hace unos 300 años y que creció en el oasis de Kelaa M’Gouna, a 1400 metros de altura. Después, los agricultores las usaron para delimitar sus tierras y más tarde las rosas perfumaron toda la región.
Cada familia del valle tiene su plantación. No son parcelas prolijas y delimitadas al estilo occidental, sino porciones de tierra más o menos irregulares que rebosan de arbustos enredados, salvajes, deliciosamente perfumados en primavera. Y también hay plantas sin dueño, que crecen silvestres a los costados de los caminos, a los pies de las montañas, en cada rincón donde haya alguien dispuesto a robar unos pétalos.
Es primavera y las familias nómadas del sur se alejan del desierto para no morir bajo el sol del verano. Buscan un oasis donde pasar la temporada, pero primero tienen que llegar a Kelaa M’Gouna, porque nadie que estuviera por la zona en el momento preciso dejaría de hacerlo y mucho menos un nómada: todos los años, la segunda semana de mayo, durante tres días, se festeja el fin de la cosecha de las rosas en el pueblo donde crecieron por primera vez.
La mayoría de los nómadas pertenece a la tribu berebere y, a pesar de tantos intentos de conquista, de tanta insistencia por acercarlos a alguna creencia religiosa, hoy conservan sus costumbres ancestrales, paganas y más cercanas al África negra que al Marruecos islámico y europeo del norte.
LA PREPARACIÓN
Durante las primeras semanas del mes, las mujeres del valle y las nómadas, recogieron todas las flores que pudieron, colocaron los pétalos en canastas y ahora los trasladan con mucho cuidado para que lleguen intactos a Kelaa M’Gouna. Allí hay construcciones especiales para almacenar los pétalos y hay hombres que se encargan de airearlos con una herramienta que parece un tenedor gigante con las puntas de madera redondeadas: los lanzan al aire continuamente y dejan que vuelvan a caer despacio, para que el aire no permita que se formen los hongos que los arruinan.
En el centro de Kelaa hay un puñado de construcciones ocres levantadas en una zona pedregosa, sin vegetación ni sombra. Pero alrededor las palmeras crean un ambiente de falsa frescura y los rosales estiran sus brotes al sol. Al costado de la calle principal, que es una línea de tierra sin ninguna demarcación ni pretensiones de asfalto, hay varias hileras de gradas del mismo color ocre, construidas con tierra, que es la materia prima de todo. Tienen los bordes redondeados, son prolijas y largas y, a simple vista, transmiten la certeza de que en este pueblo debe de haber algo muy digno de ser visto.
Se respira una atmósfera de ansiedad. Mañana empieza el festival y hay un sector de la calle cubierto con alfombras de colores, tres pequeñas carpas coronadas por rosas gigantes de papel a un costado y guirnaldas de flores sobre las gradas.
Pocos turistas llegan para la fiesta. Es un pueblo demasiado chico para ser un lugar turístico, pero es tan fantástico que da la sensación de que en poco tiempo perderá su calma pueblerina y entrará en la ruta de los lugares descubiertos por las agencias de viajes.
EMPIEZA LA FIESTA
El primer día del festival las mujeres se preparan como para una boda. Llevan vestidos negros, largos, con pompones de colores. Usan collares musicales, con campanitas y moneditas de metal y muestran los pies desnudos, decorados con henna. Un tambor se multiplica en ecos de otros tantos y las primeras bailarinas empiezan a seguir el ritmo, hermosas y sonrientes, moviendo pies y caderas hacia un fuego encendido cerca de las alfombras, frente a las gradas.
Hay ruido, baile, flores, colores, adornos, pies. Llegan canastas con pétalos. Grupos y más grupos aparecen difusos tras el humo de hierbas que perfuman el ambiente. Hay miradas maquilladas, flecos, pañuelos, lentejuelas. Todo se contagia con el perfume dulzón de los pétalos y los que recién llegan reciben unas gotas de esencia de rosas como bautismo para formar parte de la fiesta.
“Lo llaman Mussem al-wurud, que significa festival de la rosa. Vienen familias de toda la región, todos con sus pétalos. La mayor parte de las flores la compran los fabricantes de perfumes, tipos franceses que tienen sus oficinas en Marruecos, y una parte la conservan ellos para sus comidas, para hacer agua de rosas o como antiséptico para las heridas”, me cuenta Juan, el dueño de Ben Moro, una kasbah convertida en hotel que es la base de operaciones de viajeros de todo el mundo.
Cada familia junta alrededor de 20 kilos de pétalos cada temporada y por cada kilo recibe unos cincuenta centavos de euro. Nunca sabrán lo que se paga en Francia por un perfume de sus dulces rosas, ni la cantidad de aceites, tónicos y subproductos de belleza que la industria fabrica con sus flores.
Los músicos se turnan para tocar sobre el sector de calle alfombrada. Algunos tocan solos, otros están acompañados por dos o tres parejas que bailan enfrentadas. Las mujeres siempre sonríen, suenan sus pulseras, se mueven sus collares. La música es negra, enérgica, música de ritual.
El festival sigue hasta la medianoche y vuelve a recuperarse al día siguiente. Durante toda la tarde, mujeres y hombres bailan juntos, pero son ellos los que tocan los tambores. Algunos se sientan en las alfombras, otros se agachan o tocan alrededor de los que bailan. La multitud que se congregó en las gradas conversa, ríe, festeja, pero cuando la fiesta entra en clima, al caer la noche, los humos, la oscuridad y el anonimato ablandan los cuerpos y todos se dejan llevar por el trance que producen los tambores, sin respetar gradas ni alfombras.
Los cuerpos se mezclan descalzos en la calle y los tambores retumban en una ronda grande, fogosa, donde los hombres sacuden los tambores y las mujeres aplauden al compás de sus caderas. Hace calor y los cuerpos exhalan una humedad cálida, una energía que hace vibrar el valle y que, como en un carnaval, es contagiosa.
SUERTE A LA CACEROLA
En los suburbios del festival algunos se dedican a la gastronomía en tiendas improvisadas. Calientan ollas de hierro donde mezclan distintos guisos. Es un país curioso: tanto calor y tanta comida caliente. Pero la tarde empieza a caer fresca en el oasis, muy fresca si se compara con el calor que hará en el verano. Y el tajine huele bien.
Es una mezcla de trozos de carne, legumbres, verduras, especias, canela y condimentos raros, que en estos días de fiesta se decora con pétalos frescos. Una mujer ancha que no saca la mirada de la olla mientras se rasca rítmicamente un talón con la uña del dedo gordo del otro pie, me muestra una lata con monedas y billetes. Pongo mi contribución y me sirve una cucharada abundante en una vasija. No me ofrece cubiertos y de reojo veo que un grupo de hombres sumerge los dedos en el guiso y se lleva los trozos de carne a la boca sin más trámites. Estaba por imitarlos cuando la mujer estira la mano con una cuchara. En el segundo bocado encuentro un trozo de cordón que sale de la carne, lo inspecciono en detalle: se ve asqueroso y quiero dejar el plato, aunque está tan rico… De repente un hombre se asoma sobre mi hombro y mete su índice y pulgar en mi plato, revuelve y saca el trozo de carne con cordón, lo destripa con los dientes, traga la carne, el hilo y me pone delante de los ojos una pequeña moneda que había adentro. Escucho las risas de varios curiosos que se juntaron alrededor y comentan cosas, festejan, me señalan. Creo que es una señal de buena suerte. O espero que sea sólo eso.
El último día, todos están un poco más demacrados que al principio, pero las mujeres se mantienen igual de coquetas. Hoy hay un concurso de belleza. El espíritu competitivo, bien femenino, sale al escenario sobrecargado de adornos, pinturas, tatuajes de henna y piedras brillantes pegadas en la cara. Algunas mujeres pasean con sus pétalos, otras sólo con sus cuerpos adornados. Al final del día se elegirá a la reina de las rosas. No habrá cámaras para registrar la coronación y su cara no recorrerá los diarios internacionales. Pero quedará en la memoria de quienes la vieron y siempre dudarán si fue una reina de verdad o si era parte de un collage que sólo existió en un oasis de fantasía?
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano es el de Marrakech, adonde llegan vuelos internacionales y domésticos.
DÓNDE DORMIR
AIT BEN MORO
A dos kilómetros de Skoura, sobre la mano derecha de la ruta que lleva a Er Rachidia.
T. 212 (44) 852 116
www.kasbahbenmoro.com
Habitaciones con baño privado desde 47 euros por persona con media pensión y a partir de 30 euros con baño compartido.
Funciona en una austera kasbah del siglo XVIII. Escaleras, más escaleras y pasillos de techos bajos comunican las 16 habitaciones. La luz eléctrica está racionalizada y después de medianoche se usan velas.
LES TOURMALINES
Royal Golf, Ouarzazate
T. 212 (24) 887 107
www.lestourmalines.net
Habitaciones desde 47 euros por persnona con desayuno.
A orillas de un enorme lago, un hotel de estilo berebere chic a cargo de una pareja de franceses. Hay 13 habitaciones con terrazas privadas.
I ROCCHA
Douar Tisselday BP7, Ighrem N’Ougdal a 50 kilómetros de Ouarzazate.
T. 212 (67) 737 002
www.iroccha.com
Habitaciones desde 66 euros por persona.
Un palacio de estilo berebere auténtico, con vista al valle y a las montañas.
DÓNDE COMER
CHEZ NABIL
Av. Moulay Rachid, Ouarzazate
T. 212 (24) 884 545
Abierto todos los días al mediodía y sin mucha regularidad por la noche.
Este café y restaurante ofrece las mejores especialidades marroquíes a precios increíbles.
OBELIX
Av. Moulay Rachid, Ouarzazate
T. 212 (24) 882 829
Alrededor de 20 euros por persona.
Abierto todos los días a partir de las 19 horas.
Es un lugar cálido y romántico, con terrazas al aire libre, patios y salones con luz tenue.
MIENTRAS TANTO
FESTIVAL DEL WHISKY
Speyside, Escocia; 29 de abril al 2 de mayo
www.spiritofspeyside.com
En esta región de Escocia no sólo se produce whisky, sino que se le venera durante cuatro días al año. Los amantes pueden participar en catas, fabricación de barriles y tomar, de poblado en poblado, tragos inolvidables.
DERBY
Kentucky, Estados Unidos;
primer sábado de mayo
www.kentuckyderby.com
La primera carrera de caballos en Churchill Downs, Kentucky, se llevó a cabo en 1875, y ahora sigue siendo el lugar ideal para ver a los mejores caballos y jinetes del mundo.
FESTIVAL DE CINE
Cannes, Francia; del 16 al 27 de mayo
www.festival-cannes.fr
El festival de cine al que cualquiea aspira ser invitado no es únicamente un evento reservado a los especialistas. A la par de la premiación y los eventos cerrados, Cannes da rienda suelta a ofertas turísticas para todo público, eso sí: con el glamour cinematográfico como telón de fondo.
Me resigno. Definitivamente, pienso, he perdido el control.
Estaba a un paso de Kelaa M’Gouna, uno de los últimos oasis que hay en el sur de Marruecos antes que el Sahara devore todo con sus arenas infinitas. En mi imaginación, un oasis era un paraíso perfecto y ondulado, con pajaritos y agua transparente esperando una zambullida. Todas esas imágenes resultan absurdas ahora que estoy en el medio de la banda de las uñitas pintadas en este páramo de tierra y piedras.
Una de las nenas más grandes, de doce o trece años, me invita a pasar a la tienda. Tiene la frente tatuada con símbolos y puntos negros y por sus gestos entiendo que es una señal de que está casada. La carpa es grande y huele rico, hay pétalos rosas en cuencos plateados, en canastas, en collares. Hay un perfume dulce y delicioso en cada centímetro del hogar donde imagino que viven una vida tan nómada de pensamiento como de horizontes y costumbres.
El piso es de alfombras superpuestas. Entiendo por qué están descalzas y yo misma me quito las pantuflas naranjas que compré en el zoco de Marrakech. En los bordes algunas mujeres bordan, otras tejen, decoran almohadones o hilvanan pétalos en collares. Están quietas, mudas y me dedican miradas suaves sin dejar de mover las manos.
Una ráfaga de niñas entra corriendo, me jala del brazo y me empuja hacia una montaña de collares de flores rosas. Me prueban varios, se alejan para mirarme y vuelven saltando en puntitas de pies a ponerme más, a tocarme el pelo, la ropa, los collares. Soy un ejemplar exótico, como ellas para mí.
Pero ellas no tienen pudor.
DE LA MECA AL OASIS DE KELAA M’GOUNA
Es mayo, primavera en el sur de Marruecos, y los rosales del Valle del Dades estarían en flor si no fuera porque las mujeres se apuraron a cosecharlos antes de que los pétalos perdieran su juventud. En cada recoveco de este valle salpicado de oasis crecen rosas de una especie llamada damascena. La leyenda cuenta que la primera planta llegó en alguna caravana desde la ciudad santa de la Meca, hace unos 300 años y que creció en el oasis de Kelaa M’Gouna, a 1400 metros de altura. Después, los agricultores las usaron para delimitar sus tierras y más tarde las rosas perfumaron toda la región.
Cada familia del valle tiene su plantación. No son parcelas prolijas y delimitadas al estilo occidental, sino porciones de tierra más o menos irregulares que rebosan de arbustos enredados, salvajes, deliciosamente perfumados en primavera. Y también hay plantas sin dueño, que crecen silvestres a los costados de los caminos, a los pies de las montañas, en cada rincón donde haya alguien dispuesto a robar unos pétalos.
Es primavera y las familias nómadas del sur se alejan del desierto para no morir bajo el sol del verano. Buscan un oasis donde pasar la temporada, pero primero tienen que llegar a Kelaa M’Gouna, porque nadie que estuviera por la zona en el momento preciso dejaría de hacerlo y mucho menos un nómada: todos los años, la segunda semana de mayo, durante tres días, se festeja el fin de la cosecha de las rosas en el pueblo donde crecieron por primera vez.
La mayoría de los nómadas pertenece a la tribu berebere y, a pesar de tantos intentos de conquista, de tanta insistencia por acercarlos a alguna creencia religiosa, hoy conservan sus costumbres ancestrales, paganas y más cercanas al África negra que al Marruecos islámico y europeo del norte.
LA PREPARACIÓN
Durante las primeras semanas del mes, las mujeres del valle y las nómadas, recogieron todas las flores que pudieron, colocaron los pétalos en canastas y ahora los trasladan con mucho cuidado para que lleguen intactos a Kelaa M’Gouna. Allí hay construcciones especiales para almacenar los pétalos y hay hombres que se encargan de airearlos con una herramienta que parece un tenedor gigante con las puntas de madera redondeadas: los lanzan al aire continuamente y dejan que vuelvan a caer despacio, para que el aire no permita que se formen los hongos que los arruinan.
En el centro de Kelaa hay un puñado de construcciones ocres levantadas en una zona pedregosa, sin vegetación ni sombra. Pero alrededor las palmeras crean un ambiente de falsa frescura y los rosales estiran sus brotes al sol. Al costado de la calle principal, que es una línea de tierra sin ninguna demarcación ni pretensiones de asfalto, hay varias hileras de gradas del mismo color ocre, construidas con tierra, que es la materia prima de todo. Tienen los bordes redondeados, son prolijas y largas y, a simple vista, transmiten la certeza de que en este pueblo debe de haber algo muy digno de ser visto.
Se respira una atmósfera de ansiedad. Mañana empieza el festival y hay un sector de la calle cubierto con alfombras de colores, tres pequeñas carpas coronadas por rosas gigantes de papel a un costado y guirnaldas de flores sobre las gradas.
Pocos turistas llegan para la fiesta. Es un pueblo demasiado chico para ser un lugar turístico, pero es tan fantástico que da la sensación de que en poco tiempo perderá su calma pueblerina y entrará en la ruta de los lugares descubiertos por las agencias de viajes.
EMPIEZA LA FIESTA
El primer día del festival las mujeres se preparan como para una boda. Llevan vestidos negros, largos, con pompones de colores. Usan collares musicales, con campanitas y moneditas de metal y muestran los pies desnudos, decorados con henna. Un tambor se multiplica en ecos de otros tantos y las primeras bailarinas empiezan a seguir el ritmo, hermosas y sonrientes, moviendo pies y caderas hacia un fuego encendido cerca de las alfombras, frente a las gradas.
Hay ruido, baile, flores, colores, adornos, pies. Llegan canastas con pétalos. Grupos y más grupos aparecen difusos tras el humo de hierbas que perfuman el ambiente. Hay miradas maquilladas, flecos, pañuelos, lentejuelas. Todo se contagia con el perfume dulzón de los pétalos y los que recién llegan reciben unas gotas de esencia de rosas como bautismo para formar parte de la fiesta.
“Lo llaman Mussem al-wurud, que significa festival de la rosa. Vienen familias de toda la región, todos con sus pétalos. La mayor parte de las flores la compran los fabricantes de perfumes, tipos franceses que tienen sus oficinas en Marruecos, y una parte la conservan ellos para sus comidas, para hacer agua de rosas o como antiséptico para las heridas”, me cuenta Juan, el dueño de Ben Moro, una kasbah convertida en hotel que es la base de operaciones de viajeros de todo el mundo.
Cada familia junta alrededor de 20 kilos de pétalos cada temporada y por cada kilo recibe unos cincuenta centavos de euro. Nunca sabrán lo que se paga en Francia por un perfume de sus dulces rosas, ni la cantidad de aceites, tónicos y subproductos de belleza que la industria fabrica con sus flores.
Los músicos se turnan para tocar sobre el sector de calle alfombrada. Algunos tocan solos, otros están acompañados por dos o tres parejas que bailan enfrentadas. Las mujeres siempre sonríen, suenan sus pulseras, se mueven sus collares. La música es negra, enérgica, música de ritual.
El festival sigue hasta la medianoche y vuelve a recuperarse al día siguiente. Durante toda la tarde, mujeres y hombres bailan juntos, pero son ellos los que tocan los tambores. Algunos se sientan en las alfombras, otros se agachan o tocan alrededor de los que bailan. La multitud que se congregó en las gradas conversa, ríe, festeja, pero cuando la fiesta entra en clima, al caer la noche, los humos, la oscuridad y el anonimato ablandan los cuerpos y todos se dejan llevar por el trance que producen los tambores, sin respetar gradas ni alfombras.
Los cuerpos se mezclan descalzos en la calle y los tambores retumban en una ronda grande, fogosa, donde los hombres sacuden los tambores y las mujeres aplauden al compás de sus caderas. Hace calor y los cuerpos exhalan una humedad cálida, una energía que hace vibrar el valle y que, como en un carnaval, es contagiosa.
SUERTE A LA CACEROLA
En los suburbios del festival algunos se dedican a la gastronomía en tiendas improvisadas. Calientan ollas de hierro donde mezclan distintos guisos. Es un país curioso: tanto calor y tanta comida caliente. Pero la tarde empieza a caer fresca en el oasis, muy fresca si se compara con el calor que hará en el verano. Y el tajine huele bien.
Es una mezcla de trozos de carne, legumbres, verduras, especias, canela y condimentos raros, que en estos días de fiesta se decora con pétalos frescos. Una mujer ancha que no saca la mirada de la olla mientras se rasca rítmicamente un talón con la uña del dedo gordo del otro pie, me muestra una lata con monedas y billetes. Pongo mi contribución y me sirve una cucharada abundante en una vasija. No me ofrece cubiertos y de reojo veo que un grupo de hombres sumerge los dedos en el guiso y se lleva los trozos de carne a la boca sin más trámites. Estaba por imitarlos cuando la mujer estira la mano con una cuchara. En el segundo bocado encuentro un trozo de cordón que sale de la carne, lo inspecciono en detalle: se ve asqueroso y quiero dejar el plato, aunque está tan rico… De repente un hombre se asoma sobre mi hombro y mete su índice y pulgar en mi plato, revuelve y saca el trozo de carne con cordón, lo destripa con los dientes, traga la carne, el hilo y me pone delante de los ojos una pequeña moneda que había adentro. Escucho las risas de varios curiosos que se juntaron alrededor y comentan cosas, festejan, me señalan. Creo que es una señal de buena suerte. O espero que sea sólo eso.
El último día, todos están un poco más demacrados que al principio, pero las mujeres se mantienen igual de coquetas. Hoy hay un concurso de belleza. El espíritu competitivo, bien femenino, sale al escenario sobrecargado de adornos, pinturas, tatuajes de henna y piedras brillantes pegadas en la cara. Algunas mujeres pasean con sus pétalos, otras sólo con sus cuerpos adornados. Al final del día se elegirá a la reina de las rosas. No habrá cámaras para registrar la coronación y su cara no recorrerá los diarios internacionales. Pero quedará en la memoria de quienes la vieron y siempre dudarán si fue una reina de verdad o si era parte de un collage que sólo existió en un oasis de fantasía?
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
El aeropuerto más cercano es el de Marrakech, adonde llegan vuelos internacionales y domésticos.
DÓNDE DORMIR
AIT BEN MORO
A dos kilómetros de Skoura, sobre la mano derecha de la ruta que lleva a Er Rachidia.
T. 212 (44) 852 116
www.kasbahbenmoro.com
Habitaciones con baño privado desde 47 euros por persona con media pensión y a partir de 30 euros con baño compartido.
Funciona en una austera kasbah del siglo XVIII. Escaleras, más escaleras y pasillos de techos bajos comunican las 16 habitaciones. La luz eléctrica está racionalizada y después de medianoche se usan velas.
LES TOURMALINES
Royal Golf, Ouarzazate
T. 212 (24) 887 107
www.lestourmalines.net
Habitaciones desde 47 euros por persnona con desayuno.
A orillas de un enorme lago, un hotel de estilo berebere chic a cargo de una pareja de franceses. Hay 13 habitaciones con terrazas privadas.
I ROCCHA
Douar Tisselday BP7, Ighrem N’Ougdal a 50 kilómetros de Ouarzazate.
T. 212 (67) 737 002
www.iroccha.com
Habitaciones desde 66 euros por persona.
Un palacio de estilo berebere auténtico, con vista al valle y a las montañas.
DÓNDE COMER
CHEZ NABIL
Av. Moulay Rachid, Ouarzazate
T. 212 (24) 884 545
Abierto todos los días al mediodía y sin mucha regularidad por la noche.
Este café y restaurante ofrece las mejores especialidades marroquíes a precios increíbles.
OBELIX
Av. Moulay Rachid, Ouarzazate
T. 212 (24) 882 829
Alrededor de 20 euros por persona.
Abierto todos los días a partir de las 19 horas.
Es un lugar cálido y romántico, con terrazas al aire libre, patios y salones con luz tenue.
MIENTRAS TANTO
FESTIVAL DEL WHISKY
Speyside, Escocia; 29 de abril al 2 de mayo
www.spiritofspeyside.com
En esta región de Escocia no sólo se produce whisky, sino que se le venera durante cuatro días al año. Los amantes pueden participar en catas, fabricación de barriles y tomar, de poblado en poblado, tragos inolvidables.
DERBY
Kentucky, Estados Unidos;
primer sábado de mayo
www.kentuckyderby.com
La primera carrera de caballos en Churchill Downs, Kentucky, se llevó a cabo en 1875, y ahora sigue siendo el lugar ideal para ver a los mejores caballos y jinetes del mundo.
FESTIVAL DE CINE
Cannes, Francia; del 16 al 27 de mayo
www.festival-cannes.fr
El festival de cine al que cualquiea aspira ser invitado no es únicamente un evento reservado a los especialistas. A la par de la premiación y los eventos cerrados, Cannes da rienda suelta a ofertas turísticas para todo público, eso sí: con el glamour cinematográfico como telón de fondo.
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