Noviembre, ballenas grises en Baja California
El mero hecho conmueve: las ballenas grises nadan cada año 10 mil kilómetros desde el círculo polar ártico hasta las aguas de Baja California para parir a sus crías. El Espectáculo deja una impresión indeleble en quienes tienen la suerte de verlo.
Imposible no exagerar las alabanzas de un destino como éste, donde mar y desierto confluyen y donde la composición genética de quien escribe fue formulada, muy probablemente durante una de sus exquisitas tardes de invierno aderezadas con sal y arena. Fue hace casi un siglo cuando mis antepasados, provenientes de las regiones nórdicas, llegaron a estas tierras y estas aguas, no como balleneros sino para hacer vida en la quimera que es la Península de Baja California, presas de un embeleso similar al que fue plasmado en sus cavernas por viajeros prehistóricos, y en una centena de canciones que quisiera saber y no sé por tanto tiempo que pasó hasta que nos encontramos de nuevo.
Por ello omitiré los adjetivos. No hacen falta para establecer sus encantos, como comprobaron las órdenes religiosas que se instalaron allí a manera de retiro, catequizando al viento a falta de habitantes. Y como lo confirman tantos otros venidos del norte. No sólo los jubilados californianos, sino los mamíferos que se congregan en sus costas desde hace milenios para degustar aquello de lo que están hechos los sueños cuando les llega el invierno y culminan una de las odiseas más remarcables de la naturaleza.
COMO SI SUPIERA
La península es una apoteosis bien merecida para las ballenas grises, que realizan su migración anual desde las frígidas pero alimenticiamente abundantes aguas del Circulo Polar Ártico hasta las cálidas y seguras costas bajacalifornianas. La travesía de diez mil kilómetros la realizan por instinto, con el fin de parir a sus vástagos, ballenatos que al nacer son como camionetas de cinco metros y media tonelada de envergadura.
Quienes conocen sus cualidades biológicas las llaman Eschrichtius robustus. Yo sólo pretenderé saber de lo que hablo al compartirles las minuciosidades expresadas por mi guía Tomás, un joven oriundo de Ensenada que tuvo a bien conducirnos durante cinco días por los principales enclaves balleneros de la región.
Se trata del cetáceo vivo más primitivo y el único miembro superviviente de toda la familia Eschrichtidae del suborden de los Misticetos, o ballenas de barba. Y es que en el pasado existieron otras dos poblaciones: la Eschrichtius globossus, o ballena gris del norte del Atlántico, que fue cazada hasta la extinción a fines del siglo XVI, y las cerca de 200 que habitan en la península de Corea y fueron severamente hostigadas, por lo que hoy se consideran en condiciones biológicas no sustentables. Es por ello que la ballena gris del Pacífico noreste es un orgullo nacional. Tanto así que a los ejemplares de este grupo, cuya población se estima entre 16 mil y 21 mil, se les conoce como “ballena gris californiana” y son consideradas como mexicanas a nivel internacional.
Pero si unos y otros llegamos de donde venimos para encontrarnos en el agua, no era ciertamente para censarlas ni tampoco para comprobar sus especificaciones irrefutables. La idea era simplemente celebrar su llegada en caravana a esta región intermedia de Baja California que, por la diversidad de seres marinos y aves que alberga, es infaustamente apodada como las “Galápagos de México”.
LA CARAVANA DE LA FECUNDIDAD
Las ballenas hastiadas de krill inician su travesía desde principios de noviembre. Primero salen las embarazadas, les siguen las hembras que ovularon, los machos adultos y finalmente las más jóvenes. Peregrinan a unos cinco kilómetros de la costa y se desplazan sin cesar a una velocidad de entre cinco y ocho kilómetros por hora, cubriendo distancias de 180 kilómetros diarios para llegar a sus santuarios invernales. De éstos sobresalen cuatro para su observación: la laguna Ojo de Liebre en Guerrero Negro y la de San Ignacio dentro de la Reserva de la Biosfera del Desierto El Vizcaíno, así como el estero de la Soledad en Puerto Adolfo López Mateos y Puerto San Carlos en Bahía Magdalena.
Y no llegan a cuenta gotas. En ocasiones hay más de mil pariendo o copulando en una misma laguna, danzando entre la espuma como sólo ellas lo saben hacer, con sus voces infrasónicas que repercuten por cientos de kilómetros bajo la superficie. Tampoco lo hacen solas. Cientos de delfines escoltan el trayecto, al igual que ballenas jorobadas y azules, los habitantes más grandes de este planeta, que se asoman de cuando en cuando también.
Pero allí la protagonista es la ballena gris. Y uno se atavía de boya fluorescente para abordar una panga u otra embarcación y salir a su encuentro. Hay quienes se acercan tímidamente, como si luego de soberana travesía se fuesen a romper, y otros que por desconfianza lo hacen de manera torpe y apresurada, como si estuviesen jugando a “las traes”. Y no falta quien las acaricia como si estuviese bajo el efecto de una anfetamina y quisiera untarse a su deslizadizo tegumento gris moteado. Lo cierto es que hay algo místico en esta correspondencia, algo que no te permite cerrar la boca durante las tardes subsiguientes ni concebir que hayan sido tan apreciadas como bocadillo o combustible.
LA CARAVANA DE LOS FISGONES
Nuestra travesía comenzó en Ensenada, la llamada “Cenicienta del Pacífico”, que poco a poco vuelve a ser reconocida por sus atractivos naturales, luego de la decadencia propiciada por el embargo atunero de los norteamericanos. En ella desembarcan 33 por ciento de los cruceros que llegan al país, y en los alrededores hay cuevas con pinturas rupestres y el famoso géiser marino conocido como La Bufadora por el sonido que hace el agua al lanzarse 20 metros hacia arriba por el efecto sifón (como el de ballena) en un cañón submarino.
Para muchos éste es el principal sitio de acceso a los santuarios de las ballenas. Y nosotros, la misma tarde en que arribamos, visitamos la cercana Bahía de Todos Santos, donde nos encontramos con varios machos adultos de 14 metros de longitud y un peso de 16 toneladas.
Al día siguiente manejamos por el desierto hasta Guerrero Negro, casi 600 kilómetros al sur, que debe su nombre al barco ballenero Black Warrior, construido en un astillero de Massachusetts que en 1858 se hundió por el oleaje y la barrera de la bahía. El sitio es apenas una calle con moteles y restaurantes levantados para atender a los trabajadores de la mayor salina del hemisferio. Guerrero Negro es en sí un complejo regentado por una empresa japonesa y el gobierno mexicano, que acoge además a una gran colonia de aves procedentes de Rusia y Canadá. Instalamos nuestro campamento cerca de la zona lagunar, entre dunas y playas frecuentadas por lobos y elefantes marinos. Y pasamos la noche escuchándolos bajo un cielo inflamado de constelaciones.
Nuestra embarcación partió sobre las ruinas de su antiguo pantalán de sal con rumbo a un espectáculo prodigioso. Según nuestros cálculos había casi dos mil ballenas en la laguna —incluidos 900 ballenatos recién nacidos— que saltaban y nos miraban con sus ojos magnéticos mientras cabalgábamos las aguas poco profundas de la mayor salina del mundo. Pero conste que no se debe esperar mucho del cálculo de un viajero emocionado.
Eso sí, las hembras, que alcanzan los 15 metros de largo y llegan a pesar hasta 30 toneladas cuando están preñadas, asomaban su cabeza arqueada y tosca, con su labio ligeramente torcido. Y las que saltaban nos ilustraron que no tienen aleta dorsal, sino entre nueve y trece protuberancias que terminan poco antes de su cola lobulada, una característica única de esta especie. Entonces entendí también por qué gente como el Conde de Buffon, un naturalista francés del siglo XVIII, afirmó que pueden vivir unos mil años. Y por qué Collodi hizo de su estómago un espléndido sitio de reflexión para Pinocho, su personaje y héroe infantil. Las historias que traen consigo, selladas herméticamente en su mirada, como todo aquello imposible de medir, incita casi por fuerza a la fantasía.
LAS AMISTOSAS
La etimología griega dice que ballein significa “lanzar”, y tiene que ver con el rocío que echan para afuera al exhalar. Aunque según San Isidoro de Sevilla su nombre proviene del griego falaina, que es lo mismo que el latín baleana, y que indica su forma cilíndrica. De eso hablábamos al llegar al pueblecito de San Ignacio, tras cruzar el paralelo 28 que separa a los estados de Baja California Norte y Sur. Se trata de un oasis de palmeras datileras traídas por los españoles y, de no ser por la misión jesuita de San Ignacio Kadakaamán, fundada ahí en 1728, uno se pensaría en el Sahara.
Primero subimos a la Sierra de San Francisco para apreciar las vistas de los cañones y quebradas de la gran Reserva de la Biosfera del Desierto El Vizcaíno. Y luego instalamos el campamento para embarcarnos en la laguna antes del atardecer. Mis compañeros pensaban que las ballenas emergían para tocar y ser tocadas, como si realizasen el magno trayecto en busca de un poquito de amor. Yo me dediqué a desmentir y enfadar a los románticos, agentes de viajes, u otros seres igual de antropocéntricos. Lo cierto es que los locales las llaman “las amistosas”, pues el viajero que navega por ahí suele trasmutarse en niño, y oler el aliento del ballenato al echar su chorro y tocar la cabezota de su madre mientras le grita: “¡Ven bonita, ven!”.
Perder la cámara al asomarse demasiado, caerse por el balanceo de la embarcación, empaparse y mantener la mirada y la sonrisa embobadas mientras agota uno sus megas sin conseguir una foto que pueda reflejar la emoción de sentir a la madre empujar suavemente la barca con su lomo y animar al ballenato a emerger, es materia común. Lo es desde hace veinte años, cuando los científicos registraron por primera vez su llegada, y propiciaron un bien justificado fenómeno turístico. El afortunado tropiezo provocó también su desaparición de las listas de especies en peligro de extinción en 1994. Pues desde fines del siglo XIX a principios del XX fueron perforadas por arpones explosivos para darle gusto a excéntricos gourmands, y luz a numerosos candiles. Y hasta la fecha, japoneses y noruegos realizan cazas encarnizadas de ballenas para obtener su aceite y grasa, a pesar de los acuerdos firmados por gran parte de la comunidad internacional en 1948.
Al alba siguiente emprendimos una excursión al estero de la Soledad y el Puerto San Carlos perfectamente monitoreada por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), quien regula el Parque Natural de la Ballena Gris. México fue el primer país en declarar zonas protegidas para las ballenas y en elaborar una ley federal para su protección integral. Era lo menos que podíamos ofrecerles, ya que desde tiempos inmemoriales llegan a estas que ahora llamamos nuestras aguas, enormes bahías que les brindan un refugio donde ejecutar sus cabriolas, donde apoyar sus toneladas sobre la cola para echar un vistazo en derredor y saltar alegremente levantado chubascos de agua y erizando la piel de sus espectadores?
GUÍA PRÁCTICA
CUÁNDO IR
Las primeras ballenas comienzan a llegar a la península a finales de noviembre, y se alojan en la región hasta principios de marzo.
EXCURSIONES
Desde San Diego, en Estados Unidos, es posible integrarse a las expediciones de Baja Expeditions (www.bajaex.com; T. (858) 581 3311 en San Diego; desde 1800 dólares por persona todo incluido), que realizan visitas de cinco días con hospedaje en campamentos. La empresa Universo Bajacaliforniano (www.universobc.com; T. (646) 178 2232) ofrece también un “Safari Ballenero” de cinco noches desde Ensenada que incluye alojamientos, alimentos, visitas y excursiones privadas. Y Cucapah Excursiones (www.cucapah.com; T. (664) 686 6385) ofrece paseos de un día que incluyen transportación terrestre, paseo en barco y otras visitas opcionales.
POR CUENTA PROPIA
En la ciudad de Ensenada, los complejos turísticos de Punta Piedra o Baja Beach son una buena base. Desde ahí se puede llegar a las lagunas vía la Carretera Transpeninsular. Si se encuentra cerca de La Paz y de Los Cabos puede visitar los puertos de López Mateos y San Carlos, que están a 3 o 4 horas en coche. O si prefiere viajar en avión, puede tomar el vuelo de Aerolitoral desde Hermosillo, Sonora, directamente hasta Guerrero Negro.
REQUISITOS
No se requieren permisos especiales para visitar los santuarios, aunque el recorrido debe realizarse con un guía autorizado por la Semarnat.
MIENTRAS TANTO
FIESTA DE LOS MUERTOS Y DEL VINO
Sicilia, Italia 1 y 2 de noviembre, 11 de noviembre
En noviembre los locales celebran dos arraigadas tradiciones: el día de los muertos, en que los parientes desaparecidos “le traen” regalos a los niños, y la fiesta de San Marino, el santo patrón de los vinos.
ANIVERSARIO DEL GURÚ NANAK
Amristar, India 26 de noviembre;
www.sikhs.org
El nacimiento de Gurú Nanak, el fundador de la religión Sij, que tuvo su auge en el siglo XV y que practican un gran número de hindúes, se festeja con rezos e himnos en su honor en el Templo Dorado de Amristar.
PESCA CON MOSCA
Patagonia chilena
www.patagoniachilena.com
La pesca con mosca, una práctica artesanal que implica aventurarse a pie dentro de los ríos y capturar peces que luego serán liberados, puede hacerse en la primavera austral en la Patagonia, protegida por afortunadas reglas de conservación.
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