Pantallas de cal en el Sahara
El arte de proyectar cine puede ser tan conmovedor como el de filmar una película, sobre todo cuando se trata del festival que sucede en un campamento en medio del Sahara, donde los asistentes comparten la vida en el desierto con familias saharauis y artistas famosos.
En el Sahara no es extraño que, de pronto, un beduino te hable en castellano y al final de cada frase descuelgue un caribeño “candela” o deslice un “chévere”. En el centro este de Argelia hay miles de saharauis que fueron a estudiar a Cuba y volvieron hablando un castellano caribeño que inspiró libros y documentales. Así, la obsesión de filmar en el Sahara también desveló al documentalista peruano Javier Corcuera. Pero en el intento de llevar imágenes del desierto a una pantalla de cine, Corcuera cambió de planes y acabó llevando una pantalla de cine al medio de este desierto. Ése fue el comienzo del Fisahara, el único festival internacional de cine celebrado en un campamento de refugiados, donde en la fiesta de clausura se baila rumba, mambo y chachachá.
Las proyecciones suceden en los campamentos argelinos de Tinduf, a pocos kilómetros de la frontera con el Sahara Occidental. Precisamente en una llanura de roca y arena que los beduinos llaman la Hammada (“el desierto del desierto”). Durante el día, el clima es seco y caliente como un trago de tierra del Sahara, por eso en Argelia la gente dice “¡Vete a la Hammada!” cuando quiere mandar a alguien al infierno. Pero al caer la noche la temperatura baja, las estrellas brillan y frente a una pantalla de madera blanqueada con cal, cientos de saharauis sentados en el suelo sobre sus alfombras suspiran cuando empieza la proyección.
La tercera edición del Fisahara comenzó en abril de este año. Las mujeres cubiertas con melfas (saris) rojos, verdes y amarillos levantaban sus manos pintadas con henna para saludar a los artistas que venían invitados al festival. Entre ellos estaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano, que arrastraba con esfuerzo su maleta con rueditas por las dunas, mientras decía “esto es una hermosa locura”.
Un grupo de niños recibió corriendo los camiones que transportaban latas circulares cargadas con película y dos proyectores portátiles. Además, venían directores de cine como Jaime Chávarri, que llegó aquí como lo hicieron antes las actrices españolas Maribel Verdú y Lola Dueñas; esta última visitó el Sahara después de recibir en España el Premio Goya a la mejor actriz por su interpretación en Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar. Pero durante los cinco días que dura el festival, también llegan grupos de amigos mochileros, padres con sus hijos y periodistas. Personajes famosos y espectadores anónimos aquí se sientan juntos frente a la pantalla de cine, comparten comidas, jaimas (tiendas de campaña rectangulares) donde dormir y el viento del desierto que despeina a todos por igual. Cada año parten de Madrid tres vuelos charter hacia el Sahara, donde las butacas nunca están numeradas, y después de seis horas de vuelo aterrizan en una realidad que muchos definen como “de otro mundo”.
Unos ciento sesenta y cinco mil saharauis conviven hoy en la Hammada, en una precariedad que recuerda las películas sobre sus ancestros nómadas:
viven en jaimas, la mayoría de ellas donadas por la cruz roja u otras entidades solidarias, crían cabras y camellos, y edificaron con barro las casas que sirven de cocina, baño y comedor, donde reciben a los visitantes y comparten bocados de carne de camello, ensaladas y papas fritas. Al estilo tradicional árabe, la vida en el campamento sucede al ras del suelo: sobre grandes almohadones y alfombras de colores que siempre están impecables, porque a pesar de vivir entre dunas, aquí la arena se sigue considerando suciedad.
En las jaimas siempre hay un brasero de hierro forjado donde, como bienvenida, se calienta agua para preparar un té dulce y espumoso; “cada persona bebe tres vasos. El primero es fuerte como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte”, repiten los saharauis en una especie de rito de iniciación en el que las miradas de todos se cruzan, como reconociendo a quienes serán parte de su familia durante esta semana de película.
Las familias saharauis se formaron en el Sahara Occidental —frente a las Islas Canarias— cuando el país era una colonia española y fueron refugiadas por Argelia en 1975, cuando España levantó su administración después de cien años de proceso colonial y Marruecos los invadió. Unas imágenes sepia que circulan por internet muestran aquel ataque marroquí y el éxodo: todos huyen en camiones, perseguidos por el napalm y envueltos en una cinematográfica nube de polvo.
“Para nosotros, españoles, la situación del Sahara es una deuda histórica. Los abandonamos”, decía José Taboada Valdés, presidente de la Coordinadora Estatal de Asociaciones de Amigos del Pueblo Saharaui, la principal organización que coordina el festival y que, en España, tiene tantos contribuyentes como la Cruz Roja.
Ahora los saharauis llevan treinta años viviendo como refugiados. Esperan que un referéndum mediado por la onu les permita volver a su país. Mientras tanto son un pueblo dividido por un muro que Marruecos construyó durante la guerra: de un lado viven quienes no se exiliaron y todavía resisten la invasión marroquí en el Sahara Occidental, del otro lado quedaron los refugiados en la Hammada, donde la mayoría de los jóvenes parten a estudiar a Cuba becados por el gobierno de Fidel Castro, para regresar diez años después.
“Yo quería filmar estas historias de familias fragmentadas. Pero cuando vine al Sahara y vi la necesidad de intercambio cultural de la gente, pospuse el rodaje y empezamos a organizar el festival”, dice el director del Fisahara, Javier Corcuera, que nació en Lima, Perú, y hace veinte años llegó a Madrid para estudiar cine. Ahora es un director de documentales reconocido. Su última obra, Invierno en Bagdad, fue estrenada en TVE (Televisión Española) y este año la presentó en el festival junto a otras 17 películas.
“Muchos saharauis conocieron el mar y el cine gracias al Fisahara. Por eso aquí el cine es como el agua para la tierra seca, un puente de intercambio y una forma de crear esperanza, ya que la cultura es esperanza, el cine es esperanza”, dijo Miriam Hmada, ministra de Cultura saharaui.
“Este festival es una prueba de que más allá de la impotencia oficial existe el diálogo entre gente de distintos lugares que se reconocen hermanos, porque los animan la misma voluntad de justicia y de belleza”, decía Galeano durante una conferencia. Se le notaba su piel blanca arrebatada por el sol y arena en las arrugas de los ojos. El desierto le estaba haciendo efecto. Y quizá, como la mayoría de los invitados, no se animó a coger el cacharro de lata que aquí sirve de ducha.
Como todos los que vienen de visita, Galeano había traído alimentos enlatados, caramelos, e iba vestido con zapatos de suela gruesa, como los que usan las tropas cuando van al frente, porque en verdad aquí todo está hecho para la guerra: la ropa, los discursos, los vehículos Land Rover de doble tracción y la organización social que obligó a las mujeres a tener entre cinco y ocho hijos para paliar las bajas sufridas en la guerra.
Para evitar bombardeos marroquíes a gran escala, en los años setenta los saharauis se establecieron en el desierto en cuatro asentamientos que están separados por varios kilómetros entre sí. Todos llevan nombres de ciudades del Sahara Occidental, tienen escuelas donde enseñan castellano, un hospital, depósitos de agua racionada y cada año el festival se organiza en un campamento diferente. En 2006 fue en El Aaiún.
La programación del festival se desplegaba sobre cartulinas de colores. Los carteles anunciaban una carrera de camellos, conferencias y, para los niños, un taller donde explicaban cómo se hace una película. En la lista de “proyecciones” había historias de amor, como La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, que ganó el Premio Goya a la mejor película; de guerra, como Iluminados por el fuego, del argentino Tristan Bauer, dibujos animados que convocaron a cientos de niños como El sueño de una noche de San Juan, de los españoles Ángel de la Cruz y Manolo Gómez.
Algunas proyecciones se hacen a cielo abierto y el público se sienta en el suelo sobre alfombras gigantes; otras son en cobertizos acondicionados con sillas de plástico y oscurecidos con techos de lámina. En todas las funciones la gente conversa, come, se levanta, como si estuviera en la sala de su casa, sólo que aquí nadie se queja. Salvo cuando proyectan escenas de sexo. Este año, varios hombres las censuraron parándose frente al proyector porque decían que podían herir la sensibilidad de los religiosos más ortodoxos. Algunos les dieron la razón.
La cultura saharaui es musulmana, aunque se trata de uno de los pueblos más occidentalizados de los países árabes. Cada año ocho mil niños son acogidos durante el verano por familias de España. Y los jóvenes que viajan a estudiar a Cuba no sólo han importado el castellano caribeño, sino que también trajeron el béisbol, elevaron a calidad de ídolo al bateador dominicano Irving Flete y las mujeres son fanáticas del culebrón venezolano María Clara, que la cadena de televisión Al Yazira transmite cada tarde en sus televisores blanco y negro, alimentados con batería de camión.
“Extrañamos el Caribe”, dice Mohamed Blal, que vivió quince años en La Habana, donde estudió educación física y ahora es el director de deportes en los campamentos. “El problema es que aquí no hay dónde aplicar el conocimiento, que al final se pierde”, decía Blal, que para el festival había organizado un partido de béisbol donde los jugadores llevaban turbantes en vez de las gorras habituales.
En cada edición, los organizadores del Fisahara dedican el festival al cine de diferentes orígenes, y este año le tocó a Cuba. Por eso para la última noche había programada una fiesta con música caribeña, y uno de los invitados era el actor cubano Vladimir Cruz, protagonista de la película Fresa y chocolate. “Cuba tiene que resistir porque es un símbolo. Eso me dice aquí la gente, porque se sienten súper cubanos”, decía Cruz, mientras esperaba el veredicto de un jurado popular saharaui que iba a anunciar la película ganadora de esta temporada. El premio era un camello blanco para el director.
Hubo deliberaciones y al final ganó La historia del camello que llora, una película mongola que narra el drama de un camello rechazado por su madre. “La historia de orfandad es similar a la que vivimos después de cien años de ser colonia española”, decían, en tono reivindicativo, los que estaban de acuerdo con la elección.
El festival de cine se iba acabando y en las jaimas comenzaba el intercambio de teléfonos, direcciones y fotos. Las películas, como siempre, además de una ventana al mundo, acabaron siendo un pretexto para encontrarse y para buscar consuelo y respuestas en las historias de ficción, que a veces parecen más terribles que la realidad.
GUÍA PRÁCTICA
El próximo festival está programado para abril de 2007. La duración es de cinco días y el precio del viaje, ida y vuelta desde Madrid, es de 500 euros. El alojamiento es en las casas de las familias saharauis, quienes se encargan de organizar la comida, lo que representa un gasto de unos 20 euros por persona por los cinco días.
COORDINADORA ESTATAL DE ASOCIACIONES SOLIDARIAS CON EL SAHARA (CEAS)
C/ Del Pez, 27, 3º Izq. Oficina 314, Madrid
T. y F. 34 (91) 531 7604
www.festivalsahara.com
Las proyecciones suceden en los campamentos argelinos de Tinduf, a pocos kilómetros de la frontera con el Sahara Occidental. Precisamente en una llanura de roca y arena que los beduinos llaman la Hammada (“el desierto del desierto”). Durante el día, el clima es seco y caliente como un trago de tierra del Sahara, por eso en Argelia la gente dice “¡Vete a la Hammada!” cuando quiere mandar a alguien al infierno. Pero al caer la noche la temperatura baja, las estrellas brillan y frente a una pantalla de madera blanqueada con cal, cientos de saharauis sentados en el suelo sobre sus alfombras suspiran cuando empieza la proyección.
La tercera edición del Fisahara comenzó en abril de este año. Las mujeres cubiertas con melfas (saris) rojos, verdes y amarillos levantaban sus manos pintadas con henna para saludar a los artistas que venían invitados al festival. Entre ellos estaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano, que arrastraba con esfuerzo su maleta con rueditas por las dunas, mientras decía “esto es una hermosa locura”.
Un grupo de niños recibió corriendo los camiones que transportaban latas circulares cargadas con película y dos proyectores portátiles. Además, venían directores de cine como Jaime Chávarri, que llegó aquí como lo hicieron antes las actrices españolas Maribel Verdú y Lola Dueñas; esta última visitó el Sahara después de recibir en España el Premio Goya a la mejor actriz por su interpretación en Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar. Pero durante los cinco días que dura el festival, también llegan grupos de amigos mochileros, padres con sus hijos y periodistas. Personajes famosos y espectadores anónimos aquí se sientan juntos frente a la pantalla de cine, comparten comidas, jaimas (tiendas de campaña rectangulares) donde dormir y el viento del desierto que despeina a todos por igual. Cada año parten de Madrid tres vuelos charter hacia el Sahara, donde las butacas nunca están numeradas, y después de seis horas de vuelo aterrizan en una realidad que muchos definen como “de otro mundo”.
Unos ciento sesenta y cinco mil saharauis conviven hoy en la Hammada, en una precariedad que recuerda las películas sobre sus ancestros nómadas:
viven en jaimas, la mayoría de ellas donadas por la cruz roja u otras entidades solidarias, crían cabras y camellos, y edificaron con barro las casas que sirven de cocina, baño y comedor, donde reciben a los visitantes y comparten bocados de carne de camello, ensaladas y papas fritas. Al estilo tradicional árabe, la vida en el campamento sucede al ras del suelo: sobre grandes almohadones y alfombras de colores que siempre están impecables, porque a pesar de vivir entre dunas, aquí la arena se sigue considerando suciedad.
En las jaimas siempre hay un brasero de hierro forjado donde, como bienvenida, se calienta agua para preparar un té dulce y espumoso; “cada persona bebe tres vasos. El primero es fuerte como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte”, repiten los saharauis en una especie de rito de iniciación en el que las miradas de todos se cruzan, como reconociendo a quienes serán parte de su familia durante esta semana de película.
Las familias saharauis se formaron en el Sahara Occidental —frente a las Islas Canarias— cuando el país era una colonia española y fueron refugiadas por Argelia en 1975, cuando España levantó su administración después de cien años de proceso colonial y Marruecos los invadió. Unas imágenes sepia que circulan por internet muestran aquel ataque marroquí y el éxodo: todos huyen en camiones, perseguidos por el napalm y envueltos en una cinematográfica nube de polvo.
“Para nosotros, españoles, la situación del Sahara es una deuda histórica. Los abandonamos”, decía José Taboada Valdés, presidente de la Coordinadora Estatal de Asociaciones de Amigos del Pueblo Saharaui, la principal organización que coordina el festival y que, en España, tiene tantos contribuyentes como la Cruz Roja.
Ahora los saharauis llevan treinta años viviendo como refugiados. Esperan que un referéndum mediado por la onu les permita volver a su país. Mientras tanto son un pueblo dividido por un muro que Marruecos construyó durante la guerra: de un lado viven quienes no se exiliaron y todavía resisten la invasión marroquí en el Sahara Occidental, del otro lado quedaron los refugiados en la Hammada, donde la mayoría de los jóvenes parten a estudiar a Cuba becados por el gobierno de Fidel Castro, para regresar diez años después.
“Yo quería filmar estas historias de familias fragmentadas. Pero cuando vine al Sahara y vi la necesidad de intercambio cultural de la gente, pospuse el rodaje y empezamos a organizar el festival”, dice el director del Fisahara, Javier Corcuera, que nació en Lima, Perú, y hace veinte años llegó a Madrid para estudiar cine. Ahora es un director de documentales reconocido. Su última obra, Invierno en Bagdad, fue estrenada en TVE (Televisión Española) y este año la presentó en el festival junto a otras 17 películas.
“Muchos saharauis conocieron el mar y el cine gracias al Fisahara. Por eso aquí el cine es como el agua para la tierra seca, un puente de intercambio y una forma de crear esperanza, ya que la cultura es esperanza, el cine es esperanza”, dijo Miriam Hmada, ministra de Cultura saharaui.
“Este festival es una prueba de que más allá de la impotencia oficial existe el diálogo entre gente de distintos lugares que se reconocen hermanos, porque los animan la misma voluntad de justicia y de belleza”, decía Galeano durante una conferencia. Se le notaba su piel blanca arrebatada por el sol y arena en las arrugas de los ojos. El desierto le estaba haciendo efecto. Y quizá, como la mayoría de los invitados, no se animó a coger el cacharro de lata que aquí sirve de ducha.
Como todos los que vienen de visita, Galeano había traído alimentos enlatados, caramelos, e iba vestido con zapatos de suela gruesa, como los que usan las tropas cuando van al frente, porque en verdad aquí todo está hecho para la guerra: la ropa, los discursos, los vehículos Land Rover de doble tracción y la organización social que obligó a las mujeres a tener entre cinco y ocho hijos para paliar las bajas sufridas en la guerra.
Para evitar bombardeos marroquíes a gran escala, en los años setenta los saharauis se establecieron en el desierto en cuatro asentamientos que están separados por varios kilómetros entre sí. Todos llevan nombres de ciudades del Sahara Occidental, tienen escuelas donde enseñan castellano, un hospital, depósitos de agua racionada y cada año el festival se organiza en un campamento diferente. En 2006 fue en El Aaiún.
La programación del festival se desplegaba sobre cartulinas de colores. Los carteles anunciaban una carrera de camellos, conferencias y, para los niños, un taller donde explicaban cómo se hace una película. En la lista de “proyecciones” había historias de amor, como La vida secreta de las palabras, de Isabel Coixet, que ganó el Premio Goya a la mejor película; de guerra, como Iluminados por el fuego, del argentino Tristan Bauer, dibujos animados que convocaron a cientos de niños como El sueño de una noche de San Juan, de los españoles Ángel de la Cruz y Manolo Gómez.
Algunas proyecciones se hacen a cielo abierto y el público se sienta en el suelo sobre alfombras gigantes; otras son en cobertizos acondicionados con sillas de plástico y oscurecidos con techos de lámina. En todas las funciones la gente conversa, come, se levanta, como si estuviera en la sala de su casa, sólo que aquí nadie se queja. Salvo cuando proyectan escenas de sexo. Este año, varios hombres las censuraron parándose frente al proyector porque decían que podían herir la sensibilidad de los religiosos más ortodoxos. Algunos les dieron la razón.
La cultura saharaui es musulmana, aunque se trata de uno de los pueblos más occidentalizados de los países árabes. Cada año ocho mil niños son acogidos durante el verano por familias de España. Y los jóvenes que viajan a estudiar a Cuba no sólo han importado el castellano caribeño, sino que también trajeron el béisbol, elevaron a calidad de ídolo al bateador dominicano Irving Flete y las mujeres son fanáticas del culebrón venezolano María Clara, que la cadena de televisión Al Yazira transmite cada tarde en sus televisores blanco y negro, alimentados con batería de camión.
“Extrañamos el Caribe”, dice Mohamed Blal, que vivió quince años en La Habana, donde estudió educación física y ahora es el director de deportes en los campamentos. “El problema es que aquí no hay dónde aplicar el conocimiento, que al final se pierde”, decía Blal, que para el festival había organizado un partido de béisbol donde los jugadores llevaban turbantes en vez de las gorras habituales.
En cada edición, los organizadores del Fisahara dedican el festival al cine de diferentes orígenes, y este año le tocó a Cuba. Por eso para la última noche había programada una fiesta con música caribeña, y uno de los invitados era el actor cubano Vladimir Cruz, protagonista de la película Fresa y chocolate. “Cuba tiene que resistir porque es un símbolo. Eso me dice aquí la gente, porque se sienten súper cubanos”, decía Cruz, mientras esperaba el veredicto de un jurado popular saharaui que iba a anunciar la película ganadora de esta temporada. El premio era un camello blanco para el director.
Hubo deliberaciones y al final ganó La historia del camello que llora, una película mongola que narra el drama de un camello rechazado por su madre. “La historia de orfandad es similar a la que vivimos después de cien años de ser colonia española”, decían, en tono reivindicativo, los que estaban de acuerdo con la elección.
El festival de cine se iba acabando y en las jaimas comenzaba el intercambio de teléfonos, direcciones y fotos. Las películas, como siempre, además de una ventana al mundo, acabaron siendo un pretexto para encontrarse y para buscar consuelo y respuestas en las historias de ficción, que a veces parecen más terribles que la realidad.
GUÍA PRÁCTICA
El próximo festival está programado para abril de 2007. La duración es de cinco días y el precio del viaje, ida y vuelta desde Madrid, es de 500 euros. El alojamiento es en las casas de las familias saharauis, quienes se encargan de organizar la comida, lo que representa un gasto de unos 20 euros por persona por los cinco días.
COORDINADORA ESTATAL DE ASOCIACIONES SOLIDARIAS CON EL SAHARA (CEAS)
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