África Pop y que la fuerza te acompañe
Mos Espa. Fotografía de Alonso Vera Cantú

África Pop y que la fuerza te acompañe

De los desiertos de Túnez a las selvas de Guatemala, y de la filosofía budista a los pilares de la fe islámica, la producción de La Guerra de las Galaxias, capitaneada por George Lucas, buscó vida de otros mundos en este mismo. Y la encontró. Y nosotros nos dispusimos a hacer lo propio.
Por Alonso Vera Cantú | febrero 2007 | Tags: , , ,
Hay quienes visitan África para presenciar la crudeza o drama de la vida “al natural”. Hombres de negocios disfrazados a la David Livingstone (el famoso explorador escocés), armados hasta los dientes con cámaras que dan envidia. Abuelas que se levantan al alba para ver cómo una leona hunde sus dientes en la tibia yugular de alguna cebra, y que gritan eufóricas cuando la tierna rayada alcanza su muerte a borbotones. Jóvenes haciendo el amor a la luz de la luna, riendo como las hienas, que devoran los restos de su confit de canard en la terraza de sus campamentos con alberca.

Pero para otros, el safari al “continente madre” implica escaparse a los sitios y creencias que hicieron realidad nuestra saga favorita; dormir en las ruinas de sus escenarios, convivir con sus personajes y llevarse a casa un pedazo de fibra de vidrio que fuese la costilla de un dragón krayt. Llámenos nerds o hijos de la necesidad escapista luego de eventos como Vietnam y Watergate. Directores como George Lucas, Francis Ford Coppola, Martin Scorsese y otros baby-boomers nos ofrecieron una realidad alternativa en sus historias. Eso los hizo fenómenos, y eso nos hace felices.

Por ello quisiera comenzar diciendo: “hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana…” para remitirlos con su tono característico de cuento de hadas. Pero no tiene sentido, ya que lo acontecido fue apenas a unas cuantas horas de vuelo de sus casas. Tendré entonces que hacerlo con un:

Hace unos meses en un sitio cercano,
donde hay gente como usted y como yo,
con ilusiones y necesidades similares,
en un contexto excepcional que promete un viaje de película…

HABÍA UNA VEZ, PUES
Túnez es un país pequeño pero enormemente diverso, ubicado en la región norteafricana conocida como el Magreb, de influencia arábiga en tierras con memoria cartaginense y romana; uno de esos prósperos protectorados franceses que lograron su independencia a expensas de la Segunda Guerra Mundial. Está dividido por la cordillera Atlas; al norte hay fértiles valles mediterráneos atiborrados con olivos y al sur los misteriosos confines del desierto del Sahara.

Y fue en su fracción austral donde comenzó mi safari por sitios que únicamente Ray Bradbury podría describir —y que gracias a George Lucas yo sólo tengo que traer a la memoria—. Desde Túnez capital, y a bordo de un vehículo todo terreno, atravesé lagos de sal que componen largas extensiones, níveas y craqueadas, centelleantes bajo el inclemente sol. Son rodeadas por oasis tupidos con palmeras datileras, graneros fortificados y poblados entre dunas encrespadas con camellos y beduinos. Vistas que bien podrían ser de Marte o del menospreciado Plutón.

Y casi un día después llegué a Tozeur, un oasis a orillas del Grand Erg Oriental o “mar de arena”: el umbral de la galaxia Star Wars. A primera vista parece un simple poblado de ladrillos color ocre con un inmenso palmeral que existe gracias al agua que mana de sus fuentes subterráneas. Aguas que dieron de beber a las guarniciones romanas, y con las cuales sus habitantes riegan las palmeras que protegen sus árboles frutales, que a su vez sombrean sus cultivos de hortaliza desde hace siglos. Conoció una gran prosperidad en épocas antiguas. Pero nada como cuando en marzo de 1976, exactamente treinta años antes de que yo llegara, se instalaron allí las 130 personas que conformaban la producción de una película de fantasía científica que se volvería un fenómeno de la cultura pop.

Estiré mis piernas y mis sentidos caminando por sus bulevares con fachadas en relieve, transitados por carretas y atestados de mercadillos con artesanías de piel, alfombras, algunas joyas y piedras del desierto. Había también cafeterías donde los hombres ataviados con sus yalabas, o largos mantones de lana con capucha como de jedis, pasan el día bebiendo té, fumando narguile y platicando de política y deportes. También había barberías, hammams o baños turcos, y otras delicias típicas de la región. Y al llegar al corazón de su laberíntica medina, donde todo huele a cuscús y boñiga de caballo, me senté frente a su mezquita Ouled el-Hadef a imaginar.

Imaginé la emoción de George Lucas por realizar allí su historia inspirada en la Roma antigua, la Segunda Guerra Mundial y el periodo romántico. Basada también en los tratados mitológicos de Campbell, los “spaghetti westerns” de Sergio Leone, las aventuras de Flash Gordon, las obras de Isaac Asimov y las de Kurosawa.

Al menos eso es lo que enumera en sus entrevistas, ya que la ideología islámica, los atuendos y creencias de sus habitantes y los poblados bereberes que estaba por descubrir me resultan esenciales para mostrar su galaxia lejana y conformar su filosofía de la fuerza: “un campo energético creado por todos los seres vivos, que nos rodea, nos penetra y acopla a la galaxia en conjunto”, como diría Obi-Wan Kenobi. Me sorprende que nunca haya hablado de la obviedad de dichas similitudes, y me bastó el As-Salaamu aleikum de un transeúnte (“que la paz esté contigo”) para sentirme bienvenido con un “que la fuerza te acompañe” en esta antiquísima civilización galáctica, sucia y oxidada, servida para ilustrar un futuro antiguo.

Caída la noche me hospedé en un pequeño hotel que se dice usó la producción como base en los años setenta, y observé el amanecer sobre las rocas Belvedere que franquean su palmeral. No había dos soles destilándose del desierto como en la película, pero uno me bastó para suspirar por lo que miraba en el horizonte, como hacía Luke Skywalker en este planeta donde vivió su infancia. Por ello, los siguientes días abordé mi todo terreno y me dispuse a descubrir el interior del sur de Túnez o, mejor dicho, del planeta Tatooine. Y es que conforme pasaba el tiempo la línea divisoria entre uno y otro desaparecía. Que conste.

ESPEJISMOS
Tatooine es un planeta pobre y con poca industria que explotar, de gente trabajadora que sobrevive a sus días ardientes y noches frígidas. Ubicado en el “borde exterior” de la galaxia, ni las leyes de la República, ni más tarde del Imperio, le atañen. Todo es controlado por los hutt, y los ordenamientos de estos gusanos gigantes atraen a cazarecompensas y ladrones. Ahora, a turistas con cámaras y guías charlatanes. Conforme navegaba sus extensas dunas de arena interrumpidas sólo por cañones y lagos de sal, mantenía la guardia, preocupado por sus indígenas, como los terribles Tusken Raiders o los “hombres de arena”, y las criaturas jawas. Juro que el sentimiento no era obra del hashish.

La primera parada la realicé 15 kilómetros al oeste, en la Grande Dune, el escenario de los Jundland Wastes, donde C-3PO camina junto al enorme esqueleto de un dragón krayt. Un joven berebere me agarró con la guardia abajo mientras miraba pedazos de fibra de vidrio en forma de huesos que han sobrevivido tras treinta años al sol. Conocidos por los árabes como imazighen u “hombres de tierra”, los bereberes viven en la región desde hace milenios. Divididos en clanes, se dedican a la caza, la siembra y el pastoreo, y su arquitectura refleja la estética y astucia de la que es capaz el hombre en situaciones extremas. Pronto supe dónde se inspiró George Lucas para crear los centros urbanos de Tatooine.

El joven Saaled me acompañó un rato y me invitó a visitar su pueblo, Nefta, así que le ofrecí un aventón a bordo de mi todo terreno transformado ahora en uno de los speeders de Tatooine. Con un local a bordo me atreví a conducir por el borde del Chott El-Jerid, el lago de sal más grande del país, hasta el cañón Sidi Bouhlel. Apodado como el “Cañón Star Wars”, sus murallas líticas vieron a los jawas estacionar su sandcrawler, a R2-D2 (nuestro Arturito por su acrónimo españolizado) caminar por sus formaciones, a los Tusken Raiders atacar a Luke, y a éste último y a Ben observar el puerto de Mos Eisley a la distancia. Muchas escenas de la Amenaza fantasma y del Ataque de los clones también fueron filmadas allí, pero ésas no las ubiqué. Sólo imaginé a Anthony Daniels quitándose su traje de C-3PO cada 15 minutos para poder respirar, y a los camarógrafos soplando arena de sus lentes la noche entera.

Alrededor del medio día llegamos al oasis de Nefta, un hermoso pueblo en la frontera con Argelia. Es reconocido como el segundo sitio más sagrado en Túnez ya que se dice fundado por Kestel, el nieto de Noé. Fue un importante centro del sufismo en el siglo xvi, y disfruté pasear por su medina repleta de mezquitas y casas decoradas con filigrana que confieren un sentimiento de fin de mundo. El atardecer llegó como ensueño mientras tomaba café y jugaba dominó en La Corbeille, la cafetería donde se aprecian las mejores vistas del oasis, por lo que decidí extender mi tienda de campaña y pasar la noche allí.

PUERTO INTERESTELAR
Luego de suculentos croissants calientes, cuscús con carne de camello y café a manera de desayuno con mucha “c”, conduje 35 kilómetros hasta Ong Jemel o “Garganta de Camello”, otra de las locaciones de La guerra de las galaxias, y en donde también se filmaron escenas de El paciente inglés. De hecho fue la producción de ésta la que modeló el camino hasta el sitio al borde del Chott Gharsa, otro lago de sal donde fulguran trozos de mica. Sobre esta encantadora colina camélida que fungió como guarida de Darth Maul en la Amenaza fantasma, y en donde éste peleó con Qui-Gon Jinn por primera vez, se divisan las caravanas de sal y la silueta de Mos Espa, mi siguiente parada.

En primera instancia, parece un espejismo de tablas de triplay, alambre de gallinero y concreto surgiendo del desierto. A segunda solicitud se presenta como las ruinas del escenario construido para los Episodios I y II, con su imponente diseño espacial de acentos bereberes. Y es hasta el final cuando se aprecia como Mos Espa, una de las ciudades portuarias interestelares más antiguas de Tatooine.

Sus domos protegen de los rayos solares en este sistema binario (de dos soles). Hay talleres, comercios y áreas de recreo como la Gran Arena, donde se realizan las carreras de pods. La prosperidad del pueblo está ligada a las apuestas y al mercado negro, y en él la esclavitud es algo común a pesar de que ha sido prohibida en el resto de la galaxia. Fue en sus alrededores, conocidos como los Cuarteles de los Esclavos, donde Anakin Skywalker vivió su infancia y fue hallado por el maestro jedi Qui-Gon Jinn. Una generación más tarde su hijo, Luke Skywalker, creció en una cercana Granja de Humedad. Y aunque ambos fueron destinados a una grandeza más allá de este remoto paraje, su presencia se hizo notar en este poblado que ahora sucumbe a la intemperie y los caprichos de sus visitantes.

LA PANTALLA MÁS GRANDE
Douz es un oasis aun más soberbio que Nefta, y su entorno cumple con todo cliché sobre cómo debiera ser un desierto: silencioso y jorobado, en donde el cuerpo se contrae y expande delineando el tamaño del propio contenedor. Ése fue mi siguiente destino, y para llegar crucé el Chott el-Jerid, que reflejaba las montañas Atlas al amanecer. Tuve la fortuna premeditada de hacerlo en jueves, cuando se celebra el mercado que reúne a los nómadas del clan tuareg, a los bereberes, a los criadores de camellos, curanderos, cuenta-cuentos y charlatanes que intercambian mercancías y chismes llegados de los confines del Sahara.

Las imágenes me supieron a Biblia. Hombres adornados con tocados, yalabas y cayados, con sus corderos y cabras en brazos. Y aunque la severidad del desierto se reflejaba en sus ojos, estrechaban sus manos y sonreían a cada saludo y transacción. Sin duda una vivificante escala antes de cruzar el desierto.

En el siguiente trecho las dunas engordaron y las montañas color miel surgieron del horizonte. Me dirigía al corazón del territorio berebere, el epicentro del peregrinaje Star Wars, el cruce de rutas entre el Sahara y el Mediterráneo para los mercantes antiguos. Elegí el modesto poblado de Tatooine, que fungió como guarnición francesa y cuyo nombre resulta más que una coincidencia, como base para explorar los graneros fortificados de la región.

Para visitar Ksar Ouled Soltane subí montañas y atravesé desfiladeros hasta que apareció esta imponente fortaleza berebere cuyo nombre deriva del árabe qasr, o “castillo”. Estaba desierto. Tan sólo una tienda cerrada, dos niñas que al mirarme se escondieron y una viejita asomada en su ventana. Parecía que me esperaba una emboscada. Pero aún así atravesé el túnel de acceso al patio central. Era irreal, orgánico, con sus ventanas curvas y escaleras suspendidas. Un reducto de arena ocre elevándose en cuatro niveles, con torreones, templos y almacenes o gorfas. En tiempos de guerra amparaba a las mujeres y niños, el ganado y la comida. Y en tiempos de paz era mercado y hospedería. Fue erigido en el 1500 por los bereberes, y cinco siglos después se utilizó como los Cuarteles de los Esclavos de Mos Espa.

Entré por la única puerta abierta. Un hombre preparaba su té, y al descubrirme se acercó y me invitó a beber con él. “Qué bueno que te quedas”, me dijo Bashir al primer sorbo, “nadie lo hace, sólo vienen, toman fotos y se van”. Luego me explicó cómo el día en que llegó Lucas él estaba en la escuela y se perdió la filmación. “Al menos viste la película”, le dije. “No he visto películas”, me respondió. “¿No has visto Star Wars?”, le insistí. “No, nunca he visto una película”, concluyó, y cambiamos de tema. Hablamos de su gente, los bereberes, personas orgullosas que disfrutan del té y la plática, y que han resistido varias oleadas de conquistadores, desde los fenicios y los romanos, hasta los bizantinos, los árabes, los franceses y los turistas japoneses. Todos han alterado su estilo de vida, pero aún conservan sus creencias animistas con influencia islámica y sus costumbres, como ofrecer posada al viajero.

A la mañana siguiente me despedí de Bashir y proseguí hasta Ksar Haddada, otro granero fortificado del medioevo cerca de Tatooine empleado por Lucas como escenario. En él Qui-Gon Jinn aprendió el real parentesco de Anakin y, aunque se encuentra en ruinas, aún es posible apreciar partes de la escenografía que ahora restauran para ofrecer albergue a los peregrinos en un futuro cercano.

OCHO SEMANAS
Esporádicos intentos por colonizar los agrestes parajes de Tatooine resultaron en comunidades aisladas, como Anchorhead. Fueron fundadas por quienes buscaban subsistir cosechando la humedad para no involucrarse en los negocios de los hutt. Y la familia Lars no fue la excepción. Su Granja de Humedad es un complejo indicativo escarbado en la arcilla del desierto, compuesto por una plaza central diez metros bajo tierra en torno a la cual se crearon cuartos y almacenes aislados de la intemperie. Los Lars empleaban los vaporizadores para juntar las escasas partículas de agua en el aire y poder irrigar sus plantíos subterráneos.

Matmata, mi siguiente destino, fue la inspiración y escenario para lo anterior. La leyenda dice que el poblado troglodita, de gente que vivía en la tierra labrada, lo fundaron tribus egipcias desterradas por los romanos en la antigüedad, y que la gente temía esta región montañosa por los monstruos que salían de la tierra y mataban a los forasteros. Por ello, nadie supo de su existencia hasta 1967, cuando una tormenta destruyó muchas viviendas y sus habitantes bereberes acudieron al gobierno de Gabes, la ciudad más cercana, para pedir auxilio, desentrañando al fin el misterio.

Hoy día hay cientos de estas viviendas esparcidas en el valle, y aunque muchas siguen habitadas y son una belleza, hay una que sobresale: el Hotel Sidi Driss. Este famoso emplazamiento fue utilizado como escenario para la casa de los tíos de Luke Skywalker en los Episodios I, II y IV. Y por supuesto adquirí una habitación para pasar la noche en las entrañas de la tierra y divagar a solas en este poblado que reitera además la creatividad y adaptación de los bereberes.

La propiedad ha pertenecido a la familia por muchas generaciones. Cliegg Lars vivió ahí con su esposa Shmi, madre de Anakin. Y su hijo Owen la heredó para vivir con su esposa Beru Whitesun. Fueron ellos quienes criaron al pequeño y desmadrado Luke, quien pasaba las tardes mirando el horizonte, añorando integrarse a la Academia Imperial como sus amigos. Sin embargo obedeció los deseos de su tío hasta que los stormtroopers destruyeron la granja y mataron a Owen y Beru dejando sus cuerpos calcinados. Muy al estilo de los stormtroopers nazistas. Desenraizado, el joven Luke dejó Tatooine para seguir el sendero Jedi.

La cena la sirven amables bereberes en lo que resta de la escenografía; en la misma habitación donde Luke desayuna con sus tutores y les comenta su ansiedad mientras se toma una malteada azul en el Episodio IV. Y donde 25 años más tarde, o veinte años antes, Anakin y Padmé se reúnen con C-3PO, y Anakin conoce a Cliegg Lars, el granjero que se casó con su madre secuestrada por los Tusken Riders. Es entonces cuando saca el Darh Vader que hay en él, como hizo un grupo de turistas italianos al enterarse que no había ya vacancia.

Luego de ocho semanas, once millones de dólares gastados y un dictamen de hipertensión a George Lucas, la producción de la película Star Wars, más tarde llamada el Episodio IV, Star Wars: una nueva esperanza, al fin salió de Túnez. Sin embargo, 25 años después regresaron a filmar los últimos capítulos de la saga, o los primeros. Y los parajes desérticos de Tozeur, las fortalezas de Tatooine y las casas trogloditas de Matmata dieron vida más allá de las estrellas una vez más, como lo hacen para quien emprende su safari a la región.

EL RESTO DE LAS GEOGRAFÍAS
La Isla de Djerba, donde Ulises y sus marineros fueron seducidos por los “comedores de lotos”. En el poblado de Ajim se filmó la casa de Obi-Wan y la Cantina de Mos Eisley donde Luke y Obi-Wan lograron salir de Tatooine al contratar los servicios de Han Solo y Chewbacca.

El palacio de Reggia en Caserta, cerca de Nápoles, fungió como el palacio Theed donde vive Padmé Amidala en el planeta Naboo. Se utilizó para los Episodios I y II, al igual que el Lago de Como, al norte de Italia.

En Finse, Noruega, se filmaron los exteriores del planeta Hoth al inicio del Episodio V.

En el desierto de Yuma en Arizona se completaron las escenas del desértico Tatooine, mientras que Buttercup Valley y Death Valley en California dieron vida a la boscosa luna de Endor, casa de los ewoks.

El Parque Nacional Tikal de Guatemala, con sus regios templos mayas, fue la Base Rebelde en la luna de Yavin IV en el Episodio IV.

GUÍA PRÁCTICA
Túnez mezcla un gran litoral, las dunas del Sahara, oasis y sitios arqueológicos antiquísimos: escenarios que dieron vida a Star Wars. Su territorio permite vivir experiencias diversas en poco tiempo: expediciones por el desierto, deportes acuáticos, museos y el ambiente cosmopolita de sus ciudades. Su cocina y las artesanías de bronce, cerámica, lana, así como las joyas que decoran sus zocos resumen la influencia de todas las civilizaciones mediterráneas. Su gente es amable y además del árabe habla francés y en ocasiones inglés.

CÓMO MOVERSE
Compañías como Tunisair (www.tunisair.com.tn) ofrecen vuelos diarios desde las principales ciudades de Europa y el Medio Oriente a los principales enclaves turísticos de Túnez. Vuelos locales y autobuses conectan al resto del país. Los latinoamericanos requerimos visa para entrar. En Túnez capital, Djerba y Tozeur se alquilan vehículos para explorar a discreción, aunque para el desierto es recomendable contratar un guía.

CUÁNDO IR
El clima es templado casi todo el año, pero la mejor época es en mayo y septiembre, para evitar la lluvia y los meses de estío. En diciembre se celebra el Festival del Sahara en Douz, con bailes, luchas y carreras sobre camellos. En el mismo mes, pero en Tozeur, se realiza el Festival de los Oasis, con conciertos y actuaciones en las calles que celebran la cosecha de los dátiles.

DÓNDE DORMIR
En Túnez capital está The Residence (Les côtes de Carthage, La Marsa; T. 216 (71) 910 101; F. 216 (71) 910 144; http://theresidence-tunis.com; habitaciones dobles desde 220 euros), un lujoso resort arabesco a orillas del mar con lujosas suites y restaurantes tradicionales. En Tozeur el favorito es el Sofitel Palm Beach (Route touristique; T. 216 (76) 453 111; F. 216 (76) 453911; www.sofitel.com; habitaciones dobles desde 200 euros), que ofrece los servicios de un hotel cinco estrellas sin sacrificar personalidad. En la isla de Djerba está el Dar Dhiafa (4146 Erriadh; T. 216 (75) 671 166; F. 216 (75) 670 793; http://hoteldardhiafa.com; habitaciones dobles desde 112 euros) un carismático hotel boutique en una casona berebere íntima y bien decorada. En ellos se pueden solicitar expediciones personalizadas, ya que en el resto de los poblados hay que limitarse a hoteles informales de una o dos estrellas, como el Hotel Sidi Driss (Matama Ancienne; T. 216 752 30 005), los cuales no toman reservaciones.

MÁS INFORMACIÓN
www.tourismtunisia.com
www.tunisie.com
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