Todo sobre Madrid
Barrio de la Concepción. Fotografía de José Manuel Navia

Todo sobre Madrid

Seguir los pasos de Pedro Almodóvar es una manera como pocas de revivir, en el magnífico Madrid contemporáneo, la “movida” que hizo posibles a personajes como Alaska, Carmen Maura y el propio Almodóvar en la España postfranquista de los años ochenta.
Madrid es la capital del Universo Almodóvar. Y yo me estoy tomando una copita de jerez en el Viridiana, la capital de la capital del Universo Almodóvar, el restaurante cuya cocina ha engordado al director manchego durante las últimas tres décadas. “El problema de Pedro es la báscula”, me dice Abraham García, cocinero, escritor, dueño de este local decorado con fotogramas de la película de Buñuel, ginecólogo en Tacones lejanos, carpintero en Kika y camarero que interpreta milongas en La flor de mi secreto. Además de actuar como extra, dirige el catering en muchos de los rodajes: “Si no fuera por la báscula, se pasaría la vida comiendo, tiene un apetito voraz”.

Ni la gula ni la ambición son temas importantes en la poética almodovariana. Sí lo es el deseo. Desde las parejas disparatadas y las violaciones políticamente incorrectas de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, hasta los amores enfermos del enfermero enfermo Javier Cámara en Hable con ella (que en la película deja embarazada a su paciente en coma) o del marido alcohólico de Penélope Cruz en Volver, el deseo recorre su filmografía. Pero lo primero que deseó Almodóvar no fue un cuerpo: fue una ciudad. Cuerpo infinito y urbano. Desde su pueblo extremeño, él quiso ir a Madrid. Y lo hizo; en lo que él ha llamado “la decisión más importante de mi vida”. Llegó por la carretera M-30. Pronto descubrió que la metrópolis era glamour y extrarradio, modernidad y miseria, plantas de marihuana y bacalao al pil-pil. Esa mezcla abigarrada, bizarra y sorprendente existía tanto en el Madrid postfranquista de la llamada “movida” como existe ahora, en este siglo xxi, presuntamente europeo.

Tabla de chorizo ibérico, lomo embuchado y jamón, con mango, melón y uvas: lo dulce y lo salado, el collage en el plato. Todos los caminos deben llevar a Viridiana, donde el contraste está tanto en los manjares como en la decoración: cientos de frascos marroquíes de azahar, imágenes de películas buñuelescas. Variado e imprevisible restaurante, como el cine del director de Hable con ella.

Un almuerzo o una cena en el restaurante de Abraham García tiene que ser medular en cualquier viaje topográfico de Almodóvar. Pero el primer contacto con esa realidad fílmica debe darse en otro lugar, a modo de prólogo: en el viaducto de la calle Bailén, muy cerca del Palacio Real. Aparece en Matador y no por casualidad: hace siglos que es un lugar asociado con el suicidio. Ya lo dice la canción de Joaquín Sabina: “...suicida en el viaducto, guapo en un culebrón…”. Ahora no es posible asomarse al vacío, porque unos grandes paneles de vidrio disuaden de nuevos saltos, pero sí se puede ver desde allí las dos caras de Madrid que han obsesionado al director. Por un lado, el Madrid de los Austrias, con sus fachadas señoriales de colores, sus rincones de bohemia y su paisaje de tejados; por el otro, el parque de Las Vistillas en primer plano y al fondo un decorado inabarcable de periferia, industria y autovías, con la Sierra en último plano.


LUGARES PERIFÉRICOS
Alejarse del centro permite visitar espacios emblemáticos. Como el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena, en la Avenida Daroca (sin número), posiblemente el más grande de Europa, que aparece en buena parte de las películas del manchego. En Carne trémula, por ejemplo, un funeral condensa las tensiones entre los personajes de Liberto Raval, Javier Bardem y Pepe Sancho. Fue construido en 1876, con planos del icónico arquitecto medievalista Fernando Arbós, y en todo este tiempo ha perdido la unidad estética de su nacimiento, se ha ampliado, ha sido absorbido por la urbe y se ha convertido en un espacio ecléctico y barroco, profundamente cinematográfico. Entre sus huéspedes ilustres —como la cantante Lola Flores, el actor Fernando Rey o el político Pablo Iglesias—, se encuentra Enrique Tierno Galván, el alcalde que supo instrumentalizar el prestigio alcanzado por cantantes como Alaska o Tino Casal, fotógrafos como Alberto García-Alix, o el propio Almodóvar, protagonistas del movimiento contracultural “la movida madrileña”, que se convirtió en la marca de la ciudad en los años ochenta.

El aeropuerto de Barajas y la estación del tren de alta velocidad, AVE, en Atocha, también han sido escenarios recurrentes. Para los amantes de la arquitectura, merece la pena demorarse en las superficies onduladas, como olas de amarillo, que ha inventado el arquitecto Richard Rogers en la ampliación del aeropuerto. La estación de Atocha, que recuerda con una estatua y una placa las víctimas del atentado terrorista de 2003, abre Kika, cuando Peter Coyote llega a la ciudad; también Cecilia Roth circula por ese espacio, en Todo sobre mi madre, para viajar a Barcelona. Sus rincones con palmeras y plantas casi tropicales, como de un invernadero decimonónico, invitan a recorrer el oasis metálico que es la estación de Atocha. Muy cerca está el Museo Reina Sofía, que durante 2007 tiene prevista una gran exposición precisamente sobre el “manchego universal”.

“El plato favorito de Pedro es la pastela”, afirma Abraham García mientras me sirve esa delicia de perdiz roja de monte y gallo de corral, preparada en un estilo magrebí y dulce. En la carta de Viridiana, los fiambres, las carnes y los gustos tradicionalmente españoles se funden con aromas orientales, africanos o americanos: pierna de cordero merino con curry y canela, para entendernos. Centro y periferia en el mismo plato: para todo cocinero (como para todo director, como para todo cronista) lo que importa es el punto de vista.

EL CENTRO URBANO
El final de Carne trémula muestra la calle del Arenal decorada con luces navideñas. Uno de los planos, en que se ve a un hombre que espera eternamente, se detiene en el Palacio del Jamón, uno de esos locales característicos de la ciudad y de todo el centro de España, iluminado en exceso, sin ningún tipo de sofisticación, donde sirven excelentes raciones de jamón de Jabugo y fiambres ibéricos, que luce con orgullo los diplomas que demuestran que ganó en dos ocasiones el Primer Premio Nacional de Cortadores de Jamón. Puede ser un buen lugar para empezar un recorrido a pie por el centro almodovariano de Madrid.

De ahí sale un callejón llamado de San Ginés, donde aguarda desde fines del siglo xix una chocolatería del mismo nombre. En ella se inspiró el dramaturgo Ramón María del Valle-Inclán para su “buñolería modernista”, con Rubén Darío entre su clientela, en su obra Luces de Bohemia. Algunas de las escenas más salvajes de nuestro director, como la paliza al policía (que resulta finalmente ser el hermano gemelo del policía) a manos de una banda punk liderada por Alaska, todos disfrazados con el traje regional madrileño en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, beben del humor esperpéntico de Valle-Inclán, que todavía sigue siendo el mejor guía de la noche desaforada madrileña.

Hay que seguir por la Plaza Mayor, donde Juan Echanove se marca un zapateado nocturno en La flor de mi secreto. Los domingos por la mañana se celebra allí una feria numismática y filatelia que permite ver el contraste entre los coleccionistas autóctonos y los turistas que llenan las mesas de las terrazas. El mismo domingo se puede seguir por El Rastro, lleno a rebosar de tenderetes de ropa, libros, antigüedades, artesanías, discos, manufacturas, en cada esquina un bar donde tomar una tapa de calamares y una caña fresquita, a cada paso un déjà vu (el barrio aparece en gran parte de su filmografía) o un guiño, como una tanga con mensaje en el triángulo dorado: “Antes muerta que sencilla”.

En el vecino barrio de La Latina vive la escritora que interpreta Marisa Paredes en La flor de mi secreto. La zona está llena de plazas con encanto, como la de La Cebada o la de La Paja. Seguir los paseos de la actriz puede conducirnos a sorpresas que no aparecen en la película, pero que le recuerdan al viajero que no todo puede estar en el guión, como el Café Delic, un local cálido de decoración viajera, con jazz de fondo y todo tipo de pasteles y delicatessen para acompañar el café con leche o el vino tinto. Entre sus clientes están los actores Juan Diego Botto y Ernesto Alterio.

La tarde debería encontrarnos caminando por la Gran Vía. En el número 28 está el edificio de la Telefónica, inaugurado en 1929, que aparece fugazmente en Mujeres al borde de un ataque de nervios, como homenaje a los años que Pedro Almodóvar pasó trabajando en esa compañía, mientras los fines de semana y con la subvención de los amigos, filmaba su primera película. Ahora es la sede de la Fundación Telefónica, que acoge exposiciones interesantes.

Bajando hacia el Paseo del Prado, en el número 42 de la calle Alcalá está el café del Círculo de Bellas Artes, donde se puede tomar el último café de la tarde o la primera copa de la noche. Se trata de uno de los lugares de reunión emblemáticos de la capital. La institución fue fundada en 1880 y desde entonces es uno de los centros de la vida cultural, con sus ciclos de conferencias, sus exposiciones temporales, sus talleres, sus fiestas. El arquitecto Antonio Palacios diseñó el edificio, declarado Monumento Nacional, con la categoría propia de su tan distinguido enclave: entre la Puerta de Alcalá y la Puerta del Sol. En el café, bajo pinturas murales y una lámpara kilométrica, se reúnen intelectuales y turistas en un ambiente formal, histórico y mitómano: aquí se reúnen Victoria Abril y Peter Coyote para discutir sobre un guión en que trabajan, en una escena de Kika.

MADRID LA NUIT
“Yo creo que una ruta por el Madrid de Almodóvar tiene que ser muy gastronómica y muy alcohólica y muy sexual”, me dice Abraham García después de servirme un foie gras de pato con humo de arce en una bandejita plateada en forma de pato, regado con Sauternes, un vino dulce francés. Hacemos una lista de los lugares que no debe perderse ningún viajero por la topografía almodovariana. Empezamos por el Café del Real, cuya cercanía a la Escuela Superior de Arte Dramático lo convirtió en los años ochenta en lugar de encuentro de gente como Imanol Arias, Antonio Banderas o el propio Almodóvar, retratados para siempre en los marcos que pueblan las paredes. Seguimos por el Villa Rosa, el bar de copas más antiguo de la capital, imán del flamenco, decorado con azulejos de temas andaluces, que acoge una de las escenas de Tacones lejanos, pues allí actúa el travestido Miguel Bosé. Y está La Lupe, en el barrio de Chueca, para quienes gusten de los monólogos teatrales y del travestismo divertido: ahí actuó en sus inicios Antonia San Juan, que años más tarde se haría famosa por su monólogo presuntamente improvisado en Todo sobre mi madre, en el que la enumeración de los costos de sus múltiples operaciones de cirugía estética provoca el aplauso entusiasmado del público.

Pero esos locales son museos, aunque vivos, del pasado reciente. La movida actual está en Calle 54, bajo la batuta de Fernando Trueba, que retrató su ambiente musical de jazz latino en el documental que tituló con el mismo nombre; Bebo Valdés, Paquito D’Rivera, Michel Camilo y muchos otros han actuado en este escenario mítico de la noche española actual. Además se puede cenar en su restaurante de lujo.

Si hubiera una nueva movida madrileña, su sede sería Le Ki, un pub cuyo dueño, Pepe Patatín, también vivió aquellos años locos de la transición democrática. Artistas, faranduleros, trasnochados, diseñadores y cultivadores de todas las tendencias sexuales se dan cita aquí, a diario, entre la cena y la discoteca que conducirá a la madrugada.

Entre las infinitas opciones de alojamiento, hay algunas que están en sintonía con el espíritu de las películas que propician este viaje. Como el hotel-boutique-de-diseño Mario Room Mate, o como el Hotel Mónaco, un antiguo burdel que conserva su atmósfera de los años veinte pese a la modernización de los servicios. Sus columnas neoclásicas, las camas con dosel y los pesados cortinajes disparan la imaginación tanto como el jacuzzi o los espejos en el techo. La habitación 120 cuenta con una gran bañera en el centro. No es la de Victoria Abril en ¡Átame! pero puede servir perfectamente como estímulo para una recreación dramática de la inolvidable y húmeda escena.

EL SABOR DE LA INFANCIA
Ya probé las lentejas estofadas con albóndiga de jabalí y canela, y la flor de calabaza en tempura con morcilla de Lesla sobre salsa de pimientos verdes, y los huevos de corral sobre mousse de hongos con trufas frescas. Abraham García entra y sale de la cocina con el delantal blanco y ademanes de control absoluto. Entre incursión e incursión me cuenta que conoció a Buñuel en la Taberna de Jacobo, que de niño fue pastor, que acaba de volver de cacería (los ojos del ciervo moribundo clavados entre ceja y ceja), que compra cada día en tres mercados tradicionales de la ciudad, que podría vivir de sus libros de cocina y viajes, que el vino favorito de Pedro es el Moscato d’Alba, que la cocina que le gusta al director de cine es la muy cocinada.

Los sabores nos acompañan desde la cuna. Madrid es el centro neurálgico de la filmografía almodovariana, pero hay que ir a La Mancha para entenderla. En Almagro se cocinan berenjenas, pies de cerdo y lomo de cierva, y sobre todo: perdices y gallos de corral. En Mujeres al borde de un ataque de nervios, Antonio Banderas vive en el número 38 de la calle Almagro. De Madrid a Almagro, como de Madrid a Barcelona, se atraviesan parajes que antes se recordaban por los postes de teléfono o del tendido eléctrico y ahora, en cambio, están marcados por los parques eólicos.

Para el director madrileño, cualquier lugar, ya sea Nueva York, Ciudad Real o Barcelona, constituye el extranjero. Me doy cuenta de ello en Viridiana, mientras Abraham está en la cocina y yo saboreo el yogur griego y el helado de higos chumbos con tequila de postre, leyendo los textos autobiográficos de Patty Diphusa, donde Almodóvar evoca varias veces las ganas intestinas que tenía de irse de su pueblo. Había nacido en Calzada de Calatrava, en el partido judicial de Almagro, provincia de Ciudad Real; había crecido en Extremadura: desiertos culturales en pleno franquismo. En Volver, su última película, se ha atrevido a regresar a los parajes de su infancia. Pero también ha mostrado la frontera: esos parques eólicos que giran, y que son sinónimo de locura.

Para quien quiera ir a las raíces, puede tomar el AVE en Atocha y acercarse a Ciudad Real. El cementerio de Volver es el del pueblito Granátula de Calatrava, una hormiga comparado con el elefante de cinco millones de cadáveres de La Almudena. Almagro merece una visita, para ver el Corral de Comedias del siglo xvii, que se conserva como si aún se representaran en él las obras de Lope de Vega con el autor entre el público, y para degustar la comida tradicional castellana de El Corregidor (Jerónimo Cevallos 2; T. 34 (926) 860 648; entre 35 y 45 euros). La casa de la familia de Penélope Cruz y Carmen Maura está en la Plaza Mayor, junto a la oficina de turismo; curiosamente, la casa de la vecina no está a pocos metros, sino en Madrid. Ese recurso de montaje, esa distancia de cientos de kilómetros anulada por los trucos del cine, podría ser una buena metáfora de cómo pervive lo natal en la cabeza de un emigrado.

Quien se acerque a la Calzada de Calatrava, podrá visitar en el número 48 de la calle Urbino Morales la casa donde nació el director. El pueblo está sufriendo el proceso de museificación que caracteriza a todos los que acogieron el nacimiento de una celebridad. Mientras llega el museo proyectado, se puede pasear por el parque Pedro Almodóvar. El mejor lugar para pasar la noche en esa zona está en Almagro, cuyas calles empedradas conservan el empaque del Siglo de Oro: Casa del Rector (Pedro Oviedo 8; T. 34 (926) 261 259; www.lacasadelrector.com; habitaciones dobles entre 85 y 180 euros).

EPÍLOGO EN BARCELONA
Aunque el cine de Almodóvar tenga en Madrid su capital indiscutible, ha sido absolutamente ibérico. La mala educación, por ejemplo, fue rodada también en Valencia, Galicia y Cataluña. De esa película la localización más recomendable como visita turística es el edificio Cal Gobernador, o Escuelas Pías, de Alella, un pueblito también interesante por su producción vinícola, en la comarca del Maresme, a diez kilómetros de Barcelona. En ese edificio de fines del siglo xix se ambientan las escenas del colegio en la película: los escarceos homosexuales adolescentes y la perversión del cura con su guitarra.

La Barcelona de Todo sobre mi madre recuerda a Marsella o a Nápoles: es solar, lúbrica, en una película que comienza y termina en París. Los barrios más antiguos y costeños de la ciudad acogen los vagabundeos de las protagonistas: el Barrio Gótico, la Plaza Real, la Ribera, el Borne; calles medievales, estrechas, donde la ropa tendida de un vecino se une (por el viento) con la del vecino de enfrente. Dos lugares exactos que aparecen bien retratados en el filme: el hospital de Nuestra Señora del Mar y la plaza de Medinaceli, al lado del Paseo del Borne. Las palmeras y la luz vertical del sol se vuelven emblemas en las imágenes de esos lugares. Cuando llega la noche, el director nos enseña la otra cara de la moneda: los alrededores del Camp Nou, la periferia prostituida y travesti. Se impone el lado oscuro. Quizá porque Cecilia Roth confiesa varias veces que sus idas y venidas a Barcelona son una huida de Madrid.

Después del café, me despido de Abraham y de su restaurante y de Almodóvar y de Madrid. Camino a Barcelona, por paisajes que ruedan como aspas de molinos, recuerdo lo que dice Marisa Paredes en Tacones lejanos, tras lamentarse de cuánto ha cambiado la ciudad, con partes que ya no va a reconocer y pienso ya en el regreso: “Lo que me preocupa es que esta ciudad no me reconozca a mí”. A mí no me preocupa: toda ciudad es desmemoriada. Olvidamos con rapidez lugares urbanos que nos acompañaron durante décadas. ¿Para eso se inventó el cine? ¿Para auxiliar nuestra memoria? ¿Qué se recordará de Almodóvar con el paso de los años? ¿Y de la “movida madrileña”? Tal vez alguien haga este viaje y lo recuerde siempre.

Pero no voy a acabar así este artículo de viajes. Demasiado vino dulce francés. Voy a terminar citando una entrevista que Almodóvar se hizo a sí mismo en 1984. Se pregunta: “Pero tú vives en Madrid y trabajas aquí”. Y se responde: “Yo vivo en Madrid sin vivir en Madrid”. Ése es el sueño de todo viajero y la maldición de todo emigrante. Y quizá la razón última de todo un cine, madrileño y cosmopolita. Quizá.
  • Páginas
  • 1
Hyatt

¿Qué hay de nuevo?

Septiembre 2014

Ha llegado el mes de la moda y las tendencias. Te sugerimos algunos de los eventos más importantes que marcarán la pauta del 2015.
26/08/14

Fin de semana Express

Un plan de último momento, para los que quieran escaparse y festejar con tequila en mano. Y no cualquier tequila…
11/09/14

¿Algo de la maquinita?

La cadena de hoteles Marriott lanzó su primer proyecto para viajeros pensado por un viajero.
10/09/14

  • Gallery Weekend México
  • ILTM Cannes 2014
  • Virtuoso español