Érase una vez en Durango
Fotografía de Adam Critchley

Érase una vez en Durango

Si a Durango se le conoce como “tierra de cine” es porque en los paisajes conformados por sus tierras áridas, cielos azules y luz nítida se han filmado más de 170 películas: actores de la talla de John Wayne y James Coburn filmaron algunos de los ejemplares más memorables del género western. Visitar los sets que siguen en pie constituye una extraña y fascinante manera de descubrir su legado.
Por Adam Critchley | febrero 2007 | Tags: , , ,
Varios de los sets cinematográficos construidos en los años cincuenta para el rodaje de las populares películas western se encuentran a unos cuantos kilómetros de la ciudad de Durango, en el norte de México. Y Jack Smith, el director de arte de 20th Century Fox, es el presunto responsable de que, en 1954, dicho estudio se instalara en esta árida tierra para la filmación de White Feather, dirigida por Robert D. Webb y protagonizada por Robert Wagner.

Pero de no ser por el empeño de la gente local en cuidar estas pequeñas y precarias construcciones, hace mucho tiempo habrían desaparecido, expuestas a los elementos y vulnerables a los ladrones. Sin embargo, varias han sobrevivido casi incólumes. Una de ellas es Villa del Oeste, un set que fue rescatado del olvido y convertido en un pequeño parque temático en donde se dan cita vaqueros, indios, hombres sin nombre, caballos y bailarines, para presentar un espectáculo que nos remite al western, ese género que tanto cautivó a los cinéfilos durante décadas.

Fidel Sáenz Valenzuela trabaja de lunes a domingo en Villa del Oeste, ya sea personificando a un vaquero o como el maestro de ceremonias durante el espectáculo, que consiste en una secuencia de sketches: tiroteos, equitación, mucho humor y un baile de cancán a cargo de un desfile de chicas lindas, la mayoría estudiantes duranguenses. Pero tras bambalinas, es también el hombre que administra el set y logra que funcione como un pequeño parque temático. “Tratamos de que el mote de Durango ‘tierra de cine’ no caiga, que la gente venga de otros estados y otros países, aunque no tengamos filmaciones”, me explica.

Villa del Oeste cuenta con un saloon (cantina), tres restaurantes en funcionamiento, un banco, una peluquería, una agencia funeraria, un salón de billar, un hotel (que no opera como tal) y un par de tiendas que ofrecen artesanías y recuerdos fabricados por la gente local. Durante los espectáculos, parte del show transcurre dentro del saloon.

La idea de rescatar el set de esta manera fue del presidente de la asociación de hoteleros de Durango, y en 2002 la gente local le metió ganas para convertirlo en algo digno de un escenario, aunque fuera para los turistas y no para las cámaras y equipos de producción. Algunas de esas personas ahora viven en Villa del Oeste, como “Peter el enterrador”, personificado por un joven duranguense que, con su larga caballera, su sombrero y chaleco negros, recuerda al personaje creado por Johnny Depp en la película Dead Man de Jim Jarmusch, cinta que, me lo jura, nunca ha visto.

Su casa es la “parte trasera” del banco, un edificio de una sola planta sobre la calle principal del set. “Yo salía de cantinero o banquero”, me cuenta, “pero me interesa más el personaje del enterrador. Es un poquito más oscuro, y más elegante.” Durante los espectáculos, Peter sale de su negocio, ubicado a lado del banco y en cuya fachada se lee la leyenda “descuento de dos por uno en suegras”, para medir los cadáveres que, cada sábado, domingo y días festivos, suelen caerse al polvoriento piso durante los duelos. Cuenta que su película favorita es Érase una vez en el Oeste, de Sergio Leone.

EL MALO DE LA PELÍCULA
Antonio Juárez encarna al “personaje más malo de Villa del Oeste”, Tom Parker. “Yo llegué como un visitante más, como usted”, me cuenta. “Yo venía ‘caracterizado’ y me invitaron para que formara parte del elenco.” Y no es el único que llega “caracterizado”. Durante los espectáculos se observan, entre el público asistente, a hombres de aspecto misterioso y rudo, con botas y sombrero con el ala inclinada para tapar los ojos del azote del sol del desierto, que bien podrían ser personajes esperando su turno.

Entre semana, cuando el set está abierto al público pero no hay espectáculos (excepto en época de vacaciones, cuando se presentan 3 o 4 espectáculos al día), Antonio se dedica a otra cosa, a las artes plásticas. Apareció como extra en la película Las Bandidas, con Salma Hayek y Penélope Cruz, además de varias telenovelas y un comercial televisivo para una marca de cerveza. Para su personaje en los espectáculos de Villa del Oeste dice haberse inspirado en Angel Eyes Sentenza, encarnado por el actor Lee Van Cleef en la película de Sergio Leone de 1966 The Good, the Bad and the Ugly. Cuenta que cada uno de los actores aporta su propio vestuario y, aunque el apoyo que reciben para el esfuerzo de venir a actuar ante el público es “mínimo”, su ambición es “salir en una buena película”.

PLUMA BLANCA
“Villa del Oeste tiene algo de magia”, me dice Fidel, sentado en su oficina. Tiene aspecto de hombre importante, el alcalde o un cacique, sentado tras el escritorio y vestido con una elegante camisa blanca, chaleco y guantes negros, lentes oscuros y una pistola enfundada en cada cadera. “A la gente la gusta tanto Villa del Oeste que tiene la inquietud de saber cómo puede venir y actuar. Así que le damos una probadita, hacemos que se suelte para ver si le podemos dar un papelito. Y al momento de actuar nos dimos cuenta de que al público le gusta el elemento de improvisación, ver cómo salvamos el show. Y es que estamos en vivo y a veces nos gana la risa.”

Pero no siempre es un asunto de risas. “A veces nos va bien y a veces nos va muy mal”, me dice. “El financiamiento del proyecto proviene del boletaje de la entrada. A veces no nos alcanza para pagar la nómina. Los actores saben que a veces es cuestión de aguantar. Se va acumulando un déficit y en una temporada fuerte lo sacamos. Pero no queremos parar porque estamos dando un servicio, al promover el turismo para el estado de Durango.”

Y como diría un funcionario de la secretaría local, el turismo trae trabajo. La llegada de visitantes al set significa una derrama económica importante. Los locatarios —de los restaurantes, bares y tiendas dentro del set— tienen el local prestado. Fidel es el primero en identificar la potencia del set como motor económico.

“Quisiéramos tener todo el set repleto de negocios, como si fuera un pueblo real, y que todos los locatarios se vistieran de época. Quizá pudiéramos tener un hotel en funcionamiento, no con un jacuzzi pero sí con una tina de esas de aquel entonces. Suena ambicioso, pero viene tanta gente. Ojalá encontremos un inversionista que le entre. El dueño de un camión a quien le gusta el tema nos lo prestó para el transporte público al set.” Al autobús lo bautizaron como “Pluma blanca” y está tapizado con imágenes de los protagonistas: las chicas del cancán sonríen plasmadas a sus costados mientras el autobús espera en la Plaza de Armas, frente a la catedral, como una invitación al viejo oeste.

Orgulloso, como el buen maestro de ceremonias que es, Fidel se muestra optimista con respecto al reto de mantener en pie los viejos sets que, durante muchos años, amenazaban con derrumbarse en espera de un nuevo rodaje. O, lo que es peor, con ser destruidos a manos de la gente de la zona, que suele llevarse los materiales para construir sus propias casas si se percata de que nadie los está utilizando. “He estado al borde del fracaso”, me cuenta. “A punto de divorciarme de mi esposa, por no poder aportar dinero a la familia. Pero a mí me interesa que Villa del Oeste siga viva. A nivel nacional no existe nada como ella.”

Fidel explica que su ambición es enlazarla con los otros sets cercanos para formar un recorrido turístico, con un pequeño tren, además de agregarle una aldea india, para que siga creciendo y al legado fílmico de Durango no se lo lleve ese viento seco del desierto.

EN LA SALA DE ESPERA
El set más cercano a Villa del Oeste es San Vicente Chupaderos, a cuatro kilómetros. A diferencia del primero, Chupaderos sí es un pueblo real. Una calle principal todavía luce su almacén general (general store), un banco y un cementerio ficticio con cruces de madera que llevan los nombres de algunos de los actores que trabajaron aquí, no todos ellos muertos (está Gene Hackman, por ejemplo) de modo que un letrero en la entrada pide disculpas a los vivos, que cada vez son menos. También hay una oficina del sheriff y hasta un cadalso con su horca.

Aquí no se presentan espectáculos para el público y el lugar ha sido apropiado por los campesinos de la zona, mismos que deambulan por las calles, mientras los niños se prestan como guías para turistas dispuestos a enlistar, a cambio de una propina, algunas de las películas que fueron filmadas en San Vicente: La cárcel de Cananea (1960), con Pedro Armendáriz, Cuchillo (1978), con Andrés García, Something Big (1971), con Dean Martin y Chisum con John Wayne, de 1970, la película favorita de Fidel.

Más hacia el norte, sobre la misma carretera que conduce a Parral, a 44 kilómetros de la ciudad de Durango, se encuentra el pequeño set de La Joya, antigua propiedad de John Wayne, quien lo heredó a una pareja. Los simpáticos ancianos siguen viviendo ahí y le abren la reja a cualquier visitante, al tiempo que aseguran que Wayne fue un hombre muy amable y “muy alto”. Wayne rodó un total de siete largometrajes de corte western en Durango y tal fue su legendaria estatura que se dice mandó construir una cama de mayores dimensiones en el hotel donde solía hospedarse.

La Joya cuenta con un corto tramo de vías de ferrocarril, sobre el cual están estacionados dos vagones de tren, y hay una cárcel y los restos de una iglesia, que sirvieron para la película The Train Robbers de 1973, protagonizada por el mismo Wayne. Sigue en pie la estación, y su sala de espera es el sitio donde habita la pareja Lozoya, los herederos de Wayne que cuidan el set, en espera de que sea utilizado de nuevo.

A unas decenas de metros se abre una profunda barranca, otro escenario muy utilizado para escenas de tiroteo y valentía, elementos que, tanto como hombres rudos y sombrerudos, las mujeres guapas y los indios salvajes, y los paisajes inhóspitos bajo cielos despejados, suman los ingredientes imprescindibles para todo buen western.
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