Luces sobre Petra
Khazneh Fotografía de Patrick Monney

Luces sobre Petra

Si alguna vez se ha preguntado si vale la pena desplazarse hasta Jordania para ver Petra con sus propios ojos, la respuesta es “sí”. Las emociones que despierta este sitio van mucho más allá de las imágenes que todos hemos visto en fotografías. Y de las vistas, es mejor ni hablar.
Por Patrick Monney | marzo 2007 | Tags: , , ,

Tantos textos han sido escritos sobre Petra, tantas fotos han sido tomadas desde todos los ángulos escondidos, y nada puede transmitir la impresión de la llegada a esa ciudad vieja como el tiempo, antigua capital de los nabateos, pueblo árabe que dominaba la región de Transjordania en la época prerromana.

Al llegar a Wadi Musa, ese pueblo hundido dentro de un circo de montañas áridas, nos encontramos con una atmósfera de mercado rural, con tiendas para turistas, restaurantes y hoteles, donde el visitante es el rey y el botín al mismo tiempo. Sin embargo, el implacable sol tempera los ánimos, la impaciencia por descubrir el misterioso sitio atormenta el alma y los pasos llevan hacia la ciudad perdida.

Nosotros llegamos desde Amman, después de haber visitado la ciudad de Madaba, el Mar Muerto y los suntuosos paisajes de las montañas que lo bordean. La noche caía sobre esa zona árida de rocas cuyos colores reflejaban la luz del sol.

Estábamos casi resignados a controlar nuestra impaciencia por descubrir Petra hasta la mañana siguiente. Pero, esa noche había una visita nocturna, y al comprar los boletos, suplicamos para que nos dejaran entrar al menos unos 15 minutos antes que a los demás. Unas velas alineadas en el suelo nos llevaban por un camino de tierra a lo largo del río seco que es ahora Wadi, hasta que entramos por el Siq, una estrecha y sinuosa falla en la roca. La luz de las velas jugueteaba con sus propios reflejos sobre la piedra y alargaba las sombras.

Disfrutamos de esos momentos, aislados en la inmensidad de un desierto desconocido, inmersos en un angosto cañón, bajo un cielo blanco de estrellas. A la lista de clichés hechos realidad, se sumaba la emoción por lo desconocido.

El Siq serpenteaba, las luces de las velas bailaban, el silencio era pesado, el camino largo y no sabíamos a dónde íbamos a llegar dentro de esa mágica penumbra. De repente, dentro de la falla, apareció un brillante resplandor, una flauta elevaba una música en el aire, los muros del Siq dibujaban un marco y en el fondo apareció el Khazneh, o tesoro, el famoso monumento tallado en la roca, con sus elegantes columnas decoradas por capiteles de inspiración helenística, llamado así porque se cree que en su recinto hubo alguna vez un tesoro.

A sus pies el suelo estaba tapizado de velas, y el misterio del lugar, en la paz de la noche, exponía su majestuosidad con una luz irreal. Nos sentamos en el suelo: éramos los únicos que podíamos gozar de esa contemplación. Y el instante se convirtió en una de esas raras experiencias que trasmite la conciencia del pasado del hombre, y graban la sensación en la memoria.

Después de veinte minutos, se oyó un zumbido, como si se acercara un panal de abejas entero. Llegó la gente, se instaló, empezó el show con la música, los narradores, el ruido. Adiós contemplación. Nos fuimos cuando el lugar estuvo desierto de nuevo.

DE DÍA
A la mañana siguiente, camino a las ruinas, otra luz del sol se reflejaba sobre las montañas rojizas. Todo tipo de gente deambulaba por el camino que seguía el río seco, unos iban en carreta, otro montados a caballo, pero el objetivo común era recorrer los tres kilómetros que separan la entrada del Khazneh. Los jinetes regresaban a todo galope para convencer a nuevos pasajeros, levantando nubes de polvo, y ofreciendo —sin saberlo— imágenes surgidas de otros tiempos.

Al caminar se observan con tranquilidad los monumentos que se encuentran de cada lado: las tumbas de los obeliscos, otras tumbas monolíticas, los restos de una presa nabatea; y llegamos a la entrada del Siq. El angosto camino puede llegar a tener tan sólo cinco metros de ancho, con muros de 200 metros de alto, y fue formado por las fuerzas tectónicas. Se observan en él los restos de los canales excavados en la roca, que junto con unos tubos de terracota llevaban el agua a la ciudad. Los restos del pavimento que se observa en el Siq datan de los romanos.

Las paredes se acercan, a punto de tocarse en la cima, obstruyendo la luz y el sonido, cuando, enmarcado por esa moldura negra, aparece el Khazneh. Estalla de rojo por el sol que lo alumbra. La imagen es soberbia, arrogante, insólita y surgida del pasado, tal como la vieron los nabateos hace más de dos mil años.

Aunque la gente se amontona, toma sus fotos, discute (con palabras nada nuevas) la belleza, e imagina (con imaginación nada nueva) la vida en otros tiempos, el lugar se deja observar, querer; adorar, incluso.

Esculpido en la roca para ser una tumba alrededor del año 200 a.C., su impresionante fachada tiene 43 metros de alto, y están las columnas, los capiteles, los bajorrelieves. La mejor luz es la de la mañana, entre 9 y 11, cuando lo iluminan los rayos del sol. Los camellos se agregan al paisaje, algunos beduinos ofrecen sus caballos o carretas, otros, sus artesanías, un puñado de soldados cuida el conjunto.

ENTRE MUROS DE TIERRA
El Siq sigue abriéndose a la derecha, y se descubre una serie de elegantes monumentos o tumbas, de variados tamaños, estilos y estados de conservación. Todas esas tumbas en forma de templos fueron excavadas en la roca roja. Algunas juegan con las vetas de la piedra, que dibujan adornos naturales en sus muros, de líneas color rojo sangre, anaranjadas o blancas. Luego encontramos el anfiteatro de ocho mil asientos, construido en los años de Jesucristo, rodeado de una serie de grutas que quizá fueran tumbas o habitaciones.

Al legar a la ciudad baja, unas tienditas ofrecen bebidas y recuerdos, y en la montaña Al-Khubta encontramos las tumbas reales: la primera contiene una urna, su sala interior es inmensa (20 metros por 18) y hermosa, le sigue la tumba de estilo corinto, la tercera es la tumba que imita un palacio de tres pisos, uno de los más grandes monumentos de Petra, y finalmente llegamos a la tumba de Sextus Florentinus, hijo del gobernador romano de la época, realizada en el año 130.

El camino sigue la pendiente del terreno y llegamos a la vía de los pórticos, con sus columnas, su pavimento y sus fuentes públicas. Era la arteria principal del corazón de la ciudad, donde se encontraban las termas, el antiguo templo consagrado a Dushara (principal dios nabateo), el templo de los leones con alas, y los restos de la iglesia bizantina.

El pequeño museo muestra hermosas piezas encontradas en el sitio: pedazos de ollas y platos, figuras de bronce y lámparas de aceite, y el restaurante que se encuentra al final de la ciudad se llena de visitantes sedientos que sobrevivieron al sol impasible. El olor a keftas, esas brochetas de res o carnero asadas al carbón, invade el aire.

CUESTA ARRIBA
Las djebel (montañas) cierran el valle y un camino se infiltra entre sus pliegues para emprender un duro ascenso hacia el monasterio. En el camino, encontramos la Tumba de los Leones, donde los restos de dos leones esculpidos en la roca adornan la fachada, y la escalada de ese cañón nos lleva, a fuerza de vistas espectaculares, al imponente templo. Su arquitectura recuerda la del Khazneh, pero es más grandioso y elegante, con 50 metros de ancho y 45 de alto. Se piensa que data del siglo iii a.C., y que fue utilizado como iglesia posteriormente. Un pequeño café fue instalado enfrente, lo que permite refrescarse y escuchar los comentarios de los que se atrevieron a subir hasta ese fabuloso lugar.

En la parte trasera, desde un montículo, se aprecia la impresionante vista de las retorcidas montañas áridas y el Wadi Araba, 1?500 metros más abajo, un valle que va desde el Mar Muerto hasta el Mar Rojo. Al suroeste, se divisa el djebel Harun coronado por un pequeño domo blanco, que se cree es la tumba de Aarón, el hermano de Moisés.

El sitio de sacrificios es una plataforma con altares labrados y canales excavados en la roca para permitir que la sangre de los animales sacrificados se escurriera. Se alcanza después de una hora y media de ascenso y la vista es insuperable.

Otros sitios asombrosos son aun más lejanos y difíciles de alcanzar, como la Tumba del Soldado Romano, la Fuente del León, la Tumba del Jardín, el Triclinium (sala destinada a las fiestas religiosas en conmemoración de los muertos), y el Umm Al-Biyara, que se alcanza después de casi tres horas de escalada y ofrece una vista espectacular sobre Petra y los alrededores.

HUELLA INDELEBLE
El sol bajaba, su luz cambiaba los colores y en la ciudad de piedra, algunas fachadas se volvían más rojizas. Los camellos estacionados enfrente del Khazneh esperaban a los últimos pasajeros, los caballos aguardaban a los últimos jinetes. El sortilegio de esos fabulosos monumentos como una mano nos detenía dentro del recinto. La noche caía, las primeras estrellas alumbraban el camino como para guiarnos hacia afuera, sin remedio. Petra había dejado en nuestras almas un sello de piedra que hasta la fecha nos invade como el fantasma de los siglos de asentamiento que ronda en ese asombroso lugar.

EL REDESCUBRIMIENTO
En 1812, un joven explorador suizo convertido al islam, Johann Ludwig Burckhardt, oyó hablar de unas ruinas y pretendió ofrecer un sacrificio a Aarón para aventurarse a descubrir la ciudad relegada, de la cual se hablaba a escondidas. Fue así como Petra entró de nuevo en el mundo, después de haber sido creada por el pueblo nómada de los nabateos en el siglo vi a.C., enriquecida gracias a los robos e impuestos que cobraban sus habitantes, conquistada por el rey Antigonos en 312 a.C., retomada por los nabateos, ocupada y urbanizada por los romanos. Con el declive del Imperio Romano, Petra se volvió una ciudad anónima, hasta caer en el olvido desde el siglo xiv, cuando sólo los beduinos conocían su existencia. Pero ahora, desde hace casi 200 años, es una de las maravillas indiscutibles del planeta.

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
Royal Jordanian (www.rj.com) vuela a Jordania desde Londres, París, Roma o Nueva York, y existen vuelos diarios a este país de British Airways y Air France. A Petra se puede llegar por carretera desde Amman (3 horas), el Mar Muerto (3 horas) o Aqaba, en el Mar Rojo (3 horas). Conviene alquilar un coche con chofer, aunque también se puede llegar por autobús.

ENTRADAS
El mejor momento para visitar Petra es temprano en la mañana o por la tarde, para gozar de la luz. Precios: alrededor de 30 dólares por todo el día; Petra de noche: 16 dólares. El sitio abre de 6 a 18 horas y, ciertas noches, a las 20:30 horas. El museo arqueológico abre de 8 a 15 horas.

DÓNDE DORMIR

PETRA
PETRA MARRIOT HOTEL
Situado en la montaña,
con una vista impresionante
de Petra y Wadi Musa
T. 962 (3) 215 6407
F. 962 (3) 215 7096
www.marriott.com
Desde 190 dólares.

MOVENPICK RESORT & SPA
Wadi Musa
T. 962 (3) 215 7111
F. 962 (3) 215 7112
www.moevenpick-hotels.com
Desde 120 dólares.

AMMAN
FOUR SEANSONS
5th Circle, Al-Kindi Street
T. 962 (6) 550 5555
F. 962 (6) 550 5556
www.fourseasons.com
Habitaciones dobles desde 300 dólares.

AQABA
MOEVENPICK RESORT & RESIDENCE AQABA
King Hussein Street
T. 962 (3) 203 4020
F. 962 (3) 203 4040
www.moevenpick-hotels.com
Habitaciones dobles desde 120 dólares.

MAR MUERTO
MARRIOTT JORDAN VALLEY, DEAD SEA RESORT & SPA
Dead Sea Road
T. 962 (5) 356 0400
F. 962 (5) 356 0444
www.marriott.com
Habitaciones dobles desde 180 dólares.

DÓNDE COMER
SANDSTONE RESTAURANT
En la calle que lleva a la entrada,
donde se encuentran los restaurantes y hoteles.
T. 962 (3) 215 7701

MARRIOTT PETRA (Arriba mencionado)
Excelente comida y una vista soberbia.

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