
Post Ranch Inn. ©Cortesía Post Ranch Inn.
Big Sur: de lo bueno, mucho
Cuando Orson Welles y Rita Hayworth llegaron a Big Sur, no pudieron más que comprar la casa de madera que hoy ocupa el restaurante Nepenthe: fue a principios de los años cuarenta, y ese mismo día tomaron medidas hasta para las cortinas, aunque nunca más volvieron.
Pero es que el tramo del centro de California que se alcanza a ver desde el acantilado del que cuelga Nepenthe, entre el Océano Pacífico y los bosques de secuoyas de las colinas de Santa Lucía, tiene una de esas bellezas que obliga a cambiar los planes a futuro, las prioridades, los superlativos y a lamentar no ser religioso, animista ni poeta adolescente. En mi caso, lo último es lo más desafortunado, pues tendré que hablar del sitio en prosa y con la firme ambición de no perderme en adjetivos adulatorios.
El asunto es que agradezco el día en que decidimos tomar la Highway 1 (construida por prisioneros en los años treinta) desde San Francisco en dirección al sur. Muy pronto empezamos a detenernos para admirar las vistas sobre la costa, pero nada de eso nos preparó para los paisajes que esperaban después de atravesar el alucinante Bixby Bridge.
SECUOYAS: MAMUTS DEL REINO VEGETAL
Mientras que desplazarse para ver ballenas, cebras, pingüinos y demás especies animales de otras latitudes ya es un hábito ampliamente aceptado, los árboles aún no figuran demasiado entre las prioridades del viajero promedio. Pero, si existe uno capaz de conmover al ser humano común, ése es el secuoya que sólo crece en esta franja del Pacífico (Sequoia sempervirens o Coastal Redwood), del sur de Oregón hasta precisamente 241 kilómetros al sur de San Francisco, donde la temperatura es moderada todo el año, hay lluvia en invierno y abunda la niebla en verano. Su espigado tronco rojizo se yergue hasta 115 metros (es la especie más alta de la que se tenga medida), y sus hojas, que forman una especie de sombrilla alargada, nutren al árbol de la neblina y la humedad de la región.
Encima, en Big Sur, los bosques de secuoyas están surcados por caminos que serpentean las colinas de Santa Lucia y llevan hasta cimas y manantiales, si no es que desembocan de pronto en acantilados y playas donde el único ruido es el estruendo del oleaje del Pacífico.
El agua es tan fría, que incluso en verano las playas no son aptas para nadar, lo cual sólo obliga a apreciar más las formaciones rocosas, las urracas azules, las mariposas monarca o las flores de amapola (según la temporada).
Por eso uno de los mayores placeres en esta región es salir a las montañas y caminar. Cada uno de los parques —llamados en honor a los primeros pobladores del área— ofrece un mapa completo de rutas de distintas extensiones y niveles de dificultad. Entre las más hermosas están la de 12 kilómetros del Parque Estatal Andrew Molera, o la de Ewoldsen, en el Julia Pfeiffer Burns State Park, donde también se puede ver la cascada de Mc Way, un potente hilo de agua que cae directamente sobre la arena.
Otra caminata de rigor es la que desemboca en los manantiales de Sykes, en lo que se conoce con el sobreexplicativo nombre de “Ventana Wilderness”, o “tierra salvaje con vistas panorámicas”. El camino de 16 kilómetros es arduo, de modo que conviene emprenderlo con la mochila a cuestas para acampar allá: es la preparación que merece la primera sumergida en el río y luego el baño en las piscinas de agua volcánica de hasta 38 grados centígrados, formadas entre la ladera de la montaña y montones de piedras apiladas.
La reserva de Point Lobos, además de su mentada colonia de lobos marinos, está poblada por focas, leones marinos, nutrias y, de diciembre a marzo, ballenas grises que viajan rumbo a Baja California. Sus formaciones geológicas de granito pertenecen a otra galaxia (bloques de tierra de cinco kilómetros de profundidad que eran partes de la Sierra Nevada e islas del Pacífico); su vida submarina es un polo magnético entre los buzos no friolentos y, sólo porque ya advertí que no soy fanática de las plantas, me atrevo a detenerme en los cipreses: la especie endémica —conocida como Monterey Ciprés—, que yergue su silueta sobre la roca, literalmente contra viento y marea, o por lo menos contra una fuerte brisa marina.
Por último, alguna de las tardes tiene que terminarse en Pfeiffer Beach. No hay anuncio sobre la discreta carretera de unos tres kilómetros del Sycamore Canyon, entre la oficina de correos y el Pfeiffer Big Sur State Park, que va directo hacia el mar. El camino de cipreses del fondo se termina en una ensenada dividida por monolitos en forma de arcos, que pelean el espacio con las olas y los rayos del atardecer.
NO TODO LO BONITO TERMINA EN DESASTRE
Que esta franja de 145 kilómetros permanezca tranquila y que apenas un puñado de hoteles colgados sobre la costa interrumpan sus parques, acantilados y playas, merece una explicación. No es común que un sitio así tenga hoy una población menor a la que tenía a principios del siglo xx, cuando la construcción del faro de Point Sur (aún se puede visitar) hizo mucho más seguro el acceso al área por mar. La población actual, de hecho, también es menor a los mil indios Esalen que vivían aquí antes de que llegaran los blancos; incluso en época de vacaciones, los visitantes se dispersan de tal manera que nunca se importunan unos a otros.
Las pruebas de carbono indican que la región estuvo poblada desde hace más de 3?500 años. Alrededor de 1770, después de que España se apropiara California, el padre Junípero Serra llegó por agua a Big Sur para establecer la segunda misión en California, San Carlos Borromeo, en lo que hoy es Carmel, y la mayoría de los nativos desapareció a raíz de las enfermedades traídas por los soldados y misioneros. Los españoles llamaron a la impenetrable región al sur de Carmel “el país grande del sur”, pero el área permaneció relativamente despoblada hasta mediados del siglo xix. En esa época California se convirtió en el estado número 31 de la Unión Americana, y llegó de Connecticut a Monterey el primer miembro de la familia Post, que fundaría el Post Ranch Inn, el hotel más emblemático de la zona y muy probablemente el más hermoso de Estados Unidos.
William Brainard Post primero se dedicó a cazar osos y venados, pero terminó por establecerse como hombre de negocios. Y la primera casa que construyó cuando se casó con Anselma, una mujer de origen costanoan, sigue en pie frente al Post Ranch Inn. Su nieto Bill, acostumbrado a llevar gente para explorar el sitio, fue el primero en abrir un hospedaje, pero no fue sino hasta fines de los años ochenta del siglo xx cuando la familia Post decidió abandonar las labores agrícolas para convertir sus tierras en un resort sin precedentes.
Pues antes de que el mundo entero tratara de revertir los efectos de un campo de golf o una pista de esquí con desalinizadoras o chalets que utilizan energía eólica o solar, en esta parte del mundo existía el término de “arquitectura orgánica”: el arquitecto que eligieron los Post, Mickey Muennig, estudió con Bruce Goff y se asesoró con la fundación Human Dimensions, de modo que el hotel estuvo planeado desde el inicio para utilizar energía solar y reciclar agua.
Del otro lado de la carretera, unos años antes de que apareciera el Post Ranch Inn como tal, el productor de Hollywood Lawrence A. Spector construyó el Ventana Inn, un sitio casi igual de hermoso, salvo porque se encuentra del lado “equivocado” de la carretera, según los snobs. Porque en realidad desde la biblioteca, las habitaciones, el restaurante o los jardines, las vistas son prácticamente las mismas. Y sus tinas calientes al aire libre son una delicia.
La idea de Spector, sorprendentemente, no era del todo distinta a la de los Post: su resort no ha sucumbido a la tentación de establecer una cancha de tenis ni de cualquier otro deporte competitivo. En su lugar, los huéspedes de Ventana pueden tomar excursiones por el área acompañados de naturalistas sinceros.
Como los Post llegaron otros pioneros, cuyos apellidos hoy son los nombres de los parques de la zona: Pfeiffer, Cooper, Dani, Partington. En 1933, de hecho, los Pfeiffer vendieron y donaron 275 hectáreas de su tierra al estado de California para que se conservaran como parque, que hoy es el Pfeiffer Redwood State Park.
Vista de atrás para adelante, la historia de Big Sur queda grabada como la de una tierra salvada por naturalistas y conservacionistas. Lo que nunca sabremos es qué pasó primero, o si estos lugares son capaces de convertir a cualquiera.
TIERRA DE ENTES FELICES
El tono enfático del mesero que nos atendió (y no nos soltó) en Nepenthe habría sido visceralmente irritante, de no ser porque empezábamos a asimilar el entorno donde estábamos; y en donde él siempre había vivido. Nadie puede amar tanto lo que hace, lo que lo rodea, los vinos que sirve y la historia del restaurante donde trabaja. A menos que, como comprobamos con otros casos, uno pase el día viendo al mar y las montañas de Big Sur. Después de que salimos finalmente de ahí —previa margarita, “hamburguesa ambrosía” y entusiasta conversación alrededor de la fogata— descubrimos que el espíritu de hospitalidad y orgullo exaltados no es exclusivo de Nepenthe.
Justo enfrente, del otro lado de la carretera, llama la atención una extraña construcción de madera y cristal, obra del arquitecto Mickey Muennig, del Post Ranch Inn. Se trata de la galería Hawthorne, donde además de las obras de la familia, se muestran obras de artistas de todo Estados Unidos. Inaugurada en 1995, sus techos altísimos y la terraza sirven para lucir los rompecabezas de acero de Grez Hawthorne, así como las fuentes y esculturas de granito del texano Jesus Moroles y otras muchas obras, más o menos hippies y más o menos originales, que en ocasiones logran hacerle la competencia al propio edificio.
No precisamente fiel al selectivo carácter del escritor a quien hace homenaje, la biblioteca Henry Miller es un recinto al que todo mundo se acerca para descansar, escuchar o tocar música y tomarse un café. Muy cerca de donde vivió Miller, de 1944 a 1962, para escapar a lo que llamó “la pesadilla del aire acondicionado”, esta casa, con un hermoso patio trasero al borde de un río, guarda manuscritos, fotos y pinturas suyas. También libros de viaje sobre la región y obras de otros escritores de la época que pasaron tiempo en Big Sur, como Jack Kerouac y Lawrence Ferlinghetti. Y durante el verano, es uno de los pocos lugares del área donde se nota que uno no está solo.
En los sesenta, Big Sur entró en la mira de los buscadores de nirvanas y otras experiencias extremas, no sólo de California, sino del resto de Estados Unidos. Así nació el Instituto Esalen, un “centro de educación alternativo” dedicado a la exploración de lo que Aldous Huxley llamaba el “potencial humano”. Hasta la fecha, los asistentes vienen a tomar cursos de yoga, tai chi, meditación, a pasearse por los jardines o bañarse en sus piscinas naturales de aguas termales, prácticamente incrustadas sobre una pared del mar. Este tipo de retiro que hoy resulta tan tópico es más bien un pionero, obra de los hippies californianos de los años sesenta y, hasta la fecha, mantiene la política de ropa opcional.
Su otra política resulta interesante hasta para la generación posthippie poco tolerante a cualquier cosa que suene new age: sus baños, que de día son sólo para huéspedes, abren de las once de la noche hasta la una para todo público, y la experiencia, a una hora en la que acá uno suele estar por acostarse, se siente como una travesura deliciosa.
Welles y Hayworth no pasaron ni una noche en su cabaña de madera. Pero mientras estuvieron en Big Sur estaban seguros de que lo harían. Y es por la mera posibilidad de certezas disparatadas y efímeras como ésas, que vale la pena conocer el lugar.
GUÍA PRÁCTICA
CUÁNDO IR
En el verano el clima es ideal para nadar en el río (el mar permanece helado), pero no por eso es necesariamente el mejor momento para ir a Big Sur. En septiembre y octubre, los colores del otoño en los arces y robles son hermosos; noviembre es el mejor mes para pescar y ver mariposas monarca en su ruta hacia Michoacán, y de diciembre a marzo se puede ver ballenas. La primavera, por último, cubre todo de rojo y violeta con el florecimiento de los lupines y las amapolas.
DÓNDE DORMIR
POST RANCH INN
T. (831) 667 2200
F. (831) 667 2512
www.postranchinn.com
Habitaciones dobles desde 550 dólares.
Construido a mediados de los años ochenta, es uno de los hospedajes más maravillosos de Estados Unidos, y no sólo por su emplazamiento. El arquitecto Mickey Muennig, de la escuela de Goff y Frank Lloyd Wright, utilizó materiales orgánicos, energía solar y un sistema de reciclaje de agua.
VENTANA INN
T. (831) 667 2331
F. (831) 667 2419
www.ventanainn.com
Ventana no está del lado del acantilado, pero casi: lo único que lo separa es la carretera 1. El servicio y las instalaciones son impecables en ese estilo californiano, donde lo lujoso son las maderas, los jardines y las vistas: nada más porque no se necesita nada más.
BIG SUR LODGE
T. (831) 667 3100
F. (831) 667 3110
www.bigsurlodge.com
Habitaciones dobles desde 129 dólares.
Una opción accesible y cómoda para quien prefiera pasar las noches bajo techo sin gastar demasiado. Ubicado en el Big Sur State Park, sus cuartos tienen terraza y están a un paso del río de Big Sur. El hospedaje incluye acceso gratuito a todos los parques estatales.
PFEIFFER BIG SUR STATE CAMP
T. (831) 667 2315
www.parks.ca.gov
Para montar una tienda en este privilegiado pedazo de planeta a un lado del río Big Sur y del Pacífico, es necesario reservar con varios meses de antelación. Vale la pena.
BIG SUR CAMPGROUND AND CABINS
T. (831) 667 2322
www.bigsurcamp.com
Aquí, en un hermoso terreno que flanquea el río de Big Sur, se ofrecen desde espacios para acampar hasta rústicas cabañas con electricidad y baños compartidos afuera.
DÓNDE COMER
NEPENTHE
T. (831) 667 2345
www.nepenthebigsur.com
De 11:30 a 22 horas.
Alrededor de 40 dólares.
Este emblemático restaurante ha pertenecido a la misma familia desde 1949. Sus fundadores, Lolly y Bill Fassett, se negaron, a pesar de su emplazamiento, a hacer un sitio pedante, de modo que Nepenthe sigue siendo un lugar para relajarse, tomar una margarita después de una caminata o saciar el hambre con una hamburguesa o un pescado asado. El sitio, construido con madera y adobe sobre un acantilado, fue obra de Rowan Maiden, estudiante de Frank Lloyd Wright, y la propia Lolly hizo a mano algunos de los ladrillos de la fogata.
SIERRA MAR EN EL POST RANCH INN
T. (831) 667 2800
www.postranchinn.com
De 8 a 10:30 para desayuno buffet (sólo para huéspedes), 12 a 15 horas y 17:30 a 21 horas.
Con la vista que tiene el restaurante uno podría prescindir de un gran chef. Y sin embargo, tras bambalinas, cocina Craig von Foerster quien trabajó en el Bay Club del Kapalua Bay Hotel y en el Plantation Veranda de Kapalua, Hawai, y dirigió el Café Bohemia en Boulder, Colorado. Craig prepara día con día un menú inspirado en los ingredientes disponibles. Orgánicos, por supuesto, langosta de Maine pochada en mantequilla con puré de chícharo y trufa, o mero de Alaska con espinacas de Saboya. Y su carta de vinos es uno de los inventarios más completos de vinos producidos en Estados Unidos.
CIELO EN EL VENTANA INN
T. (831) 667 4242
www.ventanainn.com
Para hacerle honor al hermoso local, Anthony Calamari crea menús inspirados en el Mediterráneo con productos de la costa californiana, como el foie gras de Sonoma (21 dólares) y la pierna de cordero en vino tinto servida con cuscús, pasas y jugo de codero (36 dólares).
PARQUES
Para todos los parques estatales se puede comprar un pase por coche (8 dólares el día). En la estación de Big Sur (T. (831) 667 2315) se puede encontrar mapas y todo tipo de información. También conviene de antemano consultar el sitio www.parks.ca.gov
OTRAS ACTIVIDADES
Esalen Institute www.esalen.org
Hawthorne Gallery www.hawthornegallery.com
Henry Miller Library www.henrymiller.org
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