Un secreto llamado Canouan
Fotografía de Sergio Dahbar

Un secreto llamado Canouan

Canounan, una de las 32 islas granadinas, pudo simplemente pasar a la historia como eso; una remota isla de 7 kilómetros. Pero, gracias a un cúmulo de coincidencias, cambió fisionomía, y ahora más de la mitad de su territorio es sinónimo de sofisticación, por un Resort con casino, golf y, sobre todo, por sus hermosas playas solitarias.
Por Sergio Dahbar | marzo 2007 | Tags: , , ,
Los lugares verdaderos nunca existen’’, escribió Herman Melville en Moby Dick. O se encuentran escondidos, como Canouan, una lágrima en el mar Caribe que cuelga del archipiélago de las Granadinas. Su nombre todavía depara sorpresa o curiosidad, porque los operadores del resort, que ahora ocupa casi la mitad de la isla, no terminan de clavar su nombre de manera contundente en el mapa del turismo internacional como destino de celebridades, excéntricos o gente corriente en busca de placeres solitarios. Por eso sus atardeceres respiran el silencio de los parajes que no han sido descubiertos. La historia se ha contado tantas veces que pareciera formar parte de un gran embuste. El 11 de octubre de 1492, Cristóbal Colón, suponiendo que se acercaba a las costas de Japón, observó a través del océano y vio una luz “como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba”.

Los historiadores debaten aún acerca de lo que vio o no vio el genovés. ¿Se trataba de una hoguera en la costa lejana, o fue el resplandor de esos animales autóctonos de Bermudas llamados gusanos de fuego, que emitían luces verdes intermitentes para atraer a sus parejas?, como ha especulado el investigador Miles Harvey. O, como escribió el biógrafo de Colón, John Noble Wilford, “¿fue la misteriosa luz sólo una aparición en los ojos del ilusionado navegante?”. Todas las hipótesis parecen probables, sobre todo si en una mañana clara se atraviesa la luz del Caribe desde el aire y se advierte el nacimiento de una isla, bautizada Canouan por los indios caribes, en un horizonte de puras olas. En esos momentos el visitante puede presentir acaso una parte ínfima del deslumbramiento que encegueció la imaginación de Cristóbal Colón en el año 1492.

HISTORIA DE UNA TORTUGA
Cinco siglos más tarde, Canouan sigue siendo un misterio. Uno de esos misterios que uno no desea que se resuelvan. Su nombre es un vocablo indígena que nombra las innumerables tortugas que se encuentran en la isla. Su superficie cubre apenas siete kilómetros cuadrados, territorio en donde se desarrolló una evolución singular de la caza, la pesca y la artesanía rudimentaria. Los primeros pobladores de la isla, cerca de tres mil años antes de Cristo, fueron los siboneyes, indígenas que vivían de la caza. La abundancia de lambis (caracolas) resolvió sus problemas de alimentación y la fabricación de herramientas. Y aprovecharon las frutas de la calabaza para producir objetos de uso cotidiano.

La siguiente ola migratoria llegó en canoas. Los arahuacos trajeron los rudimentos de la agricultura y establecieron los cultivos de maíz y yuca. Pero fueron expulsados por los caribes, pueblo guerrero que mantuvo a raya a los europeos en las costas de Canouan hasta 1797, cuando los británicos tomaron definitivamente la administración de la isla.

Canouan fue repartida entre cinco familias inglesas: Brisbane, Decato, De Cazeau, Patrice y Snagg. Sólo la última se convirtió en un verdadero poder. Los hermanos Snagg cultivaban el azúcar y se adueñaron de las tierras, hasta poseer 680 hectáreas, parte sustancial de la isla. Cuando los precios del azúcar se vinieron abajo, incursionaron en el negocio del algodón, con desmontadoras impulsadas por el viento, en Carenage, Barbruce y Rameau. Uno de los hermanos Snagg invitó al constructor de navíos inglés, Benjamín George Compton, para desarrollar técnicas de fabricación de buques.

Estas embarcaciones se convirtieron en la base del comercio de ballenas que se estableció en la isla. Mientras otra de las islas Granadinas, Bequia, dominaba el negocio, dos pesquerías balleneras se establecieron en Canouan. La colonización europea acabó con las culturas indígenas de Canouan, de las que acaso quedan rastros en escasos petroglifos, y trajo población africana. A los obreros que trabajaban en la hacienda de los Snagg sólo se les permitía construir casas de zarzo de mimbre y argamasa.

El huracán de 1921 arrasó con la mayoría de las moradas. Las autoridades restablecieron el poder local en Charlestown, que ofrecía mayor protección contra la furia de los vientos. La procesadora de algodón de los hermanos Snagg operó hasta 1946, año en que fue vendida al gobierno de St. Vincent.

En ese momento la población de la isla alcanzaba 700 residentes, que al igual que los predecesores indígenas cultivaban la tierra y pescaban. Con el tiempo aprendieron nuevos oficios y empezaron a trabajar para los pequeños hoteles que le daban servicios básicos a los barcos que cada tanto tiempo se acercaban a las Granadinas.

PARAÍSO DE ÚLTIMO MINUTO
Pero hubo que esperar hasta los años noventa para que la paradoja de la modernidad quemara con su sol una isla que apenas lograba sobrevivir mal con el fruto de la pesca, sin traumas mayores ni demasiadas ambiciones. A comienzos de la última década del siglo xx operadores de fondos de pensiones europeos buscaban un sitio donde convertir una inversión de toda la vida en un paraíso para las vacaciones, alejado de todos los ruidos del mundo.

La transformación de Canouan comenzó como suelen iniciarse las sagas que importan, con un traspié que derivó en un descubrimiento mayor. Antonio Saladino y el barón Amato, representantes del consorcio financiero Gesfid de Lugano, aterrizaron en Venezuela con la impronta del bajo perfil, como dos exploradores en la búsqueda de una inusitada flor tropical. Perseguían un lugar al borde del mar Caribe, para invertir 150 millones de dólares en el sector turístico. En otras palabras, querían desarrollar un resort.

Las autoridades venezolanas abrieron los bolsillos, pero jamás tuvieron la visión necesaria para entender el proyecto. Aparecieron trabas, complicaciones, decretos; buscaban dinero de la manera más urgente y burda: no sabían qué inventar. Cuando los burócratas de siempre atinaron a percibir las proporciones de la inversión que tenían entre las manos, ya Saladino y Amato se habían convertido en una nostalgia para los cobradores de peaje.

Por casualidad, o por un desliz del piloto, vaya uno a saber, comenzaron a ascender por el Caribe, dejando atrás Trinidad y Tobago. Los sorprendió de repente un collar de islas, las Granadinas, que desembocan como lágrimas en una cabeza mayor, St. Vincent. De ese conjunto, eran populares las bondades de Mustique, con playas repletas de gente famosa del mundo de los negocios y el espectáculo: allí no había demasiado que buscar. Observaron hacia occidente, como quien se pierde en la distancia, y descubrieron una ínfima isla, Canouan, que dibujaba sobre el mar una elaborada bota italiana, con el aeropuerto clavado en el talón. Sin saberlo, habían hallado el nuevo Dorado.

El Ministro de Comercio de las Granadinas fue el primer funcionario gubernamental interesado en que esa inversión sacara del atraso a la isla: 800 habitantes que vivían de la pesca en condiciones precarias. Independientes desde 1979 —cuando la corona inglesa dejó en paz definitivamente a las islas Granadinas—, los habitantes de Canouan volvieron a encontrarse con europeos.

DOS ISLAS EN UNA
Nadie lo advirtió en su momento, ni fue registrado por medio de comunicación alguna, pero Saladino y Amato redescubrieron Canouan en las postrimerías del segundo milenio. El desarrollo turístico que descendió sobre Canouan en 1991 cambió la fisonomía de la isla para siempre. El consorcio suizo italiano Resort Development Ltd. compró 320 hectáreas, un poco menos de la mitad de la bota.

Desde cierta perspectiva, la armonía original fue enterrada en esa década. Pero también murió en ese instante una condena a la pobreza crónica que había sobrevivido en Canouan sobre el lomo de cinco siglos de adversidad. Los empresarios trajeron servicios que no existían, como un muelle, senderos y carreteras, agua potable en toda la isla, plantas de luz solar que generan electricidad y agua caliente, y plantas de tratamiento de aguas negras. No lo hicieron con ánimos altruistas: tenían clara la rentabilidad que podían sacarle a ese proyecto.

Establecieron, también, numerosas escuelas de adiestramiento para los trabajadores locales, quienes se iniciaron en las artes de la hotelería en la sede de un primer hotel que construyó la empresa Tamarind Beach Yacht Club: hoy esa estructura caribeña noble, elevada al borde de la playa, sirve para los entrenamientos y para hospedar a los tripulantes de los yates que desean pasar la noche en tierra firme.

Los lugareños aprendieron a trabajar con albañiles, carpinteros, maestros de obra y otros especialistas, que la empresa reclutó en Estados Unidos y Europa. De esa curiosa experiencia de trabajo compartido quedan rastros de parejas mixtas, entre europeos y canouenses, que se conocieron en la construcción del resort y hoy conforman familias que viven del turismo en la isla.

De esta manera, Canouan quedó marcada por dos caras sorprendentes: una, al norte, que contiene el resort, con villas, cancha de golf, iglesia decimonónica restaurada, y casino francés; y otra, al sur, en la que se mantiene la histórica villa de Canouan, marcada por años de soledad y penuria económica, en donde un reggae monotemático insiste en recordar una de las tantas culturas que atraviesan el Caribe.

EL IMPERIO DE LOS DETALLES
Todas las culturas parecen estar presentes en este desarrollo turístico, como un homenaje a la diversidad cultural del planeta. Uno de sus arquitectos originales, Luigi Vietti, quien diseñó el proyecto Costa Esmeralda en Cerdeña (Italia) para el Aga Khan, involucró elementos sardos en un ambiente tropical ecuatorial. Así lo confirma el otro padre del proyecto, Antonio Ferrari, arquitecto que reivindica sus cinco años de vida en México a la hora de establecer una comunión fundamental con América Latina y el Caribe.

“Quisimos rendirle culto a la luz del Caribe, sin olvidar detalles de las construcciones mediterráneas. Los baños son amplios, como los italianos. Pero la inversión más importante que se realizó en Canouan tiene que ver con los detalles. Las cortinas de las habitaciones vinieron de India, los vasos de Vietnam, las sillas y sofás de Filipinas, las cerámicas de Marruecos, las mayólicas de los baños de México.”

Sobran los ejemplos, que en ocasiones resultan francamente obsesivos: el techo de uno de los restaurantes (Jambu’s) fue tejido por indígenas piaroas venezolanos con una fibra del Amazonas conocida como chiqui-chiqui, que trasladaron primero a través del cauce del río Orinoco y luego en avioneta hasta la isla.

Los adjetivos sobran ante la sorpresa que depara una visita a Canouan. Basta recordar que las habitaciones son tan cómodas que a veces se antoja no salir; que la población turística para nada conspira contra la tranquilidad necesaria para descansar; que resulta imposible salir de compras porque no existe la cultura de las tiendas globalizadas; que se trata por ahora de uno de los mayores secretos de las Antillas; que hay excursiones inimaginables a los cayos más solitarios del Caribe; y que un espléndido arrecife de coral aguarda a quienes deseen profundizar en aguas turquesa.

ÚLTIMO RETOQUE ORIENTAL
El resort, que inicialmente se llamaba The Carenage Bay en homenaje a una de las bahías de la isla, abrió sus puertas en 1994, con las banderas de Rosewood, una de las operadoras de hoteles cinco estrellas más prestigiosas del planeta. Con negocios en Estados Unidos, el Caribe, Oriente Medio y Asia, de la categoría del Carlyle en Nueva York y Las Ventanas al Paraíso en México, esta empresa administró 156 villas de Canouan hasta que se produjo el atentado de las Torres Gemelas de Manhattan, el 11 de septiembre de 2001. Como ocurrió en todo el mundo, el castillo de naipes de los negocios que dependían de los aviones se vino abajo y el turismo sufrió un duro golpe que casi hace estallar por los aires el sueño de Antonio Saladino y el barón Amato.

En el año 2004 el complejo turístico de Canouan fue reinaugurado con otro operador y nombre, Raffles Resort. Sin alterar el diseño original de las villas, los espacios comunes del casino, los restaurantes y los bares, el conjunto se orientalizó ligeramente, y adquirió una elegancia que por momentos contrasta con la informalidad del Caribe. Como si un viento asiático hubiera renovado el estilo sardo de los primeros años, sin interrumpir la belleza de las villas que se desparraman por las laderas de la isla sin que el visitante se dé cuenta. Uno de los pequeños detalles que se tomaron en cuenta a la hora de refrescar el proyecto original fue la inclusión de televisores de pantalla plana en los cuartos. Inicialmente era imposible saber qué estaba pasando en el mundo cuando uno entraba en Canouan. Para bien o para mal, esa limitación fue subsanada.

Cuesta determinar si se trata de la cultura corporativa de las operadoras o de la natural calidez de los habitantes de Canouan, que atienden todas las instalaciones del resort, pero uno se siente en casa desde que llega. Puede tirarse en la arena, hacer deportes acuáticos, dejarse atender en el spa, jugar tenis o golf, comer, dormir, caminar, jugar compulsivamente en el casino, aprender a bailar ritmos populares en las discotecas del pueblo Charlestown, o lo que fuere, pero nunca se sentirá acosado.

Quizá lo que más llama la atención es cierta desolación que por momentos pareciera no pertenecer a este mundo.

La rutina de un visitante en Canouan incluye un carrito de golf con el que se mueve por el complejo, desde las habitaciones hasta el restaurante del desayuno, y desde allí hasta las playas, al gimnasio, al campo de golf o al Casino Trump en la Villa Monte Carlo, una de las vistas más completas de la isla y el mar que la rodea.

Quienes aman los gritos de los visitantes, la desesperación de las hemorragias de turistas corriendo en las playas o colgados de las barras de los bares, o las compras compulsivas, pueden llevarse una sorpresa o ir desde ya buscando otro destino. Raffles Resort es un escondite lujoso, con pretensiones sofisticadas, pero engaña al que busca diversión con el volumen muy alto.

La paz se mantiene intacta en Canouan, y un aparente olvido de todas las condenas que afligen al planeta invade los rincones de la isla. Lo que no quiere decir que todos en la isla vivan bien. Si no existiera internet, si acaso los barcos y los aviones se paralizaran de repente, uno podría imaginar que ha entrado en la dimensión desconocida de las cosas que valen la pena en la vida. Por supuesto, hasta que llega la hora de pagar la cuenta del hotel. En ese instante, los pies vuelven a posarse sobre la tierra, y uno ratifica entonces una verdad inmortal: vivir bien, cuesta caro.


ALGUNAS CIFRAS
•150 millones de dólares invirtió Gesfid Bank de Lugano (perteneciente al Gottan Bank) en la creación del resort.
•18 hoyos posee la cancha de golf Trump, que diseñó Jim Fazio, desde donde se aprecian las aguas del Mar Caribe.
•32 islas forman parte del archipiélago volcánico de las Granadinas, de las cuales St. Vincent es la más grande. Canouan es una de las más pequeñas porciones de tierra que sobresalen entre las aguas turquesa.
•800 personas vivían originariamente de Canouan, en su mayoría “carpinteros”, ya que sobrevivían mediante la construcción de embarcaciones para la pesca.
• 1 iglesia construida con piedras que trajeron desde Inglaterra en el siglo xix se alza en medio Raffles Resort. Intacta incluso después de las desmesuras climatológicas del siglo xx, fue restaurada por el arquitecto italiano Constanzo Rovati. Ahora se utiliza para las bodas que se celebran en la isla.
• 156 villas, suites y habitaciones conforman el Raffles Resort, diseñadas por los arquitectos Luigi Vietti y Antonio Ferrari. Los espacios interiores poseen objetos traídos de todas partes del mundo: Italia, Vietnam, Venezuela, Indonesia y México, entre otros.
• 4 restaurantes (Jambu’s, La Piazza, La Varenne y Godahl Beach Bar and Grill) y tres bares (Bellini, Jambu Bar y The Pool Bar) ofrecen, menús italiano, francés, asiático y caribeño y espacios para tragos a cualquier hora del día.
• 360 grados panorámicos de vista ofrece el Monte Real, el más alto de la isla, desde donde se ven las Granadinas asomadas en el Mar Caribe, y en un día claro se perfila orgullosa la isla de Santa Lucía.
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