
Plantas acuáticas conocidas como camalotes.
Safari líquido en Argentina
Una cara nada conocida de Argentina se encuentra en el noreste, a mil kilómetros de Buenos Aires, donde en un ecosistema híbrido —ni del todo acuático ni tampoco terrestre— habitan rarezas como los venados acuáticos, los caimanes yacaré y los carpinchos, que son los mayores roedores vivientes.
“Agua brillante.” Ésa es la posible etimología guaraní de Iberá. Con esa metáfora se denomina a unos trece mil kilómetros cuadrados de agua y tierra mezclados; esteros, marismas, canales e islotes intercomunicados, ubicados en la provincia argentina de Corrientes.
En la frontera con Brasil, mil kilómetros al norte de Buenos Aires, sesenta lagunas se derraman por un humedal gigante, de no más de dos metros de profundidad. Una de ellas, la laguna Iberá, en cuyas orillas está Colonia Carlos Pellegrini, concentra los alojamientos donde hay que hospedarse para darse una idea de lo turgente, enorme e impenetrable que es este ecosistema subtropical, tan sólo comparable a algunas zonas amazónicas y al Pantanal brasileño.
El territorio abarca sesenta y cinco veces el de la ciudad de Buenos Aires y desde la capital todavía es visto como un parque exótico, mucho más lejano de lo que los kilómetros indican. Como el delta del río Paraná —que en la actualidad se ha convertido en un horizonte de islas para ser contemplado desde los apartamentos de lujo de la costa de Rosario—, la zona que actualmente se conoce como la Reserva del Iberá era considerada hace ciento cincuenta años como un lugar insalubre, un ámbito al margen de la ley, inaccesible, plagado de fiebres, donde los animales salvajes campaban a sus anchas. Allí, como en el punto donde el Paraná se une con el Uruguay, los forajidos encontraban refugio si estaban dispuestos a pasar penurias. No fue sino hasta 1928 cuando un viajero se decidió a destruir la leyenda negra. En su largo viaje por América del Sur, el naturalista francés Alcides D’Orbigny se internó en el centro del Iberá y documentó su extraordinario patrimonio biológico. No obstante, pese a los numerosos proyectos de preservación, apenas en 1982 la provincia de Corrientes declaró el territorio Reserva Provincial, justo a tiempo para frenar la caza indiscriminada y la destrucción medioambiental que habrían impedido nuestro viaje.
El acceso, a menos que se disponga de un vehículo propio, tiene bastantes limitaciones. Nosotros pasamos la víspera en un youth hostel de Mercedes, la población más próxima que está comunicada por carreteras pavimentadas (la 123 y la 119); y a mediodía nos subimos a la única combi que lleva diariamente a Colonia Carlos Pellegrini, por un recorrido de ciento veinte kilómetros de grava, baches y polvo. Obviamente hay opciones más cómodas, desde el alquiler de un todo terreno (que le asegura a uno, por ejemplo, la llegada en caso de mal tiempo), así como vuelos en avioneta desde el aeropuerto de Iguazú hasta una pista privada en Carlos Pellegrini, con vistas aéreas de las cataratas.
Un puente atraviesa la laguna Iberá y se adentra en la Colonia. Se trata de uno de esos viejos puentes de suelo de madera y laterales de metal blanco, que al atravesarlo suena con un estruendo de otro siglo. Una vez en el pequeño pueblo, nos dirigimos a Irupé Lodge, cincuenta metros a mano derecha, un complejo de cabañas de madera y caña de bambú, que se alzan sobre pilares por encima del terreno pantanoso. Como todos los hoteles de la zona, dispone de un embarcadero propio desde el cual iniciar las excursiones, por la mañana temprano o poco antes del atardecer, cuando el sol no agobia y la luz permite disfrutar la fauna salvaje de los esteros.
A FLOTE
Recorrer en lancha los esteros es la experiencia central de una estancia en estos parajes. Las principales posadas poseen pasarelas que se adentran sobre el agua y el barro, en cuyo extremo se puede esperar la llegada de los barqueros. Se trata de baqueanos que antes se dedicaban a la pesca o a la caza en la zona, a veces rozando la ilegalidad, y que ahora han sido formados como guías de turismo y como protectores del medioambiente.
La lancha se aleja del amarre y a dos, tres metros, ya aparece una pareja de yacarés, los caimanes de acá. Aunque pueden alcanzar los tres metros de largo, en las orillas se encuentran por lo general ejemplares más pequeños. Sus lomos color oliva producen un escalofrío al principio aun si, al sol, parecen inofensivos. Es en movimiento, cuando se impulsan con su cola musculosa, cuando revelan su capacidad depredadora. El escalofrío se repite, intensificado. Y sin embargo, por lo general la caza la realizan inmóviles: abren la boca y aguardan, pacientemente, a que un pez despistado se les ponga enfrente. Ésta es una de las colonias de yacarés más importantes del planeta, junto con la del Pantanal brasileño.
Otro habitante habitual de este ecosistema es el carpincho. Parece posar para la fotografía siempre de perfil (sobra decir que las excursiones son, sobre todo, safaris fotográficos, aunque no está de más llevar también unos binoculares), con su pelaje pardo-rojizo característico, que en Argentina se utiliza en cinturones, bolsos y otros objetos de peletería. En algunos restaurantes del país (no en los esteros, donde su caza está prohibida) se puede degustar su carne, menos sabrosa que la de la vaca o la del caballo, más vendida por su supuesto exotismo que por su sabor. También su grasa es cotizada; sin embargo, no está en peligro de extinción. Pero no llamemos a la desgracia: ahí está vivo y coleando, aunque impasible, como en una estampilla, excepto a mediodía, cuando a causa del calor se zambulle en el agua para refrescarse. Con los cincuenta kilos que pueden llegar a pesar, constituyen el mayor de los roedores vivientes.
Obviamente, los animales se mueven por un decorado vegetal. La flora acuática alterna islas de tierra firme o parcialmente anegadas y lagunas de gran extensión, como Iberá, Luna, Fernández, Galarza, Paraná y Medina. Uno de los espacios más peculiares de este archipiélago de lagunas son los llamados embalsados, originados por el denso agrupamiento y la acumulación de vegetación acuática. Se trata de islas flotantes sobre las cuales se va depositando tierra, se compactan las raíces y pueden presentar arbustos e incluso algún árbol aislado.
Según relata Adolfo Colombres en su libro Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, estas islas flotantes, a las órdenes caprichosas del viento, forman parte de las numerosas leyendas y supersticiones indígenas: la Isí o Madre del Estero, el Caá Porá y el Pombero, son los más célebres seres míticos de la región, y las versiones y las leyendas sobre ellos se confunden en el imaginario colectivo guaraní. Por ejemplo, a Pombero hay quien lo describe con plumas en los pies o con los pies inversos para que sea imposible perseguirlo, como protector de las aves (anuncia su llegada con un silbido de pájaro), o duende seductor de mujeres (evitando que los hombres se enamoren de ellas) o aun como raptor de niños despistados, transportador de mala suerte, o ser invisible cuando se le antoja... Sólo en algo coinciden todas las versiones: hay que venerarlo con ofrendas de tabaco de mascar, miel y botellas de caña, en un altar improvisado cerca del hogar. Sólo así dejará tranquilo a los pacíficos habitantes de los esteros.
VENADOS NADADORES
Tal vez la especie animal que más sorprende, al menos si uno no tiene experiencia en zonas pantanosas, es el ciervo de agua o ciervo de los pantanos. Si el yacaré le da miedo a los niños pequeños, el carpincho y sobre todo el ciervo, con tantos personajes de películas de Disney de fisonomía parecida, suscita su entusiasmo.
El venado acuático es el más voluminoso de los cérvidos americanos, con casi dos metros de longitud y poco más de uno de altura. En nuestros tiempos de agonía ecológica sólo se puede encontrar en algunos esteros de los ríos Paraná y Uruguay, así como en el Amazonas peruano. Con el motor apagado, ayudado por un largo remo, el guía se acerca a estos animales tranquilos, que se pasan gran parte del tiempo con el agua al cuello, y que son buenos nadadores pese a los más de cien kilos que pesa el macho adulto. Su preferencia por la vida nocturna los vuelve relativamente difíciles de ubicar, de modo que hay que aprovechar cuando se otea a uno para observarlo con calma. Con los binoculares se puede ver un pelaje ligeramente rojizo, con redondeles blancos alrededor de las orejas y de los ojos: como si nos devolvieran la observación. Lo más característico de su aspecto es su cornamenta ramificada, que lo convirtió durante siglos en objeto de depredación por parte de cazadores furtivos (su depredador natural, el puma, ya no existe en estos territorios). También existía en Uruguay, por ejemplo, donde ya desapareció.
En los bordes de las lagunas, en tierra firme, o zonas poco profundas, la vegetación está formada por altas plantas acuáticas como el Pirí, la Paja Brava, la Totora, el Pehuajó (de grandes hojas y flores blancas en racimos). La flora es sobrevolada por aves de todo tipo; su presencia es la más ruidosa y contundente. Los chajáes acostumbran a posarse en actitud vigilante en la rama más alta de algún arbusto seco. Otra de las aves más vistosas es el cuturí, con sus alas negras y una franja verde fosforescente en la parte inferior. Entre las multitudes de camalotes color lila se mueve con pequeños saltos el gallito de río, siempre mirando al suelo y atrapando insectos con su pico desproporcionadamente largo.
ENSEÑANZAS DEL PANTANO
Se puede pedir al guía que se acerque a alguna de las infinitas telarañas que flanquean los canales. Se trata de auténticos prodigios de arquitectura natural. Y una lección práctica de cómo funciona la vida. El propio baqueano, si no es muy joven, quizá pueda contarles la historia de una vida que es común a muchos de los habitantes de los esteros: los cazadores de la zona, apodados “mariscadores”, mal recompensados por los productos de sus cacerías, fueron obligados a la sobreexplotación de la fauna silvestre para poder subsistir. Eso llevó a la extinción en Iberá del yaguareté, del oso hormiguero y el tapir. También disminuyeron las poblaciones de yacarés, lo que provocó, obviamente, alteraciones en el equilibrio de otras poblaciones animales del sistema. Por ejemplo, durante la última década, se produjo un notable incremento de palometas bravas.
La excursión por los canales que rodean el tendido eléctrico produce una sensación extraña. Por un lado, el agua fluye y los animales viven como han hecho durante milenios; por el otro, las grandes torres metálicas le recuerdan a uno que a doscientos kilómetros a la redonda la vida humana ha transformado la naturaleza en parque temático, en museo viviente o en reserva. Porque esto es una reserva. Igual que protegemos a los aborígenes, lo hacemos con las aguas o con los animales. Cuatro años atrás, cerca de la Colonia Carlos Pellegrini, se encontraron restos arqueológicos (cerámicas y osamentas) de dos milenios de antigüedad, que vinculan a los antiguos habitantes de esta zona con los pobladores del Pantanal de Brasil. También se extinguió ese modo de vida nómada, en simbiosis con el agua: no hubo zoológicos ni reservas capaces de evitarlo.
Pese a la conciencia de todos esos hechos, existe aquí la sensación de estar en un lugar al margen de los procesos de extinción que, se nos repite hasta el cansancio, asolan el planeta. La sensación se acentúa al atardecer. No hay que perderse la puesta de sol desde una embarcación: el cielo se desangra, se torna violeta, y todo lo inunda una calma de desierto húmedo.
Parte de alguna de las mañanas, sobre todo si el sol es insoportable, puede dedicarse a la visita del Museo Regional del Sistema del Iberá (Ñangapirí, entre Tuyutí y Yurutí; todos los días de 9 a 16 horas; entrada gratuita). Lo más interesante es una senda de observación que empieza a escasos metros del centro y recorre poco más de un kilómetro de bosque subtropical. Entre varias especies de plantas, se puede ver allí una pequeña colonia de monos carayá. Si se viaja en compañía de niños, habrá que pedirles paciencia, porque hay que esperar a que aparezcan, en el caso de que lo hagan. Además, como son de naturaleza seminómada, habrá que preguntar si la época de nuestra visita es la adecuada para su observación.
El mono carayá se caracteriza por sus gritos y por la gracia de sus movimientos. El macho es de pelaje negro; la hembra, de un marrón suave; y las crías, amarillentas. Son ágiles en las ramas, pero torpes a ras de suelo, de modo que la mirada deberá enfocarse hacia las alturas. Y como si se tratase de una tribu, tienen su ritual colectivo de unión frente a los extraños. Se trata de un aullido grupal, iniciado por un macho y apoyado por el resto de la colonia, que según parece sirve para marcar el territorio.
DE VUELTA EN TIERRA FIRME (QUE NO SECA)
Otra buena opción de alojamiento, sobre todo si está la familia completa, es la Posada Aguape, de arquitectura típicamente correntina. Su alberca a escasos metros de la orilla lo convierte en el lugar ideal para que los niños no se cansen durante las horas de sol inclemente que invalida la posibilidad de hacer cualquier otra actividad al aire libre.
La oferta de cabalgatas se encuentra, como los paseos en lancha, en todas las posadas. Una cabalgata por los alrededores de Colonia Carlos Pellegrini es una buena ocasión para acercarse a modos de vida en peligro de extinción. Las casas de adobe, donde la corriente eléctrica y el agua potable son impensables, muestran en la misma cuerda tanto la ropa tendida que la humedad castiga, como la carne salada para secar al sol. Los paisanos hablan en una mezcla de guaraní y castellano. Y a medida que los caballos se adentran en las zonas anegadas, proliferan las palmeras yatay y aparecen los teros, los chajáes e infinidad de cotorritas.
La cabalgata permite acercarse (hasta donde lo permite la transacción comercial que implica la relación turística) a la cultura gaucha local, parecida a la del resto de gauchos correntinos. La silla de montar se llama cirigote en Corrientes y el látigo, “cola de lagartija”. El pantalón de estos gauchos es siempre oscuro. Visten camisa de algodón marrón o azul y una faja de estilo vasco, sobre la cual va un cinto ancho con dos a cuatro hebillas. El cuchillo cuelga del lado derecho de la cintura, entre la faja y el cinto. Y por último el sombrero, siempre de paño negro, tiene copa la quebrada hacia arriba sobre la frente. Calzan por lo general alpargatas, a las que les agregan espuelas, ya que las botas de cuero no son muy prácticas en zonas anegadizas. Los domingos por la tarde, después de los tragos y del vino de la comida, se les puede ver haciendo carreras y acrobacias sobre el lomo del animal, en competiciones disparatadas.
Estas excursiones a menudo incluyen un asado. El costillar a la estaca o el asado con cuero, regados con vino tinto, pueden ser experiencias gastronómicas inolvidables, sobre todo si se tiene en cuenta que en Colonia hay “casas de comida” y una pizzería rústica, pero ningún restaurante. En los últimos tiempos, chefs de Buenos Aires se han alojado durante algunas semanas en el pueblo para formar a los cocineros de los hoteles y posadas, de cara al aumento del turismo a la Argentina en lo que va del siglo.
El relativo aislamiento de los esteros del Iberá hay que entenderlo en el contexto de la región geográfica en que se encuentran, conocida como la Mesopotamia (entre los ríos Uruguay y Paraná). Téngase en cuenta que el primer camino que llegó a las Cataratas del Iguazú se abrió en 1902. Y ese tiempo un tanto detenido, se manifiesta tanto en las trescientas veinte especies de aves que viven en los esteros como en los pañuelos celestes o rojos, según sean liberales o autonomistas, que llevan los hombres de campo, siguiendo una tradición que se mantiene casi intacta desde el siglo XIX. El turista común apenas atisba todo eso. Y tal vez pague porque después del asado le “sirvan” una “mateada a la correntina”, como parte de la excursión.
Durante la cabalgata, en un trekking, en la navegación, comiendo una pizza o charlando con la gente del pueblo, saldrá irremediablemente el tema de la venta indiscriminada de terreno a multimillonarios extranjeros. Saldrá el nombre de Tomkins. Para algunos (y para sí mismo), es un ecologista radical, que en 1990 vendió la cadena de ropa Esprit para dedicar los beneficios a la preservación de la naturaleza en el Cono Sur; para otros es un especulador radical, que está acumulando tierras con un gran potencial, como grandes reservas de lo que escasea en Estados Unidos: el agua. Aprovecha sus posesiones para crear establecimientos de “ecoturismo de lujo”, como el Rincón del Socorro, San Alonso y Batel, que ofrecen servicios muy por encima del nivel de los emprendimientos locales (aunque de capital porteño).
En lancha, a pie, a caballo, en transporte todo terreno o público, la visita a los esteros no deja impasible. La suma de experiencias estéticas, biológicas, humanas e incluso políticas da qué pensar pues viajar también es una forma de posicionarse ante la naturaleza, ante la globalización, y sobre todo, ante uno mismo.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
DELICIAS DEL IBERÁ HOSTEL (youth hostel)
J. Pujol 1162, Mercedes
T. 54 (3773) 422 508
www.hihostels.com/argentina
Habitaciones dobles desde 16 dólares con desayuno.
IRUPÉ LODGE
Colonia Carlos Pelegrini
T. 54 (3773) 1540 2193
www.irupelodge.com.ar
Habitaciones dobles desde 70 dólares con pensión completa.
POSADA AGUAPÉ
T. y F. 54 (3773) 499 412
www.iberaesteros.com.ar
Habitaciones dobles alrededor de 80 dólares, con desayuno. Consulte las promociones y programas de varios días con actividades incluidas.
ESTANCIAS RINCÓN DEL SOCORRO, BATEL Y SAN ALONSO
Casilla 45, Mercedes
T. 54 (3782) 497 073
www.rincondelsocorro.com
DÓNDE COMER
Hay varios locales de gestión familiar donde pedir sándwiches, pizzas, y demás botanas sencillas. Tanto en ellos como en los restaurantes de las hosterías hay que perseguir los platos correntinos originales. Un menú con bebida y postre cuesta entre 5 y 12 dólares. Los restaurantes ofrecen, entre otros platos regionales, el mbaipi que se prepara con choclos (maíz), carne fresca, grasa y pimienta, el mbeyú, con almidón de mandioca y agua, y el yaporá, a base de maíz, que es una carne seca llamada charqui, mandioca, batata y habas.
En la frontera con Brasil, mil kilómetros al norte de Buenos Aires, sesenta lagunas se derraman por un humedal gigante, de no más de dos metros de profundidad. Una de ellas, la laguna Iberá, en cuyas orillas está Colonia Carlos Pellegrini, concentra los alojamientos donde hay que hospedarse para darse una idea de lo turgente, enorme e impenetrable que es este ecosistema subtropical, tan sólo comparable a algunas zonas amazónicas y al Pantanal brasileño.
El territorio abarca sesenta y cinco veces el de la ciudad de Buenos Aires y desde la capital todavía es visto como un parque exótico, mucho más lejano de lo que los kilómetros indican. Como el delta del río Paraná —que en la actualidad se ha convertido en un horizonte de islas para ser contemplado desde los apartamentos de lujo de la costa de Rosario—, la zona que actualmente se conoce como la Reserva del Iberá era considerada hace ciento cincuenta años como un lugar insalubre, un ámbito al margen de la ley, inaccesible, plagado de fiebres, donde los animales salvajes campaban a sus anchas. Allí, como en el punto donde el Paraná se une con el Uruguay, los forajidos encontraban refugio si estaban dispuestos a pasar penurias. No fue sino hasta 1928 cuando un viajero se decidió a destruir la leyenda negra. En su largo viaje por América del Sur, el naturalista francés Alcides D’Orbigny se internó en el centro del Iberá y documentó su extraordinario patrimonio biológico. No obstante, pese a los numerosos proyectos de preservación, apenas en 1982 la provincia de Corrientes declaró el territorio Reserva Provincial, justo a tiempo para frenar la caza indiscriminada y la destrucción medioambiental que habrían impedido nuestro viaje.
El acceso, a menos que se disponga de un vehículo propio, tiene bastantes limitaciones. Nosotros pasamos la víspera en un youth hostel de Mercedes, la población más próxima que está comunicada por carreteras pavimentadas (la 123 y la 119); y a mediodía nos subimos a la única combi que lleva diariamente a Colonia Carlos Pellegrini, por un recorrido de ciento veinte kilómetros de grava, baches y polvo. Obviamente hay opciones más cómodas, desde el alquiler de un todo terreno (que le asegura a uno, por ejemplo, la llegada en caso de mal tiempo), así como vuelos en avioneta desde el aeropuerto de Iguazú hasta una pista privada en Carlos Pellegrini, con vistas aéreas de las cataratas.
Un puente atraviesa la laguna Iberá y se adentra en la Colonia. Se trata de uno de esos viejos puentes de suelo de madera y laterales de metal blanco, que al atravesarlo suena con un estruendo de otro siglo. Una vez en el pequeño pueblo, nos dirigimos a Irupé Lodge, cincuenta metros a mano derecha, un complejo de cabañas de madera y caña de bambú, que se alzan sobre pilares por encima del terreno pantanoso. Como todos los hoteles de la zona, dispone de un embarcadero propio desde el cual iniciar las excursiones, por la mañana temprano o poco antes del atardecer, cuando el sol no agobia y la luz permite disfrutar la fauna salvaje de los esteros.
A FLOTE
Recorrer en lancha los esteros es la experiencia central de una estancia en estos parajes. Las principales posadas poseen pasarelas que se adentran sobre el agua y el barro, en cuyo extremo se puede esperar la llegada de los barqueros. Se trata de baqueanos que antes se dedicaban a la pesca o a la caza en la zona, a veces rozando la ilegalidad, y que ahora han sido formados como guías de turismo y como protectores del medioambiente.
La lancha se aleja del amarre y a dos, tres metros, ya aparece una pareja de yacarés, los caimanes de acá. Aunque pueden alcanzar los tres metros de largo, en las orillas se encuentran por lo general ejemplares más pequeños. Sus lomos color oliva producen un escalofrío al principio aun si, al sol, parecen inofensivos. Es en movimiento, cuando se impulsan con su cola musculosa, cuando revelan su capacidad depredadora. El escalofrío se repite, intensificado. Y sin embargo, por lo general la caza la realizan inmóviles: abren la boca y aguardan, pacientemente, a que un pez despistado se les ponga enfrente. Ésta es una de las colonias de yacarés más importantes del planeta, junto con la del Pantanal brasileño.
Otro habitante habitual de este ecosistema es el carpincho. Parece posar para la fotografía siempre de perfil (sobra decir que las excursiones son, sobre todo, safaris fotográficos, aunque no está de más llevar también unos binoculares), con su pelaje pardo-rojizo característico, que en Argentina se utiliza en cinturones, bolsos y otros objetos de peletería. En algunos restaurantes del país (no en los esteros, donde su caza está prohibida) se puede degustar su carne, menos sabrosa que la de la vaca o la del caballo, más vendida por su supuesto exotismo que por su sabor. También su grasa es cotizada; sin embargo, no está en peligro de extinción. Pero no llamemos a la desgracia: ahí está vivo y coleando, aunque impasible, como en una estampilla, excepto a mediodía, cuando a causa del calor se zambulle en el agua para refrescarse. Con los cincuenta kilos que pueden llegar a pesar, constituyen el mayor de los roedores vivientes.
Obviamente, los animales se mueven por un decorado vegetal. La flora acuática alterna islas de tierra firme o parcialmente anegadas y lagunas de gran extensión, como Iberá, Luna, Fernández, Galarza, Paraná y Medina. Uno de los espacios más peculiares de este archipiélago de lagunas son los llamados embalsados, originados por el denso agrupamiento y la acumulación de vegetación acuática. Se trata de islas flotantes sobre las cuales se va depositando tierra, se compactan las raíces y pueden presentar arbustos e incluso algún árbol aislado.
Según relata Adolfo Colombres en su libro Seres sobrenaturales de la cultura popular argentina, estas islas flotantes, a las órdenes caprichosas del viento, forman parte de las numerosas leyendas y supersticiones indígenas: la Isí o Madre del Estero, el Caá Porá y el Pombero, son los más célebres seres míticos de la región, y las versiones y las leyendas sobre ellos se confunden en el imaginario colectivo guaraní. Por ejemplo, a Pombero hay quien lo describe con plumas en los pies o con los pies inversos para que sea imposible perseguirlo, como protector de las aves (anuncia su llegada con un silbido de pájaro), o duende seductor de mujeres (evitando que los hombres se enamoren de ellas) o aun como raptor de niños despistados, transportador de mala suerte, o ser invisible cuando se le antoja... Sólo en algo coinciden todas las versiones: hay que venerarlo con ofrendas de tabaco de mascar, miel y botellas de caña, en un altar improvisado cerca del hogar. Sólo así dejará tranquilo a los pacíficos habitantes de los esteros.
VENADOS NADADORES
Tal vez la especie animal que más sorprende, al menos si uno no tiene experiencia en zonas pantanosas, es el ciervo de agua o ciervo de los pantanos. Si el yacaré le da miedo a los niños pequeños, el carpincho y sobre todo el ciervo, con tantos personajes de películas de Disney de fisonomía parecida, suscita su entusiasmo.
El venado acuático es el más voluminoso de los cérvidos americanos, con casi dos metros de longitud y poco más de uno de altura. En nuestros tiempos de agonía ecológica sólo se puede encontrar en algunos esteros de los ríos Paraná y Uruguay, así como en el Amazonas peruano. Con el motor apagado, ayudado por un largo remo, el guía se acerca a estos animales tranquilos, que se pasan gran parte del tiempo con el agua al cuello, y que son buenos nadadores pese a los más de cien kilos que pesa el macho adulto. Su preferencia por la vida nocturna los vuelve relativamente difíciles de ubicar, de modo que hay que aprovechar cuando se otea a uno para observarlo con calma. Con los binoculares se puede ver un pelaje ligeramente rojizo, con redondeles blancos alrededor de las orejas y de los ojos: como si nos devolvieran la observación. Lo más característico de su aspecto es su cornamenta ramificada, que lo convirtió durante siglos en objeto de depredación por parte de cazadores furtivos (su depredador natural, el puma, ya no existe en estos territorios). También existía en Uruguay, por ejemplo, donde ya desapareció.
En los bordes de las lagunas, en tierra firme, o zonas poco profundas, la vegetación está formada por altas plantas acuáticas como el Pirí, la Paja Brava, la Totora, el Pehuajó (de grandes hojas y flores blancas en racimos). La flora es sobrevolada por aves de todo tipo; su presencia es la más ruidosa y contundente. Los chajáes acostumbran a posarse en actitud vigilante en la rama más alta de algún arbusto seco. Otra de las aves más vistosas es el cuturí, con sus alas negras y una franja verde fosforescente en la parte inferior. Entre las multitudes de camalotes color lila se mueve con pequeños saltos el gallito de río, siempre mirando al suelo y atrapando insectos con su pico desproporcionadamente largo.
ENSEÑANZAS DEL PANTANO
Se puede pedir al guía que se acerque a alguna de las infinitas telarañas que flanquean los canales. Se trata de auténticos prodigios de arquitectura natural. Y una lección práctica de cómo funciona la vida. El propio baqueano, si no es muy joven, quizá pueda contarles la historia de una vida que es común a muchos de los habitantes de los esteros: los cazadores de la zona, apodados “mariscadores”, mal recompensados por los productos de sus cacerías, fueron obligados a la sobreexplotación de la fauna silvestre para poder subsistir. Eso llevó a la extinción en Iberá del yaguareté, del oso hormiguero y el tapir. También disminuyeron las poblaciones de yacarés, lo que provocó, obviamente, alteraciones en el equilibrio de otras poblaciones animales del sistema. Por ejemplo, durante la última década, se produjo un notable incremento de palometas bravas.
La excursión por los canales que rodean el tendido eléctrico produce una sensación extraña. Por un lado, el agua fluye y los animales viven como han hecho durante milenios; por el otro, las grandes torres metálicas le recuerdan a uno que a doscientos kilómetros a la redonda la vida humana ha transformado la naturaleza en parque temático, en museo viviente o en reserva. Porque esto es una reserva. Igual que protegemos a los aborígenes, lo hacemos con las aguas o con los animales. Cuatro años atrás, cerca de la Colonia Carlos Pellegrini, se encontraron restos arqueológicos (cerámicas y osamentas) de dos milenios de antigüedad, que vinculan a los antiguos habitantes de esta zona con los pobladores del Pantanal de Brasil. También se extinguió ese modo de vida nómada, en simbiosis con el agua: no hubo zoológicos ni reservas capaces de evitarlo.
Pese a la conciencia de todos esos hechos, existe aquí la sensación de estar en un lugar al margen de los procesos de extinción que, se nos repite hasta el cansancio, asolan el planeta. La sensación se acentúa al atardecer. No hay que perderse la puesta de sol desde una embarcación: el cielo se desangra, se torna violeta, y todo lo inunda una calma de desierto húmedo.
Parte de alguna de las mañanas, sobre todo si el sol es insoportable, puede dedicarse a la visita del Museo Regional del Sistema del Iberá (Ñangapirí, entre Tuyutí y Yurutí; todos los días de 9 a 16 horas; entrada gratuita). Lo más interesante es una senda de observación que empieza a escasos metros del centro y recorre poco más de un kilómetro de bosque subtropical. Entre varias especies de plantas, se puede ver allí una pequeña colonia de monos carayá. Si se viaja en compañía de niños, habrá que pedirles paciencia, porque hay que esperar a que aparezcan, en el caso de que lo hagan. Además, como son de naturaleza seminómada, habrá que preguntar si la época de nuestra visita es la adecuada para su observación.
El mono carayá se caracteriza por sus gritos y por la gracia de sus movimientos. El macho es de pelaje negro; la hembra, de un marrón suave; y las crías, amarillentas. Son ágiles en las ramas, pero torpes a ras de suelo, de modo que la mirada deberá enfocarse hacia las alturas. Y como si se tratase de una tribu, tienen su ritual colectivo de unión frente a los extraños. Se trata de un aullido grupal, iniciado por un macho y apoyado por el resto de la colonia, que según parece sirve para marcar el territorio.
DE VUELTA EN TIERRA FIRME (QUE NO SECA)
Otra buena opción de alojamiento, sobre todo si está la familia completa, es la Posada Aguape, de arquitectura típicamente correntina. Su alberca a escasos metros de la orilla lo convierte en el lugar ideal para que los niños no se cansen durante las horas de sol inclemente que invalida la posibilidad de hacer cualquier otra actividad al aire libre.
La oferta de cabalgatas se encuentra, como los paseos en lancha, en todas las posadas. Una cabalgata por los alrededores de Colonia Carlos Pellegrini es una buena ocasión para acercarse a modos de vida en peligro de extinción. Las casas de adobe, donde la corriente eléctrica y el agua potable son impensables, muestran en la misma cuerda tanto la ropa tendida que la humedad castiga, como la carne salada para secar al sol. Los paisanos hablan en una mezcla de guaraní y castellano. Y a medida que los caballos se adentran en las zonas anegadas, proliferan las palmeras yatay y aparecen los teros, los chajáes e infinidad de cotorritas.
La cabalgata permite acercarse (hasta donde lo permite la transacción comercial que implica la relación turística) a la cultura gaucha local, parecida a la del resto de gauchos correntinos. La silla de montar se llama cirigote en Corrientes y el látigo, “cola de lagartija”. El pantalón de estos gauchos es siempre oscuro. Visten camisa de algodón marrón o azul y una faja de estilo vasco, sobre la cual va un cinto ancho con dos a cuatro hebillas. El cuchillo cuelga del lado derecho de la cintura, entre la faja y el cinto. Y por último el sombrero, siempre de paño negro, tiene copa la quebrada hacia arriba sobre la frente. Calzan por lo general alpargatas, a las que les agregan espuelas, ya que las botas de cuero no son muy prácticas en zonas anegadizas. Los domingos por la tarde, después de los tragos y del vino de la comida, se les puede ver haciendo carreras y acrobacias sobre el lomo del animal, en competiciones disparatadas.
Estas excursiones a menudo incluyen un asado. El costillar a la estaca o el asado con cuero, regados con vino tinto, pueden ser experiencias gastronómicas inolvidables, sobre todo si se tiene en cuenta que en Colonia hay “casas de comida” y una pizzería rústica, pero ningún restaurante. En los últimos tiempos, chefs de Buenos Aires se han alojado durante algunas semanas en el pueblo para formar a los cocineros de los hoteles y posadas, de cara al aumento del turismo a la Argentina en lo que va del siglo.
El relativo aislamiento de los esteros del Iberá hay que entenderlo en el contexto de la región geográfica en que se encuentran, conocida como la Mesopotamia (entre los ríos Uruguay y Paraná). Téngase en cuenta que el primer camino que llegó a las Cataratas del Iguazú se abrió en 1902. Y ese tiempo un tanto detenido, se manifiesta tanto en las trescientas veinte especies de aves que viven en los esteros como en los pañuelos celestes o rojos, según sean liberales o autonomistas, que llevan los hombres de campo, siguiendo una tradición que se mantiene casi intacta desde el siglo XIX. El turista común apenas atisba todo eso. Y tal vez pague porque después del asado le “sirvan” una “mateada a la correntina”, como parte de la excursión.
Durante la cabalgata, en un trekking, en la navegación, comiendo una pizza o charlando con la gente del pueblo, saldrá irremediablemente el tema de la venta indiscriminada de terreno a multimillonarios extranjeros. Saldrá el nombre de Tomkins. Para algunos (y para sí mismo), es un ecologista radical, que en 1990 vendió la cadena de ropa Esprit para dedicar los beneficios a la preservación de la naturaleza en el Cono Sur; para otros es un especulador radical, que está acumulando tierras con un gran potencial, como grandes reservas de lo que escasea en Estados Unidos: el agua. Aprovecha sus posesiones para crear establecimientos de “ecoturismo de lujo”, como el Rincón del Socorro, San Alonso y Batel, que ofrecen servicios muy por encima del nivel de los emprendimientos locales (aunque de capital porteño).
En lancha, a pie, a caballo, en transporte todo terreno o público, la visita a los esteros no deja impasible. La suma de experiencias estéticas, biológicas, humanas e incluso políticas da qué pensar pues viajar también es una forma de posicionarse ante la naturaleza, ante la globalización, y sobre todo, ante uno mismo.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
DELICIAS DEL IBERÁ HOSTEL (youth hostel)
J. Pujol 1162, Mercedes
T. 54 (3773) 422 508
www.hihostels.com/argentina
Habitaciones dobles desde 16 dólares con desayuno.
IRUPÉ LODGE
Colonia Carlos Pelegrini
T. 54 (3773) 1540 2193
www.irupelodge.com.ar
Habitaciones dobles desde 70 dólares con pensión completa.
POSADA AGUAPÉ
T. y F. 54 (3773) 499 412
www.iberaesteros.com.ar
Habitaciones dobles alrededor de 80 dólares, con desayuno. Consulte las promociones y programas de varios días con actividades incluidas.
ESTANCIAS RINCÓN DEL SOCORRO, BATEL Y SAN ALONSO
Casilla 45, Mercedes
T. 54 (3782) 497 073
www.rincondelsocorro.com
DÓNDE COMER
Hay varios locales de gestión familiar donde pedir sándwiches, pizzas, y demás botanas sencillas. Tanto en ellos como en los restaurantes de las hosterías hay que perseguir los platos correntinos originales. Un menú con bebida y postre cuesta entre 5 y 12 dólares. Los restaurantes ofrecen, entre otros platos regionales, el mbaipi que se prepara con choclos (maíz), carne fresca, grasa y pimienta, el mbeyú, con almidón de mandioca y agua, y el yaporá, a base de maíz, que es una carne seca llamada charqui, mandioca, batata y habas.
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