Alemania en Venezuela
Fotografía de José Mendoza

Alemania en Venezuela

En las montañas del estado Aragua, en Venezuela, la Colonia Tovar esconde un pedazo de lo que fue el Gran Ducado alemán de Baden en el siglo xix. Los caraqueños lo saben, y los fines de semana suelen ir hasta ahí por su pan, sus salchichas y su exótico paseo a la vuelta de la esquina. El resto, tendremos que ir para creerlo.
La Colonia Tovar huele a fresas, a pan recién hecho, a brasa para asar salchichas y a bandas de freno quemadas. Al pueblo lo atraviesan dos calles —Bolívar, la primera, como se llama toda calle importante en todo pueblo venezolano—, y Codazzi, la segunda, en honor al cartógrafo italiano Agustín Codazzi que ideó, en 1843, la empresa de hacer de esa montaña una comunidad agrícola alemana. Son dos pendientes en las que los recién casados en luna de miel se acaramelan, los campesinos —ya medio rubios, medio morenos— venden su cosecha de frutas y legumbres, y en las que los sistemas de frenos de los automóviles a tracción simple hierven para mantenerse a salvo de los peatones que por cientos visitan la Colonia durante los fines de semana. Los lunes, cuando se hace la calma, quedan solas en el pueblo las 15 mil personas que lo habitan, que en su mayoría viven de la agricultura —la siembra de duraznos, fresas, flores y legumbres— y del turismo de los domingos y días festivos.

Los chalets que se abren a través del arco de entrada al pueblo parecen la bienvenida a una casa de muñecas. Toda la arquitectura de la Colonia, aunque ahora forjada con ladrillos de arcilla y barras de acero (que sirven de base a las columnas de cemento), procura conservar la apariencia de las antiguas casas de los colonos: techos rojos a dos aguas, paredes blancas alzadas sobre bases de piedra y cruzadas con vigas de madera teñida de negro; pisos de madera que, bajo los pies, generan un sonido que recorre la espalda desde los talones; y en lo que parece ser un ático, una pequeña ventana con vitrales, de la que se sospecha que puede saltar un enorme pájaro cucú cuando den las doce del día.

De las primeras casas que se construyeron en el siglo XIX, sólo dos siguen en pie en el centro del pueblo; allí funcionan la antigua residencia de Agustín Codazzi, para recuerdo de los turistas, y el café restaurante Muhstall. Pero a menos que la evidencia de los sacos de cemento y los albañiles no dejen espacio a la imaginación, uno preferiría creer que son más de dos los viejos edificios.

Los primeros colonos llegaron a esas montañas de la cordillera del estado Aragua el 8 de abril de 1843. Huían de la improductividad de las tierras de Endingen —poblado de la región de Kaiserstuhl, en el Gran Ducado de Baden, al sureste de Alemania—, de los altos impuestos con que compensaba el gobierno alemán su poca producción y de las correrías de guerra de los franceses. Viajaron bajo contrato de la Compañía Codazzi-Díaz, que había obtenido un crédito del gobierno venezolano del general José Antonio Páez, para asentar en esa zona el primer modelo de once centros piloto que, según el plan, se construirían en el país para promover la producción agrícola. Que no se construyeron, en definitiva, pero dieron impulso a un primer negocio.

Trescientos setenta y cinco alemanes, trece franceses y un italiano se anotaron en las listas regadas por todo el Ducado de Baden que llamaban a la aventura. Según los términos del contrato que firmaron los solteros y los jefes de familia, cada emigrante se comprometía a cubrir los gastos de su desembarco en Venezuela, y los costos de pasaje y alimentación los pagarían con trabajo. A cambio, cada familia recibiría gratuitamente una barraca para alojarse y tierras para cultivar, así como una vaca con su becerro, un burro, un puerco y una cría de gallinas que debían pagar al jefe de la Colonia cinco años después.

Hecho el trato, 389 pasajeros —entre hombres, niños y mujeres— se embarcaron el 19 de enero de 1843 en la fragata francesa Clémence, hacia una travesía que se prolongó casi por dos meses antes de llevarlos a su destino final: la Colonia. Y cada 8 de abril pasa por debajo de la arcada principal del pueblo una carroza vestida de barco para conmemorar la larga navegación.

Hoy la Colonia Tovar está habitada por una quinta generación de rubios alemanes tostados por el sol y por un lentísimo mestizaje, que se produjo más por orden natural que por voluntad expresa. Aún hasta principios del siglo XX, los estatutos internos del pueblo establecían que los jóvenes “colonieros” sólo podían casarse con miembros de la comunidad. Los Dürr con los Schmidt, los Schumuck con los Rudmann, los Pfaff con los Hügele, los Kanzler con los Collin, en un largo reciclaje de los apellidos de las 116 familias que se asentaron definitivamente; de lo contrario, los herederos perderían sus derechos sobre tierras y dotes. La norma tuvo consecuencias genéticas, superadas a través de los años con una rebelde dosis de intercambio racial que le ha dado una piel distinta al pueblo.

Su lengua también es otra. La tropicalización del alemán superior y del badishen (dialecto badiense) devino en el alemán coloniero, casi incomprensible para quienes hablan el alemán estándar. Al menos desde 1964, tan pronto como la Colonia Tovar fue declarada zona turística y comenzaron a llegar viajeros alemanes encantados con la idea de encontrar un trozo de casa en el Caribe, los tovareños —y los turistas germanos, claro— notaron la diferencia.

Sin embargo, los habitantes de la Colonia Tovar han procurado asirse a sus orígenes y han reinventado el concepto de lo “típico” alemán a partir de los retazos de 160 años de tradición germana que les preceden. Se aferran a la gastronomía: a la receta de sus embutidos y del sauerkraut (col agria); a sus viejos chalets; a sus bailes, a la polka; al santo patrono San Martín de Tours; a la cerveza, y al Oktoberfest.

En el menú de todos sus restaurantes, desde los más modestos a los más refinados, reinan las salchichas, el goulash y las rodillas ahumadas de cerdo, servidas con verduras y brot, que en alemán coloniero ya no es lo mismo que el pan. También en todos da la bienvenida una muchacha de mejillas rosadas, vestida con falda amplia a cuadros, cofia blanca, escote discreto y corsé negro de cintas en el pecho. Es lo típico, por decirlo así.

Además de los hoteles-restaurante, que literalmente le dan de comer al pueblo, una de las empresas más prósperas de la zona es la Charcutería Tovar, fundada en 1967, cuya red de distribución se extiende por casi todo el territorio nacional y que ya es uno más de los atractivos turísticos del pueblo.

También la Cervecería Tovar forma ahora parte de las visitas obligadas: de lunes a viernes, entre las 8 de la mañana y las 6 de la tarde, los maestros cerveceros ofrecen a los turistas la oportunidad de conocer el proceso completo de elaboración de la cerveza, desde que se muele el grano de cebada hasta el envasado. A diferencia de las demás cervezas tipo pilsen que suelen fabricarse en Venezuela, la Tovar es espesa, tiene 5 grados de alcohol en lugar de los 3 o 4 que se acostumbran en el país, deja un muy leve sabor amargo en la boca y un rastro de lúpulo al fondo de la botella. Por tratarse de una fábrica artesanal, el producto se distribuye sólo en el pueblo. Y se vale probarla allí mismo.

PARA ESTIRAR LAS PIERNAS
Casi ningún visitante mostraba curiosidad por saber qué había afuera de los arcos del pueblo hasta hace poco más de una década. Pero en los últimos años, el amplio valle sobre el que se sostiene la Colonia Tovar ha sido reivindicado por el turismo ecológico y por los deportistas extremos que gustan del aire y la montaña. Una nueva generación de hoteleros ha puesto su ingenio en conservar las áreas verdes y en expandir la oferta de actividades al aire libre.

El propósito es doble: ofrecer una alternativa distinta al turista que tradicionalmente conoce sólo dos calles del pueblo, y garantizar que el visitante no se mueva de un solo lugar. Hay opciones más tentadoras que otras; entre las más atractivas, está el Spa Renacer, que brinda tantos masajes, envolturas y tratamientos, que es imposible probarlos todos en un solo fin de semana.

También han crecido en número las operadoras que ofrecen paseos por la montaña o a las playas cercanas. Los tours más cortos suelen ser de dos horas, en vehículos rústicos acondicionados para transportar hasta quince pasajeros; la oferta: visitar los sembradíos de flores y frutas, o conocer los petroglifos indígenas —pinturas rupestres de bajorrelieve— dibujadas sobre piedra.

El camino a las playas es mucho más largo. Toma un día entero a través de un túnel de eucaliptos, primero, hasta que el camino se abre a los sembradíos de plátano y al sonido de tambores de los negros de la costa. Las bahías más cercanas son las de Puerto Maya, Puerto Cruz y Chichiriviche de la Costa, desde donde también se pueden tomar lanchas hasta los puertos de Choroní y Bahía de Cata, en Ocumare de la Costa. Tanto en Puerto Maya como en Puerto Cruz hay posadas sencillas para quienes deseen esperar una noche más antes de hacer el viaje de regreso.

Desde la Colonia Tovar también se puede llegar a El Jarillo, que está a unos quince minutos de distancia en automóvil. Allí las montañas se muestran completas, sin más vegetación que la de las plantaciones de los campesinos. El pueblo, que forma parte del Parque Nacional Macario, fue fundado el 14 de noviembre de 1890 por familias alemanas que llegaron a estas tierras en migraciones posteriores. Tiene una población cercana a los cinco mil habitantes y es el lugar de despegue predilecto para quienes se inician en el vuelo en parapente. El viento, que sopla hacia el sur, permite hacer vuelos hasta de 15 kilómetros y aterrizar nuevamente en la cima de la montaña, en el mismo lugar de despegue.

OBJETOS DE CURIOSIDAD
En la segunda planta del Museo de Historia y Artesanía de la Colonia Tovar yace sobre una silla Néstor V. Rojas Hernández. Es el cronista del pueblo y se muestra, apoyado en su escritorio, como una pieza más de las que ha coleccionado en los últimos 45 años para recrear la historia de la inmigración alemana: estufas, lápidas, documentos sellados con tinta china, vajillas de porcelana, un laúd y molinos de semilla.

No es venezolano de nacimiento ni descendiente de alemán. Nació en Pittsburg; es maestro e historiador y, en agosto de 2006, el Instituto de Patrimonio Cultural de la República dictó una providencia para declarar a su fundación —que lleva su nombre y, de algún modo, sigue siendo él mismo— un bien cultural de la nación.

Desde la reapertura, el 6 de enero de 1982, Rojas Hernández se encarga de mantener abiertas las puertas del museo, todos los fines de semana y días feriados, desde las 9 hasta las 6 de la tarde. Es un edificio pequeño, de techo bajo y dos salones en la primera planta, y dos pequeñas galerías en la segunda, en el que, para mirar las reliquias, se cobran 50 centavos de dólar por entrada. Allí, sentado frente a su escritorio, Rojas guarda una cantidad de respuestas acerca de la épica coloniera que supera en número a las preguntas que suelen hacerle quienes lo visitan.

Diría él, para empezar, que el 8 de abril de 1843 no estaban construidas las barracas prometidas, ni hubo gallinas ni cerdos para dar la bienvenida a los inmigrantes. Que los colonos protestaron contra Codazzi por la falta de condiciones pero que, sin embargo, tantas eran sus ansias por hacer una nueva vida en aquella montaña que, al cuarto día de haber llegado, el único maestro del grupo fundó la primera escuela. Que hubo más vicisitudes, claro. Que Codazzi dejó la empresa dos años después de fundarla y que no volvió nunca más a la colonia desde 1847. Que el maestro de escuela también se fue a buscar mejor suerte en su país de origen. Pero que, quienes se quedaron, lograron construir este imperio turístico que es hoy la Colonia Tovar. Y que Agustín Codazzi, el artillero italiano que al cruzar el Atlántico se convirtió en cartógrafo, debe ser considerado un héroe sólo por la hazaña de haberlos traído hasta acá.

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR

Sólo hay un helipuerto en la Colonia Tovar, disponible para quienes quieran y tengan la posibilidad de contratar un viaje privado por aire hasta allí. De otro modo, la única forma de llegar es por vía terrestre, a través de las carreteras que comunican al pueblo con Caracas y con la ciudad de La Victoria, en el estado Aragua. Por la belleza del paisaje, es mucho más recomendable tomar la segunda ruta aunque resulte un poco más larga. La Victoria se encuentra a 80 kilómetros de Caracas a través de la autopista regional; y a 35 kilómetros de la Colonia Tovar, por una carretera muy escarpada, que requiere pericia y buen sistema de frenos al conducir.

En varios puntos hay miradores para detenerse a contemplar las montañas y zonas de despegue que utilizan las escuelas de parapente para sus prácticas. También hay puestos ambulantes de frutas que se cultivan en la zona, y de fresas con crema y dulces artesanales para merendar. Quienes no cuentan con un automóvil particular, pueden tomar las líneas de transporte público que parten del centro de La Victoria, o tomar taxi, que puede costar hasta 40 dólares.

Los sesenta kilómetros que separan a la Colonia Tovar de Caracas parecen ser ciento veinte por la cantidad de tráfico que circula por esta ruta a diario y casi a toda hora: hay que tomar la autopista Francisco Fajardo en dirección al oeste y seguir la señalización que conduce al sector La Yaguara y, desde allí, comenzar el ascenso con ayuda de los carteles que indican “vía El Junquito”. Desde El Junquito hasta el arco de entrada de la Colonia Tovar hay aproximadamente veinte kilómetros.

DÓNDE DORMIR
HOTEL-RESTAURANT LA CASITA DEL FONDUE
Carretera El Junquito-Colonia Tovar
Sector Las Tejerías
T. 58 (244) 355 1343 / 355 1402
www.lacasitadelfondue.com.ve
Habitaciones: 88 dólares para dos personas. Chalets y cabañas: 130 dólares para cuatro personas.

Cuenta con habitaciones junior para dos o más personas, así como con cabañas para parejas y grupos grandes y un chalet. Tiene amplias áreas verdes y una hermosa vista de las montañas. La especialidad del restaurante es la raclette —queso derretido, servido sobre pan, papas al vapor y encurtidos— y, por supuesto, las fondues de todo tipo.

HOTEL SELVA NEGRA
Al lado de la iglesia San Martín de Tours
T. 58 (244) 355 1415 / 355 1715
www.hotelselvanegra.com
Habitaciones dobles desde 75 dólares.

Fundado en 1938, este hotel es el más antiguo de la Colonia Tovar y uno de los más céntricos. Sus tarifas no incluyen las comidas, pero sí cuenta con servicio de restaurante, disponible aun para quienes no se hospeden en el hotel.

HOTEL FRANKFURT
Carretera Colonia Tovar-El Junquito
Sector La Cava
T. 58 (244) 355 1879
Habitaciones desde 55 dólares.

Se encuentra a tres minutos del centro del pueblo, a través de la carretera que conduce a El Junquito y a Caracas. Cuenta con amplias áreas verdes, servicio de restaurante y 34 habitaciones hasta para cinco personas. Sus tarifas no incluyen comidas.

CABAÑAS HESSEN
Final calle Bolívar, después de la iglesia
al lado de la Cervecería Tovar
T. 58 (244) 355 1456
Cabañas desde 70 dólares.

Aquí se ofrecen cabañas para grupos de hasta cuatro personas, equipadas con refrigerador y cocineta. Durante los fines de semana, se alquilan por un mínimo de dos noches.

DÓNDE COMER
CAFÉ RESTAURANTE MUHSTALL
Calle Bolívar, casa Benítez, frente a la iglesia
T. 58 (244) 355 1452 / (412) 411 2000
Lunes a domingo, de 8 a 22 horas.
Costo promedio del menú: 15 dólares por persona.

Funciona en una de las pocas edificaciones originales que queda en pie en la Colonia Tovar. La carta está llena de platos “típicos” alemanes, que en el trópico venezolano se traducen en salchichas, rodillas de puerco y goulash, servidos en diversas presentaciones y acompañados con sauerkraut —col agria.

RESTAURANT REBSTOCK
Calle Codazzi
Centro Comercial Breikanz, PB, local 8
T. 58 (244) 355 1174 / 355 1266
Costo promedio del almuerzo: 30 dólares.

Este restaurante se distingue del resto por la variedad de su oferta gastronómica. Además de los platos alemanes que suelen servir en otras mesas, acá ofrecen 54 platillos de inspiración internacional, pero con un aderezo muy venezolano.

DÓNDE IR
Varias empresas organizar paseos para conocer las afueras del pueblo. La oferta va desde tours por las siembras de fresas y flores o por los petroglifos indígenas, hasta viajes a las playas de Puerto Maya, Puerto Cruz y Chichiriviche de la Costa. Por lo general, estas operadoras pueden ser contactadas en el pueblo y no exigen reservación.

EXPEDICIONES RUSTIC TOURS
Avenida principal de la Colonia Tovar
entre el arco de entrada y la estación de servicio
T. 58 (244) 355 1908
Paseos desde 10 dólares.


CERVECERÍA TOVAR
Final de la calle Bolívar, sector el Molino Rojo
Quinta Molino Rojo
T. 58 (244) 355 1889
Lunes a viernes, de 8 a 18 horas.
Entrada gratis.


MUSEO DE HISTORIA Y ARTESANÍA
DE LA COLONIA TOVAR
Calle El Museo
T. 58 (244) 251 5403


CHARCUTERÍA TOVAR
Carretera Nacional Colonia Tovar-
El Junquito, sector Las Tejerías
www.charcuteriatovar.com


SPA RENACER
Sector La Cava
Quinta Mi Refugio
www.renacerspa.com
Paquetes diarios desde 140 dólares.


PARA VOLAR

CLUB DE VUELO EL JARILLO
T. 58 (416) 816 8411 / 814 4623

ESCUELA DE PARAPENTE WIND
T. 58 (244) 332 2173 / 332 2525
Costo aproximado: 23 dólares por cada vuelo.

Ambos ofrecen alquiler de equipos para expertos
y cursos intensivos para principiantes.
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