El corazón árabe de Londres
El mundo árabe tiene un enclave en el centro de Londres, donde los aromas, sabores y sonidos de Irán, Líbano, Siria, Egipto —por mencionar tan sólo algunos— se reproducen como si sus calles no estuviesen limitadas por los muy británicos Bryant y Regent’s Park.
Edgware Road es, al mismo tiempo, el nombre de una avenida, de una estación de metro, de un barrio, de una forma de vivir y, por sobre todas las cosas, de un firme signo de estos tiempos que lleva casi ya veinte siglos de existencia.
La variedad de definiciones la aprende al instante cualquier mortal que haya remado en las aguas del Regent’s Park, entre las pérgolas y las tumbonas a rayas verdes y blancas de inconfundible estirpe británica, y que luego se haya encontrado, tras caminar cinco minutos, saboreando un kebab o un pringoso baklava por calles donde el inglés es un idioma que se escucha roto, cuando no superado y reemplazado por la áspera calidez de la lengua árabe.
Pero el espejismo de no estar en Londres está lejos de agotarse en meras sensaciones auditivas. A medida que uno se interna en este nuevo mundo por Church Street o Broadley Street, las miradas esquivas de las musulmanas que lucen burkas y el andar despreocupado de sus maridos que visten túnicas pasan, antes de que cualquiera se dé cuenta, a ser el paisaje dominante. Los aromas penetrantes de la shisha, el shawarma y los comercios de pequeños escaparates y amplias bolsas rebosantes de especias terminan por convencer a todos los sentidos de que el área, a pesar de estar ubicada al noroeste de la ciudad, es lo más parecido a Medio Oriente que puede encontrarse en toda la isla.
Edgware Road no siempre fue árabe, aunque sí extranjera. Su trazado lineal, infrecuente en la curvilínea e intrincada cartografía londinense, da cuenta de que su origen se remonta al siglo i de nuestra era, cuando los invasores romanos dispusieron construir un camino entre el actual puerto de Dover y Wroxeter (Gales), que atravesara, claro está, el corazón de la aldea entonces llamada Londinium. Luego, el paso del tiempo se llevaría a los legionarios y, más notablemente aún, a sus raíces latinas, pero nada borraría la rigidez de ese camino lacio que primero serviría de límite al reino medieval de Mercia y que, con la instalación definitiva de los sajones, se transformaría en referente indiscutido de la pesca de laguna bajo el nombre de Ecgi’s weir. Esta denominación, que hacía referencia a un espejo de agua de un ahora ignoto sujeto llamando Ecgi, fue mutando junto con el desarrollo de la lengua local hasta transformarse en Edggware en 1489.
Con el advenimiento de la Inglaterra industrial, la por entonces ya Edggware perdería una de sus letras g, pero jamás su estilo. Aun hoy, el omnipresente olor a pescado de los puestos callejeros —particularmente los sábados en el mercado de Church Street— da cuenta de que su origen popular se mantuvo inalterable.
Ese espíritu de encuentro e intercambio, que se relaciona con lo comercial pero que muchas veces lo trasciende, se profundizó con el arribo de inmigrantes árabes, iraníes, iraquíes y paquistaníes desde 1948, cuando el primer ministro británico Clement Atlee resolvió abrirles las puertas de un país cuya capacidad de mano de obra había sido severamente dañada durante la Segunda Guerra Mundial.
La predilección de aquellos gruesos contingentes de religión musulmana por la zona estuvo determinada por la presencia previa de familiares, amigos y conocidos ya instalados allí. Hoy, la mezquita de Regent’s Park, construida en 1944 por orden del rey Jorge VI y ofrecida como “regalo” del gobierno británico a la comunidad islámica, permanece como un privilegiado testigo de esa elección originaria. Con el paso de las décadas, este centro religioso ubicado sobre una de las entradas del parque real más bello del Reino Unido, se transformaría en la mezquita más importante de Occidente y, al cumplirse su medio siglo de vida, en 1994, el edificio fue ampliado para incluir un centro cultural que puede ser visitado mientras el templo permanece abierto.
Pero los contrastes culturales con el Londres de la posguerra, no tan cosmopolita como hoy, llevaron a los nuevos contingentes migratorios a desarrollar sus propios anticuerpos contra la nostalgia y la segregación, que pronto se traducirían en la creación de un pequeño Golfo Pérsico sin mar ni sol, pero con una identidad poderosa.
Los límites de Edgware Road, aunque la conformación de su fisonomía actual hunde sus raíces en un proceso histórico gradual, son tan abruptos como su poder para hacernos olvidar que, en realidad, estamos a pasos del tradicional Hyde Park, del museo de esculturas de cera Madame Tussauds o la célebre calle Baker Street, cuna del arquetípico detective ficticio británico Sherlock Holmes.
Si bien hay muchas maneras de advertir la brusquedad de este pasaje de lo inglés a lo árabe, quizá la más clara y recomendable consista en andar el brevísimo trayecto entre el Lord’s Cricket Ground y la calle Maida Vale, a través de la arteria llamada Saint John’s Wood Road. El Lord’s, considerado la “Catedral del Cricket” y honrado tres veces como sede para el cricket de los Juegos Olímpicos (en 1908, 1948 y próximamente en 2012), es incuestionablemente un icono de la aristocracia londinense que conserva, a prueba de toda evolución, su “carácter inglés” como en otras pocas partes del país y del mundo, hecho que se ve retratado en los bajorrelieves de una de sus esquinas, donde se aprecian las vestimentas y actitudes más adecuadas para concurrir a ese lugar, a principios del siglo pasado.
Pero si uno continúa por Saint John’s Wood Road, al voltear hacia la izquierda tras alcanzar la esquina con Maida Vale, el paisaje de prolijas y elegantes residencias victorianas parece hundirse, con sólo cruzar la calle, en un mar de techos bajos y planos, y aceras con rastros de vida humana que parecen advertir el cambio de nombre de la avenida. Desde Saint John’s Wood Road hacia el sudeste, Maida Vale pasa a ser, por supuesto, Edgware Road, y la diferencia parece ser inconscientemente festejada por los automovilistas, que en ese tramo del trayecto, e invitados por el nuevo entorno, suelen animarse a hacer sonar el claxon de sus vehículos, aunque la congestión del tránsito no sea diferente en uno y otro lados de la avenida.
A doscientos metros de allí, y en dirección al bullicio y los olores de Oriente, existe otro límite que da cuenta de la montaña cultural que separa a la tradición inglesa de la conquista poblacional de raíz islámica. Casi a la sombra del ascenso de la autopista de Marylebone, un edificio pequeño, diseñado por la arquitecta Leslie Green en 1907, se da a conocer como la estación de metro de la línea Bakerloo.
La estación es, desafortunadamente, el punto del barrio que mayor fama mundial alcanzó, ya que el 7 de julio de 2005 murieron en un tren que pasaba por allí siete personas como consecuencia de la serie de explosiones generadas por terroristas islámicos que se llevarían, también, la vida de otras 45 víctimas en otros puntos de la ciudad.
El golpe, sin embargo, no alteró la ajetreadísima vida de los pasajeros y visitantes de Edgware Road, que después de aquel día trágico y de los consiguientes cortes temporales en el servicio, devolvió a sus ascensores internos con inusitada rapidez el festival de túnicas blancas en los hombres y hijabs o velos para cubrir la cabeza de diferentes colores en las mujeres, que siempre parecen huir desbandadas al ganar la acera.
El espectáculo se repite, en especial los fines de semana al mediodía, en la estación “gemela” de Edgware Road, ubicada 150 metros al sudeste de la más tradicional, sobre la calle Chapel Street. Por esta parada pasan otras tres líneas de metro —Hammersmith & City Line, Circle Line y la District Line— lo cual ha transformado al distrito en uno de los más accesibles de Londres, sobre todo si se considera que en la avenida formada por Edgware Road y sus continuaciones antinómicas —Kilburn High Road y Maida Vale— los automovilistas ya no pagan, desde el pasado febrero, el impuesto por ingreso al centro de la ciudad (conocido aquí como “congestion charge”).
Y este término, el de accesibilidad, no se limita a la multiplicidad de vías de comunicación que acercan la zona a todos los puntos de la ciudad: Edgware Road también es reconocido por ofrecer los mejores precios en alimentos frescos, artículos de limpieza y electrónicos en el centro de una de las metrópolis más caras del mundo.
Las ofertas más interesantes pueden conseguirse tanto en los comercios de la avenida como en los mercados callejeros, que se encuentran abiertos entre las 10 y las 15 horas (el horario de cierre nunca es estricto) todos los días de la semana. Sin embargo, los sábados hacen la diferencia, ya que ese día —y sólo ese día— se acercan al mercado callejero central del distrito, emplazado sobre las cuatro cuadras de Church Street, comerciantes de distintos puntos de Inglaterra a vender sus mercancías a precios irrisorios. Claro que las sumas de dinero solicitadas, especialmente por los electrónicos (televisores de marcas líderes por 40 dólares, reproductores de MP3 por 10) no pueden más que apuntalar cualquier comprensible sospecha sobre el origen de la mercancía. Al igual que el modus operandi de los vendedores sabatinos, que suelen cumplir con el mismo ciclo: instalación súbita y precaria en la calle, anuncio a grito pelado de las ofertas, escasa disposición al regateo y, por último, desaparición súbita tras agotar su generalmente muy limitada existencia de mercancías.
La legalidad, no obstante, depara mejores y más seguros pasatiempos en la enorme variedad de lugares para adquirir alimentos árabes elaborados, o sus ingredientes para prepararlos. En el primer rubro, basta con levantar la vista en cualquier punto del barrio donde se encuentren al menos tres comercios juntos: al menos uno de ellos será siempre un restaurante o un local de comidas para llevar.
Uno de los platos “portátiles” más exitosos del último lustro entre árabes y no árabes ha sido el shawarma, un sándwich de cordero, pollo o pavo aromatizado que por su practicidad, bajo precio (no más de 5 dólares) y alta calidad se ha impuesto entre los peatones, que suelen disfrutarlo tanto como los ya más tradicionales y difundidos kebabs (brochetas fritas de carne de cordero, res o pescado).
Entre los dulces, la estrella del consumo callejero es el baklava, una confitura hecha a base de pasta de hojaldre, rellena con una pasta de nueces o pistaches molidos, miel y azúcar. Aunque puede conseguirse en casi cualquier tienda, una de las mejores es Semiramis, que trae los baklavas por avión directamente desde Siria. Sin este nivel de excentricidad, aunque también con elevados estándares de calidad, la casa libanesa Green Valley, en el 37 de Upper Berkeley Street, ofrece varias clases de baklavas, además de dátiles de Jordania, los clásicos tomates deshidratados y también la “pizza” árabe preparada a la vista en horno de leña, más conocida como mankoushe.
Sin embargo, si hay una marca que caracteriza a las esquinas de Edgware Road, ésa es, sin duda, la de la proliferación de los shisha-cafés. En estos lugares se puede apreciar ya desde la calle la mirada descansada de los hombres que fuman shisha. Lo más típico de este hábito no reside en la sustancia inhalada, que generalmente consiste en tabaco prensado egipcio, sino en el adminículo utilizado para hacerlo y en su carácter colectivo. La shisha, también conocida como hooka en Gran Bretaña y narghile en Francia, se fuma desde una especie de vasija con tapa de bronce de la que salen una o varias mangueritas forradas en tela, de cuyos extremos el o los fumadores inhalan el tabaco que se calienta —pero nunca se quema— en su interior. A pesar de que se trata de un invento milenario y que existen varias referencias históricas sobre la shisha —la más conocida de ellas, una cita de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas— esta costumbre está a punto de ser erradicada del paisaje de Edgware Road. La razón no es otra que la ley: a partir de junio de 2007, de no mediar nuevas postergaciones, el gobierno británico hará entrar en vigor la disposición que prohíbe fumar en lugares públicos, y en especial en aquellos que, como en los shisha-cafés, se vende comida. Esta razón llevó a varios comercios a impulsar la venta de las vasijas para fumar shisha, con la intención de que los habitués, al menos, sigan consumiendo el tabaco egipcio en sus viviendas.
Si fumar no representa una opción para el viajero, tal vez el más inocuo aroma del café preparado en forma artesanal resulte una mejor alternativa. El lugar indicado es la Markus Coffee Company, en el 13 de Connaught Street, inaugurada en 1957 y atendida en la actualidad por su dueño, Mohammed Sarwa, quien se encarga de tostar y procesar en una vieja máquina de procedencia alemana los granos de 26 variedades. También allí se pueden conseguir variedades de té japonés, algo cercano a un sacrilegio en un país en donde esta infusión es uno de los estandartes de la identidad nacional.
Sobre la sección sur de la avenida, es decir, entre la autopista Marylebone y Bayswater Road, se concentra la mayor cantidad de restaurantes de Medio Oriente, sobre todo libaneses y persas, entre los que se destacan tres de las sucursales más importantes de la multioriental cadena Maroush. Estas casas de comidas se alternan con una gran cantidad de “comedores” que proveen kebabs para consumir sobre la marcha y que, en las horas pico, fomentan la creación de legiones de clientes que disimulan la menos activa presencia de las sandwicherías y franquicias de Starbucks, Pret-a-Manger, Costa y Subway. Pero esta “intromisión” occidental cesa después de las 21 horas, cuando al cerrar los cafés de nombres franceses, italianos e ingleses sólo siguen aportándole vida al lugar los restaurantes y comercios propios de la comunidad.
Y, si de entremezclarse más entre las raíces arábigas se trata, no hay mejor manera que ingresar al cine Odeon en el 10 de Edgware Road. Aunque es una sala cinematográfica de cadena, que alguna vez supo contar con la pantalla más grande de la capital británica, en varias de sus funciones las películas están subtituladas en árabe. Esto cuando la programación de filmes hollywoodenses no ha sido reemplazada por ciclos con producciones de Irán, Pakistán, Jordania, Líbano o Egipto.
No obstante, existe una forma más curiosa de experimentar la profundidad del arraigo de la comunidad musulmana en este suelo. Los días en que se juegan las series internacionales de cricket en el Lord’s, que son muchos al año, basta con transitar cualquiera de las calles adyacentes al estadio. Los nada infrecuentes fines de semana en que compite el combinado nacional paquistaní —que parece ser el equipo local aun cuando juega contra su par de Inglaterra— las multitudes de túnicas blancas virtualmente detienen el tránsito sobre la avenida Park Road, que separa al Lord’s de la mezquita de Regent’s Park, y se transforman en una auténtica peregrinación.
A cien metros de la icónica mezquita se encuentra el límite último entre la rebanada de Arabia y el Londres cosmopolita: el imponente edificio de la London Business School. Este colegio, dependiente de la Universidad de Londres, es en la actualidad el más importante centro de estudios de postgrado en materia de negocios en Europa, y cuenta con un edificio abierto al público que, con sus cúpulas blanquecinas y simétricas, ofrece una de las postales más atractivas del Regent’s Park.
Pero si de buscar una salida del mundillo árabe se trata, posiblemente la puerta más interesante sea aquella invisible que separa el final de Edgware Road, en dirección sur, con el comienzo del Hyde Park, el espacio verde más grande de la ciudad. A pesar de su inmensidad, no hay que andar demasiado para encontrar lo mejor que ofrece ese parque, en especial los fines de semana: la primera esquina que aparece es una de las más famosas del país. Conocida como Speaker’s Corner (la esquina del orador), este lugar es, desde que lo dispuso una ordenanza parlamentaria en 1867, el único de la nación en el que cualquier persona del mundo puede hablar libremente sin temor a que lo dicho pueda utilizarse como prueba legal. Claro que, como todo en este país, esta libertad tiene sus excepciones y no se puede hablar en contra de la realeza, ni tampoco incitar a la población a derrocar al gobierno de turno.
Pero no hay reglas que impidan a cualquier persona decir lo que sienta, por duro y estridente que pudiera ser, si el kebab le fue servido con condimentos demasiado picantes.
ITINERARIOS GASTRONÓMICOS
La forma más recomendable de disfrutar de este paseo es, indudablemente, caminar por Edgware Road en cualquier dirección y dejarse llevar por los aromas y colores que emanan del puñado de restaurantes y comedores repartidos en la avenida y sus calles adyacentes, hasta elegir el más acorde con el olfato, gusto y presupuesto.
Si la intención es recorrer la avenida principal en dirección norte a sur, una primera opción para tomarse un descanso es el restaurante Kandoo, especializado en comida iraní, que está ubicado en el número 458. En este amplio local que cuenta con la agradable vista de un jardín trasero —algo no muy habitual en esta ciudad—, y un menú completo para dos personas cuesta entre 18 y 36 euros. El sitio es ideal para degustar kebabs bien preparados, que pueden ser solicitados con Kashk-e Baadenjaan, un puré de berenjena y yogur.
A unos pasos sobre la misma calle se encuentra Mandalay, la única casa de comida birmana de Londres. La recomendación es el Kvet-tha & a-ywek sone Kva (pollo con verduras fritos) acompañados de una generosa porción de Hta-min let-thoat (ensalada de arroz y fideos).
En el cruce con Old Marylebone Road, más cerca de Hyde Park, se halla uno de los lugares más concurridos. Aunque de apariencia austera y casi escondido en la adyacente Bell Street, el restaurante egipcio Meya Meya abre a las 9 y cierra sus puertas a las 23 horas. El plato más solicitado es el Fitter, una suerte de cruza egipcia entre el calzón y la pizza que consiste en una base de masa adobada con tomate, pimienta, aceitunas, carne de res, verduras frescas, salchicha cocida y menta.
En las cercanías de Marble Arch, sobre el 21 de Edgware Road, se levanta el que probablemente sea la estrella de la zona: el restaurante Maroush i. Frecuentado por la farándula local y la ascendente oligarquía rusa, este enclave libanés de paredes naranjas y techos amarillos sirve los platos de mejor reputación del barrio, aunque también los más caros: la especialidad del lugar, el mezze con vino y postre, cuesta cerca de 80 euros por persona aunque, a juzgar por sus mesas siempre ocupadas, no parece haber muchos comensales arrepentidos. Abre desde el mediodía hasta las 2 am todos los días, y uno de sus principales atractivos es su ya muy afamado espectáculo de odaliscas. Maroush también extiende su emporio en otros cuatro locales, repartidos sobre la misma avenida y la esquina de Vere y Oxford Street.
Otra posibilidad, acaso menos exigente para los bolsillos, es el bar persa Patogh, en el 8 de Crawford Place. Además de dedicarse a la elaboración de sabrosos kebabs, esta casa de comidas ofrece los más deliciosos sabzi de la zona. En Patogh se pueden pedir rebosantes kebabs por un precio que dobla a los “callejeros”, pero con altos estándares de calidad asegurados.
En cuanto a los cafés donde se puede fumar la tradicional shisha, si bien hay una gran variedad, especialmente en las esquinas de Edgware Road, los de mejor reputación se encuentran en la misma cuadra. El primero de ellos, Al-Dar, ubicado sobre el 61 de la avenida, cobra 9 euros por persona la “porción” de shisha, cuyo tiempo de consumo suele ser indeterminado. En el más imponente y recargado Mawal, en el 65 de Edgware Road, el derecho a fumar shisha no tiene un precio en sí mismo, sino que se obtiene con el pago de las comidas o bebidas. El precio promedio de un plato de comida libanesa completo —donde el shawarma es una de las opciones predilectas—, es de 120 euros por pareja. Ambos cafés abren desde el mediodía hasta la medianoche, todos los días de la semana.
La variedad de definiciones la aprende al instante cualquier mortal que haya remado en las aguas del Regent’s Park, entre las pérgolas y las tumbonas a rayas verdes y blancas de inconfundible estirpe británica, y que luego se haya encontrado, tras caminar cinco minutos, saboreando un kebab o un pringoso baklava por calles donde el inglés es un idioma que se escucha roto, cuando no superado y reemplazado por la áspera calidez de la lengua árabe.
Pero el espejismo de no estar en Londres está lejos de agotarse en meras sensaciones auditivas. A medida que uno se interna en este nuevo mundo por Church Street o Broadley Street, las miradas esquivas de las musulmanas que lucen burkas y el andar despreocupado de sus maridos que visten túnicas pasan, antes de que cualquiera se dé cuenta, a ser el paisaje dominante. Los aromas penetrantes de la shisha, el shawarma y los comercios de pequeños escaparates y amplias bolsas rebosantes de especias terminan por convencer a todos los sentidos de que el área, a pesar de estar ubicada al noroeste de la ciudad, es lo más parecido a Medio Oriente que puede encontrarse en toda la isla.
Edgware Road no siempre fue árabe, aunque sí extranjera. Su trazado lineal, infrecuente en la curvilínea e intrincada cartografía londinense, da cuenta de que su origen se remonta al siglo i de nuestra era, cuando los invasores romanos dispusieron construir un camino entre el actual puerto de Dover y Wroxeter (Gales), que atravesara, claro está, el corazón de la aldea entonces llamada Londinium. Luego, el paso del tiempo se llevaría a los legionarios y, más notablemente aún, a sus raíces latinas, pero nada borraría la rigidez de ese camino lacio que primero serviría de límite al reino medieval de Mercia y que, con la instalación definitiva de los sajones, se transformaría en referente indiscutido de la pesca de laguna bajo el nombre de Ecgi’s weir. Esta denominación, que hacía referencia a un espejo de agua de un ahora ignoto sujeto llamando Ecgi, fue mutando junto con el desarrollo de la lengua local hasta transformarse en Edggware en 1489.
Con el advenimiento de la Inglaterra industrial, la por entonces ya Edggware perdería una de sus letras g, pero jamás su estilo. Aun hoy, el omnipresente olor a pescado de los puestos callejeros —particularmente los sábados en el mercado de Church Street— da cuenta de que su origen popular se mantuvo inalterable.
Ese espíritu de encuentro e intercambio, que se relaciona con lo comercial pero que muchas veces lo trasciende, se profundizó con el arribo de inmigrantes árabes, iraníes, iraquíes y paquistaníes desde 1948, cuando el primer ministro británico Clement Atlee resolvió abrirles las puertas de un país cuya capacidad de mano de obra había sido severamente dañada durante la Segunda Guerra Mundial.
La predilección de aquellos gruesos contingentes de religión musulmana por la zona estuvo determinada por la presencia previa de familiares, amigos y conocidos ya instalados allí. Hoy, la mezquita de Regent’s Park, construida en 1944 por orden del rey Jorge VI y ofrecida como “regalo” del gobierno británico a la comunidad islámica, permanece como un privilegiado testigo de esa elección originaria. Con el paso de las décadas, este centro religioso ubicado sobre una de las entradas del parque real más bello del Reino Unido, se transformaría en la mezquita más importante de Occidente y, al cumplirse su medio siglo de vida, en 1994, el edificio fue ampliado para incluir un centro cultural que puede ser visitado mientras el templo permanece abierto.
Pero los contrastes culturales con el Londres de la posguerra, no tan cosmopolita como hoy, llevaron a los nuevos contingentes migratorios a desarrollar sus propios anticuerpos contra la nostalgia y la segregación, que pronto se traducirían en la creación de un pequeño Golfo Pérsico sin mar ni sol, pero con una identidad poderosa.
Los límites de Edgware Road, aunque la conformación de su fisonomía actual hunde sus raíces en un proceso histórico gradual, son tan abruptos como su poder para hacernos olvidar que, en realidad, estamos a pasos del tradicional Hyde Park, del museo de esculturas de cera Madame Tussauds o la célebre calle Baker Street, cuna del arquetípico detective ficticio británico Sherlock Holmes.
Si bien hay muchas maneras de advertir la brusquedad de este pasaje de lo inglés a lo árabe, quizá la más clara y recomendable consista en andar el brevísimo trayecto entre el Lord’s Cricket Ground y la calle Maida Vale, a través de la arteria llamada Saint John’s Wood Road. El Lord’s, considerado la “Catedral del Cricket” y honrado tres veces como sede para el cricket de los Juegos Olímpicos (en 1908, 1948 y próximamente en 2012), es incuestionablemente un icono de la aristocracia londinense que conserva, a prueba de toda evolución, su “carácter inglés” como en otras pocas partes del país y del mundo, hecho que se ve retratado en los bajorrelieves de una de sus esquinas, donde se aprecian las vestimentas y actitudes más adecuadas para concurrir a ese lugar, a principios del siglo pasado.
Pero si uno continúa por Saint John’s Wood Road, al voltear hacia la izquierda tras alcanzar la esquina con Maida Vale, el paisaje de prolijas y elegantes residencias victorianas parece hundirse, con sólo cruzar la calle, en un mar de techos bajos y planos, y aceras con rastros de vida humana que parecen advertir el cambio de nombre de la avenida. Desde Saint John’s Wood Road hacia el sudeste, Maida Vale pasa a ser, por supuesto, Edgware Road, y la diferencia parece ser inconscientemente festejada por los automovilistas, que en ese tramo del trayecto, e invitados por el nuevo entorno, suelen animarse a hacer sonar el claxon de sus vehículos, aunque la congestión del tránsito no sea diferente en uno y otro lados de la avenida.
A doscientos metros de allí, y en dirección al bullicio y los olores de Oriente, existe otro límite que da cuenta de la montaña cultural que separa a la tradición inglesa de la conquista poblacional de raíz islámica. Casi a la sombra del ascenso de la autopista de Marylebone, un edificio pequeño, diseñado por la arquitecta Leslie Green en 1907, se da a conocer como la estación de metro de la línea Bakerloo.
La estación es, desafortunadamente, el punto del barrio que mayor fama mundial alcanzó, ya que el 7 de julio de 2005 murieron en un tren que pasaba por allí siete personas como consecuencia de la serie de explosiones generadas por terroristas islámicos que se llevarían, también, la vida de otras 45 víctimas en otros puntos de la ciudad.
El golpe, sin embargo, no alteró la ajetreadísima vida de los pasajeros y visitantes de Edgware Road, que después de aquel día trágico y de los consiguientes cortes temporales en el servicio, devolvió a sus ascensores internos con inusitada rapidez el festival de túnicas blancas en los hombres y hijabs o velos para cubrir la cabeza de diferentes colores en las mujeres, que siempre parecen huir desbandadas al ganar la acera.
El espectáculo se repite, en especial los fines de semana al mediodía, en la estación “gemela” de Edgware Road, ubicada 150 metros al sudeste de la más tradicional, sobre la calle Chapel Street. Por esta parada pasan otras tres líneas de metro —Hammersmith & City Line, Circle Line y la District Line— lo cual ha transformado al distrito en uno de los más accesibles de Londres, sobre todo si se considera que en la avenida formada por Edgware Road y sus continuaciones antinómicas —Kilburn High Road y Maida Vale— los automovilistas ya no pagan, desde el pasado febrero, el impuesto por ingreso al centro de la ciudad (conocido aquí como “congestion charge”).
Y este término, el de accesibilidad, no se limita a la multiplicidad de vías de comunicación que acercan la zona a todos los puntos de la ciudad: Edgware Road también es reconocido por ofrecer los mejores precios en alimentos frescos, artículos de limpieza y electrónicos en el centro de una de las metrópolis más caras del mundo.
Las ofertas más interesantes pueden conseguirse tanto en los comercios de la avenida como en los mercados callejeros, que se encuentran abiertos entre las 10 y las 15 horas (el horario de cierre nunca es estricto) todos los días de la semana. Sin embargo, los sábados hacen la diferencia, ya que ese día —y sólo ese día— se acercan al mercado callejero central del distrito, emplazado sobre las cuatro cuadras de Church Street, comerciantes de distintos puntos de Inglaterra a vender sus mercancías a precios irrisorios. Claro que las sumas de dinero solicitadas, especialmente por los electrónicos (televisores de marcas líderes por 40 dólares, reproductores de MP3 por 10) no pueden más que apuntalar cualquier comprensible sospecha sobre el origen de la mercancía. Al igual que el modus operandi de los vendedores sabatinos, que suelen cumplir con el mismo ciclo: instalación súbita y precaria en la calle, anuncio a grito pelado de las ofertas, escasa disposición al regateo y, por último, desaparición súbita tras agotar su generalmente muy limitada existencia de mercancías.
La legalidad, no obstante, depara mejores y más seguros pasatiempos en la enorme variedad de lugares para adquirir alimentos árabes elaborados, o sus ingredientes para prepararlos. En el primer rubro, basta con levantar la vista en cualquier punto del barrio donde se encuentren al menos tres comercios juntos: al menos uno de ellos será siempre un restaurante o un local de comidas para llevar.
Uno de los platos “portátiles” más exitosos del último lustro entre árabes y no árabes ha sido el shawarma, un sándwich de cordero, pollo o pavo aromatizado que por su practicidad, bajo precio (no más de 5 dólares) y alta calidad se ha impuesto entre los peatones, que suelen disfrutarlo tanto como los ya más tradicionales y difundidos kebabs (brochetas fritas de carne de cordero, res o pescado).
Entre los dulces, la estrella del consumo callejero es el baklava, una confitura hecha a base de pasta de hojaldre, rellena con una pasta de nueces o pistaches molidos, miel y azúcar. Aunque puede conseguirse en casi cualquier tienda, una de las mejores es Semiramis, que trae los baklavas por avión directamente desde Siria. Sin este nivel de excentricidad, aunque también con elevados estándares de calidad, la casa libanesa Green Valley, en el 37 de Upper Berkeley Street, ofrece varias clases de baklavas, además de dátiles de Jordania, los clásicos tomates deshidratados y también la “pizza” árabe preparada a la vista en horno de leña, más conocida como mankoushe.
Sin embargo, si hay una marca que caracteriza a las esquinas de Edgware Road, ésa es, sin duda, la de la proliferación de los shisha-cafés. En estos lugares se puede apreciar ya desde la calle la mirada descansada de los hombres que fuman shisha. Lo más típico de este hábito no reside en la sustancia inhalada, que generalmente consiste en tabaco prensado egipcio, sino en el adminículo utilizado para hacerlo y en su carácter colectivo. La shisha, también conocida como hooka en Gran Bretaña y narghile en Francia, se fuma desde una especie de vasija con tapa de bronce de la que salen una o varias mangueritas forradas en tela, de cuyos extremos el o los fumadores inhalan el tabaco que se calienta —pero nunca se quema— en su interior. A pesar de que se trata de un invento milenario y que existen varias referencias históricas sobre la shisha —la más conocida de ellas, una cita de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas— esta costumbre está a punto de ser erradicada del paisaje de Edgware Road. La razón no es otra que la ley: a partir de junio de 2007, de no mediar nuevas postergaciones, el gobierno británico hará entrar en vigor la disposición que prohíbe fumar en lugares públicos, y en especial en aquellos que, como en los shisha-cafés, se vende comida. Esta razón llevó a varios comercios a impulsar la venta de las vasijas para fumar shisha, con la intención de que los habitués, al menos, sigan consumiendo el tabaco egipcio en sus viviendas.
Si fumar no representa una opción para el viajero, tal vez el más inocuo aroma del café preparado en forma artesanal resulte una mejor alternativa. El lugar indicado es la Markus Coffee Company, en el 13 de Connaught Street, inaugurada en 1957 y atendida en la actualidad por su dueño, Mohammed Sarwa, quien se encarga de tostar y procesar en una vieja máquina de procedencia alemana los granos de 26 variedades. También allí se pueden conseguir variedades de té japonés, algo cercano a un sacrilegio en un país en donde esta infusión es uno de los estandartes de la identidad nacional.
Sobre la sección sur de la avenida, es decir, entre la autopista Marylebone y Bayswater Road, se concentra la mayor cantidad de restaurantes de Medio Oriente, sobre todo libaneses y persas, entre los que se destacan tres de las sucursales más importantes de la multioriental cadena Maroush. Estas casas de comidas se alternan con una gran cantidad de “comedores” que proveen kebabs para consumir sobre la marcha y que, en las horas pico, fomentan la creación de legiones de clientes que disimulan la menos activa presencia de las sandwicherías y franquicias de Starbucks, Pret-a-Manger, Costa y Subway. Pero esta “intromisión” occidental cesa después de las 21 horas, cuando al cerrar los cafés de nombres franceses, italianos e ingleses sólo siguen aportándole vida al lugar los restaurantes y comercios propios de la comunidad.
Y, si de entremezclarse más entre las raíces arábigas se trata, no hay mejor manera que ingresar al cine Odeon en el 10 de Edgware Road. Aunque es una sala cinematográfica de cadena, que alguna vez supo contar con la pantalla más grande de la capital británica, en varias de sus funciones las películas están subtituladas en árabe. Esto cuando la programación de filmes hollywoodenses no ha sido reemplazada por ciclos con producciones de Irán, Pakistán, Jordania, Líbano o Egipto.
No obstante, existe una forma más curiosa de experimentar la profundidad del arraigo de la comunidad musulmana en este suelo. Los días en que se juegan las series internacionales de cricket en el Lord’s, que son muchos al año, basta con transitar cualquiera de las calles adyacentes al estadio. Los nada infrecuentes fines de semana en que compite el combinado nacional paquistaní —que parece ser el equipo local aun cuando juega contra su par de Inglaterra— las multitudes de túnicas blancas virtualmente detienen el tránsito sobre la avenida Park Road, que separa al Lord’s de la mezquita de Regent’s Park, y se transforman en una auténtica peregrinación.
A cien metros de la icónica mezquita se encuentra el límite último entre la rebanada de Arabia y el Londres cosmopolita: el imponente edificio de la London Business School. Este colegio, dependiente de la Universidad de Londres, es en la actualidad el más importante centro de estudios de postgrado en materia de negocios en Europa, y cuenta con un edificio abierto al público que, con sus cúpulas blanquecinas y simétricas, ofrece una de las postales más atractivas del Regent’s Park.
Pero si de buscar una salida del mundillo árabe se trata, posiblemente la puerta más interesante sea aquella invisible que separa el final de Edgware Road, en dirección sur, con el comienzo del Hyde Park, el espacio verde más grande de la ciudad. A pesar de su inmensidad, no hay que andar demasiado para encontrar lo mejor que ofrece ese parque, en especial los fines de semana: la primera esquina que aparece es una de las más famosas del país. Conocida como Speaker’s Corner (la esquina del orador), este lugar es, desde que lo dispuso una ordenanza parlamentaria en 1867, el único de la nación en el que cualquier persona del mundo puede hablar libremente sin temor a que lo dicho pueda utilizarse como prueba legal. Claro que, como todo en este país, esta libertad tiene sus excepciones y no se puede hablar en contra de la realeza, ni tampoco incitar a la población a derrocar al gobierno de turno.
Pero no hay reglas que impidan a cualquier persona decir lo que sienta, por duro y estridente que pudiera ser, si el kebab le fue servido con condimentos demasiado picantes.
ITINERARIOS GASTRONÓMICOS
La forma más recomendable de disfrutar de este paseo es, indudablemente, caminar por Edgware Road en cualquier dirección y dejarse llevar por los aromas y colores que emanan del puñado de restaurantes y comedores repartidos en la avenida y sus calles adyacentes, hasta elegir el más acorde con el olfato, gusto y presupuesto.
Si la intención es recorrer la avenida principal en dirección norte a sur, una primera opción para tomarse un descanso es el restaurante Kandoo, especializado en comida iraní, que está ubicado en el número 458. En este amplio local que cuenta con la agradable vista de un jardín trasero —algo no muy habitual en esta ciudad—, y un menú completo para dos personas cuesta entre 18 y 36 euros. El sitio es ideal para degustar kebabs bien preparados, que pueden ser solicitados con Kashk-e Baadenjaan, un puré de berenjena y yogur.
A unos pasos sobre la misma calle se encuentra Mandalay, la única casa de comida birmana de Londres. La recomendación es el Kvet-tha & a-ywek sone Kva (pollo con verduras fritos) acompañados de una generosa porción de Hta-min let-thoat (ensalada de arroz y fideos).
En el cruce con Old Marylebone Road, más cerca de Hyde Park, se halla uno de los lugares más concurridos. Aunque de apariencia austera y casi escondido en la adyacente Bell Street, el restaurante egipcio Meya Meya abre a las 9 y cierra sus puertas a las 23 horas. El plato más solicitado es el Fitter, una suerte de cruza egipcia entre el calzón y la pizza que consiste en una base de masa adobada con tomate, pimienta, aceitunas, carne de res, verduras frescas, salchicha cocida y menta.
En las cercanías de Marble Arch, sobre el 21 de Edgware Road, se levanta el que probablemente sea la estrella de la zona: el restaurante Maroush i. Frecuentado por la farándula local y la ascendente oligarquía rusa, este enclave libanés de paredes naranjas y techos amarillos sirve los platos de mejor reputación del barrio, aunque también los más caros: la especialidad del lugar, el mezze con vino y postre, cuesta cerca de 80 euros por persona aunque, a juzgar por sus mesas siempre ocupadas, no parece haber muchos comensales arrepentidos. Abre desde el mediodía hasta las 2 am todos los días, y uno de sus principales atractivos es su ya muy afamado espectáculo de odaliscas. Maroush también extiende su emporio en otros cuatro locales, repartidos sobre la misma avenida y la esquina de Vere y Oxford Street.
Otra posibilidad, acaso menos exigente para los bolsillos, es el bar persa Patogh, en el 8 de Crawford Place. Además de dedicarse a la elaboración de sabrosos kebabs, esta casa de comidas ofrece los más deliciosos sabzi de la zona. En Patogh se pueden pedir rebosantes kebabs por un precio que dobla a los “callejeros”, pero con altos estándares de calidad asegurados.
En cuanto a los cafés donde se puede fumar la tradicional shisha, si bien hay una gran variedad, especialmente en las esquinas de Edgware Road, los de mejor reputación se encuentran en la misma cuadra. El primero de ellos, Al-Dar, ubicado sobre el 61 de la avenida, cobra 9 euros por persona la “porción” de shisha, cuyo tiempo de consumo suele ser indeterminado. En el más imponente y recargado Mawal, en el 65 de Edgware Road, el derecho a fumar shisha no tiene un precio en sí mismo, sino que se obtiene con el pago de las comidas o bebidas. El precio promedio de un plato de comida libanesa completo —donde el shawarma es una de las opciones predilectas—, es de 120 euros por pareja. Ambos cafés abren desde el mediodía hasta la medianoche, todos los días de la semana.
























