Kreuzberg. No hay museos para el presente
Punks, drag queens, jóvenes turcos, generales prusianos muertos y enterrados, pañuelos en la cabeza de mujeres, pintores que han tomado por asalto un hospital, chinos, vegetarianos y pollos que dan vueltas después de muertos, un canal, sitios donde sólo se habla turco, miles de antenas parabólicas apuntadas hacia el Sudeste. El futuro de Alemania ya ha llegado y se llama Kreuzberg.
Un atardecer de febrero, mientras el viajero observa la vitrina de una tienda de discos usados y se pregunta quién querrá ya semejantes cosas, dos jóvenes que hablan en turco entran a un edificio de la Gneisenaustrasse. Unas figuras masculinas sostienen con aparente facilidad sobre sus hombros los balcones de la fachada y contemplan con ojos vacíos a quienes ingresan al edificio. Un travesti de casi dos metros sale entonces de él y, sin reparar en las figuras masculinas de la fachada que sostienen los balcones, que son pesados, y el pasado alemán, que es más pesado aún, se dirige hacia el SchwuZ Basement, la discoteca para homosexuales de la Mehringdamm. Entonces el viajero piensa —o, mejor, recuerda, puesto que, mientras la inteligencia es económica y selectiva, la memoria, en particular la de un viajero, es antieconómica y acumulativa— en la bella ciudad croata de Split, junto al Mar Adriático, y comprende que Kreuzberg y Split se parecen, no desde el punto de vista arquitectónico, ya que los dos sitios son diferentísimos, pero sí en lo que hace a su frágil y a la vez dinámica relación con el pasado.
Split está fundada sobre el que alguna vez fuera el imponente palacio de Diocleciano; muerto el emperador, muertos todos los emperadores romanos y desaparecido el imperio, el palacio fue ocupado por nómadas de Asia central y, más tarde, por bizantinos, venecianos y croatas. Quien visita Split tiene pues la impresión de encontrarse en un sitio que alguien hace siglos convirtió en su hogar, desplazando a su antiguo dueño, y ésa es exactamente la impresión que se tiene cuando se visita Kreuzberg. Al igual que la ciudad croata, el barrio berlinés ha sido ocupado una y otra vez por gentes de diferentes culturas y hábitos que han desplegado sus vidas sobre los cimientos de vidas anteriores hasta el punto de que el estado permanente de ocupación, asentamiento y transformación ha devenido la regla y no la excepción en este sitio que anticipa el futuro mestizo de este país. En pocos lugares de Alemania está tan lejos el pasado como en Kreuzberg.
EL PASADO
Ya desde mediados del siglo XIX la zona del actual Kreuzberg, bautizado así por la colina del mismo nombre que actualmente se encuentra en el bello Viktoriapark vivió una explosión demográfica que coincidía con la industrialización acelerada de Berlín, que parecía prometer trabajo a cualquiera que estuviera en condiciones de trabajar, y la existencia de grandes edificios en los que los alquileres resultaban baratos. Como por entonces los propietarios debían pagar impuestos en razón del ancho del frente y no del tamaño total del edificio, muchos de ellos construyeron “en profundidad” edificios de fachada estrecha, pero dos o incluso tres patios interiores alrededor de los cuales se apiñaban más viviendas, una solución arquitectónica que afectó el perfil del barrio, y no sólo a nivel urbanístico: los alquileres baratos atrajeron a una clientela principalmente obrera que lo dotó de un carácter particular.
Kreuzberg no fue ajeno a la persecución de opositores políticos y judíos que siguió al ascenso al poder del nacionalsocialismo en 1933: de los 6 096 judíos que vivían en el vecindario ese año, alrededor de 1 300 fueron asesinados. Que los nazis hubieran escogido el área para instalar el centro de su administración —las dependencias principales de la policía, el servicio de seguridad y las SS estaban en el área comprendida entre las actuales estaciones de Kochstrasse, Hallesches Tor y Prinzenstrasse— condujo a que Kreuzberg fuera duramente bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien arquitectos y urbanistas desarrollaron tras la guerra un plan completo de urbanización para la zona, su actividad se restringió en los años siguientes a rellenar los huecos que dejaran las bombas con bloques de cemento que en la actualidad constituyen una señal distintiva de todo el lado Este del barrio.
Y entonces tuvo lugar la construcción del Muro de Berlín, cuyas consecuencias para Kreuzberg se hicieron visibles de inmediato; con su parte oriental —conocida como SO 36 por su antiguo código postal— cerrada en tres de sus cuatro costados por el muro y con la mayor parte de sus vías de comunicación al centro cortadas, Kreuzberg se convirtió en un sitio aislado que todo el que pudiera permitírselo abandonaba. Esto, paradójicamente, fue lo que lo convirtió en el caso único que aún hoy es, ya que el “vacío” que produjo el aislamiento —su población descendió de 213 mil a 158 mil habitantes entre 1952 y 1970— y la gran cantidad de viviendas desocupadas atrajeron a Kreuzberg a los tres colectivos que le darían su identidad definitiva: artistas bohemios, inmigrantes turcos y punks.
Es difícil imaginar tres colectivos de orígenes y ambiciones más disímiles; sin embargo, la mezcla funcionó y dotó al barrio de una fama de la que aún hoy goza. Los inmigrantes, muchos de ellos llegados desde las zonas rurales de Turquía para solventar el déficit de mano de obra alemana y a cuyo trabajo se debe buena parte del conocido “milagro alemán”, llegaron a Kreuzberg atraídos por las viviendas baratas y lo transformaron, principalmente con altas tasas de natalidad que llenaron las calles de críos; siguiendo sus pasos, arribaron punks y artistas que aprovecharon el aislamiento para llevar un modo de vida poco convencional y antiburgués. Muchos de ellos ocuparon ilegalmente los edificios vacíos y crearon en ellos talleres, salas de conciertos, galerías de arte y cafés: en 1981 había en Berlín 165 casas ocupadas ilegalmente, de las cuales 86 se encontraban en Kreuzberg.
La prensa nacional reaccionó con artículos en los que se exageraban la ausencia de reglas y el carácter alternativo y comunal de la vida en los edificios ocupados, y esos artículos, sin pretenderlo, fueron anuncios para los disconformes de toda Alemania Occidental, que se dirigieron a Kreuzberg. Uno de los testigos de aquella época, Hellmut Kotschenreuther, escribió: “Lo que Montmartre y Montparnasse fueron alguna vez para París, eso fue para el Berlín de posguerra, en un sentido muy específico, el barrio de Kreuzberg: un foco y un refugio para los no o aún no integrados, donde el caos colorido y triste y el crecimiento artístico prosperaban mejor que en ninguna otra parte”.
“Kreuzberg no era el ‘modelo alemán’, no tenía nada que ver con lo que pasaba fuera”, resumió otro testigo de la época. El punto más alto de esta proyección del barrio como la imagen en negativo de Alemania tuvo lugar el primero de mayo de 1987, cuando la celebración del día del trabajador por parte de un grupo de anarquistas y punks condujo a enfrentamientos con la policía en las cercanías de la estación de metro Kottbusser Tor y en Oranienplatz; los manifestantes saquearon y a continuación incendiaron un supermercado y, lo que es más importante, se las arreglaron para desalojar a la policía de Kreuzberg durante varias horas y reivindicar en los hechos una autonomía que hacía tiempo les pertenecía en el terreno de los símbolos. La celebración del primero de mayo (Erster Mai in Kreuzberg) se ha convertido desde entonces en ocasión para una violencia más o menos ritualizada a la que acompaña un gran despliegue de la prensa, pero la jornada de violencia y caos de 1987 estaba aún presente en la memoria de los berlineses como ejemplo de la marginalidad, la pobreza y la peligrosidad de Kreuzberg cuando éste pasó de ser un sitio periférico y aislado a encontrarse en el centro de la ciudad al caer el muro, en noviembre de 1989.
La reunificación y la repentina centralidad del barrio llevaron a algunos a augurar grandes inversiones y su transformación en un “Manhattan berlinés” y, si bien Kreuzberg, en particular toda su zona occidental, ha sido en parte saneado, su carácter específico no se ha perdido, para bien y para mal: aún hoy, Kreuzberg es considerado uno de los barrios más pobres de Berlín.
EL PRESENTE
A Kreuzberg suele llamársele “la ciudad turca más grande fuera de Turquía” o “el pequeño Estambul”, apelativos que merece largamente: en 1999, 49 010 de los 146 884 habitantes eran extranjeros, y la mayor parte de nacionalidad turca. En las cercanías de la estación de metro de Kottbusser Tor —llamada Kotti por los berlineses— la cantidad de extranjeros asciende al 51 por ciento, pero las estadísticas no consideran en este rubro a los hijos de los turcos que han recibido la ciudadanía alemana. Su gran cantidad en un país con cifras de natalidad negativas convierte a Kreuzberg en uno de los barrios de población más joven de toda Alemania, y es aquí donde el presente permite intuir el futuro, lo que sucede cuando uno ve a estos niños jugando con sus, pocos, vecinos alemanes y a sus hermanos mayores escuchando música hip hop cantada en turco, mientras comen hamburguesas sentados en el coche alemán de sus padres.
La población turca se concentra alrededor de la estación Kottbusser Tor, por donde se encuentran los principales restaurantes y tiendas turcos, y la que probablemente sea la mayor concentración de antenas parabólicas de todo Berlín, todas enfocadas hacia Turquía.
Un indicador de la fuerza del colectivo es que cuenta con todo aquello que se necesita para la vida actual, es decir, abogados, agencias de viaje, dentistas, estaciones de radio, librerías, discotecas, sastrerías, panaderías, periódicos —Hürriyet, uno de los periódicos más importantes de Turquía tiene también una edición en alemán—, hospitales, peluquerías —algunas de las cuales, como el Coiffeur Bagdad de Kottbusser Damm 102, ofrecen apartados para las mujeres más conservadoras que no desean ser vistas fuera de casa sin pañuelo y anuncian, entre sus especialidades, el depilado del rostro y de la espalda— y centros culturales. En Kreuzberg, el alemán es segunda lengua.
Más que el idioma, sin embargo, es el olor de las especias, el vestido de las mujeres y el aire cansino y resignado de la vida en Kreuzberg lo que hace sentir de inmediato el Oriente; la vida, al menos en el SO 36, tiene un ritmo definitivamente oriental al que contribuyen las mezquitas ubicadas en antiguas fábricas y departamentos privados que, hasta que se concluya con la construcción del magnífico edificio de la esquina de Skalitzer Strasse y Wiener Strasse, satisfacen las necesidades del culto y el bello mercado del Maybachufer conocido como Türkenmarket (mercado de los turcos). En este mercado al aire libre ubicado junto al Landwehrkanal, el canal que atraviesa buena parte del vecindario, se tiene la impresión de estar en cualquiera de los mercados de Estambul, con vendedores que vocean sus mercancías en turco, la bella disposición de las frutas y las verduras, y la impresión de que es posible comprarlo todo: telas por metro, dátiles por kilo, calzones, maíz hervido, relojes, queso en hebras y pañuelos. Los martes y, en particular, los viernes, antes o después del rezo del mediodía, no hay otro sitio en Kreuzberg donde valga la pena estar que no sea este mercado.
Sin embargo, no es exactamente la población turca la que lo hace atractivo, sino su superposición con otros colectivos. En el metro de Kottbusser Tor, donde los pocos punks que aún quedan allí —los que ocupaban casas han sido desalojados en su mayoría hace tiempo— piden dinero y beben cervezas, o en Chamissoplatz, la espléndida plaza rodeada de edificios de balcones de hierro forjado que tiene entre sus modestas, pero bellas propiedades, un urinario antiguo aún en funciones. La otra manifestación del pasado alemán son los cementerios: Kreuzberg tiene dos, el Friedhöfe vor dem Halleschen Tor, frente a la estación de metro Mehringdamm, en el que yacen los escritores Adelbert von Chamisso (1781-1838) y Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) y el compositor Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847), entre otros, y el bello Standortfriedhof, domicilio último de cientos de generales prusianos que, a diferencia de sus soldados, murieron en la cama.
Pero es en dos calles donde la mezcla de estos “dos Kreuzberg” se hace más patente: Bergmannstrasse y Oranienstrasse. La primera, ubicada en el lado occidental del barrio, es una interesante calle de bares y tiendas, en las que la cualidad práctica alemana va de la mano del refinamiento turco. Sus tiendas de discos usados, sus librerías y sus restaurantes de comida francesa, iraní, china, japonesa y turca señalan que la convergencia entre alemanes y turcos no hizo sino inaugurar una forma de vida más plural, en la que la frontera entre “ellos” y “nosotros” fue desdibujada por otras minorías nacionales en busca de un hogar.
En Oranienstrasse, excelentes cafeterías se encuentran en un marco menos glamoroso, pero la cercanía de la sala de exposiciones y la escuela Kunstlerhaus Bethanien atrae a muchos artistas, y todo, desde los peinados hasta las bolsas de la compra, muestran una elaboración que los hace dignos de la galería de arte. En Oranienstrasse es donde la mezcla adquiere un carácter más programático y combativo: los carteles de los anarquistas que invitan a los vecinos a dejar atrás el concepto de la propiedad privada, algunos de ellos traducidos al turco, se superponen a otros con fotografías del líder de la guerrilla separatista kurda de Turquía, Abdullah Öcalan; los panaderos turcos producen algunos dulces alemanes y los panaderos alemanes —pero casi no hay de éstos— producen pan ácimo a la manera turca; los alemanes compran verdura en los puestos turcos y los turcos venden imitaciones de ropa alemana y, en general, ya nadie parece estar muy seguro de dónde empieza una cosa —una identidad nacional, por ejemplo— y empieza otra.
EL FUTURO
Se tiene una impresión muy aguda de Kreuzberg si se llega a pie por la Friedrichstrasse, puesto que esta calle atraviesa el bello bulevar Unter den Linden, producto de la visión de Federico el Grande y en cuya cercanía se encuentran escenarios del pasado alemán como el Bundestag (Parlamento) y la Brandenburger Tor (Puerta de Brandeburgo), para internarse en una zona comercial —Galerías Lafayette, Hilton y Mercedes Benz son sólo algunas de las casas radicadas en la zona—, atravesar el famoso Checkpoint Charlie, uno de los pocos pasos entre Alemania Oriental y Occidental durante la Guerra Fría, y acabar en el mercadillo de Mehringplatz. Visitar este mercadillo es como revolver en la basura que los habitantes han acumulado durante décadas; aquí pueden encontrarse perfumes falsificados, camisetas con el rostro de Ernesto “Che” Guevara y la frase Hasta le victora sempre [sic] y un vendedor de pollos asados que parecen palomas y probablemente lo sean, rodeados de edificios de aspecto amenazador, bares baratos y locutorios telefónicos que ofrecen llamadas de bajo precio a Turquía, Rusia y China; aquí comienza Kreuzberg, como si la Friedrichstrasse fuera del pasado al futuro y apenas se detuviera, pero sólo por un instante, en el presente.
Cuando unas horas después el viajero le dice a un amigo turco al que visita que Friedrichstrasse es una calle que va del pasado alemán a su futuro, su amigo se ríe. El viajero le pregunta si desea quedarse en Kreuzberg cuando culmine su periodo de prácticas en el hospital del barrio, pero se encoge de hombros; para jóvenes como él —con vidas alemanas pero pasaportes turcos— el futuro es tan inasible como el pasado rural que sus padres evocan en ocasiones. Por esta razón, sólo el presente cuenta para ellos, y en esto se parecen a los anarquistas, los bohemios y los punks con los que comparten barrio, interactuando o sólo esquivándose. Kreuzberg es el laboratorio social de Alemania, donde hoy se inauguran tendencias y se anticipa lo que vendrá, y quizá sea por eso por lo que hay tan pocas estatuas en el barrio y su museo apenas recibe visitantes, porque no hay museos que historien el presente y ninguna estatua puede retratarlo.
GUÍA PRÁCTICA
QUÉ VISITAR
VIKTORIAPARK
Kreuzberg Strasse
El Viktoriapark no sólo es famoso por albergar el monumento de Schinkel, al que conducen la mayor parte de sus senderos, sino también porque desde la cima de la colina de Kreuzberg se puede disfrutar de una interesante vista. Más abajo, en las laderas, se cultivan las uvas con cuyo producto se fabrica el único vino que se produce en la actualidad en Berlín, el Kreuz-Neroberger, que el ayuntamiento suele regalar a los visitantes ilustres.
MUSEUM KREUZBERG
Adalbertstrasse 95A
T. 49 (30) 5058 5233
www.kreuzbergmuseum.de
De miércoles a domingo de 12 a 18 horas.
Narra, mediante una colección distribuida en tres plantas, la historia del barrio desde comienzos del siglo XVIII en adelante, con hincapié en el movimiento de protesta de las décadas de 1960 a 1990 y la inmigración.
HAMAM
Mariannenstrasse 6
T. 49 (30) 615 1464
www.hamamberlin.de
14 euros las tres horas y 2 euros
cada hora adicional.
Una curiosidad local es el baño turco o hamam para mujeres, que funciona en una fábrica de chocolates ocupada en 1981 por miembros del movimiento de liberación femenina. El baño reproduce con fidelidad los que pueden encontrarse en Turquía y es un punto de encuentro para turcas y alemanas desde hace décadas.
KUNSTLERHAUS BETHANIEN
Mariannenplatz 2
T. 49 (30) 616 9030
Quienes se interesen por las bellas artes deben visitar el Kunstlerhaus Bethanien. Su exterior tiene el aspecto de una iglesia y las dimensiones de un hospital: este edificio, creado en 1843 como convento de una orden religiosa, funcionó como hospital hasta 1970. En la actualidad alberga dos excelentes espacios para exposiciones, talleres para artistas y una escuela de música. Más de cuatrocientos artistas de más de treinta países han trabajado ya en Bethanien como parte de un programa internacional.
DÓNDE DORMIR
Kreuzberg carece de una oferta hotelera atractiva, con la que sí cuenta el vecino Berlin-Mitte. Una excepción es el bello Hotel Riehmers Hofgarten (Yorckstrasse 83; T. 49 (30) 7809 8800; www.riehmers-hofgarten.de; habitaciones dobles desde 129 euros). Situado en el área más elegante del vecindario, este pequeño hotel construido entre 1860 y 1900, cuenta con un café y un excelente restaurante.
Viajeros con menos exigencias y más deseos de conocer íntimamente la vida en una fábrica rehabilitada por sus ocupantes pueden considerar el albergue Die Fabrik (Schlesische Strasse 18; T. 49 (30) 611 7116; www.diefabrik.com; habitaciones dobles desde 52 euros), situado, evidentemente, en una fábrica ocupada y saneada en 1995 y cuyos dueños han renunciado por razones ideológicas a equipar las habitaciones con televisor, minibar o teléfono; el resto es lo habitual en todo albergue de este tipo, pero el sitio es colorido y vale la pena al menos visitarlo.
DÓNDE COMER
Una estancia convencional no alcanzará para agotar la oferta culinaria de Kreuzberg; incluso el local más modesto —reconocible por la palabra imbiss escrita en su escaparate— puede satisfacer la curiosidad y el apetito del viajero con sus sándwiches de carne de cordero asado y verduras (kebab desde 1.50 euros) o sus sándwiches de albóndigas de garbanzos (falafel, desde 2.50 euros), en el caso de un local turco, o sus salchichas y cervezas en caso de tratarse de un local alemán. Quienes deseen ser introducidos en la comida turca de calidad pueden visitar el excelente Restaurant Hasır (Adalbertstrasse 10; T. 49 (30) 614 2373; www.hasir.de; horarios intempestivos), donde pueden disfrutar, por ejemplo, de hojas de parra rellenas de arroz y almendras (Yaprak Dalması, 4.20 euros) o de brochetas de carne picada con perejil, ajo, rodajas de rábano, tomates asados y pimientos (Yufka Ekmekii, 8 euros), todo ello acompañado de alguna de las bebidas turcas por antonomasia: Ayran, a base de yogur (1.20 euros), o Raki, licor de anís de altísima graduación alcohólica que se mezcla con agua (3 euros).
Una opción simple y económica para desayunar es cualquiera de las panaderías de la zona —por ejemplo, la Pastacı Firin en Adalberstrasse 94, casi frente al Hasır— y ordenar un té y alguna pasta, aunque los turcos no suelen frecuentar las panaderías a la hora del desayuno; ellos beben por la mañana sopa, por ejemplo la sustanciosa Mercimerk Çorbası de lentejas rojas (2.50 euros), a la que le agregan limón y acompañan con pan. Otra excelente opción para el desayuno es el café Morgenland (Skalitzer Strasse 35; T. 49 (30) 611 3183; todos los días de 9.30 a 2 horas); ubicado en una fea esquina junto a las vías elevadas del metro, el café compensa la fealdad de su locación con un ambiente juvenil, excelente blues y un magnífico bufé de desayuno por 10.50 euros que, especialmente los fines de semana, hace las delicias de su clientela con resaca; es imperioso reservar por anticipado.
QUÉ COMPRAR
Música turca; en todo el barrio pueden encontrarse tiendas de discos que ofrecen casi exclusivamente arabeske, una música que combina ritmos y melodías tradicionales turcas con instrumentación pop y occidental. Sus cantantes más populares son Tarkan, Candan Erçetin, Özcan Deniz, Azer Büllbüll, Bibel Sezal, Rafet el Roman y Ünlü, a los que convendría añadir Islamic Force, el primer grupo de hip hop alemán cantado en turco surgido en Kreuzberg, que combinó percusión electrónica con instrumentos turcos tradicionales como zurna, baglama y ud. En Umut Kasetcilik (Adalbertstrasse 13; T. 49 (30) 615 8131; abierto de lunes a viernes de 10 a 20 horas y sábados de 10 a 19 horas) no sólo se venden discos y cassettes, sino también DVDs e instrumentos musicales tradicionales, y su dueño, Ümit Ürgen, puede ser un excelente guía en esta música si se habla alemán o turco.
Split está fundada sobre el que alguna vez fuera el imponente palacio de Diocleciano; muerto el emperador, muertos todos los emperadores romanos y desaparecido el imperio, el palacio fue ocupado por nómadas de Asia central y, más tarde, por bizantinos, venecianos y croatas. Quien visita Split tiene pues la impresión de encontrarse en un sitio que alguien hace siglos convirtió en su hogar, desplazando a su antiguo dueño, y ésa es exactamente la impresión que se tiene cuando se visita Kreuzberg. Al igual que la ciudad croata, el barrio berlinés ha sido ocupado una y otra vez por gentes de diferentes culturas y hábitos que han desplegado sus vidas sobre los cimientos de vidas anteriores hasta el punto de que el estado permanente de ocupación, asentamiento y transformación ha devenido la regla y no la excepción en este sitio que anticipa el futuro mestizo de este país. En pocos lugares de Alemania está tan lejos el pasado como en Kreuzberg.
EL PASADO
Ya desde mediados del siglo XIX la zona del actual Kreuzberg, bautizado así por la colina del mismo nombre que actualmente se encuentra en el bello Viktoriapark vivió una explosión demográfica que coincidía con la industrialización acelerada de Berlín, que parecía prometer trabajo a cualquiera que estuviera en condiciones de trabajar, y la existencia de grandes edificios en los que los alquileres resultaban baratos. Como por entonces los propietarios debían pagar impuestos en razón del ancho del frente y no del tamaño total del edificio, muchos de ellos construyeron “en profundidad” edificios de fachada estrecha, pero dos o incluso tres patios interiores alrededor de los cuales se apiñaban más viviendas, una solución arquitectónica que afectó el perfil del barrio, y no sólo a nivel urbanístico: los alquileres baratos atrajeron a una clientela principalmente obrera que lo dotó de un carácter particular.
Kreuzberg no fue ajeno a la persecución de opositores políticos y judíos que siguió al ascenso al poder del nacionalsocialismo en 1933: de los 6 096 judíos que vivían en el vecindario ese año, alrededor de 1 300 fueron asesinados. Que los nazis hubieran escogido el área para instalar el centro de su administración —las dependencias principales de la policía, el servicio de seguridad y las SS estaban en el área comprendida entre las actuales estaciones de Kochstrasse, Hallesches Tor y Prinzenstrasse— condujo a que Kreuzberg fuera duramente bombardeado durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien arquitectos y urbanistas desarrollaron tras la guerra un plan completo de urbanización para la zona, su actividad se restringió en los años siguientes a rellenar los huecos que dejaran las bombas con bloques de cemento que en la actualidad constituyen una señal distintiva de todo el lado Este del barrio.
Y entonces tuvo lugar la construcción del Muro de Berlín, cuyas consecuencias para Kreuzberg se hicieron visibles de inmediato; con su parte oriental —conocida como SO 36 por su antiguo código postal— cerrada en tres de sus cuatro costados por el muro y con la mayor parte de sus vías de comunicación al centro cortadas, Kreuzberg se convirtió en un sitio aislado que todo el que pudiera permitírselo abandonaba. Esto, paradójicamente, fue lo que lo convirtió en el caso único que aún hoy es, ya que el “vacío” que produjo el aislamiento —su población descendió de 213 mil a 158 mil habitantes entre 1952 y 1970— y la gran cantidad de viviendas desocupadas atrajeron a Kreuzberg a los tres colectivos que le darían su identidad definitiva: artistas bohemios, inmigrantes turcos y punks.
Es difícil imaginar tres colectivos de orígenes y ambiciones más disímiles; sin embargo, la mezcla funcionó y dotó al barrio de una fama de la que aún hoy goza. Los inmigrantes, muchos de ellos llegados desde las zonas rurales de Turquía para solventar el déficit de mano de obra alemana y a cuyo trabajo se debe buena parte del conocido “milagro alemán”, llegaron a Kreuzberg atraídos por las viviendas baratas y lo transformaron, principalmente con altas tasas de natalidad que llenaron las calles de críos; siguiendo sus pasos, arribaron punks y artistas que aprovecharon el aislamiento para llevar un modo de vida poco convencional y antiburgués. Muchos de ellos ocuparon ilegalmente los edificios vacíos y crearon en ellos talleres, salas de conciertos, galerías de arte y cafés: en 1981 había en Berlín 165 casas ocupadas ilegalmente, de las cuales 86 se encontraban en Kreuzberg.
La prensa nacional reaccionó con artículos en los que se exageraban la ausencia de reglas y el carácter alternativo y comunal de la vida en los edificios ocupados, y esos artículos, sin pretenderlo, fueron anuncios para los disconformes de toda Alemania Occidental, que se dirigieron a Kreuzberg. Uno de los testigos de aquella época, Hellmut Kotschenreuther, escribió: “Lo que Montmartre y Montparnasse fueron alguna vez para París, eso fue para el Berlín de posguerra, en un sentido muy específico, el barrio de Kreuzberg: un foco y un refugio para los no o aún no integrados, donde el caos colorido y triste y el crecimiento artístico prosperaban mejor que en ninguna otra parte”.
“Kreuzberg no era el ‘modelo alemán’, no tenía nada que ver con lo que pasaba fuera”, resumió otro testigo de la época. El punto más alto de esta proyección del barrio como la imagen en negativo de Alemania tuvo lugar el primero de mayo de 1987, cuando la celebración del día del trabajador por parte de un grupo de anarquistas y punks condujo a enfrentamientos con la policía en las cercanías de la estación de metro Kottbusser Tor y en Oranienplatz; los manifestantes saquearon y a continuación incendiaron un supermercado y, lo que es más importante, se las arreglaron para desalojar a la policía de Kreuzberg durante varias horas y reivindicar en los hechos una autonomía que hacía tiempo les pertenecía en el terreno de los símbolos. La celebración del primero de mayo (Erster Mai in Kreuzberg) se ha convertido desde entonces en ocasión para una violencia más o menos ritualizada a la que acompaña un gran despliegue de la prensa, pero la jornada de violencia y caos de 1987 estaba aún presente en la memoria de los berlineses como ejemplo de la marginalidad, la pobreza y la peligrosidad de Kreuzberg cuando éste pasó de ser un sitio periférico y aislado a encontrarse en el centro de la ciudad al caer el muro, en noviembre de 1989.
La reunificación y la repentina centralidad del barrio llevaron a algunos a augurar grandes inversiones y su transformación en un “Manhattan berlinés” y, si bien Kreuzberg, en particular toda su zona occidental, ha sido en parte saneado, su carácter específico no se ha perdido, para bien y para mal: aún hoy, Kreuzberg es considerado uno de los barrios más pobres de Berlín.
EL PRESENTE
A Kreuzberg suele llamársele “la ciudad turca más grande fuera de Turquía” o “el pequeño Estambul”, apelativos que merece largamente: en 1999, 49 010 de los 146 884 habitantes eran extranjeros, y la mayor parte de nacionalidad turca. En las cercanías de la estación de metro de Kottbusser Tor —llamada Kotti por los berlineses— la cantidad de extranjeros asciende al 51 por ciento, pero las estadísticas no consideran en este rubro a los hijos de los turcos que han recibido la ciudadanía alemana. Su gran cantidad en un país con cifras de natalidad negativas convierte a Kreuzberg en uno de los barrios de población más joven de toda Alemania, y es aquí donde el presente permite intuir el futuro, lo que sucede cuando uno ve a estos niños jugando con sus, pocos, vecinos alemanes y a sus hermanos mayores escuchando música hip hop cantada en turco, mientras comen hamburguesas sentados en el coche alemán de sus padres.
La población turca se concentra alrededor de la estación Kottbusser Tor, por donde se encuentran los principales restaurantes y tiendas turcos, y la que probablemente sea la mayor concentración de antenas parabólicas de todo Berlín, todas enfocadas hacia Turquía.
Un indicador de la fuerza del colectivo es que cuenta con todo aquello que se necesita para la vida actual, es decir, abogados, agencias de viaje, dentistas, estaciones de radio, librerías, discotecas, sastrerías, panaderías, periódicos —Hürriyet, uno de los periódicos más importantes de Turquía tiene también una edición en alemán—, hospitales, peluquerías —algunas de las cuales, como el Coiffeur Bagdad de Kottbusser Damm 102, ofrecen apartados para las mujeres más conservadoras que no desean ser vistas fuera de casa sin pañuelo y anuncian, entre sus especialidades, el depilado del rostro y de la espalda— y centros culturales. En Kreuzberg, el alemán es segunda lengua.
Más que el idioma, sin embargo, es el olor de las especias, el vestido de las mujeres y el aire cansino y resignado de la vida en Kreuzberg lo que hace sentir de inmediato el Oriente; la vida, al menos en el SO 36, tiene un ritmo definitivamente oriental al que contribuyen las mezquitas ubicadas en antiguas fábricas y departamentos privados que, hasta que se concluya con la construcción del magnífico edificio de la esquina de Skalitzer Strasse y Wiener Strasse, satisfacen las necesidades del culto y el bello mercado del Maybachufer conocido como Türkenmarket (mercado de los turcos). En este mercado al aire libre ubicado junto al Landwehrkanal, el canal que atraviesa buena parte del vecindario, se tiene la impresión de estar en cualquiera de los mercados de Estambul, con vendedores que vocean sus mercancías en turco, la bella disposición de las frutas y las verduras, y la impresión de que es posible comprarlo todo: telas por metro, dátiles por kilo, calzones, maíz hervido, relojes, queso en hebras y pañuelos. Los martes y, en particular, los viernes, antes o después del rezo del mediodía, no hay otro sitio en Kreuzberg donde valga la pena estar que no sea este mercado.
Sin embargo, no es exactamente la población turca la que lo hace atractivo, sino su superposición con otros colectivos. En el metro de Kottbusser Tor, donde los pocos punks que aún quedan allí —los que ocupaban casas han sido desalojados en su mayoría hace tiempo— piden dinero y beben cervezas, o en Chamissoplatz, la espléndida plaza rodeada de edificios de balcones de hierro forjado que tiene entre sus modestas, pero bellas propiedades, un urinario antiguo aún en funciones. La otra manifestación del pasado alemán son los cementerios: Kreuzberg tiene dos, el Friedhöfe vor dem Halleschen Tor, frente a la estación de metro Mehringdamm, en el que yacen los escritores Adelbert von Chamisso (1781-1838) y Ernst Theodor Amadeus Hoffmann (1776-1822) y el compositor Felix Mendelssohn-Bartholdy (1809-1847), entre otros, y el bello Standortfriedhof, domicilio último de cientos de generales prusianos que, a diferencia de sus soldados, murieron en la cama.
Pero es en dos calles donde la mezcla de estos “dos Kreuzberg” se hace más patente: Bergmannstrasse y Oranienstrasse. La primera, ubicada en el lado occidental del barrio, es una interesante calle de bares y tiendas, en las que la cualidad práctica alemana va de la mano del refinamiento turco. Sus tiendas de discos usados, sus librerías y sus restaurantes de comida francesa, iraní, china, japonesa y turca señalan que la convergencia entre alemanes y turcos no hizo sino inaugurar una forma de vida más plural, en la que la frontera entre “ellos” y “nosotros” fue desdibujada por otras minorías nacionales en busca de un hogar.
En Oranienstrasse, excelentes cafeterías se encuentran en un marco menos glamoroso, pero la cercanía de la sala de exposiciones y la escuela Kunstlerhaus Bethanien atrae a muchos artistas, y todo, desde los peinados hasta las bolsas de la compra, muestran una elaboración que los hace dignos de la galería de arte. En Oranienstrasse es donde la mezcla adquiere un carácter más programático y combativo: los carteles de los anarquistas que invitan a los vecinos a dejar atrás el concepto de la propiedad privada, algunos de ellos traducidos al turco, se superponen a otros con fotografías del líder de la guerrilla separatista kurda de Turquía, Abdullah Öcalan; los panaderos turcos producen algunos dulces alemanes y los panaderos alemanes —pero casi no hay de éstos— producen pan ácimo a la manera turca; los alemanes compran verdura en los puestos turcos y los turcos venden imitaciones de ropa alemana y, en general, ya nadie parece estar muy seguro de dónde empieza una cosa —una identidad nacional, por ejemplo— y empieza otra.
EL FUTURO
Se tiene una impresión muy aguda de Kreuzberg si se llega a pie por la Friedrichstrasse, puesto que esta calle atraviesa el bello bulevar Unter den Linden, producto de la visión de Federico el Grande y en cuya cercanía se encuentran escenarios del pasado alemán como el Bundestag (Parlamento) y la Brandenburger Tor (Puerta de Brandeburgo), para internarse en una zona comercial —Galerías Lafayette, Hilton y Mercedes Benz son sólo algunas de las casas radicadas en la zona—, atravesar el famoso Checkpoint Charlie, uno de los pocos pasos entre Alemania Oriental y Occidental durante la Guerra Fría, y acabar en el mercadillo de Mehringplatz. Visitar este mercadillo es como revolver en la basura que los habitantes han acumulado durante décadas; aquí pueden encontrarse perfumes falsificados, camisetas con el rostro de Ernesto “Che” Guevara y la frase Hasta le victora sempre [sic] y un vendedor de pollos asados que parecen palomas y probablemente lo sean, rodeados de edificios de aspecto amenazador, bares baratos y locutorios telefónicos que ofrecen llamadas de bajo precio a Turquía, Rusia y China; aquí comienza Kreuzberg, como si la Friedrichstrasse fuera del pasado al futuro y apenas se detuviera, pero sólo por un instante, en el presente.
Cuando unas horas después el viajero le dice a un amigo turco al que visita que Friedrichstrasse es una calle que va del pasado alemán a su futuro, su amigo se ríe. El viajero le pregunta si desea quedarse en Kreuzberg cuando culmine su periodo de prácticas en el hospital del barrio, pero se encoge de hombros; para jóvenes como él —con vidas alemanas pero pasaportes turcos— el futuro es tan inasible como el pasado rural que sus padres evocan en ocasiones. Por esta razón, sólo el presente cuenta para ellos, y en esto se parecen a los anarquistas, los bohemios y los punks con los que comparten barrio, interactuando o sólo esquivándose. Kreuzberg es el laboratorio social de Alemania, donde hoy se inauguran tendencias y se anticipa lo que vendrá, y quizá sea por eso por lo que hay tan pocas estatuas en el barrio y su museo apenas recibe visitantes, porque no hay museos que historien el presente y ninguna estatua puede retratarlo.
GUÍA PRÁCTICA
QUÉ VISITAR
VIKTORIAPARK
Kreuzberg Strasse
El Viktoriapark no sólo es famoso por albergar el monumento de Schinkel, al que conducen la mayor parte de sus senderos, sino también porque desde la cima de la colina de Kreuzberg se puede disfrutar de una interesante vista. Más abajo, en las laderas, se cultivan las uvas con cuyo producto se fabrica el único vino que se produce en la actualidad en Berlín, el Kreuz-Neroberger, que el ayuntamiento suele regalar a los visitantes ilustres.
MUSEUM KREUZBERG
Adalbertstrasse 95A
T. 49 (30) 5058 5233
www.kreuzbergmuseum.de
De miércoles a domingo de 12 a 18 horas.
Narra, mediante una colección distribuida en tres plantas, la historia del barrio desde comienzos del siglo XVIII en adelante, con hincapié en el movimiento de protesta de las décadas de 1960 a 1990 y la inmigración.
HAMAM
Mariannenstrasse 6
T. 49 (30) 615 1464
www.hamamberlin.de
14 euros las tres horas y 2 euros
cada hora adicional.
Una curiosidad local es el baño turco o hamam para mujeres, que funciona en una fábrica de chocolates ocupada en 1981 por miembros del movimiento de liberación femenina. El baño reproduce con fidelidad los que pueden encontrarse en Turquía y es un punto de encuentro para turcas y alemanas desde hace décadas.
KUNSTLERHAUS BETHANIEN
Mariannenplatz 2
T. 49 (30) 616 9030
Quienes se interesen por las bellas artes deben visitar el Kunstlerhaus Bethanien. Su exterior tiene el aspecto de una iglesia y las dimensiones de un hospital: este edificio, creado en 1843 como convento de una orden religiosa, funcionó como hospital hasta 1970. En la actualidad alberga dos excelentes espacios para exposiciones, talleres para artistas y una escuela de música. Más de cuatrocientos artistas de más de treinta países han trabajado ya en Bethanien como parte de un programa internacional.
DÓNDE DORMIR
Kreuzberg carece de una oferta hotelera atractiva, con la que sí cuenta el vecino Berlin-Mitte. Una excepción es el bello Hotel Riehmers Hofgarten (Yorckstrasse 83; T. 49 (30) 7809 8800; www.riehmers-hofgarten.de; habitaciones dobles desde 129 euros). Situado en el área más elegante del vecindario, este pequeño hotel construido entre 1860 y 1900, cuenta con un café y un excelente restaurante.
Viajeros con menos exigencias y más deseos de conocer íntimamente la vida en una fábrica rehabilitada por sus ocupantes pueden considerar el albergue Die Fabrik (Schlesische Strasse 18; T. 49 (30) 611 7116; www.diefabrik.com; habitaciones dobles desde 52 euros), situado, evidentemente, en una fábrica ocupada y saneada en 1995 y cuyos dueños han renunciado por razones ideológicas a equipar las habitaciones con televisor, minibar o teléfono; el resto es lo habitual en todo albergue de este tipo, pero el sitio es colorido y vale la pena al menos visitarlo.
DÓNDE COMER
Una estancia convencional no alcanzará para agotar la oferta culinaria de Kreuzberg; incluso el local más modesto —reconocible por la palabra imbiss escrita en su escaparate— puede satisfacer la curiosidad y el apetito del viajero con sus sándwiches de carne de cordero asado y verduras (kebab desde 1.50 euros) o sus sándwiches de albóndigas de garbanzos (falafel, desde 2.50 euros), en el caso de un local turco, o sus salchichas y cervezas en caso de tratarse de un local alemán. Quienes deseen ser introducidos en la comida turca de calidad pueden visitar el excelente Restaurant Hasır (Adalbertstrasse 10; T. 49 (30) 614 2373; www.hasir.de; horarios intempestivos), donde pueden disfrutar, por ejemplo, de hojas de parra rellenas de arroz y almendras (Yaprak Dalması, 4.20 euros) o de brochetas de carne picada con perejil, ajo, rodajas de rábano, tomates asados y pimientos (Yufka Ekmekii, 8 euros), todo ello acompañado de alguna de las bebidas turcas por antonomasia: Ayran, a base de yogur (1.20 euros), o Raki, licor de anís de altísima graduación alcohólica que se mezcla con agua (3 euros).
Una opción simple y económica para desayunar es cualquiera de las panaderías de la zona —por ejemplo, la Pastacı Firin en Adalberstrasse 94, casi frente al Hasır— y ordenar un té y alguna pasta, aunque los turcos no suelen frecuentar las panaderías a la hora del desayuno; ellos beben por la mañana sopa, por ejemplo la sustanciosa Mercimerk Çorbası de lentejas rojas (2.50 euros), a la que le agregan limón y acompañan con pan. Otra excelente opción para el desayuno es el café Morgenland (Skalitzer Strasse 35; T. 49 (30) 611 3183; todos los días de 9.30 a 2 horas); ubicado en una fea esquina junto a las vías elevadas del metro, el café compensa la fealdad de su locación con un ambiente juvenil, excelente blues y un magnífico bufé de desayuno por 10.50 euros que, especialmente los fines de semana, hace las delicias de su clientela con resaca; es imperioso reservar por anticipado.
QUÉ COMPRAR
Música turca; en todo el barrio pueden encontrarse tiendas de discos que ofrecen casi exclusivamente arabeske, una música que combina ritmos y melodías tradicionales turcas con instrumentación pop y occidental. Sus cantantes más populares son Tarkan, Candan Erçetin, Özcan Deniz, Azer Büllbüll, Bibel Sezal, Rafet el Roman y Ünlü, a los que convendría añadir Islamic Force, el primer grupo de hip hop alemán cantado en turco surgido en Kreuzberg, que combinó percusión electrónica con instrumentos turcos tradicionales como zurna, baglama y ud. En Umut Kasetcilik (Adalbertstrasse 13; T. 49 (30) 615 8131; abierto de lunes a viernes de 10 a 20 horas y sábados de 10 a 19 horas) no sólo se venden discos y cassettes, sino también DVDs e instrumentos musicales tradicionales, y su dueño, Ümit Ürgen, puede ser un excelente guía en esta música si se habla alemán o turco.
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