Paladares griegos —y a la griega— en Montreal
Bar de la planta baja del restaurante Mythos.

Paladares griegos —y a la griega— en Montreal

El mejor restaurante de pescados de Montreal es griego y está en Mile End, donde está también la ouzeri Mythos, la panadería Navarino y divertidas tabernas. Pues aunque se haya convertido en el barrio de moda, sus distintas facetas —griega, judía, rusa, italiana, portuguesa— no se eliminan unas a otras, sino que conviven en una fascinante armonía.
Por Claudia Itzkowich | mayo 2007 | Tags: , , ,
Aunque al caminar por el barrio de Mile End uno pase por un tintorero que se anuncia como nettoyeur grec, una asociación de trabajadores cretenses, una zapatería de nombre Athinea, y varias tabernas y cafeterías donde comer souvlaki o gyros las 24 horas, nadie diría que se trata de un barrio griego. Pues está también la panadería rusa (atendida por una pareja de rusos que habla ruso y vende pan negro, caviar y pierogis), la mercería italiana (atendida por una pareja de italianos que venden, además de hilos y listones, ropa interior, mallas de lana y pijamas para bebés) y, sobre todo, transeúntes jasídicos vestidos con sombrero y gabardina negros, que caminan Biblia-en-mano rumbo a la sinagoga; o sus mujeres, cubiertas hasta los tobillos, empujando carriolas en sus jornadas entre la panadería kosher, la carnicería kosher y la Tevilá, el baño ritual de las mujeres judías.

A Mile End llegaron a lo largo del siglo XX oleadas de judíos, griegos, italianos y portugueses, que con sus hábitos y costumbres hicieron palidecer a la inherente dicotomía geográfica de Montreal, tradicionalmente dividida entre francófonos y anglófonos (esta parte de la ciudad, al oeste de la avenida St. Laurent, solía ser el comienzo de la población de habla inglesa). La casa que acogió en 1930 la sinagoga Tifereth Israel se convirtió después en la Iglesia Bautista Evangélica Central, y luego, en los años ochenta, en la Iglesia Ortodoxa Griega de Santa Irene (un proceso muy similar al que vivieron decenas de edificios de la zona, como el de la Iglesia Metodista de la Avenida Farmount, de 1907, que en 100 años ha sido también sinagoga y sede de la Federación Nacional Ucraniana).

Pero Mile End es además el barrio de moda. De aquí surgieron los más recientes ídolos de la música local, la banda de rock Arcade Fire y la cantante de origen estadounidense y mexicano Lhasa de Sela; aquí se erigen, uno tras otro, edificios de condominios de lujo, y se encuentran sofisticados wine bars como BU Bar à vins, el divertido Barmacie Baldwin, y algunos de los restaurantes más elegantes de la ciudad, como La Chronique y Jun I.

Sin embargo, mucho antes de que eso sucediera, el recién llegado Costas Spiliadis, originario de Patrás, ya había abierto un restaurante tan exquisito y tan hip, que su primera sucursal abrió hace más de diez años en la calle 55 de Nueva York; y tan griego, que su tercera casa en Atenas, inaugurada hace un par de años, ha tenido un éxito fenomenal.

MILOS: DE GRECIA A MONTREAL Y DE REGRESO

Una enorme foto de un olivo, tan sin chiste que llama la atención, recibe a los comensales de Milos. La siguiente recepción está a cargo de una de las esbeltas edecanes vestidas de negro, de cabellos alaciados y teñidos del mismo tono rubísimo. Y la siguiente, de una pecera donde intentan nadar enormes langostas de Nueva Escocia.

Tan pronto entra uno en el salón, cuyas paredes de yeso simulan las construcciones de las costas griegas, la mirada se dirige hacia los pescados frescos —lubinas, robalos, lenguados de Douvre, salmonetes—, desplegados sobre hielo en lo que les gusta llamar el “mercado de pescado”, aunque lo traten más bien como si fuera un cofre del tesoro.

En esa repisa, que cambia noche tras noche y que se rocía de tanto en tanto con vapor fresco, reside todo el chiste de Milos. Pero es mucho.

El creador del restaurante, Costas Spiliadis, se propuso en 1980 dar a conocer a los canadienses la verdadera cocina griega —que hasta entonces era sinónimo de souvlaki (brochetas de pollo y cordero), gyros (pitas rellenas de cordero), y ensaladas. Desde entonces se ha agenciado a proveedores de pescado independientes en Grecia, Marruecos, Túnez, y también en Portugal y Norteamérica. Por eso no es de extrañarse que si bien 98% de sus clientes no son griegos, la mayoría sí viene del Mediterráneo, o de otros sitios donde se sabe apreciar un buen pescado.

El ritual de siempre comienza con una visita al “mercado” en compañía del mesero. Lo más probable es que a los primerizos se les sugiera cerrar los ojos y apuntar a ciegas. Ya después les explicarán cuál es la especie elegida, su origen, su peso y su precio por kilo. Los demás, los que llegan saludando a gritos, montados en Mercedes y Audis y en altísimos tacones de piel de vaca, suelen saber exactamente lo que quieren.

Luego el mesero se acerca con una macetita de orégano fresco y unas tijeras para cortar algunas hojas sobre el platito de aceite de oliva (fabricado en Grecia por la hermana de Spiliadis) para remojar el pan.

Y, tras las clásicas ensaladas y botanas griegas —los pasteles de cangrejo son excepcionales—, los pescados llegan pronto a la mesa: o bien sólo asados, con unas gotas de aceite de oliva griego y otras tantas de limón, o bien cocinado en una costra de sal.

Quien no quiera pescado puede comer langosta asada, pulpo, calamares, o escoger entre un par de platillos de cordero o res (esta última concesión incluida hace apenas muy poco en el menú).

Pero ese obsesivo cuidado de los ingredientes, que le da a Spiliadis la seguridad que se necesita para servirlos casi intactos y cobrarlos a decenas de dólares, se extiende a absolutamente todo: la miel que acompaña el yogur de leche de cabra de una granja québécoise, viene de la isla griega de Kythira, adonde las abejas se nutren exclusivamente del polen de las flores de tomillo silvestre.

Al salir me asomé a la cocina a ver con qué habían logrado el nivel celestial de algunos de mis bocados. Nada en la estufa de gas y acero ni en la parrilla inoxidable delataba el secreto.

MYTHOS OUZERI: CON LOS PIES EN LA TIERRA
Aunque en Mythos también se sirven fresquísimos pescados preparados con el indispensable toque de limón y aceite de oliva, la especialidad es el Arnaki Gastras Galaktos Québec, es decir, cordero (de Québec) cocinado durante tres horas al carbón, siguiendo una tradición que ya casi no se utiliza en otro lado, y acompañado de papas y cebada. Mientras llega a la mesa, pocos entremeses preparan mejor el apetito que las botanas griegas (Orektika); en especial las crujientes Spanakopita Spitisia (espinacas y queso envueltos en pasta phyllo), la taramosalata (una pasta hecha con hueva de carpa) o las clásicas hojas de parra marinadas y rellenas de arroz y carne.

Pero aunque el menú es enorme y la cocina es supervisada muy de cerca por la familia de Dimitri Galanis, muchos de los clientes habituales vienen por otras razones: los fines de semana Mythos es el punto de encuentro de mujeres maquilladísimas, alaciadas y con escotes considerables —una de ellas portaba, por mucho, la cadena dorada más grande que yo haya visto colgar de cuello alguno—, y sus parejas potenciales, quienes en ocasiones terminan por bailar en una pista improvisada frente a los músicos de la planta baja.

El local empezó ahí, en un sótano de gruesos muros de piedra de Avenue du Parc, del lado opuesto de Milos y junto a Symposium, una de las tabernas más tradicionales del barrio, pero ahora sus dos pisos tienen capacidad para más de doscientas personas y, los fines de semana, las doscientas suelen llegar. Y quedarse hasta tarde.

Además de los vinos —principalmente griegos, aunque también australianos y californianos— uno de los motores cruciales de la fiesta es el ouzo, el licor griego que se hace con uva y anís, tan incoloro como potente (tiene entre 42º y 45º), y que aquí se divide en “regular” (160 dólares la botella) y “Premium” (en 180 dólares).

AFTER HOURS: DELICATESSEN 100% MILE END
A cualquier hora, uno puede pasar por una muy bien preparada ensalada griega, una pita rellena de souvlaki o un gyro de cordero a Arahova, una cafetería fundada en 1970 por Christos Kalogrias. O, temprano en la mañana, comprarse un café y un baklava estilo griego en la panadería Navarino, que ocupa el local contiguo al supermercado kosher desde hace 45 años. A unos pasos, sobre la Avenida St. Viateur, está el aclamado local del mismo nombre que desde 1957 vende bagels recién horneados a la leña, retacados de ajonjolí u otras semillas (263 St. Viateur West; T. (514) 276 8044; abierto diario, las 24 horas). Y, a unas cuadras, el Café Olimpico (124 St.Viateur W.; T. (514) 495 0746; abierto diario, las 24 horas), donde puede que se consiga el mejor latte estilo italiano de la ciudad, servido en un alto vaso de vidrio. Para acompañarlo, nada como los cuernos rellenos de semilla de amapola de la panadería kosher Cheskies (359 Bernard W.; T. (514) 271 2253), que, salvo los viernes y sábados, abre hasta las 23 horas.

GUÍA PRÁCTICA
MILOS, ESTIATORIO
5357 Avenue du Parc
T. (514) 272 3522
www.milos.ca
Lunes a viernes de 12 a 15 horas y de 17:30 a 23 horas; sábados y domingos de 17:30 a 23 horas.
A partir de 100 dólares canadienses por persona, sin bebidas.


MYTHOS OUZERI, ESTIATORIO
5318 Avenue du Parc
T. (514) 270 0235
www.mythos.ca
Lunes a jueves de 11 a 24 horas; viernes de 12 a 3 horas; sábados de 17:30 a 3 y domingos de 17:30 a 24 horas.
A partir de 30 dólares canadienses por persona, sin bebidas.


ARAHOVA SOUVLAKI
256, St-Viateur O
T. (514) 274 7828
www.arahova-souvlaki.ca
Domingos a jueves de 10:30 a 2 horas; viernes y sábados hasta las 5 de la mañana.
A partir de 8 dólares canadienses por persona, sin bebidas.


NAVARINO BAKERY
5563 Avenue du Parc
T. (514) 279 7725
Lunes a sábado de 7:30 a 20 horas; domingos de 8 a 19 horas.
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