Once. Por el placer de buscar
Fotografía de Vera Rosemberg

Once. Por el placer de buscar

Quien parta en busca de algo, debe saber que justo eso se encuentra en el Once. El problema es encontrarlo. Por eso, este abigarrado barrio comercial de Buenos Aires es mucho más apto para quienes disfrutan perderse y encontrar solamente lo que no sabían que estaban buscando.
Por Amalia Sanz | mayo 2007 | Tags: , ,
Si indagamos en un mapa de Buenos Aires, el barrio de Once no aparece por ninguna parte. Esa zona de la ciudad —polo comercial caótico, abarrotado de tiendas— figura en los planos bajo el nombre de Balvanera. Pero nadie va “de compras a Balvanera” sino a Once o, mejor aún, “al” Once. El nombre popular nació del viejo mercado de ganado Once de Septiembre, inaugurado en 1853 y desaparecido hace casi un siglo. La denominación se le quedó y no es casual que haya sido un mercado lo que bautizó a una de las áreas de la ciudad más densamente conquistadas por la compra y la venta: el barrio siempre ha latido al ritmo del comercio.

Desde la llegada de los primeros tenderos y sastres judíos a fines del siglo XIX —los primeros en apropiarse del barrio— hasta la llegada de armenios, árabes, sirios y más recientemente de coreanos, chinos y peruanos, el espíritu babélico de Once fue siempre lo suficientemente amplio como para acoger a todas las culturas con magnetismo para el comercio.

En los últimos treinta años, el número de negocios se duplicó, superando los 30 mil comercios. Once atrae con sus bajos precios a comerciantes —abundan los mayoristas— y a compradores de los rubros más dispares: telas, ropa, lencería, marroquinería, joyería, artículos para fiestas, juguetes, electrodomésticos, zapatería… la lista es larga.

A veinte cuadras del Obelisco, en un radio incierto pero que podríamos limitar en el cuadrado comprendido entre las avenidas Pueyrredón y Rivadavia y las calles Pasteur y Tucumán, Once ofrece un mundo compacto dispuesto para el comprador paciente y desprejuiciado. Advertencia: Once también exige un ojo experto y una mente lo suficientemente abierta como para tolerar la mezcla disparatada, y así hallar la perla en medio de un caos de gente, cláxones y vendedores ambulantes.

Si bien parece haber cierto orden interno, o temático por zonas, la gramática de estas calles superpobladas muestra —salvo algunas excepciones— una promiscuidad de rubros y orígenes largamente construida. Hay mucho —uno tiende a pensar que en Once hay todo— y eso marea: la variedad de productos, usos y funciones invita a revolver y a perderse. El patito feo puede estar oculto entre una montaña de botones o en medio de una pila de faldas en oferta.

SUPERFLUIDADES DE REMATE
Vendedores que gritan las ofertas del día en la puerta de sus tiendas y autobuses que amenazan con aplastar a transeúntes desprevenidos comparten el paisaje con pilas de basura, camiones que descargan mercadería a toda hora, filas de compradores impacientes, carteles de todo tipo, tamaño y color, malos olores, ruido y desorden en cada esquina. Entre los novatos, la primera reacción suele ser una sola: la huída.

Pero superado el primer impacto el barrio comienza a seducir. E incluso en su maraña de ofertas uno comienza a adivinar cierto esquema.

Sin dudas, la calle más ordenada de Once es Lavalle: desde Pueyrredón hasta Azcuénaga los carteles de sus tiendas lo dicen todo: “Loco por las telas”, “Telalandia”, “Telatex”, “Telas por kilo”, “Todotelas”. Lavalle es la casa de los textiles, tradicionalmente de origen judío, y en cada local los pesados rollos se apiñan unos con otros. Sultani & Cía (Lavalle 2553) es uno de los más tradicionales: desde hace 60 años vende a particulares, modistas y grandes marcas: algodones y gasas estampados, pero también bambulas, viniles, microfibras, jerseys de seda y gabardinas en decenas de colores, con precios que van desde 1 hasta 4 dólares el metro.

Junto con los textiles, en Lavalle conviven otras dos especialidades: las mercerías y las tiendas de artículos para fiestas. El que suela confeccionarse sus propias prendas, encontrará todos los accesorios necesarios: hilos, lentejuelas, cierres, encajes, broches, chaquiras, pinturas y un universo de botones. Entrar al enorme salón de, por ejemplo, Sarquis & Sepag (Lavalle 2637; compra mínima, 17 dólares¬) es ingresar a un mundo imposible atestado de brillos y miniaturas.

Dos cuadras más adelante, la fantasía invade las tiendas de artículos para fiestas: disfraces, pequeños juguetes de plástico, adornos, bromas, sombreros, pelucas, piñatas, vajillas desechables, y muñecos para adornar los pasteles de cumpleaños. Todo es muy barato y tentador: en Ticoral (Lavalle 2328) máscaras de goma, pelucas de colores y los más elaborados sombreros se consiguen desde 2 dólares.

LA SANA CONVIVENCIA
Para quienes busquen productos ya terminados —y no telas, hilos, y botones que algún día serán prendas de vestir— Castelli y Paso, territorio de comerciantes coreanos, son las calles indicadas. Acá la superabundancia de rubros y calidades es más anárquica: entre las avenidas Rivadavia y Corrientes la convivencia de tiendas de mala y buena calidad es indiscriminada. En una especie de mercado ambulante, los negocios derraman pilas de ropa de todo tipo. Sobre Castelli se destacan las casas de lencería (en Rasgo’s o en Studio 10, ambas en Castelli al 300, hay buenos conjuntos de ropa interior desde 10 dólares), las de indumentaria profesional y de campo (las típicas “bombachas de campo” argentinas, aquel pantalón largo y pinzado, casi un uniforme para el gaucho, se consiguen en Búfalo, Castelli 323, desde 10 dólares) y en algunas tiendas, como Ricca, en Castelli 105, la oferta de camisetas de modal es interesante.

Vale la pena entrar a algunos de los centros comerciales (Castelli 263 o, a metros de allí, en Mitre 2639) más por el pintoresquismo que destilan que por los posibles hallazgos: la baratija y la miscelánea encuentran su sitio en locales donde conviven en armoniosa vecindad —y literalmente— la lencería erótica, las prendas deportivas, los juguetes sexuales y los libros evangélicos.

Sobre la calle Paso el panorama se vuelve más interesante. Entre las vías Bartolomé Mitre y Sarmiento brota una buena cantidad de tiendas de joyería y accesorios, algunas no de gran calidad pero sí muy atractivas, con aretes, pulseras, gargantillas y bolsas que pueden resultar ideales como pequeños souvenirs de viaje, aunque —vale aclararlo— nada aquí es artesanal. Segunda advertencia: no hay aquí casi nada confeccionado a mano. Por el contrario, el barrio exhibe mucho plástico made in China, y diseños fabricados en serie. Sin embargo, el que busca encuentra y en tiendas como Pasodoble (Paso 202) o Casa París (Paso esquina Sarmiento) hay decenas de tentaciones: broches y moños para niñas (desde 0.50 dólares), pañoletas tejidas con lúrex (1.25), pulseras de madera pintada (0.70), monederos estampados chinos (1.6), cuadernos forrados en peluche (2.50), bolsos y carteras de lona (desde 3 dólares).

Al cruzar la avenida Corrientes, el paisaje cambia y comienzan a aparecer las tiendas con mayor preocupación por los diseños originales: camisetas estampadas con motivos modernos (4 dólares, Raza, Paso 486); chamarras entalladas de gabardina, blusas de modal para mujer y camisas sueltas para hombre (50, 5 y 17 dólares, Gas Oil, Paso 426), faldas de tul para niñas y mamelucos estampados para bebés (5 y 4 dólares, Flow, Paso 478), cinturones de cuero trenzado y coquetísimas carteras multicolores de lentejuelas (8 dólares cada uno, X-T, Paso 530). La calidad de los productos mejora, las tiendas tienen mayor espacio y los diseños son divertidos. Kaizia (Paso 512), por ejemplo, es una tienda de ropa oriental en la que los diseñadores decidieron occidentalizar los clásicos diseños chinos: las túnicas de jersey de seda, los vestidos de organza y las chaquetas de taftán o brocado presentan —además de los tradicionales orientales— otros estampados floreados, geométricos, abstractos (camisas desde 12 dólares).

Y LO NO PREDECIBLE
El paseo, además, debe reservar un espacio para la sorpresa, el hallazgo espontáneo y la tentación. Las compras no planeadas son las que inevitablemente irrumpen en Once cuando uno descubre locales étnicos como la tienda De Rusia con Amor (Sarmiento 2174) con su enorme colección de matrushkas, vajillas y, por supuesto, vodkas; o los ruidosos sostenes armados con chaquiras y monedas especiales para danza árabe (Ginestel, Lavalle 2284); o los adornos con pequeños elefantitos colgantes de tela y las colecciones de camisas indias de Gandhi (Tucumán 2611).

Otro secreto de la zona son las tiendas de “chucherías”. En Vendetta (Pasteur 418) todos los productos que se venden entran en la palma de la mano: billeteras y monederos con motivos pop, cajitas para guardar lo que sea, libretas con la imagen de Betty Boop y muñecos de la película El extraño mundo de Jack se consiguen desde 3 dólares.

En cambio, sobre la avenida Corrientes las tiendas despliegan objetos y prendas ya conocidos y, salvo excepciones, el paseo es más convencional. Sin embargo, además de algunas galerías comerciales (como la atractiva Galería del Siglo, Corrientes 2570, en la que el diseño y cuidado de algunos objetos convive con las faldas con estampados de leopardo y los mínimos tops para prostitutas) sobre esta tradicional avenida porteña se destacan las pocas casas de objetos importados que sobreviven en el barrio. En ellas no reina criterio alguno y se puede encontrar a la venta casi cualquier producto. Una frente a la otra, las tiendas Dynasty y Concorde (Corrientes 2300 y 2314, respectivamente) se disputan el podio en rarezas y bagatelas. Va una enumeración tan caótica como sus fascinantes y abarrotados aparadores: radios que son linternas y también ventiladores, minitelevisores de 5 pulgadas, mascotas electrónicas (¿alguien se acuerda de los tamagotchis?), esferas de espejos de discotecas, juegos electrónicos de esos que uno cree que no se fabrican desde hace años, relojes, navajas, cuchillos, artículos de pesca, adornos lumínicos, pequeños jardines zen, maletas, carriolas para bebés, sombrillas, pashminas, vaporeras chinas, e interminables etcéteras.

De alguna forma, estas tiendas recuperan en un solo gesto el espíritu del barrio. Once es mezcla y novedad. Sólo la mirada entrenada y atenta se atreverá a elegir este sitio y a pagar, por el mismo producto, tres o cuatro veces menos que en calles más elegantes de la ciudad.

DÓNDE ESTÁ
Once abarca el cuadrado comprendido entre las avenidas Pueyrredón y Rivadavia y las calles Pasteur y Tucumán.

HORARIOS DE LAS TIENDAS
Casi todos los establecimientos abren de lunes a viernes de 8:30 a 19 horas.
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