La Francia veracruzana del río Bobos
Fotografía de Édgar Anaya Rodríguez

La Francia veracruzana del río Bobos

En ciertos pueblos del golfo, el sabor veracruzano le ha dejado su lugar a panaderías con horno de ladrillo, licor de naranja y tejados franceses, herencia de una comunidad que llegó a estas tierras con la ambición de participar en un proyecto agrícola. En sus museos, playas y restaurantes, la combinación es digna de verse.
Junto a las banderas de Francia y de México, un cartel dice en la entrada del museo: Bienvenus, amis, au petit musée de la famille Capitaine (bienvenidos, amigos, al pequeño museo de la familia Capitaine). Objetos y documentos franceses llenan la peculiar exhibición, que recorren los visitantes mientras la propietaria, madame Drouaillet, les comparte una copa del tradicionalmente francés licor de naranja, que ella prepara. Se respira aquí sabor y amor por Francia.

La escena no ocurre en una gran ciudad, sino en un ambiente completamente tropical, a la orilla del río Bobos (o Nautla) y a un paso de la costa de Veracruz; el museo es una casa campestre, entre palmas y platanares, con techo alto de madera y teja, y su propietaria es una de los muchos mexicanos de ascendencia francesa que habitan este enclave galo del Golfo de México.

En la comunidad de La Peña, como en la de Jicaltepec, San Rafael, El Mentidero, Nautla y otras, no son raros los habitantes de ojos claros y cabello rubio, bisnietos y tataranietos de los franceses que poblaron e hicieron florecer esta cuenca baja del río Bobos a principios del siglo xix.

Grapin, Collinot, Irisson, Capitaine, Frappe, Stivalet, Vaillard son apellidos que siguen vivos desde que en 1833 llegó el primer grupo de 80 franceses, procedentes principalmente de la población de Champlitte, situada al este de Francia. Llegaron convocados por Stephan Génot, francés nacionalizado mexicano, quien compró terrenos para su explotación agrícola en esta fértil zona. Desmonte de selva, epidemias, largas jornadas de trabajo agrícola a mano y un calor muy ajeno a su fría región de origen desanimaron a muchos pero fortalecieron a otros, y paulatinamente los primeros inmigrantes, establecidos en Jicaltepec, fueron comercializando sus cosechas. Telas, trastos, vinos, todo les llegaba por mar a Nautla, desde Francia.

Tres décadas después, la intervención francesa creó un ambiente hostil hacia esta colonia. “Los caciques los explotaban, pero el licenciado poblano Rafael Martínez de la Torre compró, fraccionó y le vendió terrenos con facilidades a cuatro franceses de Jicaltepec en un paraje llamado Los Zopilotes, que se convirtió con el tiempo en la población de San Rafael (nombrada así en agradecimiento a Martínez de la Torre). “Estos nuevos colonizadores lograron mayor progreso económico”, comenta Leby Yamilet Ruiz, directora de la Casa de Cultura (T. (232) 325 1770) de esta población.

Los descendientes de aquellos primeros inmigrantes prosperaron con la fruticultura, la vainilla, la ganadería y el comercio, y conservan parte de aquellas costumbres, comida y arquitectura.

FRANCOFILIA EN SAN RAFAEL
Entre hectáreas y hectáreas y bosques de platanares, se llega a San Rafael. A diferencia de Jicaltepec, situado en la ribera opuesta del río Bobos, ya perdió el encanto y uniformidad arquitectónica de las casas de estilo francés, aunque conserva destellos de esa herencia.

“¿Quiere pan francés? Vaya con Chuseville, él lo hace”, me indican los lugareños. Óscar Chuseville aprendió de sus padres a hacer desde joven el pan francés —o pan de agua, como lo llaman localmente—. De su horno de ladrillo sale todos los días el pan con el que surte expendios, restaurantes y torterías. “Así era antes el tradicional francés”, me dice de un pan grande, redondo, “y lo rebanaban para comerlo. También horneo baguettes”.

Quedan algunas cremerías en San Rafael, y sobre todo en El Mentidero, donde venden quesos como el cancoillotte, para fundir, común en la región de Champlitte; también borona, manchego, queso crema, tajada y estilo ranchero. Los vinos de frutas —naranja, capulín, guanábana, maracuyá, durazno— se elaboran y venden en casas y tiendas.

“Seguimos preparando el asado de puerco. Todavía tenemos las coquelas —cacerolas de fierro— de las abuelas, y definitivamente el sabor de la comida hecha en ellas es diferente”, comenta Magdalena Vaillard, anfitriona en una reunión de mujeres que estudian francés.

En la Casa de Cultura Amada Capitaine —benefactora que donó terrenos para esta construcción, para campos deportivos y una escuela— se dan clases de francés a quien lo desee, principalmente descendientes de franceses. El aula de clases se llama Tío Foncho. “Fue un francés que emigró y promovió la cultura francesa, las fiestas del 14 de julio y fue el primer maestro de francés de San Rafael”, explica la directora de la Casa de Cultura.

Cada año el gobierno de Francia envía grupos de jóvenes a San Rafael a enseñar el idioma.

“Esa placa rinde homenaje en vida a Jean Christophe Demard, sacerdote, historiador y escritor francés, de Champlitte. Autor de varios libros sobre la colonización de franceses en esta región, porque sus familiares fueron emigrantes él promovió hace 20 años la hermandad que se había perdido entre ambas naciones.”

No es raro que lleguen a esta población grupos de visitantes de Francia y también ha ido gente de San Rafael a Champlitte. En mayo de 2006 las autoridades municipales fueron para celebrar los 20 años de hermandad.

LOS TEJADOS DE JICALTEPEC
De San Rafael parte un camino de unos tres kilómetros entre platanares, que llega a un rústico embarcadero donde se atraviesa el río en la panga; una pequeña lancha que cobra dos pesos por persona para cruzar. Del otro lado se asoman los techos afrancesados de las casas de Jicaltepec, un agradable pueblo ribereño donde está, entre otras, la que fue la primera embajada francesa, restaurada hace unos años.

El tipo de construcción vernácula delata la influencia francesa: techos altos y angulosos, de cuatro aguas, con una estructura de madera que funciona como soporte de tejas redondeadas y planas, llamadas de escama, que llegaron de Francia por barco (edificios del siglo xviii de aquel país tienen esta teja). Algunas viviendas muestran una o varias buhardillas en los tejados, lo que les da un toque más europeo aún. Sus pórticos con columnas y varias ventanas fueron adaptaciones que obligó a hacer el calor reinante en la zona.

Muchas de estas casas —las hay del siglo xix— se encuentran en ruinas, pero otras han sido renovadas a lo largo de casi 20 kilómetros del último tramo del río Bobos, en las poblaciones de ambas riberas. Hace medio siglo se dejaron de construir estas viviendas, aunque a finales de los ochenta surgió un renovado interés por mantener el estilo, sólo que en las imitaciones la teja va pegada sobre el colado.

Manuela Gándara habita una de las casas mejor conservadas, al lado del río. Su trato es notoriamente hospitalario. “Esta casa fue de mi suegro. He sembrado muchos árboles frutales con los que hago vinos, y también tengo cacao, orquídeas, vainilla, plantas medicinales. Con las abundantes naranjas preparamos el vino más tradicional; también el pollo a la naranja, un guiso francés.” También han conservado de sus antepasados algunas recetas de postres, como los huevos nevados, con las claras a punto de turrón bañadas con una salsa hecha con las yemas, o las gaufrettes, especie de waffles del tamaño de una galleta.

El largo corredor de su casa se llena de mesas cuando recibe a grupos de franceses que llegan a México a pasear y a conocer la historia de la emigración. En el panteón de esta comunidad se encuentran las tumbas más antiguas de los franceses veracruzanos.

EL MUSEO DEL RECUERDO
“Aprendí francés escuchando a mi padre”, dice Lourdes Drouaillet viuda de Capitaine. “Esta casa tiene 80 años y la habitaron los padres de mi esposo. Al fallecer ellos, comencé a recolectar las cosas que habían dejado. Murió mi esposo y transformé esa gran pena en algo hermoso; tanto dolor debía tener un final feliz: con el museo siempre está mi gente en la memoria, siempre los estoy recordando con gusto.”

De todo México, de varios países y, por supuesto, de Francia visitan este museo, que ocupa toda la casa, en la pequeña comunidad de La Peña, situada entre Nautla y Jicaltepec, sobre la ribera del río. Varios retratos muestran al esposo añorado, Emilio Capitaine Capitaine, nacido en La Peña, y de bisabuelos también llegados de Francia. Todos en La Peña son parientes y descendientes de franceses.

Trajes de baño, botellas, actas de nacimiento, actas de matrimonio firmadas por el consulado francés que estaba en Jicaltepec, cartillas del servicio militar, balas de cañón, quinqués, candelabros, molinos, anzuelos, navajas de afeitar, alicates, copas checas… todo llegó de Francia por barco hasta Nautla, y de ahí, río arriba. Un periódico de aquel país tiene un artículo sobre la emigración de 1833 y en un documento se lee una orden del ejército galo en la que citan a los franceses de esta zona veracruzana para combatir en la Segunda Guerra Mundial.

Las coquelas muestran remiendos “porque pasaban de generación en generación, se obsequiaban a la nieta cuando se casaba; los molinos para café y el mortero son mexicanos, pero los usaban los franceses, porque ellos también adoptaron costumbres de México”.

Mil y un objetos saturan el museo: planchas antiguas, galones de vidrio donde las abuelas hacían su vinagre de frutas, botellas para el licor de naranja, tejas de escama con firmas y fechas (1866), la imagen de San Vicente, el santo de Champlitte, una máquina de escribir, libros, un traje de baño, botellas de perfumes franceses.

Una vitrina exhibe objetos que le regalaron a la señora Lourdes cuando visitó Champlitte, como una botella de vino y una medalla conmemorativas de los 20 años de amistad entre ambas regiones. “Fuimos a visitar el castillo del padre Demard, en Champlitte. Tiene un museo como el mío pero con fotos y objetos de México, como los trajes de la danza de voladores… yo me maravillé, no lo podía creer… Esa visita me dio más ánimos de mantener este museo y reavivó mi cariño por Francia, porque al fin y al cabo la mitad de nuestra sangre viene de allá… la otra mitad es de nuestro amado México.”

GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR
San Rafael y Jicaltepec se encuentran a 17 kilómetros de Nautla, esto es, de la carretera costera 180 que une a Tecolutla con el Puerto de Veracruz. La Peña se encuentra a medio camino entre Nautla y Jicaltepec.

DÓNDE DORMIR
Los únicos hoteles de la zona ribereña (tres estrellas) se encuentran en San Rafael: Champlitte (en el parque central; T. (232) 325 0497; habitación sencilla, 50 dólares), y el Montarlot (en la salida hacia Martínez de la Torre; T. (232) 325 14 78; habitación sencilla, 45 dólares).
La buena noticia es que no muy lejos de ahí, entre Nautla y Tecolutla, se encuentra la Costa Esmeralda, zona de playas tranquilas, excelente comida y una buena oferta de hoteles. Los dos mejores son el Hotel Azúcar (carretera federal Nautla-Poza Rica km 83.5; T. (232) 321 0678; www.hotelazucar.com; habitación doble desde 128 dólares en temporada baja hasta 328 dólares en temporada alta) compuesto por 20 bungalows y un concepto creativo que combina la tradición veracruzana con las tendencias minimalistas y new age —es decir, hamacas y muros blancos; yoga en la mañana y acamayas para cenar— y Cabo Alto (carretera federal Nautla-Poza Rica km 83; T. (232) 321 0024; habitaciones desde 90 dólares, incluye desayuno), que tiene spa, jacuzzi y actividades para niños.

DÓNDE COMER
En el restaurante El Sótano, en el parque central de San Rafael, junto al Ayuntamiento, se pueden saborear los quesos de la región y buenas carnes y mariscos (los platillos más caros no exceden los 13 dólares). En el restaurante San Rafael, contiguo al Sótano, también se come bien. Jicaltepec no cuenta con restaurantes.

En la Costa Esmeralda hay playas tranquilas, buena comida a base de pescados y mariscos. Los Moros (carretera federal 180, km 80.5, Casitas) sirve un delicioso filete de robalo, y el restaurante de Azúcar, con vista al mar, sirve excelentes acamayas, pescados y mariscos a la parrilla.
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