Old Cataract Aswan
El enclave colonial del Nilo tiene mucho de británico, pero también de egipcio y nubio. Lo más importante: sus habitaciones y terrazas contagian el entusiasmo decimonónico por descubrir el magnífico templo de Abu Simbel y, una vez descubierto, saborearlo con vista a uno de los más hermosos tramos del Nilo.
Al alba repica el canto del muecín y una ilógica neblina, impregnada con olores de infusiones y especias, lo envuelve todo. Mi falúa de velas hinchadas se abre paso con su Ojo de Horus en proa, el talismán del dios-halcón, utilizado desde hace siglos para remontar los peligros del Nilo: el río más largo del mundo y la savia esencial de la civilización egipcia. Y con los primeros rayos del sol la bruma se despeja, reflejando en la autopista plateada que tengo enfrente la mítica ciudad de Asuán, que se encarama al Nilo como una raíz sedienta. Flanqueada por su ribete verde de palmeras, plantíos de cereales e islas de granito que interrumpen el color ocre del desierto, compone la que muchos consideramos la estampa más bella del país.
Es aquí donde comienza la tierra nubia, el cruce entre el Medio Oriente y África, la última frontera del Imperio Romano y de los viajeros decimonónicos. Un destino nutrido desde hace siglos por todos sus visitantes, y también por aquellos que se aventuran hoy día hasta Abu Simbel: el magnífico templo que fue el manifiesto del ególatra faraón Ramsés II, y que se mantuvo escondido bajo la arena por más de dos mil años, hasta su redescubrimiento en 1813.
EL HIJO PRÓDIGO
Ramsés II nació en el cómodo y divino lecho de Seti I. Ducho en las artes bélicas desde niño, se convirtió en el tercer faraón de la Dinastía XIX cuando murió su padre en el año 1279 a.C. Y comenzó un largo periodo de prosperidad y orden: 67 años de gloria y prestigio para Egipto y los países circundantes.
Al coronarse tenía apenas 15 años, al igual que el párvulo nauta que ataba las sogas de mi falúa al puerto de Asuán. Esta barcaza en forma de lanza, con velas de algodón y cuerpo de madera, es el transporte por excelencia de los nubios, descendientes directos de quienes labraran los fastuosos templos en la región hace tres mil años. Su piel es oscura y su semblante benévolo, y fueron reconocidos por los romanos, de quienes recibieron una importante influencia cultural, como los mejores navegantes. Pero tras la conquista árabe del año 640 d.C., que dotó a la región de un aura diferente, se les relegó al desierto.
Desde entonces el poblado más austral de Egipto se convirtió también en el punto de encuentro para las caravanas que atestaban sus mercados con oro, especias y perfumes. Y no había puesto el segundo pie en tierra firme cuando una horda de “guías” y “nuevos amigos”, cuya insistencia fue inmortalizada desde las crónicas de los turistas europeos del siglo xix, me estrechaban la mano y sugerían visitara sus tiendas. Pero yo tenía otros planes, y caminé bajo el sol que se tornaba inclemente hasta el oasis que resulta la terraza del Old Cataract Aswan.
SEDE DE CURIOSOS
Fue en esta terraza frente al Nilo, decorada con finas baldosas y sillas de rattan, donde entre whiskey y whiskey diversos egiptólogos planearon sus expediciones al sur, hasta la cuarta catarata, al Egipto desconocido, revelado a Occidente por el suizo Jean-Louis Burckhardt cuando se topó con Abu Simbel, algo que muy pronto habría de saborear con mis propios ojos.
La esencia de la propiedad, fundada en 1899 y recientemente adquirida por la subsidiaria Sofitel de Accor Hotels, es la fusión de estilos coloniales y orientales, un matrimonio que resulta en patios y jardines con fuentes, diseños florales y hierbas aromáticas, salones de té entre arcos y techos abovedados y finos restaurantes que sirven comida egipcia y continental —léase pato relleno de dátiles con reducción de cognac— y terrazas frente al río, donde se antoja fumar una narguile o beber algún licor entre jazmines y bugambilias.
Su ambiente sabe a luna de miel, o al menos eso pensó a mediados del siglo xix Aga Khan III, el jefe de los musulmanes ismaelitas, quien pasó aquí la suya. Y tal fue su gusto por la propiedad que, como último deseo, pidió ser enterrado en la costa opuesta a su habitación favorita, para lo cual erigieron el mausoleo que hoy constituye un atractivo fundamental de la ciudad, junto con los jardines del general y botánico inglés Kitchener y la Isla Elefantina.
Esta propiedad, de alma colonial y ambiente morisco en un contexto nubio, recibió y sedujo también al mariscal alemán Rommel, así como a sir Winston Churchill, al rey egipcio Faruk y a otros tantos clientes destacados que fueron inmortalizados en los nombres de sus habitaciones más lujosas. Suites que sólo podrían ser descritas como de Las mil y una noches, y en las que uno quisiera pasar al menos ese tiempo, o de ser posible más, como Aga Khan III.
Decoradas con mármoles italianos, tapices franceses y muebles de madera estilo eduardiano pero también con antigüedades orientales, sábanas de algodón egipcio y lámparas de Oriente, las 131 suites miran de frente a la región más hermosa del Nilo. Cada una con su terraza privada para admirar al río tornarse en mercurio al atardecer, como lo hiciera tarde tras tarde Agatha Christie, ya que allí se inspiró y escribió gran parte de su novela Muerte en el Nilo. En la suite que ahora lleva su nombre se conserva el escritorio donde dio a luz a sus singurales personajes y donde, por lo pequeño, casi dejo atoradas mis rodillas.
COLOSOS DEL VACÍO
Luego de un par de noches y decenas de conversaciones en el bar de estilo Casablanca, preparé mi expedición hasta Abu Simbel: 297 kilómetros de arena y desolación hasta el templo más imponente de esta región descrita en el siglo v por el historiador griego Herodoto como “el regalo del Nilo”.
Por la tensión entre egipcios y sudaneses, el trayecto se mantuvo cerrado hasta 1997. Y hoy día la única forma de transitar este trecho de la Baja Nubia es en convoy. Así que luego de una corta noche ansiosa, me formé tras un escuadrón del ejército y manejamos con la premisa de llegar al amanecer, transitando por fragmentos de asfalto carcomidos por el sol. Y cuando Ra (el sol de acá) se asomó, nos encontramos en los linderos del lago que por poco inunda el sitio tras la construcción de la presa Nasser en los años cincuenta del siglo xx. Y la piel se me erizó toda.
Ramsés II murió a los 82 años, dejando a Egipto en su cúspide. Y éste fue su templo más grandioso:un símbolo descalzado de la piedra en el siglo xiii a.C. que tan sólo por su imponencia impidió las invasiones. Y es que cuando me le planté de frente sólo imaginé lo que ocurrió con las esfínteres de los atacantes y del explorador suizo que lo “descubrió”. La de Abu Simbel es una visión inquietante.
Fue consagrado a las grandes deidades del Antiguo Egipto: Amón rey de los dioses, Ptah el creador y Ra-Harajty el dios sol que aparece en el horizonte. Su fachada tiene 33 metros de altura y muestra cuatro colosos de Ramsés II, uno decapitado por un terremoto en el año 27 a.C. Entronados y coronados, celebran un Egipto unificado, con babuinos que saludan al amanecer, imágenes de cautivos y una estatua de Ra-Harajty, a quien se le dedica el templo.
Al menos en teoría, ya que todo adentro gira alrededor de la apoteosis del faraón: relieves y estatuas narran su investidura y la Batalla de Qadesh contra los hititas, que lo consolidó como el faraón guerrero y unificador de Egipto. Y también su metamorfosis divina, donde se muestra entronado junto con Amón, Ptah y Ra, recubiertos todos en oro para reflejar los rayos que penetran los cien metros hasta el santuario cada 22 de febrero y 22 de octubre.
El 21 de febrero era el cumpleaños de Ramsés II y el 21 de octubre la fecha de su coronación, pero cuando, bajo el gobierno de Nasser se reubicó el templo para salvarlo de la inundación, se atrasó un día la entrada del sol, dándole una estocada final al ego del faraón, un hombre que truncó la historia y remontó el Nilo para conquistar a los nubios, y que celebró su victoria con este santuario en el que se hizo representar por cuadruplicado junto a Nefertari, su esposa favorita.
OLD CATARACT ASWAN
Sharia Abtal El-Tahrir
T. 20 (97) 2316 000
F. 20 (97) 2316 011
www.sofitel.com
Desde 350 hasta 850 dólares.
CÓMO LLEGAR
Abu Simbel se encuentra a 297 kilómetros de Asuán y a 50 kilómetros de la frontera con Sudán. Es accesible en avión desde Asuán con EgyptAir (www.egyptair.com.eg) por 200 dólares, en barco por 140 dólares por persona (4 días y 5 noches), y en transporte terrestre, privado por 150 dólares o colectivo por 35 dólares.
Es aquí donde comienza la tierra nubia, el cruce entre el Medio Oriente y África, la última frontera del Imperio Romano y de los viajeros decimonónicos. Un destino nutrido desde hace siglos por todos sus visitantes, y también por aquellos que se aventuran hoy día hasta Abu Simbel: el magnífico templo que fue el manifiesto del ególatra faraón Ramsés II, y que se mantuvo escondido bajo la arena por más de dos mil años, hasta su redescubrimiento en 1813.
EL HIJO PRÓDIGO
Ramsés II nació en el cómodo y divino lecho de Seti I. Ducho en las artes bélicas desde niño, se convirtió en el tercer faraón de la Dinastía XIX cuando murió su padre en el año 1279 a.C. Y comenzó un largo periodo de prosperidad y orden: 67 años de gloria y prestigio para Egipto y los países circundantes.
Al coronarse tenía apenas 15 años, al igual que el párvulo nauta que ataba las sogas de mi falúa al puerto de Asuán. Esta barcaza en forma de lanza, con velas de algodón y cuerpo de madera, es el transporte por excelencia de los nubios, descendientes directos de quienes labraran los fastuosos templos en la región hace tres mil años. Su piel es oscura y su semblante benévolo, y fueron reconocidos por los romanos, de quienes recibieron una importante influencia cultural, como los mejores navegantes. Pero tras la conquista árabe del año 640 d.C., que dotó a la región de un aura diferente, se les relegó al desierto.
Desde entonces el poblado más austral de Egipto se convirtió también en el punto de encuentro para las caravanas que atestaban sus mercados con oro, especias y perfumes. Y no había puesto el segundo pie en tierra firme cuando una horda de “guías” y “nuevos amigos”, cuya insistencia fue inmortalizada desde las crónicas de los turistas europeos del siglo xix, me estrechaban la mano y sugerían visitara sus tiendas. Pero yo tenía otros planes, y caminé bajo el sol que se tornaba inclemente hasta el oasis que resulta la terraza del Old Cataract Aswan.
SEDE DE CURIOSOS
Fue en esta terraza frente al Nilo, decorada con finas baldosas y sillas de rattan, donde entre whiskey y whiskey diversos egiptólogos planearon sus expediciones al sur, hasta la cuarta catarata, al Egipto desconocido, revelado a Occidente por el suizo Jean-Louis Burckhardt cuando se topó con Abu Simbel, algo que muy pronto habría de saborear con mis propios ojos.
La esencia de la propiedad, fundada en 1899 y recientemente adquirida por la subsidiaria Sofitel de Accor Hotels, es la fusión de estilos coloniales y orientales, un matrimonio que resulta en patios y jardines con fuentes, diseños florales y hierbas aromáticas, salones de té entre arcos y techos abovedados y finos restaurantes que sirven comida egipcia y continental —léase pato relleno de dátiles con reducción de cognac— y terrazas frente al río, donde se antoja fumar una narguile o beber algún licor entre jazmines y bugambilias.
Su ambiente sabe a luna de miel, o al menos eso pensó a mediados del siglo xix Aga Khan III, el jefe de los musulmanes ismaelitas, quien pasó aquí la suya. Y tal fue su gusto por la propiedad que, como último deseo, pidió ser enterrado en la costa opuesta a su habitación favorita, para lo cual erigieron el mausoleo que hoy constituye un atractivo fundamental de la ciudad, junto con los jardines del general y botánico inglés Kitchener y la Isla Elefantina.
Esta propiedad, de alma colonial y ambiente morisco en un contexto nubio, recibió y sedujo también al mariscal alemán Rommel, así como a sir Winston Churchill, al rey egipcio Faruk y a otros tantos clientes destacados que fueron inmortalizados en los nombres de sus habitaciones más lujosas. Suites que sólo podrían ser descritas como de Las mil y una noches, y en las que uno quisiera pasar al menos ese tiempo, o de ser posible más, como Aga Khan III.
Decoradas con mármoles italianos, tapices franceses y muebles de madera estilo eduardiano pero también con antigüedades orientales, sábanas de algodón egipcio y lámparas de Oriente, las 131 suites miran de frente a la región más hermosa del Nilo. Cada una con su terraza privada para admirar al río tornarse en mercurio al atardecer, como lo hiciera tarde tras tarde Agatha Christie, ya que allí se inspiró y escribió gran parte de su novela Muerte en el Nilo. En la suite que ahora lleva su nombre se conserva el escritorio donde dio a luz a sus singurales personajes y donde, por lo pequeño, casi dejo atoradas mis rodillas.
COLOSOS DEL VACÍO
Luego de un par de noches y decenas de conversaciones en el bar de estilo Casablanca, preparé mi expedición hasta Abu Simbel: 297 kilómetros de arena y desolación hasta el templo más imponente de esta región descrita en el siglo v por el historiador griego Herodoto como “el regalo del Nilo”.
Por la tensión entre egipcios y sudaneses, el trayecto se mantuvo cerrado hasta 1997. Y hoy día la única forma de transitar este trecho de la Baja Nubia es en convoy. Así que luego de una corta noche ansiosa, me formé tras un escuadrón del ejército y manejamos con la premisa de llegar al amanecer, transitando por fragmentos de asfalto carcomidos por el sol. Y cuando Ra (el sol de acá) se asomó, nos encontramos en los linderos del lago que por poco inunda el sitio tras la construcción de la presa Nasser en los años cincuenta del siglo xx. Y la piel se me erizó toda.
Ramsés II murió a los 82 años, dejando a Egipto en su cúspide. Y éste fue su templo más grandioso:un símbolo descalzado de la piedra en el siglo xiii a.C. que tan sólo por su imponencia impidió las invasiones. Y es que cuando me le planté de frente sólo imaginé lo que ocurrió con las esfínteres de los atacantes y del explorador suizo que lo “descubrió”. La de Abu Simbel es una visión inquietante.
Fue consagrado a las grandes deidades del Antiguo Egipto: Amón rey de los dioses, Ptah el creador y Ra-Harajty el dios sol que aparece en el horizonte. Su fachada tiene 33 metros de altura y muestra cuatro colosos de Ramsés II, uno decapitado por un terremoto en el año 27 a.C. Entronados y coronados, celebran un Egipto unificado, con babuinos que saludan al amanecer, imágenes de cautivos y una estatua de Ra-Harajty, a quien se le dedica el templo.
Al menos en teoría, ya que todo adentro gira alrededor de la apoteosis del faraón: relieves y estatuas narran su investidura y la Batalla de Qadesh contra los hititas, que lo consolidó como el faraón guerrero y unificador de Egipto. Y también su metamorfosis divina, donde se muestra entronado junto con Amón, Ptah y Ra, recubiertos todos en oro para reflejar los rayos que penetran los cien metros hasta el santuario cada 22 de febrero y 22 de octubre.
El 21 de febrero era el cumpleaños de Ramsés II y el 21 de octubre la fecha de su coronación, pero cuando, bajo el gobierno de Nasser se reubicó el templo para salvarlo de la inundación, se atrasó un día la entrada del sol, dándole una estocada final al ego del faraón, un hombre que truncó la historia y remontó el Nilo para conquistar a los nubios, y que celebró su victoria con este santuario en el que se hizo representar por cuadruplicado junto a Nefertari, su esposa favorita.
OLD CATARACT ASWAN
Sharia Abtal El-Tahrir
T. 20 (97) 2316 000
F. 20 (97) 2316 011
www.sofitel.com
Desde 350 hasta 850 dólares.
CÓMO LLEGAR
Abu Simbel se encuentra a 297 kilómetros de Asuán y a 50 kilómetros de la frontera con Sudán. Es accesible en avión desde Asuán con EgyptAir (www.egyptair.com.eg) por 200 dólares, en barco por 140 dólares por persona (4 días y 5 noches), y en transporte terrestre, privado por 150 dólares o colectivo por 35 dólares.
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