La discreta seducción de las Filipinas
Mientras que el sureste asiático ya es parte de casi cualquier conversación relacionada con los viajes, este magnífico archipiélago, con una historia sui géneris, resguarda sus mares, montañas, cascadas y volcanes con una elegante discreción.
Por
Joao Grama |
junio 2007
|
Tags:
filipinas, playas, volcanes, pacifico
|
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Una nota por aquí, un hallazgo por allá, un dato descubierto en el momento justo, y lentamente empezó a dibujarse este viaje en mi cabeza. Y eso a pesar de que suelo inclinarme mucho más por las paradojas norteamericanas que por los exotismos orientales. Parte de esta motivación tenía que ver con que nadie parecía saber lo que escondían las Filipinas, un destino remoto, raro en las revistas y en los diarios, con la excepción que se hace en las noticias sobre manifestaciones naturales como los tifones y la erupción de volcanes, que ocurren con mucha frecuencia en las cuatro esquinas del país.
La incertidumbre resultaba aun más intrigante en el contexto global del turismo asiático. Según las estadísticas, en 2005, Vietnam recibió cuatro millones de turistas y Tailandia cerca de doce. Durante el mismo periodo las Filipinas recibieron apenas 2.5 millones de personas. Y no me parecía que esta disparidad se redujera a cuestiones de materia prima. En las brevísimas apariciones de las Filipinas en los medios, se podían adivinar colores y plantas de fantasía, y un legado histórico y cultural como para dar envidia a cualquier país. Así que decidí emprender la única forma de constatarlo.
Antes de empezar propiamente el relato del viaje, me parece fundamental enmarcarlo, explicar la aparente contradicción entre la elección del resort Amanpulo, y la aventura estilo backpack en Bicol y la isla Catanduanes: desde el primer minuto la intención era hacer algo híbrido, conjugar lugares y experiencias que en conjunto nos permitieran una lectura global y bastante aproximada a la realidad del país.
Para empezar, la sociedad filipina no podría entenderse sin los cuatro siglos de colonización española —iniciada en 1521 por el explorador portugués Fernando de Magallanes— cuya influencia es visible hasta el día de hoy en la forma como los filipinos viven su catolicismo. Siguieron los imperialistas americanos, que “dominaron” al país hasta la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, un momento decisivo en tanto que dio origen al primer presidente indígena. Esta “libertad” lanzó también al déspota Ferdinando Marcos al poder, retirado por manos del pueblo, que convocó a Corazón Aquino para que llevara a cabo la tarea hercúlea de colocar al país en la dirección correcta y devolver a su pueblo una dignidad constantemente amenazada.
Dados estos abusos sucesivos, las Filipinas se encontraron en línea con sus congéneres asiáticos: una nación en vías de desarrollo y contrastante, en constante lucha con el analfabetismo y una pobreza que se extiende por todo el territorio. Tal como los países vecinos, las Filipinas ven en el turismo una excelente (y rápida) oportunidad para superar esas dificultades. Razón que justifica el enorme esfuerzo financiero que el Ministerio de Turismo ha asumido desde 2004, al invertir por primera vez en la promoción del país en los mercados internacionales, aunque también definiendo áreas de interés turístico y subsidiando proyectos nuevos, especialmente los relacionados con el ecoturismo y el agroturismo; una opción inteligente, que trata de evitar los excesos cometidos en países como Tailandia o Vietnam.
Todo esto significa que, si el futuro llega a desarrollarse como se prevé, el país muy pronto dejará el anonimato. Por eso, hay que venir lo más pronto posible.
CON LA GRACIA DE DIOS
(Y LA MANITA DEL HOMBRE)
Me temo que gran parte de esta introducción resultará clave en la memoria de quien ponga un pie en Pamalican, un minúsculo pedazo de tierra bendita, una isla exclusiva operada por Amanpulo Resort.
La hora de distancia desde Manila es corta aunque tormentosa, culpa de la pequeña avioneta utilizada por el hotel para transportar a los visitantes. Superé el inconveniente del traqueteo pegando la mirada a la ventana para admirar la belleza del trayecto. Primero hay que sobrevolar el caos que es Manila, la isla de Mindoro, adentrarse en el Mar de Sulú y, finalmente, sobrevolar el archipiélago de las islas Cuyo, cuarenta y cinco pedazos de tierra muy próximos entre sí pero apartados de un mundo con el que nunca han dialogado.
Pamalican —que en el dialecto local significa isla de la tranquilidad— sería uno más de esos ejemplos si no fuera por una de las familias filipinas más importantes que encalló aquí cuando navegaba en un día tormentoso. El refugio acabó por salvarles la vida y en un arrebato adquirieron la isla y la transformaron en una atracción para la familia y los amigos. A fines de 1993, el sitio se convirtió en uno de los dos primeros “edenes” de la cadena indonesa, y colocó definitivamente a las Cuyo y a Filipinas en el mapa del turismo de calidad.
Las primeras sensaciones —de muchas— surgen precisamente antes de aterrizar, en el momento exacto en el que a través de la ventana delantera me doy cuenta de la proximidad de la isla. Viajo pegadito a los pilotos, situación que me permite captar todo este magnífico panorama. A primera vista me llama la atención su dimensión tan reducida —apenas 89 hectáreas— pero también el color brillante del agua y la transformación de aquel intenso azul oceánico en algo más incandescente después de pasar los arrecifes de coral.
A la llegada me entregaron una verdadera sonrisa, un mapa y un carrito de golf que garantizaba mi autonomía y me facilitaba deambular al descubierto alrededor de la isla. Bastó con un primer tour guiado para ilustrarme: Pamalican es uno de esos clásicos ejemplos de “isla paradisíaca”, con un arenal luminoso alrededor, palmeras al entrar por la playa y un interior obstruido por la abundante vegetación. Poco que ver, mucho que oler.
El tratamiento VIP prosiguió en el alojamiento, compuesto por cuarenta casitas independientes, orientadas hacia el mar y emboscadas por una vegetación densa y robusta que garantiza la privacidad. Más allá de la terraza que merece más bien el nombre de mirador, nace un caminito privado que nace de cada bungalow en dirección a la playa, donde nos espera un rincón absolutamente exclusivo. Y es que esa sensibilidad especial para crear espacios que invitan a un verdadero placer —y no solamente para apantallar—, es una práctica muy característica en toda la cadena Aman.
Mi primera impresión mezcla un conjunto de sensaciones difíciles de catalogar. Es sabido que existen ciertas experiencias por las que todos debemos pasar una vez en la vida. Pues bien, pernoctar en Amanpulo se encuentra precisamente ahí, en esa categoría. La apreciación, que podrá pecar de prematura, no dejó de adquirir consistencia cada día de mi estancia ahí.
Amanpulo no es de esos sitios que llena de estímulos a los viajeros más inquietos, siempre interesados en mil y una actividades extenuantes. Por el contrario, mis “días en Amanpulo” se trataron de poco o más bien de nada. Y es que todo se conjuga para que sea así. El silencio y la tranquilidad, la actuación discreta de todo el equipo Aman y hasta los huéspedes que parecen preferir siempre la reclusión en su propia casita, envueltos en su propio sosiego entre una y otra zambullida en la playa, una siesta en la hamaca o simplemente las horas en la terraza.
Y es que además de las instalaciones, parte de ese éxito se debe a la forma de actuar del equipo Aman, constituido por un batallón de guest assistants —verdaderos ángeles de la guarda— que se encuentra a nuestra disposición con el claro propósito de ofrecer el más elevado nivel de asistencia, y garantizar hasta el más peculiar de nuestros caprichos: una comida romántica en la playa, un menú especial, un vino traído desde otro lado del mundo.
Pero aún conscientes de que el silencio representa, de hecho, una regla de oro, no hubo manera de escapar a la gama de experiencias “deportivas”. En tierra recomiendo ampliamente caminar para observar las diversas especies endémicas de pájaros y el famoso lagarto monitor, de temperamento inofensivo, pero cuyas dimensiones pueden ocasionar un buen susto. En el mar, en donde la gama de opciones aumenta considerablemente, el snorkeling en los arrecifes circundantes es la práctica más común, al igual que el buceo a mayor profundidad, en donde siempre es de esperarse algún encuentro con tortugas, mantarrayas y una infinidad de peces. Windsurf, kayak de mar, veleo y un paseo por las islas vecinas sobrecargaron el tiempo que quedó en mi agenda.
Si no le interesa nada de eso —lo que no es ningún pecado—, puede entonces aprovechar el presente y armar fuerzas para terminar el día con una cena a la luz de las velas en las áreas de Picnic Grove, en Pier, en el interior de una gruta, o hasta en la playa frente a su casita. Pues, como dicen, “las islas no se miden con las palmas”.
SOLO FRENTE A LA NATURALEZA
Debo aclarar desde ahora que Amanpulo no puede servir de barómetro para el país que es en realidad Filipinas. Es verdad que la belleza de los paisajes y la simpatía de las personas lo seguirán a lo largo del viaje, pero pocos son los filipinos que pueden pagar lo que aquella lista de precios cobra. Por esa razón, y porque evidentemente deseaba sentir el palpitar del país, adopté una nueva manera de abordar lo que me quedaba del viaje, que se inició precisamente con las 12 horas de convoy (y sorpresas) entre Manila y Naga City, uno de los centros más cosmopolitas de la región de Bicol.
La región se sitúa al sureste de Luzón, la isla principal, muy cerca de la capital. Es, por así decirlo, un enorme cero en el mapa, a pesar de sus enormes potenciales, sobre todo en materia de turismo de aventura, como por ejemplo sus tres volcanes: Mayón, Monte Isarog y Bulusan, que con sus conos cilíndricos y perfectos hacen posibles trekkings maravillosos. Pero están también las aguas calientes y traslúcidas de la Península de Caramoan, destinadas a los amantes del esnórquel y del buceo, quienes podrán aceptar el desafío de pasar por Donsol, una aldea en el sur, que recibe con frecuencia la visita de tiburones ballena.
Utilicé Naga City tan sólo para organizar mis aventuras. No es que las opciones sean numerosas: éstas se limitan a la agencia Kadlagan Outdoor del simpático y hospitalario Jojo Villareal, una celebridad en la región para todo lo que tiene que ver con la aventura y los deportes extremos. Jojo me sugirió que antes del trekking visitara la Península de Caramoan. En temporada alta —entre octubre y mayo—, en Kadlagan se organizan semanalmente viajes de tres días, alojamiento en tienda de campaña y gastos incluidos, con un guía acompañante y diversas visitas guiadas. Pero en esta época del año, los turistas no son justificación para hacer el viaje, por lo que sólo la buena voluntad del guía y la garantía de paisajes increíbles me pusieron a caminar en solitario.
A juzgar por el mapa, me imaginé una jornada rápida y sin contratiempos. Error. Viajar por las Filipinas tiene su propio ritmo, sobre todo cuando se trata de viajes regionales. Existe un lugar A y existe un lugar B. Pero, de entrada, lo que define la hora de partida no es la pauta habitual de horario sino la llegada del último pasajero. Y la regla se extiende, evidentemente, para cualquier medio de transporte intermedio.
A pesar de todo, me agradan las peripecias que resultan de esos contratiempos: el trayecto para llegar a la ciudad de Caramoan, que combina un autobús directo hasta el puerto de Sabang con un viaje de barco hasta Guijalo (ya en la península) y finalmente un breve “recorrido” en moto o jeep hasta el destino final, se lleva entre 5 y 6 horas (en esta ocasión). Dado que la salida del último barco es cerca de la una de la tarde, a lo largo del río Naga durante la “hora más fresca”, seguramente el viaje ocurrirá al mejor estilo de aventuras.
La belleza de Caramoan se manifiesta tan pronto empieza la travesía en barco. Hacia atrás quedan terrenos con una leve pendiente, consumidos por los tradicionales cultivos agrícolas. Pero la situación cambia conforme nos aproximamos a la península, territorio virgen salvo por pequeños poblados de pescadores a orillas del mar, y una floresta impenetrable a un grado que llega a ser impactante. Desde aquí parece pura, inmaculada.
Tal como aconteció en Naga, utilizo Caramoan sólo para pernoctar. Mi interés no está propiamente ahí, sino más bien en Gota Beach, a seis kilómetros, muy agradables en moto. La llegada a Gota se reconoce por dos chozas —hospedaje y restaurante—, por una enorme colina rocosa, y por un rostro pequeño, con una sonrisa filipina. Es Txo Bonongi, uno de los pescadores, el único que alquila el barco para navegar por los islotes a lo largo de Gota Beach.
Durante aquellos dos días de paseo, Txo me mostró todo lo que sabía sobre aquel lugar. Entre las decenas de islotes con nombres extraños como Kagbalinad, Minapandong o Matokad, paseamos por pequeños lagos naturales, refugios de pescadores, arrecifes profundos y playas imposibles de describir: no es fácil asimilar semejante belleza. Sin turistas, sin toque humano, apenas con el remar silencioso de los pescadores, indiferentes quizá ya a aquella bendición de la naturaleza.
Regresé al Kadlagan extenuado con mi descubrimiento. Me esperaba un guía y todo el equipo necesario para unos días en la montaña. Pasar por Bicol y no subir a una de sus cumbres era efectivamente un desperdicio, más aún con el monte Isarog tan cerca. Y así me fui para allá, con los ojos puestos en el verde que cubría la parte más elevada de sus 1 966 metros y rezando para que su furia no diera señales durante los dos días siguientes, precisamente el tiempo que dura su conquista.
Una vez que pasamos el refugio del parque natural, cruzamos en la base del volcán un conjunto de cascadas de dimensiones considerables. Pero más adelante ya se siente la transformación del paisaje. Unas bellas horas de caminata y aparece finalmente la vista monumental sobre toda la región, una sensación de conquista que culminó en la madrugada del día siguiente cuando los pies finalmente pisaban la cima y nuestra mirada fue envuelta con los primeros rayos de sol. La Península Caramoan se cruzaba a medio camino, así como Catanduanes, mi próxima aventura.
CON LA VISTA FINALMENTE AL PACÍFICO
El viaje en barco hasta Catanduanes me apartaba cada vez más del mundo. Las islas están a tres días de viaje náutico desde Manila más una hora de avión, por lo que visitarlas es cosa de pocos. Además, éste es un territorio fuertemente arrasado por los tifones, con accesos muy complicados y pocas opciones en materia turística. Lo anterior, sobra decir, es una invitación de gala para quienes buscan compulsivamente lugares vírgenes y salvajes.
De Virac, la capital de la provincia, apenas interesa conocer la localización del conjunto de servicios esenciales que lo obligarán a regresar —oficinas de correos, bancos, un cibercafé, el supermercado y los restaurantes dignos del título—. Por eso, después de media hora ya me encontraba camino a Puraran, una pequeña aldea remota y adormecida, famosa entre la comunidad de surfistas aventureros por las olas perfectas que se forman ahí.
Pero sucede que seguimos en Filipinas, y entre pensar en llegar y realmente alcanzar Puraran hay una enorme distancia. Los 30 kilómetros a bordo de un jeep viejo —un Willys con una carrocería alargada— pueden tardar horas a lo largo de curvas y contracurvas cerradísimas, barrancos gigantes y zanjas aterradoras. Pero a nadie parece preocuparle. Todos viajan pacientemente, en alguna parte entre el interior y el toldo del jeep, siguiendo una máxima que por cierto confirmé que también se sigue en otras localidades: ningún pasajero potencial se queda en tierra.
Sentado en el techo del vehículo, trato de no pensar en el riesgo que esto significa y me concentro mejor en la vida que se derrama de las calles. Hay niños por todos lados; saltando, alrededor de las cabañas de bambú o uniformados en camino a las innumerables escuelas. Mi paso como extranjero siempre genera espanto y muchas sonrisas. Uno que otro búfalo surge rumiando en las orillas de la calle principal, las clásicas plantaciones de arroz se suceden una tras otra. La calle se usa como terreno para secarlo, al igual que los campos de basquetbol —una obsesión filipina—. Los escenarios combinan platanales, palmeras, playas de arena brillante. Y en el momento en que recorremos lo alto de las montañas irrumpe, sin avisar, una bahía de trazos perfectos.
Hemos llegado al fin a Puraran, envuelta por montes que se suceden hasta perderlos de vista, unos cuantos peñascos en forma de línea punteada en dirección al mar, una arena blanca luminosa que acoge a una decena de barcos de pescadores y unas chozas encantadoras.
Decidí hospedarme en Elena’s Majestic. Fue imposible rehusar la simpatía de la abuela, cocinera y protectora (la misma Elena) y de sus cuatro hijos. El alojamiento también me encantó: ocho cabañas de bambú dispuestas en “u”, todas en tonos austeros y sencillos, y baños con tina.
En la ciudad no hay ni una sola computadora, ni siquiera un teléfono público. Las noticias del mundo llegan a través de un pequeño televisor que la familia tiene en una sala común, y aun así, está demasiado lejos de las cabañas. La vida se reduce al género cabañita, mar, siesta en la hamaca, mar otra vez, pescado a la parrilla y descanso final. Un silencio y una simplicidad que malacostumbran al cuerpo a este tipo de “malos” hábitos, e inducen a la mente a un desprendimiento adictivo, que a mí me hizo enamorarme perdidamente de este lugar; a mí y a tantos extranjeros que regresan todos los años, o que se quedan para siempre.
Como John Perry. Puede que él no haya sido el primero en surfear estas olas, pero sin duda fue el primero en establecerse aquí. Hace veinte años dejó el estado de Florida por un terreno con vista a la bahía, en el que construyó su pequeña cabaña. Nuestro encuentro acontece diariamente en el agua, adonde concurren todos los demás extranjeros que con el tiempo he llegado a llamar amigos; Jim y Kaz, matrimonio australiano que está aquí desde hace meses, Shun, un japonés que frecuenta las aguas filipinas y unos cuantos lugareños frecuentes.
Naturalmente, la vida en Puraran no se resume en las olas. Los que no están ahí es porque seguramente están esnorqueleando o dando paseos en bicicleta. Para explorar los alrededores le aconsejo que hable con Eddie, uno de los cuatro hijos de Elena, pescador y representante gubernamental del pueblo. La carta es muy extensa, e incluye las cascadas de Gigmoto y Sulong —las mejores de toda la isla—, o un viaje en barco para conocer las islas Panay en versión survivor, durmiendo en tienda de campaña y pescando a mano la propia comida. Todas son buenas razones para regresar a las Catanduanes y a las Filipinas, un destino que difícilmente se borrará de mi memoria.
* Traducción de María García-Moreno E.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
La manera más eficiente de llegar a Manila desde la Ciudad de México es volando primero a Hong Kong y desde ahí a las Filipinas. El regreso incluye una escala en la ciudad de Los Ángeles. La menos costosa es algo trabajosa: la línea asiática de bajo costo Air Asia (www.airasia.com) vuela a Kuala Lumpur y llega hasta Clark, una ciudad al norte de Manila; una conexión de cuatro horas puede costar 68 dólares. Desde Clark, el autobús tarda tres horas hasta una de las estaciones centrales de Manila.
CÓMO MOVERSE
POR AIRE
El vuelo desde Manila hasta Pamalican se encuentra incluido en el precio acordado con Amanpulo, que lo recibe en el aeropuerto de Manila.
Para los viajes en el interior, hacia Naga City y al regreso desde Virac, hay que utilizar la compañía aérea regional. Philippine Airlines (www.philippineairlines.com) es la única que hace este trayecto hacia Naga. En el caso de Virac, tiene que usar la línea Asian Spirit (www.asianspirit.com) que tiene su plataforma en la ciudad. Los horarios con frecuencia son alterados. Los precios más comunes se encuentran entre 100 y 135 dólares.
POR TIERRA (O MAR)
NAGA–PENÍNSULA CARAMOAN
Hay que viajar desde Naga, desde la estación de autobús. No hay razón para visitar la minúscula ciudad de Sabuang excepto para tomar el barco a Caramoan, por lo que rápidamente lo conducirán al mismo. El resto del viaje —el regreso—, sale de manera intuitiva.
NAGA–CATANDUANES
El ferry para las Catanduanes parte de la ciudad de Tobaco (3 horas). No hay conexión directa entre Naga y Tobaco. Tome el autobús de Naga City hasta Legaspi (2 horas) y de ahí finalmente hasta Tobaco (2 horas). Existen sólo dos ferries para Catanduanes, uno alrededor de las 6 de la mañana y otro a las 11 horas (confirme la salida, ya que los horarios cambian con frecuencia). Por eso, es difícil hacer este viaje en un solo día. En Legaspi y Tobaco hay hoteles, aunque sin grandes lujos.
DÓNDE DORMIR
AMANPULO
Pamalican Island
T. 63 (2) 759 4040
F. 63 (2) 759 4044
www.amanresorts.com
Habitaciones dobles a partir
de 700 dólares por noche.
Sugerimos la casita dieciocho —es realmente como de tarjeta postal—, y también la tree top número cuarenta, una de las dos casas disponibles en la zona elevada de la isla. Con la posición en lo alto se pierde un poco la privacidad, pero la vista panorámica lo compensa.
EN BICOL
MORAVILLE HOTEL
Dinaga Street, Naga City
T. 63 (54) 473 1247
F. 63 (54) 811 1685
www.moraville.com.ph
LA CASA ROA HOSTEL
Caramoan
T. 63 (54) 811 5789
Ni en el hotel ni en Gota Beach hay equipo para esnorquelear, por lo que se recomienda ampliamente traerlo desde Naga.
ELENA’S MAJESTIC
BEACH RESORT
Puraran
T. 63 (0 981) 991 109
PUTTING BAYBAY RESORT
Puraran
T. 63 (0 981) 992 220
En Puraran no hay restaurantes ni manera de cocinar. Ambos hoteles ofrecen un régimen de pensión completa, a un precio de 12 dólares por persona al día.
EN MANILA
THE PENINSULA MANILA
Ayala y Makati Avenues
T. 63 (2) 887 2888
F. 63 (2) 815 4825
http://manila.peninsula.com
Habitaciones desde 200 dólares.
QUÉ COMER
La gastronomía filipina es el resultado del encuentro entre las cocinas malaya, china y española, una combinación riquísima, con distintas variaciones regionales. Y Bicol no es la excepción. Entre los diversos platillos aconsejables, destacan el Bicol Express, a base de carne de puerco cocinada con leche de coco y pimientos verdes, y el Pinangat, con pescados o camarones envueltos en hojas de ñame y cocinados en leche de coco.
CUÁNDO IR
Aunque el clima varía bastante, el periodo entre octubre y mayo es la mejor época para viajar en las Filipinas.
La incertidumbre resultaba aun más intrigante en el contexto global del turismo asiático. Según las estadísticas, en 2005, Vietnam recibió cuatro millones de turistas y Tailandia cerca de doce. Durante el mismo periodo las Filipinas recibieron apenas 2.5 millones de personas. Y no me parecía que esta disparidad se redujera a cuestiones de materia prima. En las brevísimas apariciones de las Filipinas en los medios, se podían adivinar colores y plantas de fantasía, y un legado histórico y cultural como para dar envidia a cualquier país. Así que decidí emprender la única forma de constatarlo.
Antes de empezar propiamente el relato del viaje, me parece fundamental enmarcarlo, explicar la aparente contradicción entre la elección del resort Amanpulo, y la aventura estilo backpack en Bicol y la isla Catanduanes: desde el primer minuto la intención era hacer algo híbrido, conjugar lugares y experiencias que en conjunto nos permitieran una lectura global y bastante aproximada a la realidad del país.
Para empezar, la sociedad filipina no podría entenderse sin los cuatro siglos de colonización española —iniciada en 1521 por el explorador portugués Fernando de Magallanes— cuya influencia es visible hasta el día de hoy en la forma como los filipinos viven su catolicismo. Siguieron los imperialistas americanos, que “dominaron” al país hasta la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, un momento decisivo en tanto que dio origen al primer presidente indígena. Esta “libertad” lanzó también al déspota Ferdinando Marcos al poder, retirado por manos del pueblo, que convocó a Corazón Aquino para que llevara a cabo la tarea hercúlea de colocar al país en la dirección correcta y devolver a su pueblo una dignidad constantemente amenazada.
Dados estos abusos sucesivos, las Filipinas se encontraron en línea con sus congéneres asiáticos: una nación en vías de desarrollo y contrastante, en constante lucha con el analfabetismo y una pobreza que se extiende por todo el territorio. Tal como los países vecinos, las Filipinas ven en el turismo una excelente (y rápida) oportunidad para superar esas dificultades. Razón que justifica el enorme esfuerzo financiero que el Ministerio de Turismo ha asumido desde 2004, al invertir por primera vez en la promoción del país en los mercados internacionales, aunque también definiendo áreas de interés turístico y subsidiando proyectos nuevos, especialmente los relacionados con el ecoturismo y el agroturismo; una opción inteligente, que trata de evitar los excesos cometidos en países como Tailandia o Vietnam.
Todo esto significa que, si el futuro llega a desarrollarse como se prevé, el país muy pronto dejará el anonimato. Por eso, hay que venir lo más pronto posible.
CON LA GRACIA DE DIOS
(Y LA MANITA DEL HOMBRE)
Me temo que gran parte de esta introducción resultará clave en la memoria de quien ponga un pie en Pamalican, un minúsculo pedazo de tierra bendita, una isla exclusiva operada por Amanpulo Resort.
La hora de distancia desde Manila es corta aunque tormentosa, culpa de la pequeña avioneta utilizada por el hotel para transportar a los visitantes. Superé el inconveniente del traqueteo pegando la mirada a la ventana para admirar la belleza del trayecto. Primero hay que sobrevolar el caos que es Manila, la isla de Mindoro, adentrarse en el Mar de Sulú y, finalmente, sobrevolar el archipiélago de las islas Cuyo, cuarenta y cinco pedazos de tierra muy próximos entre sí pero apartados de un mundo con el que nunca han dialogado.
Pamalican —que en el dialecto local significa isla de la tranquilidad— sería uno más de esos ejemplos si no fuera por una de las familias filipinas más importantes que encalló aquí cuando navegaba en un día tormentoso. El refugio acabó por salvarles la vida y en un arrebato adquirieron la isla y la transformaron en una atracción para la familia y los amigos. A fines de 1993, el sitio se convirtió en uno de los dos primeros “edenes” de la cadena indonesa, y colocó definitivamente a las Cuyo y a Filipinas en el mapa del turismo de calidad.
Las primeras sensaciones —de muchas— surgen precisamente antes de aterrizar, en el momento exacto en el que a través de la ventana delantera me doy cuenta de la proximidad de la isla. Viajo pegadito a los pilotos, situación que me permite captar todo este magnífico panorama. A primera vista me llama la atención su dimensión tan reducida —apenas 89 hectáreas— pero también el color brillante del agua y la transformación de aquel intenso azul oceánico en algo más incandescente después de pasar los arrecifes de coral.
A la llegada me entregaron una verdadera sonrisa, un mapa y un carrito de golf que garantizaba mi autonomía y me facilitaba deambular al descubierto alrededor de la isla. Bastó con un primer tour guiado para ilustrarme: Pamalican es uno de esos clásicos ejemplos de “isla paradisíaca”, con un arenal luminoso alrededor, palmeras al entrar por la playa y un interior obstruido por la abundante vegetación. Poco que ver, mucho que oler.
El tratamiento VIP prosiguió en el alojamiento, compuesto por cuarenta casitas independientes, orientadas hacia el mar y emboscadas por una vegetación densa y robusta que garantiza la privacidad. Más allá de la terraza que merece más bien el nombre de mirador, nace un caminito privado que nace de cada bungalow en dirección a la playa, donde nos espera un rincón absolutamente exclusivo. Y es que esa sensibilidad especial para crear espacios que invitan a un verdadero placer —y no solamente para apantallar—, es una práctica muy característica en toda la cadena Aman.
Mi primera impresión mezcla un conjunto de sensaciones difíciles de catalogar. Es sabido que existen ciertas experiencias por las que todos debemos pasar una vez en la vida. Pues bien, pernoctar en Amanpulo se encuentra precisamente ahí, en esa categoría. La apreciación, que podrá pecar de prematura, no dejó de adquirir consistencia cada día de mi estancia ahí.
Amanpulo no es de esos sitios que llena de estímulos a los viajeros más inquietos, siempre interesados en mil y una actividades extenuantes. Por el contrario, mis “días en Amanpulo” se trataron de poco o más bien de nada. Y es que todo se conjuga para que sea así. El silencio y la tranquilidad, la actuación discreta de todo el equipo Aman y hasta los huéspedes que parecen preferir siempre la reclusión en su propia casita, envueltos en su propio sosiego entre una y otra zambullida en la playa, una siesta en la hamaca o simplemente las horas en la terraza.
Y es que además de las instalaciones, parte de ese éxito se debe a la forma de actuar del equipo Aman, constituido por un batallón de guest assistants —verdaderos ángeles de la guarda— que se encuentra a nuestra disposición con el claro propósito de ofrecer el más elevado nivel de asistencia, y garantizar hasta el más peculiar de nuestros caprichos: una comida romántica en la playa, un menú especial, un vino traído desde otro lado del mundo.
Pero aún conscientes de que el silencio representa, de hecho, una regla de oro, no hubo manera de escapar a la gama de experiencias “deportivas”. En tierra recomiendo ampliamente caminar para observar las diversas especies endémicas de pájaros y el famoso lagarto monitor, de temperamento inofensivo, pero cuyas dimensiones pueden ocasionar un buen susto. En el mar, en donde la gama de opciones aumenta considerablemente, el snorkeling en los arrecifes circundantes es la práctica más común, al igual que el buceo a mayor profundidad, en donde siempre es de esperarse algún encuentro con tortugas, mantarrayas y una infinidad de peces. Windsurf, kayak de mar, veleo y un paseo por las islas vecinas sobrecargaron el tiempo que quedó en mi agenda.
Si no le interesa nada de eso —lo que no es ningún pecado—, puede entonces aprovechar el presente y armar fuerzas para terminar el día con una cena a la luz de las velas en las áreas de Picnic Grove, en Pier, en el interior de una gruta, o hasta en la playa frente a su casita. Pues, como dicen, “las islas no se miden con las palmas”.
SOLO FRENTE A LA NATURALEZA
Debo aclarar desde ahora que Amanpulo no puede servir de barómetro para el país que es en realidad Filipinas. Es verdad que la belleza de los paisajes y la simpatía de las personas lo seguirán a lo largo del viaje, pero pocos son los filipinos que pueden pagar lo que aquella lista de precios cobra. Por esa razón, y porque evidentemente deseaba sentir el palpitar del país, adopté una nueva manera de abordar lo que me quedaba del viaje, que se inició precisamente con las 12 horas de convoy (y sorpresas) entre Manila y Naga City, uno de los centros más cosmopolitas de la región de Bicol.
La región se sitúa al sureste de Luzón, la isla principal, muy cerca de la capital. Es, por así decirlo, un enorme cero en el mapa, a pesar de sus enormes potenciales, sobre todo en materia de turismo de aventura, como por ejemplo sus tres volcanes: Mayón, Monte Isarog y Bulusan, que con sus conos cilíndricos y perfectos hacen posibles trekkings maravillosos. Pero están también las aguas calientes y traslúcidas de la Península de Caramoan, destinadas a los amantes del esnórquel y del buceo, quienes podrán aceptar el desafío de pasar por Donsol, una aldea en el sur, que recibe con frecuencia la visita de tiburones ballena.
Utilicé Naga City tan sólo para organizar mis aventuras. No es que las opciones sean numerosas: éstas se limitan a la agencia Kadlagan Outdoor del simpático y hospitalario Jojo Villareal, una celebridad en la región para todo lo que tiene que ver con la aventura y los deportes extremos. Jojo me sugirió que antes del trekking visitara la Península de Caramoan. En temporada alta —entre octubre y mayo—, en Kadlagan se organizan semanalmente viajes de tres días, alojamiento en tienda de campaña y gastos incluidos, con un guía acompañante y diversas visitas guiadas. Pero en esta época del año, los turistas no son justificación para hacer el viaje, por lo que sólo la buena voluntad del guía y la garantía de paisajes increíbles me pusieron a caminar en solitario.
A juzgar por el mapa, me imaginé una jornada rápida y sin contratiempos. Error. Viajar por las Filipinas tiene su propio ritmo, sobre todo cuando se trata de viajes regionales. Existe un lugar A y existe un lugar B. Pero, de entrada, lo que define la hora de partida no es la pauta habitual de horario sino la llegada del último pasajero. Y la regla se extiende, evidentemente, para cualquier medio de transporte intermedio.
A pesar de todo, me agradan las peripecias que resultan de esos contratiempos: el trayecto para llegar a la ciudad de Caramoan, que combina un autobús directo hasta el puerto de Sabang con un viaje de barco hasta Guijalo (ya en la península) y finalmente un breve “recorrido” en moto o jeep hasta el destino final, se lleva entre 5 y 6 horas (en esta ocasión). Dado que la salida del último barco es cerca de la una de la tarde, a lo largo del río Naga durante la “hora más fresca”, seguramente el viaje ocurrirá al mejor estilo de aventuras.
La belleza de Caramoan se manifiesta tan pronto empieza la travesía en barco. Hacia atrás quedan terrenos con una leve pendiente, consumidos por los tradicionales cultivos agrícolas. Pero la situación cambia conforme nos aproximamos a la península, territorio virgen salvo por pequeños poblados de pescadores a orillas del mar, y una floresta impenetrable a un grado que llega a ser impactante. Desde aquí parece pura, inmaculada.
Tal como aconteció en Naga, utilizo Caramoan sólo para pernoctar. Mi interés no está propiamente ahí, sino más bien en Gota Beach, a seis kilómetros, muy agradables en moto. La llegada a Gota se reconoce por dos chozas —hospedaje y restaurante—, por una enorme colina rocosa, y por un rostro pequeño, con una sonrisa filipina. Es Txo Bonongi, uno de los pescadores, el único que alquila el barco para navegar por los islotes a lo largo de Gota Beach.
Durante aquellos dos días de paseo, Txo me mostró todo lo que sabía sobre aquel lugar. Entre las decenas de islotes con nombres extraños como Kagbalinad, Minapandong o Matokad, paseamos por pequeños lagos naturales, refugios de pescadores, arrecifes profundos y playas imposibles de describir: no es fácil asimilar semejante belleza. Sin turistas, sin toque humano, apenas con el remar silencioso de los pescadores, indiferentes quizá ya a aquella bendición de la naturaleza.
Regresé al Kadlagan extenuado con mi descubrimiento. Me esperaba un guía y todo el equipo necesario para unos días en la montaña. Pasar por Bicol y no subir a una de sus cumbres era efectivamente un desperdicio, más aún con el monte Isarog tan cerca. Y así me fui para allá, con los ojos puestos en el verde que cubría la parte más elevada de sus 1 966 metros y rezando para que su furia no diera señales durante los dos días siguientes, precisamente el tiempo que dura su conquista.
Una vez que pasamos el refugio del parque natural, cruzamos en la base del volcán un conjunto de cascadas de dimensiones considerables. Pero más adelante ya se siente la transformación del paisaje. Unas bellas horas de caminata y aparece finalmente la vista monumental sobre toda la región, una sensación de conquista que culminó en la madrugada del día siguiente cuando los pies finalmente pisaban la cima y nuestra mirada fue envuelta con los primeros rayos de sol. La Península Caramoan se cruzaba a medio camino, así como Catanduanes, mi próxima aventura.
CON LA VISTA FINALMENTE AL PACÍFICO
El viaje en barco hasta Catanduanes me apartaba cada vez más del mundo. Las islas están a tres días de viaje náutico desde Manila más una hora de avión, por lo que visitarlas es cosa de pocos. Además, éste es un territorio fuertemente arrasado por los tifones, con accesos muy complicados y pocas opciones en materia turística. Lo anterior, sobra decir, es una invitación de gala para quienes buscan compulsivamente lugares vírgenes y salvajes.
De Virac, la capital de la provincia, apenas interesa conocer la localización del conjunto de servicios esenciales que lo obligarán a regresar —oficinas de correos, bancos, un cibercafé, el supermercado y los restaurantes dignos del título—. Por eso, después de media hora ya me encontraba camino a Puraran, una pequeña aldea remota y adormecida, famosa entre la comunidad de surfistas aventureros por las olas perfectas que se forman ahí.
Pero sucede que seguimos en Filipinas, y entre pensar en llegar y realmente alcanzar Puraran hay una enorme distancia. Los 30 kilómetros a bordo de un jeep viejo —un Willys con una carrocería alargada— pueden tardar horas a lo largo de curvas y contracurvas cerradísimas, barrancos gigantes y zanjas aterradoras. Pero a nadie parece preocuparle. Todos viajan pacientemente, en alguna parte entre el interior y el toldo del jeep, siguiendo una máxima que por cierto confirmé que también se sigue en otras localidades: ningún pasajero potencial se queda en tierra.
Sentado en el techo del vehículo, trato de no pensar en el riesgo que esto significa y me concentro mejor en la vida que se derrama de las calles. Hay niños por todos lados; saltando, alrededor de las cabañas de bambú o uniformados en camino a las innumerables escuelas. Mi paso como extranjero siempre genera espanto y muchas sonrisas. Uno que otro búfalo surge rumiando en las orillas de la calle principal, las clásicas plantaciones de arroz se suceden una tras otra. La calle se usa como terreno para secarlo, al igual que los campos de basquetbol —una obsesión filipina—. Los escenarios combinan platanales, palmeras, playas de arena brillante. Y en el momento en que recorremos lo alto de las montañas irrumpe, sin avisar, una bahía de trazos perfectos.
Hemos llegado al fin a Puraran, envuelta por montes que se suceden hasta perderlos de vista, unos cuantos peñascos en forma de línea punteada en dirección al mar, una arena blanca luminosa que acoge a una decena de barcos de pescadores y unas chozas encantadoras.
Decidí hospedarme en Elena’s Majestic. Fue imposible rehusar la simpatía de la abuela, cocinera y protectora (la misma Elena) y de sus cuatro hijos. El alojamiento también me encantó: ocho cabañas de bambú dispuestas en “u”, todas en tonos austeros y sencillos, y baños con tina.
En la ciudad no hay ni una sola computadora, ni siquiera un teléfono público. Las noticias del mundo llegan a través de un pequeño televisor que la familia tiene en una sala común, y aun así, está demasiado lejos de las cabañas. La vida se reduce al género cabañita, mar, siesta en la hamaca, mar otra vez, pescado a la parrilla y descanso final. Un silencio y una simplicidad que malacostumbran al cuerpo a este tipo de “malos” hábitos, e inducen a la mente a un desprendimiento adictivo, que a mí me hizo enamorarme perdidamente de este lugar; a mí y a tantos extranjeros que regresan todos los años, o que se quedan para siempre.
Como John Perry. Puede que él no haya sido el primero en surfear estas olas, pero sin duda fue el primero en establecerse aquí. Hace veinte años dejó el estado de Florida por un terreno con vista a la bahía, en el que construyó su pequeña cabaña. Nuestro encuentro acontece diariamente en el agua, adonde concurren todos los demás extranjeros que con el tiempo he llegado a llamar amigos; Jim y Kaz, matrimonio australiano que está aquí desde hace meses, Shun, un japonés que frecuenta las aguas filipinas y unos cuantos lugareños frecuentes.
Naturalmente, la vida en Puraran no se resume en las olas. Los que no están ahí es porque seguramente están esnorqueleando o dando paseos en bicicleta. Para explorar los alrededores le aconsejo que hable con Eddie, uno de los cuatro hijos de Elena, pescador y representante gubernamental del pueblo. La carta es muy extensa, e incluye las cascadas de Gigmoto y Sulong —las mejores de toda la isla—, o un viaje en barco para conocer las islas Panay en versión survivor, durmiendo en tienda de campaña y pescando a mano la propia comida. Todas son buenas razones para regresar a las Catanduanes y a las Filipinas, un destino que difícilmente se borrará de mi memoria.
* Traducción de María García-Moreno E.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
La manera más eficiente de llegar a Manila desde la Ciudad de México es volando primero a Hong Kong y desde ahí a las Filipinas. El regreso incluye una escala en la ciudad de Los Ángeles. La menos costosa es algo trabajosa: la línea asiática de bajo costo Air Asia (www.airasia.com) vuela a Kuala Lumpur y llega hasta Clark, una ciudad al norte de Manila; una conexión de cuatro horas puede costar 68 dólares. Desde Clark, el autobús tarda tres horas hasta una de las estaciones centrales de Manila.
CÓMO MOVERSE
POR AIRE
El vuelo desde Manila hasta Pamalican se encuentra incluido en el precio acordado con Amanpulo, que lo recibe en el aeropuerto de Manila.
Para los viajes en el interior, hacia Naga City y al regreso desde Virac, hay que utilizar la compañía aérea regional. Philippine Airlines (www.philippineairlines.com) es la única que hace este trayecto hacia Naga. En el caso de Virac, tiene que usar la línea Asian Spirit (www.asianspirit.com) que tiene su plataforma en la ciudad. Los horarios con frecuencia son alterados. Los precios más comunes se encuentran entre 100 y 135 dólares.
POR TIERRA (O MAR)
NAGA–PENÍNSULA CARAMOAN
Hay que viajar desde Naga, desde la estación de autobús. No hay razón para visitar la minúscula ciudad de Sabuang excepto para tomar el barco a Caramoan, por lo que rápidamente lo conducirán al mismo. El resto del viaje —el regreso—, sale de manera intuitiva.
NAGA–CATANDUANES
El ferry para las Catanduanes parte de la ciudad de Tobaco (3 horas). No hay conexión directa entre Naga y Tobaco. Tome el autobús de Naga City hasta Legaspi (2 horas) y de ahí finalmente hasta Tobaco (2 horas). Existen sólo dos ferries para Catanduanes, uno alrededor de las 6 de la mañana y otro a las 11 horas (confirme la salida, ya que los horarios cambian con frecuencia). Por eso, es difícil hacer este viaje en un solo día. En Legaspi y Tobaco hay hoteles, aunque sin grandes lujos.
DÓNDE DORMIR
AMANPULO
Pamalican Island
T. 63 (2) 759 4040
F. 63 (2) 759 4044
www.amanresorts.com
Habitaciones dobles a partir
de 700 dólares por noche.
Sugerimos la casita dieciocho —es realmente como de tarjeta postal—, y también la tree top número cuarenta, una de las dos casas disponibles en la zona elevada de la isla. Con la posición en lo alto se pierde un poco la privacidad, pero la vista panorámica lo compensa.
EN BICOL
MORAVILLE HOTEL
Dinaga Street, Naga City
T. 63 (54) 473 1247
F. 63 (54) 811 1685
www.moraville.com.ph
LA CASA ROA HOSTEL
Caramoan
T. 63 (54) 811 5789
Ni en el hotel ni en Gota Beach hay equipo para esnorquelear, por lo que se recomienda ampliamente traerlo desde Naga.
ELENA’S MAJESTIC
BEACH RESORT
Puraran
T. 63 (0 981) 991 109
PUTTING BAYBAY RESORT
Puraran
T. 63 (0 981) 992 220
En Puraran no hay restaurantes ni manera de cocinar. Ambos hoteles ofrecen un régimen de pensión completa, a un precio de 12 dólares por persona al día.
EN MANILA
THE PENINSULA MANILA
Ayala y Makati Avenues
T. 63 (2) 887 2888
F. 63 (2) 815 4825
http://manila.peninsula.com
Habitaciones desde 200 dólares.
QUÉ COMER
La gastronomía filipina es el resultado del encuentro entre las cocinas malaya, china y española, una combinación riquísima, con distintas variaciones regionales. Y Bicol no es la excepción. Entre los diversos platillos aconsejables, destacan el Bicol Express, a base de carne de puerco cocinada con leche de coco y pimientos verdes, y el Pinangat, con pescados o camarones envueltos en hojas de ñame y cocinados en leche de coco.
CUÁNDO IR
Aunque el clima varía bastante, el periodo entre octubre y mayo es la mejor época para viajar en las Filipinas.
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