Los Hamptons: verano estilo Manhattan
Nadie termina de conocer Nueva York hasta que conoce Los Hamptons. Pues los neoyorquinos privilegiados que uno se encuentra tomando el brunch un domingo o unos cocteles en verano, son sólo aquellos que no han logrado escaparse a Montauk, Quogue o Amagansett, los sitios de playa por excelencia de la crema y nata neoyorquina.
Por
Kristina Cordero |
junio 2007
|
Tags:
hamptons, montauk, quogue, amagansett, fin de semana
|
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ESCENA: HELADERÍA, EAST HAMPTON, 1987
Dramatis personae: mesera adolescente, estrella de cine, acompañante de estrella de cine.
Galán de cine y acompañante femenino irrumpen en heladería de East Hampton, a las 4 de la tarde, en plena faena postplaya. Una cola de veinte personas queda sin palabras al ver al galán en persona. En bañador y camiseta, y con las piernas semicubiertas de arena, el galán, sin mirar a los otros clientes, se coloca delante de ellos.
MESERA: Disculpe, pero hay cola.
GALÁN [haciéndose el desorientado]: Ah, sí, sí. [Se coloca al final de la cola mientras su acompañante sale para curiosear en una tienda cercana. Los demás clientes siguen boquiabiertos, sin querer mirar de manera directa a la estrella en su presencia].
GALÁN [gritando a su acompañante]: ¡Oye, no te vayas! ¡Nos va a tocar! Mierda…
[Pasan unos minutos silenciosos hasta que le llega el turno al galán].
MESERA: ¿En qué le puedo ayudar?
GALÁN: Mira, para mí un helado de chocolate, y para ella…[gritando] ¡Oye! ¡Te lo dije! ¡Te toca!
MESERA: Disculpe, pero no es usted el actor…
GALÁN: Ya, ya, pero mira, no firmo autógrafos, estoy de vacaciones y necesito mantener mi intimidad, ¿entiendes?
Ésa fue mi primera lección, aprendida a la edad de quince años, de “cómo portarse delante de las estrellas”. No las mires, ni les hagas caso; reconocer su identidad y —horror— pedirles un autógrafo es de gente vulgar. Mucho mejor es fingir que todos los días te encuentras cara a cara con los astros de la pantalla grande, fingir que eres uno de ellos.
Bienvenidos a Los Hamptons, balneario preferido de cantantes, magnates, políticos y ricachones neoyorquinos de todo tipo. En Los Hamptons, aunque no necesariamente famoso, todo mundo es importante. O por lo menos eso cree. Ésa fue tal vez la segunda lección que aprendí trabajando en aquella heladería durante seis veranos de mi vida adolescente.
The Hamptons, para aclarar, es un término usado para identificar a un grupo de pueblos en el extremo oriente de Long Island, la isla que se extiende hacia el este desde Queens, ubicada al otro lado de la ribera este del río de Manhattan. Técnicamente, para ser un “hampton”, el pueblo tiene que llevar la palabra en su nombre —East Hampton, Bridgehampton, Southampton— pero también están Watermill, Amagansett, Springs y Sag Harbor que, por cercanía e historia compartida, ya han sido incorporados al concepto Hamptons. Es decir, pueblos al borde del Océano Atlántico. En rigor, Sag Harbor no cuenta porque no tiene el nombre y es de bahía, pero es tan lindo y sus bienes raíces tan preciados, que a estas alturas forma parte de la colectividad. Y Westhampton, que técnicamente tendría que incluirse —tiene playas hermosas en el océano— es como el pariente pobre de los otros pueblos más elegantes. Conclusión: Los Hamptons es un estado mental. Y, para entenderlos —su atractivo, su psicología, su patología— hay que entender primero un par de cosas sobre Nueva York, ciudad que queda a dos horas y media (si el tráfico no colapsa las carreteras).
Primero: en Nueva York nadie tiene tiempo para nada. Ni para ver a sus amigos: hasta con tu mamá tienes que pedir cita. Segundo, el tiempo es dinero. Y en Los Hamptons, a nadie le molesta pagar lo que sea con tal de ahorrarse problemas y pasársela regio. ¿4.99 dólares por una baguette con romero y aceitunas negras? ¿3200 dólares para que un campamento de verano recoja a tu hijo todos los días y puedas ir a la playa tranquilo? ¿160 dólares para un facial dermo reconstructor? El dinero no suele ser impedimento para los residentes veraniegos de Los Hamptons, inmortalizados en todo tipo de películas y teleseries, desde Sexo en la ciudad hasta Mejor imposible. ¿Cómo podría serlo, si el precio promedio para una casa aquí ronda los tres millones de dólares? Así que, para recapitular: tiempo y dinero. La falta de uno y la sobra de otro.
Pero no siempre fue así. En el siglo XVII, los pueblos de Southampton e East Hampton fueron los primeros asentamientos ingleses de Nueva York, fundados por unos pobladores muy valientes: en aquella época aún había tribus montaukett, shinnecock y manaste en la zona. Su máximo jefe, Wyandanch, acabó vendiendo sus tierras a un inglés que le salvó el pellejo cuando entró en guerra con la tribu de los pequots, del actual estado de Massachusetts. Poco rastro queda de esta herencia, aparte de una pequeña reserva de la nación Shinnecock en Southampton, que está abogando por construir un casino. Pero los nombres de muchos lugares de por aquí, derivados del algonquino —Montauk, Amagansett, Sagaponack, Quogue— siguen recordando a los habitantes de estas tierras antes de que Lion Gardiner le diera a Wyandanch un perro, un poco de pólvora y unas mantas, a cambio de una isla en la bahía de Napeague que hasta el día de hoy sigue perteneciendo a su familia, una de las más prominentes del pueblo.
Pero si Los Hamptons entonces vivían principalmente de la agricultura y la pesca, hacia finales del siglo XVII el pueblo de Sag Harbor se convirtió en el principal puerto ballenero de Nueva York, pues era el único con aguas suficientemente profundas para soportar el peso de los barcos que zarpaban en busca de ballenas —muertas y vivas— cuya carne y aceite traían incontables riquezas a la zona. Su época de gloria, entre 1820 y 1850, coincidió con la primera oleada de neoyorquinos adinerados —principalmente anglosajones protestantes— que construyeron mansiones cerca del mar en los pueblos de East Hampton y Southampton. En extremo exclusiva, esta comunidad incluía a la familia de Jackie Kennedy Onassis, quien pasó, desde su infancia, los veranos en East Hampton.
Los dueños de muchas de las mansiones más nobles de la zona fueron, a finales del siglo XIX, fundadores de clubs exclusivos como el Maidstone Club de East Hampton y el Southampton Bath and Tennis Club, que siguen existiendo hasta el día de hoy, cerrando sus puertas a todos los que no tienen la alcurnia para ser miembros —y eso incluyó a Bill Clinton, cuya petición de jugar al golf en el Maidstone Club (mientras era presidente) fue rotundamente denegada.
Y fue justo por esa cerrazón que, durante la primera mitad del siglo XX, no pasaba gran cosa en estos pueblos, salvo intramuros, en esas casas grandes de neoyorquinos que traían todo desde Manhattan, y entre la pequeña población local, mayormente formada por gente de clase media, cristianos en su mayoría, que vivían de sus campos de papas y maíz, jardines de tomates y calabazas, y las aguas frías del Atlántico Norte que producía —y sigue produciendo— algunos de los pescados y mariscos más ricos del país. Las grandes extensiones de bosques más alejadas del Atlántico estaban casi vírgenes y la vida tranquila que tanto les gustaba a los aristócratas neoyorquinos no atraía para nada a los ricos y famosos de Hollywood.
Y, en esa era, que ahora parece prehistórica, los nuevos intrépidos que vinieron a Los Hamptons fueron unos artistas que se enamoraron de la luz, que parecía bailar sobre el mar y los bosques. Varios de ellos vinieron a East Hampton y nunca volvieron a la ciudad, y el cementerio Green River en la aldea de Springs es el lugar de descanso de muchos.
Es la misma historia de siempre: los artistas, en busca de paz y tranquilidad, encuentran el lugar donde nadie más vive —por distancia, falta de comodidades o simple falta de imaginación— y queriéndolo o no, transforman el lugar en el lugar. “El lugar donde hay que estar si eres (o pretendes ser) alguien.” Llegaron, entonces, y vivieron aquí felices junto con los tomates, los ciervos y la población local hasta los años ochenta, cuando la gente que el escritor Tom Wolfe llamó “maestros del universo” en La hoguera de las vanidades llegó en masa y llenó las carreteras con Jaguares, BMWs y Mercedes.
Entonces, en los que alguna vez fueron pueblos con mucho encanto, puestos de diarios, sandwicherías italianas, tiendas de ropa para señoras y restaurantes chinos malos se vieron reemplazados por mercados gourmet y tiendas de ropa estilo St. Tropez.
Tener casa de verano aquí es motivo de orgullo. Hace un siglo, los que veraneaban en estas partes venían de la más alta capa de la sociedad neoyorquina, estrictamente anglosajona. Los pueblos fueron fundados a mediados del siglo XVII por agricultores y pescadores de la colonia de Connecticut, y aún se sigue percibiendo un aire de Nueva Inglaterra en las casas (hay varias intactas de esa época) y las iglesias blancas e imponentes que encajarían perfectamente en La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. Para los nuevos ricos, muchos de ellos hijos y nietos de inmigrantes que llegaron al país a comienzos del siglo XX, penetrar este entorno —antes impensable para ellos— es una dulce satisfacción. No hay placer más grande para ellos que jugar tenis, practicar equitación, comer bien, vestirse bien y decorar sus casas al estilo Ralph Lauren —que tiene casa aquí también—. No es infrecuente escuchar a los residentes de verano decir que Los Hamptons es “el paraíso”. Y claro, es el paraíso para quien quiera alcanzar ese sueño americano, que aquí parece plasmado con el mejor gusto posible: las casas más viejas del pueblo, en Main Street y James Lane, que van de los siglos XVII al XIX, son clásicas estructuras norteamericanas de madera cubiertas por roof shingles, esas tejas planas y delgadas de madera superpuestas en la fachada; porches con mecedoras y muebles de mimbre y, al frente, las típicas extensiones de pasto verde. Tal vez el paradigma de la arquitectura clásica de Los Hamptons es “Home Sweet Home”, una casa estilo saltbox (con techo en dos aguas, alargado por detrás) en 18 James Lane, cubierta con tejas shingles marrón, con un molino de viento detrás, las dos estructuras de finales del siglo XVII.
Los años veinte del siglo XX trajeron muros de piedra y estuco, como se puede apreciar en la iglesia episcopal (anglicana) de St. Luke y en 18 James Lane y, para los años treinta, se empezó a construir con ladrillos, muchas veces pintados de blanco para encajar con el aire de Nueva Inglaterra de la zona. Guild Hall, construido en 1931 como teatro, galería de arte y centro comunitario, en 158 Main Street de East Hampton, es un precioso ejemplo de esto, y las calles principales de Southampton, Main Street y Jobs Lane, están llenas de estructuras de ladrillo blanco de mediados del siglo XIX.
En todos los pueblos abundan los olmos, robles, arces y cedros, que ofrecen su sombra en los jardines de las casas privadas y en los espacios públicos. Más lejos, hacia la zona de las bahías, hay bosques de pino blanco y roble. Sin embargo, lo que realmente atrae a los residentes de verano son las playas, que son algunas de las más lindas del Atlántico Norte.
LAS PLAYAS DESGLOSADAS
He subido y bajado la costa este de Estados Unidos desde Maine hasta Florida, y puedo afirmar que las playas de Los Hamptons son superiores. Por varios motivos. Primero, la arena. Ni pegajosa, ni apelmazada ni llena de piedritas. Grandes extensiones de arena blanca, limpia, pura, infinita. Segundo: las leyes de construcción aquí son muy estrictas y edificios tipo Miami Beach están terminantemente prohibidos, así que las playas están libres de comercios, carreteras y basura. Tercero: el océano es el océano, con olas de verdad; ni tan altas como para asustar, ni tampoco tan pequeñas como para aburrir. El agua color azul-de-medianoche es fría, pero no es el frío polar del Pacífico. Yo he pasado horas y horas en las olas durante los largos días soleados de julio y agosto. Cuarto: como Long Island se extiende de oeste a este, nunca acabas de espaldas al agua. Empiezas el día mirando arena, al mediodía estás frente al agua y al final puedes ver la puesta del sol sobre la arena; no sobre el estacionamiento, como ocurre en otros balnearios. Quinto: las playas están abiertas al público. O sea, los propietarios de casas frente al mar no pueden impedirle a nadie el paso. De modo que, a pesar de la exclusividad predominante, se guarda cierto espíritu democrático respecto al océano. Además los estacionamientos no son grandes, porque esto tampoco es Coney Island. Hay que llegar temprano para conseguir sitio y tener paciencia. O bicicleta.
En Amagansett, las playas de Atlantic Avenue Beach e Indian Wells tienen la mencionada arena blanca, baños y dos o tres puestos para comprar agua, bebidas y sándwiches, y las dunas son parte de una reserva ecológica que prohíbe incluso la construcción de casas. La playa al oeste de Indian Wells, Two Mile Hollow, no tiene puestos ni baño, pero es mucho más tranquila. Conocida como la playa gay, hay un poco de nudismo light, y mujeres y hombres por igual.
En East Hampton, las playas emblemáticas son Main Beach y Georgica. La primera, más social y bulliciosa, tiene snack-bar y cabañas para residentes, y la segunda es toda calma excepto por los surfistas.
La extensión entre las dos, de unos dos kilómetros, es una caminata preciosa que permite ver algunas de las casas más impresionantes de la zona. También hay playas bonitas y no demasiado llenas al final de Old Beach Lane, Highway Behind the Pond (detrás de Egypt Lane en East Hampton) y, más allá, al final de Beach Lane en Wainscott, Ocean Road en Bridgehampton, y Mecox Road en Watermill, que pertenecen a la municipalidad de Southampton.
EN CASO DE LLUVIA ATLÁNTICA
Para muchos, la playa es la razón de ser de Los Hamptons. Vienen por y para la playa. Conozco algunos veteranos que, al llegar el verano, se instalan a las diez de la mañana y no se mueven hasta las cuatro de la tarde. Pero sería una pena venir aquí y no conocer los otros encantos de la zona. Además siempre hay que tener un plan B por si hay lluvia o nubes, o por si uno no quiere tostarse el día entero.
Al formular un plan no-playero, nunca hay que olvidar que estamos en Nueva York y que los neoyorquinos son gente nerviosa, inquieta, con ganas de aprovechar cada momento del tiempo que les toca en el planeta. Y si no están en la playa aprovechando el sol, en general sienten la necesidad de hacer algo: trotar, navegar, nadar, andar en bicicleta; y luego están las clases.
Allá por los años ochenta del siglo XX, las clases de tenis y equitación estaban de moda, y algunos siguen practicando esos deportes: se les puede ver sudados y empolvados a las 11 de la mañana, entrando a desayunar al Amagansett Farmers Market en Amagansett, o comprando su bagel con café en el mercado gourmet Citarella en East Hampton, o un muffin en el Golden Pear de Bridgehampton. Pero ésos son deportes más bien clásicos.
Hoy día, si quieres sudar un poco y hacerlo al lado de una supermodelo, lo mejor que puedes hacer es tomar una clase de yoga. Las mejores son las de Yoga Shanti en Sag Harbor, un poco más allá del viejo cine del pueblo (cuya fachada recién restaurada fue pagada por el actor Alan Alda y su esposa). Con un espacio atractivo y luminoso, y profesores atractivos y luminosos, Yoga Shanti es gestionado por una pareja de yogis estrellas, pero el ambiente está, curiosa y gratamente, libre de la pretensión insufrible de algunos centros de yoga en Manhattan. En Amagansett está el centro de Yoga Mandala (www.mandalayoga.com) y en Southampton el Ananda Yoga and Wellness Center (www.anan dayogawellness.com), que además ofrece masajes, reiki y una carta completa de talleres, retiros y actividades.
Con los años, Los Hamptons se ha ido pareciendo cada vez más a Palm Beach, Beverly Hills o Bermuda. Con una excepción: la lluvia. Cuando llueve, te acuerdas de que estás en el miserable noreste americano. Sin corriente de Humboldt ni microclima, Los Hamptons es ese tipo de lugar adonde llegas con ropa diáfana y sandalias, y a veces acabas poniéndote la única camisa de manga larga que metiste en la maleta en un momento de lucidez cuando pensaste “por si acaso”. Pero aun si esto sucede, no hay que desesperarse, porque hay varios panoramas que aprovechar.
El más obvio es el de las compras. Cada año, más y más tiendas de Manhattan abren sucursales aquí. Como los pueblos son básicos, con sólo una o dos calles principales, las rutas son extremadamente sencillas y el tiempo de compras se rentabiliza mucho mejor que en la Gran Manzana.
Los dos pueblos principales para esta actividad son East Hampton y Southampton. Empezando en el extremo sur de Main Street del primero, están marcas conocidas como Coach, Tiffany, Cynthia Rowley, BCBG Max Azria y Ralph Lauren, además de tiendas particulares como la lencería exclusiva Bonne Nuit, la zapatería Shoe Inn y Cashmere Hampton. Este verano, Gucci y Elie Tahari están también por llegar. En Newtown Lane están las tiendas de Donna Karan, Calypso, Scoop y Jonathan Adler.
En Main Street de Southampton, están Intermix, Saks Fifth Avenue, Max Studio, Lilly Pulitzer, así como Villeroy & Boch para vajillas, Hayama para antigüedades japonesas, Sant Ambroeus para exquisita repostería italiana y el Village Cheese Shop para quesos riquísimos.
Y por supuesto hay también actividades no consumistas. En los últimos años se han empezado a cultivar viñedos en estas partes y varias bodegas locales ofrecen visitas a sus instalaciones. Están Duck Walk Vineyards, en Watermill, y Channing Daughters Winery, en Bridgehampton. Este último es un viñedo dedicado a la producción artesanal que ofrece degustación, pero no visitas. Wölffer, en Sagaponack (una aldea entre la carretera 27 y la playa, cerca de East Hampton), ofrece todo: visitas, degustación y hasta un campo inmenso con establos y clases de equitación.
Otra opción, tal vez la más interesante de todas, es visitar el Pollock-Krasner House & Study Center en la aldea de Springs, a unos 13 kilómetros del pueblo de East Hampton. Aquí está la casa donde el expresionista abstracto Jackson Pollock vivió con su mujer, la artista Lee Krasner, desde 1946 hasta 1956, cuando murió en un accidente de circulación en el cruce entre Springs Fireplace Road y Three Mile Harbor Road. La casa y el estudio —que pueden visitarse en los meses de primavera y verano— han sido preservados tal y como eran en su momento, con los botes de café donde Pollock guardaba sus brochas, sus materiales de trabajo y la pintura todavía desparramada sobre el piso.
En ese barrio frondoso y sencillo también vivió el pintor Willem de Kooning, en la cercana Woodbine Road, y en Accabonac Road está el Green River Cemetery, lugar de descanso de Pollock, Stuart Davis, Ad Reinhardt y otros artistas, además de todo un panteón de figuras culturales neoyorquinas: el poeta Frank O’Hara, el director de cine Alan Pakula, el escritor gastronómico Pierre Franey y varios otros.
Springs, que también tiene unas bahías preciosas, como Louse Point y Gerard Drive, puede ser una excursión para toda una tarde, y es especialmente agradable para los que se cansan de la movida en East Hampton. Aquí está, además, la cena más barata del pueblo: Pizza ‘n Things, la pizzería “de toda la vida” de la zona, convenientemente ubicada junto al Springs Liquor Store, que tiene una muy respetable selección de vinos. En ese mismo código postal también está Longhouse, un jardín de esculturas y centro artístico que organiza todo tipo de encuentros culturales y que tiene instalaciones permanentes de artistas como Willem De Kooning, Roy Lichtenstein, Alfonso Ossorio y Yoko Ono en su frondoso recinto.
COMER: OTRO DEPORTE FAVORITO
Llegada la hora de comer, lo bueno de Los Hamptons es que no hace falta sol, ni buen tiempo, ni forzosamente tanto dinero para pasarla bien. Pero hace falta un poco de estrategia.
Primero hay que elegir el restaurante: cocina italiana en Nick & Toni’s, en East Hampton; cocina hamptons (carne, pescado local, todo con toques creativos) en Della Femina, en East Hampton o Alison en Bridgehampton; cocina americana clásica y elegante, con vista a la bahía, en East Hampton Point, en Springs; o el American Hotel de Sag Harbor. Pero nada de esto se consigue tan fácilmente: una buena cena, con dificultad cuesta menos de 75 dólares por persona y hay que reservar, como mínimo, con un mes de antelación.
Lo bueno es que existe el lado B de Los Hamptons, que de B tampoco tiene mucho: yo me he codeado con Chevy Chase, Paul Simon, Paul McCartney, Matthew Broderick, Sally Field, Billy Joel, Eli Wallach, e incluso el recién desaparecido Kurt Vonnegut en los lugares más inesperados. Como Fierro’s, otra pizzería “de toda la vida” de East Hampton; la Bridgehampton Candy Kitchen, una cafetería-diner que sirve hamburguesas y huevos revueltos; The Golden Pear, un café con sándwiches para llevar; Lobster Roll Lunch, un chiringuito en la carretera que sirve sólo pescado frito y ensalada de langosta; y Villa Italian Specialties, una sandwichería italiana.
Uno nunca sabe. Y eso es parte del encanto de Los Hamptons: aunque a veces parezca un Manhattan transportado al este, realmente es un lugar donde la gente viene para escaparse, para estar un poco más tranquila, para disfrutar. ¿Son pretenciosos? A veces sí. ¿Les gusta lucir su riqueza? Pues sí. ¿Puede ser un poco ridículo? Sí.
Pero también es un lugar de una belleza natural abrumadora, y una historia más interesante y variopinta de lo que uno podría pensar. Y por cada galán de cine engreído y antipático que se hace el pesado con meseras de heladerías, hay otro que entra sin pretensiones, espera tranquilamente en la cola, sonríe y tira un piropo a la salidaπ
DÓNDE DORMIR
Entre mayo y septiembre el alojamiento suele ser exorbitante, pero en otoño o primavera la mayoría de los hoteles bajan sus precios, y los pueblos son más tranquilos. El entorno natural es igualmente bonito todo el año, aunque en invierno Los Hamptons está completamente vacío.
THE HUNTTING INN
94 Main Street, East Hampton
T. (631) 324 0411
Habitaciones dobles desde
295 dólares.
Una casa tradicional con los clásicos toques de Los Hamptons: porche cerrado, jardín inglés, muebles tapizados en chintz (estampado floral en tela de algodón) y un desayuno abundante.
1770 HOUSE
143 Main Street, East Hampton
T. (631) 324 1770
Habitaciones entre 300 y 600 dólares en temporada alta.
Este edificio de 1663 ha sido posada desde 1770, y el hotel actual es antiguo en todo lo importante —decoración, adornos, ambiente— y moderno donde cuenta más: sábanas Frette, televisiones último modelo, desayunos suntuosos. Su restaurante es para los que quieren una experiencia aristocrática como la de Los Hamptons de antes.
DÓNDE COMER
DELLA FEMINA
99 North Main Street
East Hampton
T. (631) 329 6666
www.dellafemina.com
De septiembre a marzo, lunes a sábados de 17:30 a 21:30 horas; de abril a octubre, domingos a jueves de 18 a 22 horas, viernes y sábados de 18 a 23 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares por persona.
Es el lugar para ver y ser visto. La carta es una mezcla de cocina italiana y hamptons, es decir, pescado, mariscos y verduras locales, siempre con un swing neoyorquino. Son excelentes el foie gras con manzanas del lugar y el pollo orgánico con salsa de jengibre.
NICK AND TONI’S
136 North Main Street
East Hampton
T. (631) 324 3550
www.nickandtonis.com
Miércoles a domingos desde las 18 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares por persona.
Éste es otro lugar obligado para cenar, en un ambiente tosco, pizzas, pastas y una selección de pescados locales.
EAST HAMPTON POINT
295 Three Mile Harbor Road
East Hampton
T. (631) 329 2800
www.easthamptonpoint.com
De octubre a mayo, viernes y sábados de 18 a 22 horas; domingos, brunch de 12 a 17 horas; de junio a septiembre, todos los días de 12 a 22 horas.
Es un gran lugar para tomar un trago y ver la puesta del sol sobre la bahía. Tiene un restaurante formal adentro y uno más informal al aire libre. La cocina es americana clásica, con especial atención a los mariscos y pescados, y el ambiente náutico sintoniza perfectamente con el espléndido panorama natural del agua y los bosques de atrás.
ALISON
95 School Street, Bridgehampton
T. (631) 537 7100
Martes, jueves y domingos, de 17:30 a 22:30 horas; viernes y sábados de 17:30 a 23 horas.
Bar abierto todos los días desde las 16:30 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares.
Sucesor del adorado y desaparecido Alison’s on Dominick de Manhattan, su especialidad son los pescados y mariscos locales con mezclas curiosas: lubina con hinojo y chorizo, salmón con coliflor y champiñones trompeta.
LOBSTER ROLL, “LUNCH”
1980 Montauk Highway Amagansett
T. (631) 267 3740
Abre sólo de mayo a septiembre. De mayo a junio, de viernes a domingos desde las 11:30 horas; julio y agosto, todos los días desde las 11:30 horas.
Cena completa, alrededor
de 30 dólares por persona.
Es la antítesis de los cuatro anteriores: una cafetería al borde de la carretera entre Montauk y Amagansett, con el pescado frito y el clam chowder (crema de almeja) más célebres de Los Hamptons. Su plato epónimo consiste en trozos de langosta mezclados con apio, mayonesa y especias, servidos sobre un pan de hot dog.
BRIDGEHAMPTON CANDY KITCHEN
Main Street, esquina
School Street
Bridgehampton
T. (631) 537 9885
Diario de 7 a 19 horas, en julio y agosto hasta las 21 horas.
Una auténtica luncheonette (merendero) a la antigua, con hamburguesas, sándwiches, omelettes y papas fritas, todo a precios muy poco Hamptons.
PIZZA ‘N THINGS
841 Springs Fireplace Road
T. (631) 324 7974
Abierto de miércoles a lunes,
de 11:30 a 21 horas; una hora más tarde los viernes y sábados.
La clásica pizzería de Springs: pepperoni, salchicha, cebolla, además de heros (sándwiches gordísimos en pan italiano), pastas, sopas y postres.
YOGA
YOGA SHANTI
23 Washington Street,
Sag Harbor
T. (631) 725 6424
www.yogashanti.com
VIÑEDOS
DUCK WALK VINEYARDS
231 Montauk Highway, Watermill
T. (631) 726 7555
www.duckwalk.com
Abierto todos los días para degustación de 11 a 17 horas. Tours en verano los sábados y domingos a las 14 y 16 horas.
CHANNING DAUGHTERS WINERY
1927 Scuttlehole Road Bridgehampton
T. (631) 537 7224
www.channingdaughters.com
Sólo degustación, no ofrecen visitas a los viñedos.
De mayo a agosto, abierto todos los días de 11 a 17 horas. De septiembre a abril, de jueves a lunes, de 11 a 17 horas. Se recomienda llegar antes de las 16:30 para poder hacer una degustación completa.
OTRAS ACTIVIDADES
WÖLFFER ESTATE STABLES
41 Narrow Lane East
Sagaponack
T. (631) 537 2879
wolfferstables.com
Clases de equitación, una hora en grupo, 75 dólares por persona. Clases individuales, una hora de 125 a 165 dólares; media hora de 80 a 110 dólares, según el profesor.
MUSEOS
POLLOCK-KRASNER HOUSE AND STUDY CENTER
830 Fireplace Road, Springs
T. (631) 324 4929
http://naples.cc.sunysb.edu/CAS/pkhouse.nsf
Abierto sólo entre mayo y octubre, de jueves a sábados.
Costo: 10 dólares.
LONGHOUSE
133 Hands Creek Road
East Hampton
T. (631) 329 3568
www.longhouse.org
Abierto miércoles y sábado de 14 a 17 horas, entre abril y septiembre.
Dramatis personae: mesera adolescente, estrella de cine, acompañante de estrella de cine.
Galán de cine y acompañante femenino irrumpen en heladería de East Hampton, a las 4 de la tarde, en plena faena postplaya. Una cola de veinte personas queda sin palabras al ver al galán en persona. En bañador y camiseta, y con las piernas semicubiertas de arena, el galán, sin mirar a los otros clientes, se coloca delante de ellos.
MESERA: Disculpe, pero hay cola.
GALÁN [haciéndose el desorientado]: Ah, sí, sí. [Se coloca al final de la cola mientras su acompañante sale para curiosear en una tienda cercana. Los demás clientes siguen boquiabiertos, sin querer mirar de manera directa a la estrella en su presencia].
GALÁN [gritando a su acompañante]: ¡Oye, no te vayas! ¡Nos va a tocar! Mierda…
[Pasan unos minutos silenciosos hasta que le llega el turno al galán].
MESERA: ¿En qué le puedo ayudar?
GALÁN: Mira, para mí un helado de chocolate, y para ella…[gritando] ¡Oye! ¡Te lo dije! ¡Te toca!
MESERA: Disculpe, pero no es usted el actor…
GALÁN: Ya, ya, pero mira, no firmo autógrafos, estoy de vacaciones y necesito mantener mi intimidad, ¿entiendes?
Ésa fue mi primera lección, aprendida a la edad de quince años, de “cómo portarse delante de las estrellas”. No las mires, ni les hagas caso; reconocer su identidad y —horror— pedirles un autógrafo es de gente vulgar. Mucho mejor es fingir que todos los días te encuentras cara a cara con los astros de la pantalla grande, fingir que eres uno de ellos.
Bienvenidos a Los Hamptons, balneario preferido de cantantes, magnates, políticos y ricachones neoyorquinos de todo tipo. En Los Hamptons, aunque no necesariamente famoso, todo mundo es importante. O por lo menos eso cree. Ésa fue tal vez la segunda lección que aprendí trabajando en aquella heladería durante seis veranos de mi vida adolescente.
The Hamptons, para aclarar, es un término usado para identificar a un grupo de pueblos en el extremo oriente de Long Island, la isla que se extiende hacia el este desde Queens, ubicada al otro lado de la ribera este del río de Manhattan. Técnicamente, para ser un “hampton”, el pueblo tiene que llevar la palabra en su nombre —East Hampton, Bridgehampton, Southampton— pero también están Watermill, Amagansett, Springs y Sag Harbor que, por cercanía e historia compartida, ya han sido incorporados al concepto Hamptons. Es decir, pueblos al borde del Océano Atlántico. En rigor, Sag Harbor no cuenta porque no tiene el nombre y es de bahía, pero es tan lindo y sus bienes raíces tan preciados, que a estas alturas forma parte de la colectividad. Y Westhampton, que técnicamente tendría que incluirse —tiene playas hermosas en el océano— es como el pariente pobre de los otros pueblos más elegantes. Conclusión: Los Hamptons es un estado mental. Y, para entenderlos —su atractivo, su psicología, su patología— hay que entender primero un par de cosas sobre Nueva York, ciudad que queda a dos horas y media (si el tráfico no colapsa las carreteras).
Primero: en Nueva York nadie tiene tiempo para nada. Ni para ver a sus amigos: hasta con tu mamá tienes que pedir cita. Segundo, el tiempo es dinero. Y en Los Hamptons, a nadie le molesta pagar lo que sea con tal de ahorrarse problemas y pasársela regio. ¿4.99 dólares por una baguette con romero y aceitunas negras? ¿3200 dólares para que un campamento de verano recoja a tu hijo todos los días y puedas ir a la playa tranquilo? ¿160 dólares para un facial dermo reconstructor? El dinero no suele ser impedimento para los residentes veraniegos de Los Hamptons, inmortalizados en todo tipo de películas y teleseries, desde Sexo en la ciudad hasta Mejor imposible. ¿Cómo podría serlo, si el precio promedio para una casa aquí ronda los tres millones de dólares? Así que, para recapitular: tiempo y dinero. La falta de uno y la sobra de otro.
Pero no siempre fue así. En el siglo XVII, los pueblos de Southampton e East Hampton fueron los primeros asentamientos ingleses de Nueva York, fundados por unos pobladores muy valientes: en aquella época aún había tribus montaukett, shinnecock y manaste en la zona. Su máximo jefe, Wyandanch, acabó vendiendo sus tierras a un inglés que le salvó el pellejo cuando entró en guerra con la tribu de los pequots, del actual estado de Massachusetts. Poco rastro queda de esta herencia, aparte de una pequeña reserva de la nación Shinnecock en Southampton, que está abogando por construir un casino. Pero los nombres de muchos lugares de por aquí, derivados del algonquino —Montauk, Amagansett, Sagaponack, Quogue— siguen recordando a los habitantes de estas tierras antes de que Lion Gardiner le diera a Wyandanch un perro, un poco de pólvora y unas mantas, a cambio de una isla en la bahía de Napeague que hasta el día de hoy sigue perteneciendo a su familia, una de las más prominentes del pueblo.
Pero si Los Hamptons entonces vivían principalmente de la agricultura y la pesca, hacia finales del siglo XVII el pueblo de Sag Harbor se convirtió en el principal puerto ballenero de Nueva York, pues era el único con aguas suficientemente profundas para soportar el peso de los barcos que zarpaban en busca de ballenas —muertas y vivas— cuya carne y aceite traían incontables riquezas a la zona. Su época de gloria, entre 1820 y 1850, coincidió con la primera oleada de neoyorquinos adinerados —principalmente anglosajones protestantes— que construyeron mansiones cerca del mar en los pueblos de East Hampton y Southampton. En extremo exclusiva, esta comunidad incluía a la familia de Jackie Kennedy Onassis, quien pasó, desde su infancia, los veranos en East Hampton.
Los dueños de muchas de las mansiones más nobles de la zona fueron, a finales del siglo XIX, fundadores de clubs exclusivos como el Maidstone Club de East Hampton y el Southampton Bath and Tennis Club, que siguen existiendo hasta el día de hoy, cerrando sus puertas a todos los que no tienen la alcurnia para ser miembros —y eso incluyó a Bill Clinton, cuya petición de jugar al golf en el Maidstone Club (mientras era presidente) fue rotundamente denegada.
Y fue justo por esa cerrazón que, durante la primera mitad del siglo XX, no pasaba gran cosa en estos pueblos, salvo intramuros, en esas casas grandes de neoyorquinos que traían todo desde Manhattan, y entre la pequeña población local, mayormente formada por gente de clase media, cristianos en su mayoría, que vivían de sus campos de papas y maíz, jardines de tomates y calabazas, y las aguas frías del Atlántico Norte que producía —y sigue produciendo— algunos de los pescados y mariscos más ricos del país. Las grandes extensiones de bosques más alejadas del Atlántico estaban casi vírgenes y la vida tranquila que tanto les gustaba a los aristócratas neoyorquinos no atraía para nada a los ricos y famosos de Hollywood.
Y, en esa era, que ahora parece prehistórica, los nuevos intrépidos que vinieron a Los Hamptons fueron unos artistas que se enamoraron de la luz, que parecía bailar sobre el mar y los bosques. Varios de ellos vinieron a East Hampton y nunca volvieron a la ciudad, y el cementerio Green River en la aldea de Springs es el lugar de descanso de muchos.
Es la misma historia de siempre: los artistas, en busca de paz y tranquilidad, encuentran el lugar donde nadie más vive —por distancia, falta de comodidades o simple falta de imaginación— y queriéndolo o no, transforman el lugar en el lugar. “El lugar donde hay que estar si eres (o pretendes ser) alguien.” Llegaron, entonces, y vivieron aquí felices junto con los tomates, los ciervos y la población local hasta los años ochenta, cuando la gente que el escritor Tom Wolfe llamó “maestros del universo” en La hoguera de las vanidades llegó en masa y llenó las carreteras con Jaguares, BMWs y Mercedes.
Entonces, en los que alguna vez fueron pueblos con mucho encanto, puestos de diarios, sandwicherías italianas, tiendas de ropa para señoras y restaurantes chinos malos se vieron reemplazados por mercados gourmet y tiendas de ropa estilo St. Tropez.
Tener casa de verano aquí es motivo de orgullo. Hace un siglo, los que veraneaban en estas partes venían de la más alta capa de la sociedad neoyorquina, estrictamente anglosajona. Los pueblos fueron fundados a mediados del siglo XVII por agricultores y pescadores de la colonia de Connecticut, y aún se sigue percibiendo un aire de Nueva Inglaterra en las casas (hay varias intactas de esa época) y las iglesias blancas e imponentes que encajarían perfectamente en La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne. Para los nuevos ricos, muchos de ellos hijos y nietos de inmigrantes que llegaron al país a comienzos del siglo XX, penetrar este entorno —antes impensable para ellos— es una dulce satisfacción. No hay placer más grande para ellos que jugar tenis, practicar equitación, comer bien, vestirse bien y decorar sus casas al estilo Ralph Lauren —que tiene casa aquí también—. No es infrecuente escuchar a los residentes de verano decir que Los Hamptons es “el paraíso”. Y claro, es el paraíso para quien quiera alcanzar ese sueño americano, que aquí parece plasmado con el mejor gusto posible: las casas más viejas del pueblo, en Main Street y James Lane, que van de los siglos XVII al XIX, son clásicas estructuras norteamericanas de madera cubiertas por roof shingles, esas tejas planas y delgadas de madera superpuestas en la fachada; porches con mecedoras y muebles de mimbre y, al frente, las típicas extensiones de pasto verde. Tal vez el paradigma de la arquitectura clásica de Los Hamptons es “Home Sweet Home”, una casa estilo saltbox (con techo en dos aguas, alargado por detrás) en 18 James Lane, cubierta con tejas shingles marrón, con un molino de viento detrás, las dos estructuras de finales del siglo XVII.
Los años veinte del siglo XX trajeron muros de piedra y estuco, como se puede apreciar en la iglesia episcopal (anglicana) de St. Luke y en 18 James Lane y, para los años treinta, se empezó a construir con ladrillos, muchas veces pintados de blanco para encajar con el aire de Nueva Inglaterra de la zona. Guild Hall, construido en 1931 como teatro, galería de arte y centro comunitario, en 158 Main Street de East Hampton, es un precioso ejemplo de esto, y las calles principales de Southampton, Main Street y Jobs Lane, están llenas de estructuras de ladrillo blanco de mediados del siglo XIX.
En todos los pueblos abundan los olmos, robles, arces y cedros, que ofrecen su sombra en los jardines de las casas privadas y en los espacios públicos. Más lejos, hacia la zona de las bahías, hay bosques de pino blanco y roble. Sin embargo, lo que realmente atrae a los residentes de verano son las playas, que son algunas de las más lindas del Atlántico Norte.
LAS PLAYAS DESGLOSADAS
He subido y bajado la costa este de Estados Unidos desde Maine hasta Florida, y puedo afirmar que las playas de Los Hamptons son superiores. Por varios motivos. Primero, la arena. Ni pegajosa, ni apelmazada ni llena de piedritas. Grandes extensiones de arena blanca, limpia, pura, infinita. Segundo: las leyes de construcción aquí son muy estrictas y edificios tipo Miami Beach están terminantemente prohibidos, así que las playas están libres de comercios, carreteras y basura. Tercero: el océano es el océano, con olas de verdad; ni tan altas como para asustar, ni tampoco tan pequeñas como para aburrir. El agua color azul-de-medianoche es fría, pero no es el frío polar del Pacífico. Yo he pasado horas y horas en las olas durante los largos días soleados de julio y agosto. Cuarto: como Long Island se extiende de oeste a este, nunca acabas de espaldas al agua. Empiezas el día mirando arena, al mediodía estás frente al agua y al final puedes ver la puesta del sol sobre la arena; no sobre el estacionamiento, como ocurre en otros balnearios. Quinto: las playas están abiertas al público. O sea, los propietarios de casas frente al mar no pueden impedirle a nadie el paso. De modo que, a pesar de la exclusividad predominante, se guarda cierto espíritu democrático respecto al océano. Además los estacionamientos no son grandes, porque esto tampoco es Coney Island. Hay que llegar temprano para conseguir sitio y tener paciencia. O bicicleta.
En Amagansett, las playas de Atlantic Avenue Beach e Indian Wells tienen la mencionada arena blanca, baños y dos o tres puestos para comprar agua, bebidas y sándwiches, y las dunas son parte de una reserva ecológica que prohíbe incluso la construcción de casas. La playa al oeste de Indian Wells, Two Mile Hollow, no tiene puestos ni baño, pero es mucho más tranquila. Conocida como la playa gay, hay un poco de nudismo light, y mujeres y hombres por igual.
En East Hampton, las playas emblemáticas son Main Beach y Georgica. La primera, más social y bulliciosa, tiene snack-bar y cabañas para residentes, y la segunda es toda calma excepto por los surfistas.
La extensión entre las dos, de unos dos kilómetros, es una caminata preciosa que permite ver algunas de las casas más impresionantes de la zona. También hay playas bonitas y no demasiado llenas al final de Old Beach Lane, Highway Behind the Pond (detrás de Egypt Lane en East Hampton) y, más allá, al final de Beach Lane en Wainscott, Ocean Road en Bridgehampton, y Mecox Road en Watermill, que pertenecen a la municipalidad de Southampton.
EN CASO DE LLUVIA ATLÁNTICA
Para muchos, la playa es la razón de ser de Los Hamptons. Vienen por y para la playa. Conozco algunos veteranos que, al llegar el verano, se instalan a las diez de la mañana y no se mueven hasta las cuatro de la tarde. Pero sería una pena venir aquí y no conocer los otros encantos de la zona. Además siempre hay que tener un plan B por si hay lluvia o nubes, o por si uno no quiere tostarse el día entero.
Al formular un plan no-playero, nunca hay que olvidar que estamos en Nueva York y que los neoyorquinos son gente nerviosa, inquieta, con ganas de aprovechar cada momento del tiempo que les toca en el planeta. Y si no están en la playa aprovechando el sol, en general sienten la necesidad de hacer algo: trotar, navegar, nadar, andar en bicicleta; y luego están las clases.
Allá por los años ochenta del siglo XX, las clases de tenis y equitación estaban de moda, y algunos siguen practicando esos deportes: se les puede ver sudados y empolvados a las 11 de la mañana, entrando a desayunar al Amagansett Farmers Market en Amagansett, o comprando su bagel con café en el mercado gourmet Citarella en East Hampton, o un muffin en el Golden Pear de Bridgehampton. Pero ésos son deportes más bien clásicos.
Hoy día, si quieres sudar un poco y hacerlo al lado de una supermodelo, lo mejor que puedes hacer es tomar una clase de yoga. Las mejores son las de Yoga Shanti en Sag Harbor, un poco más allá del viejo cine del pueblo (cuya fachada recién restaurada fue pagada por el actor Alan Alda y su esposa). Con un espacio atractivo y luminoso, y profesores atractivos y luminosos, Yoga Shanti es gestionado por una pareja de yogis estrellas, pero el ambiente está, curiosa y gratamente, libre de la pretensión insufrible de algunos centros de yoga en Manhattan. En Amagansett está el centro de Yoga Mandala (www.mandalayoga.com) y en Southampton el Ananda Yoga and Wellness Center (www.anan dayogawellness.com), que además ofrece masajes, reiki y una carta completa de talleres, retiros y actividades.
Con los años, Los Hamptons se ha ido pareciendo cada vez más a Palm Beach, Beverly Hills o Bermuda. Con una excepción: la lluvia. Cuando llueve, te acuerdas de que estás en el miserable noreste americano. Sin corriente de Humboldt ni microclima, Los Hamptons es ese tipo de lugar adonde llegas con ropa diáfana y sandalias, y a veces acabas poniéndote la única camisa de manga larga que metiste en la maleta en un momento de lucidez cuando pensaste “por si acaso”. Pero aun si esto sucede, no hay que desesperarse, porque hay varios panoramas que aprovechar.
El más obvio es el de las compras. Cada año, más y más tiendas de Manhattan abren sucursales aquí. Como los pueblos son básicos, con sólo una o dos calles principales, las rutas son extremadamente sencillas y el tiempo de compras se rentabiliza mucho mejor que en la Gran Manzana.
Los dos pueblos principales para esta actividad son East Hampton y Southampton. Empezando en el extremo sur de Main Street del primero, están marcas conocidas como Coach, Tiffany, Cynthia Rowley, BCBG Max Azria y Ralph Lauren, además de tiendas particulares como la lencería exclusiva Bonne Nuit, la zapatería Shoe Inn y Cashmere Hampton. Este verano, Gucci y Elie Tahari están también por llegar. En Newtown Lane están las tiendas de Donna Karan, Calypso, Scoop y Jonathan Adler.
En Main Street de Southampton, están Intermix, Saks Fifth Avenue, Max Studio, Lilly Pulitzer, así como Villeroy & Boch para vajillas, Hayama para antigüedades japonesas, Sant Ambroeus para exquisita repostería italiana y el Village Cheese Shop para quesos riquísimos.
Y por supuesto hay también actividades no consumistas. En los últimos años se han empezado a cultivar viñedos en estas partes y varias bodegas locales ofrecen visitas a sus instalaciones. Están Duck Walk Vineyards, en Watermill, y Channing Daughters Winery, en Bridgehampton. Este último es un viñedo dedicado a la producción artesanal que ofrece degustación, pero no visitas. Wölffer, en Sagaponack (una aldea entre la carretera 27 y la playa, cerca de East Hampton), ofrece todo: visitas, degustación y hasta un campo inmenso con establos y clases de equitación.
Otra opción, tal vez la más interesante de todas, es visitar el Pollock-Krasner House & Study Center en la aldea de Springs, a unos 13 kilómetros del pueblo de East Hampton. Aquí está la casa donde el expresionista abstracto Jackson Pollock vivió con su mujer, la artista Lee Krasner, desde 1946 hasta 1956, cuando murió en un accidente de circulación en el cruce entre Springs Fireplace Road y Three Mile Harbor Road. La casa y el estudio —que pueden visitarse en los meses de primavera y verano— han sido preservados tal y como eran en su momento, con los botes de café donde Pollock guardaba sus brochas, sus materiales de trabajo y la pintura todavía desparramada sobre el piso.
En ese barrio frondoso y sencillo también vivió el pintor Willem de Kooning, en la cercana Woodbine Road, y en Accabonac Road está el Green River Cemetery, lugar de descanso de Pollock, Stuart Davis, Ad Reinhardt y otros artistas, además de todo un panteón de figuras culturales neoyorquinas: el poeta Frank O’Hara, el director de cine Alan Pakula, el escritor gastronómico Pierre Franey y varios otros.
Springs, que también tiene unas bahías preciosas, como Louse Point y Gerard Drive, puede ser una excursión para toda una tarde, y es especialmente agradable para los que se cansan de la movida en East Hampton. Aquí está, además, la cena más barata del pueblo: Pizza ‘n Things, la pizzería “de toda la vida” de la zona, convenientemente ubicada junto al Springs Liquor Store, que tiene una muy respetable selección de vinos. En ese mismo código postal también está Longhouse, un jardín de esculturas y centro artístico que organiza todo tipo de encuentros culturales y que tiene instalaciones permanentes de artistas como Willem De Kooning, Roy Lichtenstein, Alfonso Ossorio y Yoko Ono en su frondoso recinto.
COMER: OTRO DEPORTE FAVORITO
Llegada la hora de comer, lo bueno de Los Hamptons es que no hace falta sol, ni buen tiempo, ni forzosamente tanto dinero para pasarla bien. Pero hace falta un poco de estrategia.
Primero hay que elegir el restaurante: cocina italiana en Nick & Toni’s, en East Hampton; cocina hamptons (carne, pescado local, todo con toques creativos) en Della Femina, en East Hampton o Alison en Bridgehampton; cocina americana clásica y elegante, con vista a la bahía, en East Hampton Point, en Springs; o el American Hotel de Sag Harbor. Pero nada de esto se consigue tan fácilmente: una buena cena, con dificultad cuesta menos de 75 dólares por persona y hay que reservar, como mínimo, con un mes de antelación.
Lo bueno es que existe el lado B de Los Hamptons, que de B tampoco tiene mucho: yo me he codeado con Chevy Chase, Paul Simon, Paul McCartney, Matthew Broderick, Sally Field, Billy Joel, Eli Wallach, e incluso el recién desaparecido Kurt Vonnegut en los lugares más inesperados. Como Fierro’s, otra pizzería “de toda la vida” de East Hampton; la Bridgehampton Candy Kitchen, una cafetería-diner que sirve hamburguesas y huevos revueltos; The Golden Pear, un café con sándwiches para llevar; Lobster Roll Lunch, un chiringuito en la carretera que sirve sólo pescado frito y ensalada de langosta; y Villa Italian Specialties, una sandwichería italiana.
Uno nunca sabe. Y eso es parte del encanto de Los Hamptons: aunque a veces parezca un Manhattan transportado al este, realmente es un lugar donde la gente viene para escaparse, para estar un poco más tranquila, para disfrutar. ¿Son pretenciosos? A veces sí. ¿Les gusta lucir su riqueza? Pues sí. ¿Puede ser un poco ridículo? Sí.
Pero también es un lugar de una belleza natural abrumadora, y una historia más interesante y variopinta de lo que uno podría pensar. Y por cada galán de cine engreído y antipático que se hace el pesado con meseras de heladerías, hay otro que entra sin pretensiones, espera tranquilamente en la cola, sonríe y tira un piropo a la salidaπ
DÓNDE DORMIR
Entre mayo y septiembre el alojamiento suele ser exorbitante, pero en otoño o primavera la mayoría de los hoteles bajan sus precios, y los pueblos son más tranquilos. El entorno natural es igualmente bonito todo el año, aunque en invierno Los Hamptons está completamente vacío.
THE HUNTTING INN
94 Main Street, East Hampton
T. (631) 324 0411
Habitaciones dobles desde
295 dólares.
Una casa tradicional con los clásicos toques de Los Hamptons: porche cerrado, jardín inglés, muebles tapizados en chintz (estampado floral en tela de algodón) y un desayuno abundante.
1770 HOUSE
143 Main Street, East Hampton
T. (631) 324 1770
Habitaciones entre 300 y 600 dólares en temporada alta.
Este edificio de 1663 ha sido posada desde 1770, y el hotel actual es antiguo en todo lo importante —decoración, adornos, ambiente— y moderno donde cuenta más: sábanas Frette, televisiones último modelo, desayunos suntuosos. Su restaurante es para los que quieren una experiencia aristocrática como la de Los Hamptons de antes.
DÓNDE COMER
DELLA FEMINA
99 North Main Street
East Hampton
T. (631) 329 6666
www.dellafemina.com
De septiembre a marzo, lunes a sábados de 17:30 a 21:30 horas; de abril a octubre, domingos a jueves de 18 a 22 horas, viernes y sábados de 18 a 23 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares por persona.
Es el lugar para ver y ser visto. La carta es una mezcla de cocina italiana y hamptons, es decir, pescado, mariscos y verduras locales, siempre con un swing neoyorquino. Son excelentes el foie gras con manzanas del lugar y el pollo orgánico con salsa de jengibre.
NICK AND TONI’S
136 North Main Street
East Hampton
T. (631) 324 3550
www.nickandtonis.com
Miércoles a domingos desde las 18 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares por persona.
Éste es otro lugar obligado para cenar, en un ambiente tosco, pizzas, pastas y una selección de pescados locales.
EAST HAMPTON POINT
295 Three Mile Harbor Road
East Hampton
T. (631) 329 2800
www.easthamptonpoint.com
De octubre a mayo, viernes y sábados de 18 a 22 horas; domingos, brunch de 12 a 17 horas; de junio a septiembre, todos los días de 12 a 22 horas.
Es un gran lugar para tomar un trago y ver la puesta del sol sobre la bahía. Tiene un restaurante formal adentro y uno más informal al aire libre. La cocina es americana clásica, con especial atención a los mariscos y pescados, y el ambiente náutico sintoniza perfectamente con el espléndido panorama natural del agua y los bosques de atrás.
ALISON
95 School Street, Bridgehampton
T. (631) 537 7100
Martes, jueves y domingos, de 17:30 a 22:30 horas; viernes y sábados de 17:30 a 23 horas.
Bar abierto todos los días desde las 16:30 horas.
Cena completa con vino y postre, alrededor de 75 dólares.
Sucesor del adorado y desaparecido Alison’s on Dominick de Manhattan, su especialidad son los pescados y mariscos locales con mezclas curiosas: lubina con hinojo y chorizo, salmón con coliflor y champiñones trompeta.
LOBSTER ROLL, “LUNCH”
1980 Montauk Highway Amagansett
T. (631) 267 3740
Abre sólo de mayo a septiembre. De mayo a junio, de viernes a domingos desde las 11:30 horas; julio y agosto, todos los días desde las 11:30 horas.
Cena completa, alrededor
de 30 dólares por persona.
Es la antítesis de los cuatro anteriores: una cafetería al borde de la carretera entre Montauk y Amagansett, con el pescado frito y el clam chowder (crema de almeja) más célebres de Los Hamptons. Su plato epónimo consiste en trozos de langosta mezclados con apio, mayonesa y especias, servidos sobre un pan de hot dog.
BRIDGEHAMPTON CANDY KITCHEN
Main Street, esquina
School Street
Bridgehampton
T. (631) 537 9885
Diario de 7 a 19 horas, en julio y agosto hasta las 21 horas.
Una auténtica luncheonette (merendero) a la antigua, con hamburguesas, sándwiches, omelettes y papas fritas, todo a precios muy poco Hamptons.
PIZZA ‘N THINGS
841 Springs Fireplace Road
T. (631) 324 7974
Abierto de miércoles a lunes,
de 11:30 a 21 horas; una hora más tarde los viernes y sábados.
La clásica pizzería de Springs: pepperoni, salchicha, cebolla, además de heros (sándwiches gordísimos en pan italiano), pastas, sopas y postres.
YOGA
YOGA SHANTI
23 Washington Street,
Sag Harbor
T. (631) 725 6424
www.yogashanti.com
VIÑEDOS
DUCK WALK VINEYARDS
231 Montauk Highway, Watermill
T. (631) 726 7555
www.duckwalk.com
Abierto todos los días para degustación de 11 a 17 horas. Tours en verano los sábados y domingos a las 14 y 16 horas.
CHANNING DAUGHTERS WINERY
1927 Scuttlehole Road Bridgehampton
T. (631) 537 7224
www.channingdaughters.com
Sólo degustación, no ofrecen visitas a los viñedos.
De mayo a agosto, abierto todos los días de 11 a 17 horas. De septiembre a abril, de jueves a lunes, de 11 a 17 horas. Se recomienda llegar antes de las 16:30 para poder hacer una degustación completa.
OTRAS ACTIVIDADES
WÖLFFER ESTATE STABLES
41 Narrow Lane East
Sagaponack
T. (631) 537 2879
wolfferstables.com
Clases de equitación, una hora en grupo, 75 dólares por persona. Clases individuales, una hora de 125 a 165 dólares; media hora de 80 a 110 dólares, según el profesor.
MUSEOS
POLLOCK-KRASNER HOUSE AND STUDY CENTER
830 Fireplace Road, Springs
T. (631) 324 4929
http://naples.cc.sunysb.edu/CAS/pkhouse.nsf
Abierto sólo entre mayo y octubre, de jueves a sábados.
Costo: 10 dólares.
LONGHOUSE
133 Hands Creek Road
East Hampton
T. (631) 329 3568
www.longhouse.org
Abierto miércoles y sábado de 14 a 17 horas, entre abril y septiembre.
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