Arte mutante en las afueras de Río
Fotografía de Christian Franz Tragni

Arte mutante en las afueras de Río

La antigua hacienda de Roberto Burle Marx, a unos 60 kilómetros de Río de Janeiro, tiene uno de los jardines más espectaculares del mundo. En sus 365 hectáreas se pueden encontrar 3500 especies vegetales y la mayor parte del legado del pintor, arquitecto y paisajista brasileño.
Por Bernardo Gutiérrez | julio 2007 | Tags: , ,
El verde se retuerce como azulándose. Se despereza en un negro-sombra. Corre, como huyendo hacia un amarillo sepia. Cabalga, verde sobre verde, sobre líneas oblicuas, perpendiculares, paralelas.

La perspectiva coloca cada verde y cada especie vegetal en su lugar: bloques nítidos, compactos, definitivamente únicos. Sólo un paisajista visionario como el brasileño Burle Marx pudo concebir una escalera de verdes con semejante clarividencia y sencillez. Lo que desde cerca, subiendo por un camino que serpentea, apenas son plantas distribuidas en balcones de diferentes alturas, desde abajo se convierte en arte abstracto.

El sitio (como se llama en portugués a una pequeña hacienda de campo) Roberto Burle Marx, con sus 365 mil metros cuadrados de naturaleza, es una obra de arte vivo, mutante; una obra que trasciende las 3 500 especies de vegetales que la componen.

“Burle llegó a ser como Beethoven. Un genio que no necesitaba de su sentido más vital para desarrollar su arte. En la parte final de su vida se quedó casi ciego… caminaba por el jardín, saludaba a los funcionarios. Pero no reconocía a nadie. Se perdía entre las plantas y ponía orden a la naturaleza como si viese los más mínimos detalles”, me cuenta Robério Dias, el director del sitio, quien impone un silencio extenso antes de ofrecer sus respuestas plagadas de detalles.

Susana Silva, una bióloga de 23 años que realiza sus prácticas laborales en el sitio, me conduce por el paraíso particular de Burle Marx. Señala unas pitas, de la familia de las amarilidáceas, que me transportan directamente a México. A pocos metros nos espera una descomunal Corypha umbra, natural del sur de la India y de Sri Lanka, conocida en Brasil como la palmera de los cien años. “Sus flores son hermosas pero la palmera tarda un siglo en florecer; después muere”, asegura con melancolía Susana.

A cada paso nos tropezamos con plantas inverosímiles, extrañas, sorprendentes. Plantas inmigrantes (africanas, europeas, latinas, asiáticas), y nativas (pau Brasil, sapucaia, acai, samambaia). Susana me va desvelando los misterios de la naturaleza que nos cerca: falsos cactus revestidos de pequeñas hojas; troncos de pau ferro (palo fierro) del que se sacan sustancias altamente mineralizadas para construir vías de tren; cicas, “vegetales inferiores”, gimnospermas polinizadas apenas por el viento. Y un ejemplar hermoso de jasmin manga (plumeria alba), recortado contra el azul metálico del cielo y el contorno, al fondo, de la pequeña capilla de Santo Antonio da Bica. Las ramas se desploman imitando un arco, perezosas. Y se desmiembran en flores únicas. Cada una de ellas tiene un aroma diferente. Con una flor en mis manos, pienso (ahora huelo profundamente) en Burle Marx, en su polifacética vida de pintor, escultor, arquitecto, paisajista, cantante, ecologista. Todos los Burles Marx del mundo, todos los posibles, juntos. Cada uno de ellos creando en una dirección, sin intervenir en la creatividad del resto.

VOCACIÓN ESPONTÁNEA
“Burle Marx solía decir que cuando pintaba no quería saber nada de arquitectura. No mezclaba las diferentes facetas de sí mismo”, me había comentado el director del sitio.

Pero yo (antes y después de saberlo) intuyo que en la disciplina del paisajismo Burle Marx se recreaba en la fusión de todo, de la pintura y la arquitectura. Dentro de sus jardines, al ordenar la naturaleza, seleccionar exquisitamente raíces, flores, tallos y hojas, Burle tocaba el cielo de su creación.

Y es curioso (pienso ahora observando la fachada blanca de la capillita) cómo las plantas, la botánica, el paisajismo, se cruzaron en la vida de Burle de la manera más espontánea.

La suerte de Roberto Burle Marx fue vivir en Leme (barrio contiguo a Copacabana en Río de Janeiro, volcado a la playa), al principio de la década de 1930. Era vecino del celebérrimo arquitecto Lúcio Costa (encargado de la construcción de Brasilia). Y Burle, que se había apasionado por las plantas desde niño, tenía 23 años cuando cuidaba con esmero un jardín del barrio. Costa se paraba cada día unos minutos a observar las plantas moldeadas por la sensibilidad y la dedicación de Roberto Burle Marx. Y un día, en 1932, llamó a su puerta y le propuso que elaborase un proyecto paisajístico para una casa en Copacabana. Burle aceptó. Fue el disparo de salida. Pero entonces no tenía idea de que 60 años después, su currículum se habría forjado alrededor de todo el mundo y que contaría con más de dos mil obras a sus espaldas.

Otra anécdota de la vida de Burle: el artista conoció la exuberante flora de su país en Alemania, donde vivió con su familia entre los 19 y los 22 años. Fue en el Jardín Botánico de Dahlen donde se apasionó por la flora de Brasil.

Acariciando las hojas de una bromelia, Susana me confiesa lo que en su opinión fue la gran innovación de Burle: “Los jardines se planeaban siempre bajo el punto de vista europeo y con las especies usuales en aquellos lugares. Él incorporó, por ejemplo, el uso de las bromelias del trópico, muy habituales acá. En el sitio tenemos más de 200 especies. Incluso hemos donado algunas al prestigioso Jardín Botánico de Río de Janeiro”.

La capilla transmite paz. Me llama la atención una pequeña imagen de Nuestra Señora Aparecida, la Patrona de Brasil, con su rostro y cuerpo negros. Susana me explica que en la capilla se celebran bautizos, misas y hasta bodas. Siempre fue así, antes de que Burle comprase el sitio (que en realidad era una hacienda bananera), durante su vida y después de su muerte. El guardia de seguridad que nos acompaña añade que “aquí se casó el futbolista Romario. ¡Aunque no lo parezca, es un tipo fiel!”.

Al fondo hay unas rejas. Y una pared con una superficie extraña, como con líneas verticales que sobresalen. “Allá dentro se resguardaron las monjas de clausura de la región durante la invasión de los franceses, a principios del siglo XIX. Desde acá no se ve lo que hay dentro y desde allá no se puede ver el exterior”, me explicaron.

EL INTERIOR
La casa donde Burle Marx vivió muchos años y donde pasó sus últimos días está intacta. La vivienda, una típica casa de hacienda —construcción de una planta, techo de tejas, pasillo externo con columnas— es un equilibrio de tradición y vanguardia. El pasillo exterior, que se asoma a un pequeño lago con nenúfares, es un desfile de carrancas del río São Francisco: en el interior de Minas Gerais, Bahia, Pernambuco, Alagoas y Sergipe, los estados que atraviesa el mítico río brasileño, los nativos colocan en la parte delantera de las embarcaciones unas esculturas con formas de cabeza de animales para atraer la buena suerte. En la casa Burle se pueden observar una docena de ellas en perfecto estado. Y Burle Marx tenía el recibidor lleno de espadas de San Jorge y de lanzas, símbolos a su vez de la suerte. “Aunque no lo parezca, Burle no era supersticioso ni fetichista. Simplemente adoraba la tradición escultórica de los pueblos de Brasil”, matiza Susana con una sonrisa espléndida. Y la naturaleza.

Me recreo en una deslumbrante concha marina blanca de Indonesia. “Burle coleccionaba conchas. En el sitio hay más de 200 de todos los continentes”, asegura Susana. Ya en el interior, contemplo fascinado la sala de cerámica. Me apasiono por las moringas (estatuas de forma humana fabricadas en arcilla roja y que contienen líquidos). Una de ellas es una novia, con rostro y vestido blancos. El resto de la sala está cubierto por platos, jarrones, vasos, ollas. Hay esculturas precolombinas, tapices, azulejos, vidrios coloridos, lámparas. Y una colección fascinante de cerámica del valle de Jequitinhonha, en el estado de Minas Gerais, una micro región donde se entrelazan las culturas indígenas y la africana.

Mientras Susana me explica el origen de la mayoría de las cerámicas, una joven levanta la vista y sonríe. Raquel Diniz —ojos oscuros, sonrisa tímida— nació cerca. Es mineira. Conoce el valle de Jequitinhonha y se deleita en la cerámica de su tierra. En una de las paredes hay varios cuadros pintados por el mismo Burle (una especie de cruce en blanco y negro de las formas de Dalí y los páramos oníricos del alemán Max Ernst). Y en una sala contigua (el salón de comidas), un acuario descomunal (sin agua) que solía estar lleno de especies de la Amazonia.

Ahora, la comitiva —Susana, el hombre de seguridad, Raquel, yo— entramos en el cuarto de Burle Marx. Humilde, simple, acogedor, silencioso. Debajo de su cama, sus zapatos. Pantuflas para andar por casa. Chanclas. Parece como si estuviese a punto de regresar a echarse una siesta. Y en la mesita, sus gafas, intactas, sin una mota de polvo.

El paseo continúa por un laberinto de aromas y matices de verdes. Nos dirigimos a unas dependencias que Burle Marx disponía para sus invitados. El paisajista solía recibir a muchos amigos. Artistas, pintores, músicos. El genial Tom Jobim pasó por el sitio. Y el legendario arquitecto Le Corbusier, cuando visitó Río de Janeiro para participar en varios proyectos arquitectónicos, conoció el lugar. Susana nos muestra la sala de música, con un majestuoso piano de cola. En ella, Burle se recreaba en el canto lírico, en sus óperas favoritas que interpretaba con cierta destreza. Ahora nos dirigimos a la sala de fiestas: un espacio amplio y claro. En el camino, observo fascinado un tronco de madera fosilizado hace millones de años. Y ahora el agua (¿gotas, una cascada, un río?) suena en algún lugar. “Burle Marx tenía la idea de que el agua, además de aportar estética, tiene un poder absoluto antiestresante”, afirma Susana mientras señala el techo de la sala de fiestas. Desde arriba, deslizándose por el techo, el agua se precipita con sutileza y cae en un pequeño estanque.

Caminamos por un pequeño sendero. Después de unas horas entre la frondosidad de la hacienda, nuestra vista está aprendiendo a distinguir detalles nimios, verdes que son dorados, blancos o casi rojos. Miles de verdes dentro de uno. Pasamos al lado de plantas de cacao, de la carludovica de donde sale la fibra de los sombreros Panamá. Y frente a la berimba (de la cual se construye el famoso berimbau, instrumento de la capoeira brasileña). Raquel, la mineira, para frente a una flor. Se la acerca a la nariz. Aire hacia dentro. Se embriaga. Susana sonríe: “Es flor de jade. Es de origen filipino y su olor es uno de los más especiales de la naturaleza”. Susana, ahora con los ojos iluminados de entusiasmo, señala una planta de porte medio. “Es la Heliconia aemygdiana Burle Marx, una de las 46 plantas que el artista descubrió; 21 especies llevan el nombre de Burle Marx”.

Burle sentía una pasión desmesurada por la botánica. Cuando oía hablar de alguna región de Brasil donde la naturaleza existía en estado puro, sin contacto con el ser humano, organizaba expediciones. Embarcaba a amigos y expertos en autobuses y ponían rumbo al fin del mundo. Burle recorrió con pasión el Pantanal del sur de Brasil, la Amazonia y la mayor parte del litoral del país.

Continuamos subiendo un poco y nos topamos de golpe con una construcción de piedra, una casa que Burle preparó para los amigos y que no llegó a ver acabada. Las piedras y fachadas (con arcos grises) pertenecían a un edificio donde se vendía café en la plaza Mauá, en el centro de Río de Janeiro. Iba a ser demolido y los responsables, conociendo la pasión de Burle por lo antiguo, lo llamaron. Aceptó el regalo y lo ubicó en este lugar privilegiado. Entramos en la construcción y nos empapamos de la luz que llueve desde todas las direcciones. Las paredes están revestidas de cuadros. Y una de los laterales es una biblioteca descomunal. Husmeo con curiosidad entre los libros. La mayoría son libros sobre arte, principalmente pintura. Picasso, Cézanne, Monet, arte contemporáneo ruso, Klee, Goya. Encuentro una edición ilustrada del Kamasutra. Algunos libros sobre jardines del mundo. Jardines de Luxemburgo (París), El Retiro (Madrid), Doñana (Andalucía), y justo frente a la biblioteca, el mirador: el horizonte verde azul desperezándose en el calor amarillento de las tres de la tarde. En el centro del mirador, una gran escultura vertical, blanca e inquietante. Parece marfil. Y en ella se distinguen formas humanas, enredadas, desesperadas, entrelazadas. “Un barco que llevaba un cargamento de cedro blanco naufragó en la costa de Ceará. El maestro Cicinho, con el material que apareció en las playas, a la deriva, realizó esta escultura recreando el momento del naufragio”, aclara Susana.

Y con la tarde desplomándose, con el dorado del sol atlántico posándose en los verdes infinitos que enamoraron a Burle, nos deslizamos entre sombras vivas, superlativamente aromáticas. Susana nos bombardea con nombres impronunciables, palabras científicas o populares que nombran la realidad vegetal que nos absorbe. Y al final nos paramos en el sombral (uno de los mayores jardines de plantas de sombra de América Latina). Respiramos. Tocamos. Olemos. Y oímos fascinados, alucinados, explicaciones, vidas de plantas que se me antojan literarias a más no poder. Una flor que adopta el color de la carne podrida, la textura y hasta el aroma, porque tiene que ser polinizada por moscas. Y así, con su putrefacción poética y sensual, consigue sobrevivir.

Al salir del sombral, borracho de aromas y vidas, entiendo mucho mejor a Burle. Ahora, después de los árboles que huelen a ajo, de las palmeras que florecen a los cien años y del árbol de las flores de olores infinitos, sé por qué Burle se especializó en jardines construidos dentro de ciudades. Tras la sinfonía de bromelias y agaváceas, entiendo a la perfección una de sus grandes frases: “Los jardines devuelven a las personas el verde que la ciudad les robó”. Y al ver cómo Raquel —la mineira— huele una flor blanca, irrepetible desde nunca y para siempre, entiendo todo: ahora sé que en los pétalos, en una gota invisible de perfume, está todo el universo de Burle, todo el arte, la pintura, la escultura, la música, las sinuosas curvas de los jardines. Todo. Todo (ahora yo huelo, Raquel mira). Toda la belleza y el amor del mundo.

EL JARDINERO
Roberto Burle Marx nació en São Paulo en 1909. Su padre era alemán y su madre brasileña de ascendencia francesa. En 1913 se trasladó a Río de Janeiro, donde pasó la mayor parte de su vida. En 1928 su familia se trasladó a Berlín, donde descubrió sus dos grandes pasiones: las plantas y la pintura. En los museos alemanes descubrió la obra de Monet, Beckmann, Kokoschka, Picasso, Paul Klee y, sobre todo, Van Gogh. Burle Marx se matriculó en la escuela de artes plásticas de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Río de Janeiro. Poco a poco, por inercias y casualidades, fue enredándose en el paisajismo. En pocas décadas, Burle Marx se consolidó como una de las principales figuras del paisajismo mundial. Río de Janeiro fue el principal escenario de sus obras (Parque do Flamengo, Av. Atlántica de Copacabana, la Lagoa o el Ministerio de Educación). Pero su obra se halla diseminada por todo el mundo. Destacan los jardines de la sede de la UNESCO (París), el jardín del Palacio do Itamaraty (Brasilia) o el Parque del Este (Caracas).

Paralelamente fue desarrollando una obra plástica y escultórica importante. En 1949 compró el sitio (una pequeña hacienda) San Antonio da Bica, ubicado en Barra de Guaratiba, 60 kilómetros al sur de Río de Janeiro. En él pasó sus últimos días, retirado del mundo. Burle Marx murió como una leyenda, el 4 de julio de 1994, sin descendientes. Dejó toda su herencia a los funcionarios del sitio y la gestión del mismo al gobierno brasileño.

SITIO ROBERTO BURLE MARX
Carretera de la Barra de Guaratiba 2019
Guaratiba, Río de Janeiro
T. 55 (21) 2410 1412
sitioburlemarx@sitioburlemarx.com.br
Visitas guiadas para un máximo de 35 personas
a las 9:30 y a las 13:30 horas, previa reservación.
Entrada general: 3 dólares.


CÓMO LLEGAR
El autobús 387 (Marambaia-Passeio) que sale cada dos horas desde el centro de Río de Janeiro (Avenida República do Paraguai) para en la puerta del sitio Roberto Burle Marx. Otra opción es tomar en la avenida do Xile el frescão (con aire acondicionado) de la línea Santa Cruz (via Barra) o la línea Campo Grande (via Barra). Después de pasar la sierra de la Grota Funda hay que bajar en el puesto de gasolina Ipiranga.
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