Eden Project un jardín (muy poco inglés) en Inglaterra
Fotografía de Kalin Coromina

Eden Project un jardín (muy poco inglés) en Inglaterra

Sólo en Inglaterra, donde la gente desde la cuna desarrolla una reverencia natural hacia los jardines, pudo haberse dado un lugar como Eden Project, en donde un iconoclasta del ambientalismo y a la vez amante de la vida creó un espacio dedicado a las plantas, al hedonismo y al rock and roll.
"¿Sabías que el ser humano es la única especie sobre el planeta a la que le produce placer despojar a otra criatura de sus órganos sexuales?”

Tim Smit, fundador de The Eden Project, se refiere a las plantas. Y al sexo. Ambos temas salpican constantemente su charla: la productividad “me excita muchísimo; la ciencia es casi sinónimo de sexo”.

Así es la mente de un hombre que por sí mismo ha descubierto el lado sexy del concepto del jardín inglés. Su descomunal teatro de plantas, The Eden Project, se ha contagiado del espíritu del rock and roll (lo cual significa que ha mandado a volar los nombres en latín y las conferencias y ha optado en su lugar por instalar una especie de tirolesa, lecturas de cuentos, poemas y conciertos pop). Y, además de haberle puesto los pelos de punta a la comunidad horticultora, también ha logrado atraer a una nueva clase de visitante hacia los placeres de los jardines.

“Siempre he dicho que la gente venera demasiado los jardines”, afirma este británico seguro y directo de 52 años, de ascendencia holandesa, en su oficina ubicada en el corazón del proyecto. “Simplemente pienso que si un jardín no te despierta ganas de soñar un rato, emborracharte o hacer el amor ahí, entonces es mejor pavimentarlo. Digo, si no te dan ganas de hacer cosas ociosas entonces no es un buen jardín. ¿O sí?”

Bueno, pues no, ahora que lo pienso tiene toda la razón. Pero este enfoque no es nada británico. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo es que algo tan osado como Eden Project apareció en un rincón tranquilo de Cornwall, en el suroeste de Inglaterra?

Todo comenzó cuando Tim Smit, que se formó como arqueólogo antes de pasar una década en la industria musical produciendo y escribiendo canciones para estrellas como Barry Manilow, se retiró a Cornwall en 1987. Ahí, justo una calle abajo de donde vivía, se encontró con un jardín que había sido abandonado después de la Primera Guerra Mundial. Inspirado por la idea de restaurarlo a su antigua gloria, reunió un equipo y comenzó a ponerlo en orden. Se convirtió en The Lost Gardens of Heligan, el jardín privado más visitado de toda Inglaterra.

“Me gusta pensar en grande,” comenta Tim. Y desde luego lo hace. Su siguiente proyecto, el Eden, fue absolutamente gigantesco: un jardín ecológico con un costo de 240 millones de dólares construido en la fosa abandonada de una antigua cantera de caolín. Por toda la fosa, y debajo de dos enormes biodomos de plástico, aluminio y acero se sembró más de un millón de plantas y, según el libro de récords Guinness, éstos constituyen los invernaderos más grandes del mundo. Con esto, Tim le haría notar a la gente cuánto las necesitaba.

Era un proyecto extremadamente ambicioso. En parte porque estaba construido en una de las regiones más necesitadas de Gran Bretaña. Mientras que Cornwall suele asociarse con pintorescos pueblitos pesqueros, burros en las praderas y sinuosos senderos campiranos, esta zona ha sido tremendamente lastimada por años y años de explotación minera de caolín, la cual ha dejado un paisaje desolado y extraño, lleno de colinas cuyas cimas se han blanqueado artificialmente y agujereado con cráteres grises, lamosos e inundados.

Sin embargo, Tim reunió un equipo de súper jardineros (“soy muy bueno para hacer que la gente piense en la muerte, en lo que quiere que aparezca en su epitafio”, explica, “si quieren ser de los que dijeron ‘sí lo hice’ o de los que dijeron ‘me habría gustado hacer’”), quienes obtuvieron 83 mil toneladas de tierra a partir de residuos reciclados y crearon un sistema para recolectar el agua que inundaba la fosa.
Además, conformó un equipo de veintidós escaladores profesionales (o “monos del cielo”, como le gusta llamarlos) para instalar los biodomos transparentes de aluminio y acero.

La obra se inauguró en 2001 y desde entonces se ha convertido en una de las diez mayores atracciones para los visitantes de Gran Bretaña, lo cual ha redituado en 1 400 millones de dólares que han beneficiado a las zonas aledañas gracias al incremento en el turismo. Y el jardín no sólo se ha convertido en centro de atención para algunas de las ideas ecológicas más innovadoras del planeta, también se ha vuelto un centro cultural de primera importancia gracias a la serie de Eden Musical Sessions en las que todo mundo, desde la cantante de soul Amy Winehouse hasta la banda The Pet Shop Boys, se ha presentado.

Pero independientemente de la música, en un día común y corriente, la experiencia del Eden es única. Poner un pie dentro de los biodomos es como entrar a otro país. O a muchos países a la vez. El biodomo “Mediterráneo” presenta Grecia, Sudáfrica y California. Y la biosfera de la selva tropical logra por un momento hacerle creer a uno que de verdad está en Camerún, Perú o Malasia; por ejemplo, cuando uno emerge de una nube de bruma para toparse con un conjunto de chozas malayas en un claro de la jungla, con la ropa tendida entre árboles frutales y afuera una motocicleta oxidada.
Sin embargo, éste no es uno más de esos enormes parques temáticos creados para sentir la emoción de lo ajeno. El tema aquí es el medio ambiente. Más específicamente, nuestra dependencia de las plantas. Pero por supuesto que la forma en que Tim aborda este tema es absolutamente impredecible.

AMBIENTALISMO SIN TEMOR
“Optimismo es el segundo nombre del Eden”, afirma Tim. “Aquí no nos enfrentamos al mundo desde una perspectiva temerosa y derrotada, sino desde un punto de vista que nos afirma como criaturitas inteligentes capaces de hacer algo.”

Su perspectiva desafía las tácticas de terror empleadas por otros ambientalistas y la histeria apocalíptica construida alrededor del calentamiento global. Tim tenía muy claro que quería distanciarse de un movimiento que, considera con alarma, “está a punto de convertirse en una religión” y no tenía ninguna intención de fundar otro eco-proyecto más que atemorizara a las personas, haciendo que sintieran vergüenza, para llevarlas hacia el camino correcto bajo la amenaza de vivir el infierno de un planeta secado por el sol.

“Estoy consciente de que el calentamiento global está sucediendo”, comenta. “Pero creo que la gente no asume con honestidad que en realidad eso es algo que desea.” No se trata de temor, dice, sino de deseo. “Todo el mundo cree que tiene miedo. No es cierto; están desquiciadamente ansiosos por la mera idea de una catástrofe venidera.” ¿Por qué? “Porque la gente añora una crisis que pudiera unirla.”

En contraste, el Eden pretende devolverle la confianza a las personas, hacerlas sentir mejor con respecto a la vida y, entonces, tal vez lograr que se sientan listas para asumir parte de la responsabilidad sobre el planeta, sin temor ni culpa. “Todo mundo asegura estar cambiando al mundo y, aunque ése es nuestro objetivo, creo que la manera de comenzar es hacer que las personas se sientan bien consigo mismas”, afirma Tim, disfrutando, a todas luces, su aplicación de la psicología.

Por ello, el Eden Project no tiene nada que ver con vivir una vida 100% orgánica en un departamento equipado con energía solar, sin producir desperdicios y alimentándose de carne de soya obtenida por un intercambio equitativo. Más bien se trata de crear un futuro en el que todo el mundo
pueda vivir con “champaña corriendo por sus venas”. “El ser humano comete errores”, prosigue Tim. “Y nosotros decimos: ‘Está bien cometer errores. Todos lo hacemos’.”

Esto explica por qué descarta el enfoque maniqueo del ambientalismo, que tiene demasiadas expectativas puestas sobre meros seres humanos. “Pero la convicción de que juntos podemos hacer un poco día con día es una idea que realmente levanta los ánimos.”

Entonces comienza a contar la historia de la anciana que baja hacia una playa azotada por la tormenta y comienza a arrojar al océano las estrellas de mar que quedaron atrapadas en la arena. “Cuando le preguntan por qué hace eso si no va a cambiar en nada las cosas, ella responde: ‘Para ésta sí van a ser diferentes’, al tiempo que lanza una estrella hacia el agua, ‘y para ésta’, lanzando otra, ‘y para ésta también’, salvando una más.”

Es obvio que se trata de una historia que ha contado miles de veces. Y que la mayoría de las personas ya conoce. Pero la verdad es que todavía me transmite una sensación de esperanza. Y ése es justamente el truco de Tim. Como él mismo afirma, hay muchas cosas para las que no es bueno, pero hay una en la que nadie puede superarlo, “y eso es lograr que la gente crea en sí misma”.

Por eso recibe a sus visitantes con el siguiente cartel de bienvenida: “The Eden Project es una institución de beneficencia. Somos personas ordinarias que estamos tratando de cambiar el mundo. Únase a nosotros”. Y lo peor es que uno termina sintiéndose como si hubiera encontrado una tribu de la cual en serio quiere formar parte.

CON LOS PIES EN EL EDÉN
A pesar de ser un lugar grande, en Eden uno no tiene que preocuparse por obedecer una “manera” de recorrerlo. Más bien, se fomenta la exploración, y en lugar de sentir que uno está invadiendo un jardín ajeno, parece como si el jardín perteneciera a toda la gente.

Esta sensación la respalda la multiplicidad de atajos que han trazado los niños, caminitos entre las camas de flores que le ahorran a uno el tener que seguir las zigzagueantes veredas todo el tiempo. También los letreros, que no lo abruman a uno con ciencia, ni largas historias, ni nombres en latín, sino que explican con claridad y sencillez cómo puede relacionarse cada planta con la vida cotidiana.

Por ejemplo, está la planta de coca, que se cosechaba en África cientos de años antes de que los estadounidenses dieran con la fórmula de la Coca-Cola. O los lúpulos, que se utilizan para elaborar cerveza, y que se bebían en Gran Bretaña hacia el siglo xvii para evitar tomar agua sucia. O el cáñamo, un súper cultivo capaz de producir combustible, alimento y vestimentas sin tener que emplear grandes cantidades de productos químicos.

Para cuando uno ya se ha llenado la cabeza de datos, hay una gran variedad de objetos de arte por todo el lugar. Enormes esculturas elaboradas con desperdicios, y murales pintados por los artistas y yerberos peruanos Francisco Montes Shuña y su esposa Yolanda Panduro. Incluso puede encontrarse una oda al té de la dramaturga Annamaria Murphy.

Otra de las cosas que Tim trata de poner en práctica es la narración, más allá de los discursos del tipo: “Este sitio fue construido por el primer conde de Southampton quien tenía una pierna de palo…”, lo cual es aburridísimo. Esto lo aprendió en Heligan, donde la gente hacía fila para los tours de narraciones, que estaban llenas de chistes, no usaban nombres en latín y que, si hacían referencia a la aristocracia, era para hacerle burla.

Por lo que se refiere a la señalización, The Eden Project aprendió de los errores de los demás. “Hay tantos de estos lugares que se empeñan en tratarnos como adultos cuando, en realidad, con estos asuntos tendemos a comportarnos como niños de 8 años”, explica Tim. Así que The Eden Project se limita a presentar información simple e indispensable.

Para fomentar que los visitantes vivan la experiencia de las exhibiciones, y no sólo lean acerca de ellas, algunas de las señalizaciones desaparecen del todo. “Cuando entras al biodomo de la selva tropical queremos que tengas la sensación de estar en la jungla”, afirma Tim. “Una vez que lo hayas sentido, tal vez tengas deseos de conocer algunas de sus plantas, pero si comenzamos por decirte qué tipo de plantas son antes de que experimentes la jungla, entonces nunca sabrás lo que es estar en la jungla.”

Se trata de impedir que los visitantes se conviertan en el estereotipo de los turistas japoneses que se la pasan tomando foto tras foto, pero nunca se detienen realmente a mirar.

Observar y mirar de verdad es algo que Tim desearía que la gente hiciera más. “La gente suele decirme que el mundo va muy rápido”, comenta. “Pero es mentira. No va rápido. La gente sólo pasa muy rápido por la superficie.” Según él, si se detuvieran a mirar tal vez podrían comenzar a entender realmente las cosas, en lugar de entretenerse momentáneamente con ellas.

Sin embargo, ya tiene un plan para lograr que la gente experimente las cosas de manera un poco más profunda. Lo ha bautizado “The Edge” (el límite) y va a convertirse en el tercer biodomo de The Eden Project, que invitará a mirar hacia dentro de nosotros y no lo que nos rodea; a concentrarnos en lo que significa ser humano, lo que hemos aprendido del pasado, y descubrir si somos capaces de enfrentar los futuros retos de vivir al límite de la supervivencia, al límite del desastre, al límite del mundo tal y como lo conocemos.

Actualmente, éste es uno de los seis proyectos que compiten por el financiamiento de hasta 120 millones de dólares proporcionado por la Lotería Nacional Británica, cuyo ganador será elegido por los británicos en la próxima celebración de Año Nuevo. Se siente a leguas que, aun si no logran obtener el financiamiento en esta ocasión, Tim y su equipo llevarán a cabo el proyecto. Siempre se tuvo contemplado un tercer biodomo y Tim está demasiado entusiasmado con la idea como para permitir que no se realice.

“Se trata de una construcción sin precedentes”, añade. “Va a haber salas subterráneas, cada una curada por una de las grandes voces de nuestra época” (ya se encargó de conseguir al genio del world music, Peter Gabriel, y al autor de la trilogía His Dark Materials, Philip Pullman como los primeros dos curadores). “Y no se va a permitir hablar.”

¿Ni una palabra? “Así es. Lo más probable es que sean corredores oscuros tapizados con pieles o cuerdas o quizá…” Se detiene a pensar un momento: “...tendrás que bajar descalzo porque sólo podrás leer las señales con los dedos de los pies”. Pienso que quizás esté bromeando, pero uno nunca sabe. Con Tim uno tiene la sensación de que absolutamente todo es posible.

Entonces, ¿qué sigue para él? ¿Por cuánto tiempo piensa que su historia personal y la del Eden Project seguirán entretejidas? No tiene planeado dejarlo en un futuro cercano, pero sabe que el momento llegará. “Nunca es sano que un organismo dependa de una sola persona, y en Heligan me di cuenta de que no tenía la capacidad para llevarlo al siguiente nivel. Yo estaba proyectando una sombra tremenda, y cuando me retiré se volvió todavía más densa.” Sabe que lo mismo podría ocurrir eventualmente en Eden, aunque no será una decisión fácil de tomar.

“Debes tener un poco de sangre fría. Cuando tienes muchos deseos de algo con frecuencia no abres los ojos para saber si es bueno para ti. Va a llegar el momento en el que yo ya no seré útil aquí, y mi forma de pensar esté pasada de moda, y yo debo estar consciente de ello.”

“Me encanta ver que aquí las personas se estremecen, se relajan y disfrutan del placer por sí mismo”, comenta Tim al referirse a los placeres indirectos de Eden. Pero es obvio que son los eventos los que provocan las mayores emociones, como el Africa Calling, que fue parte de la serie de tocadas Live8. “Hubo un momento en el que nos conectamos con Johannesburgo y Nelson Mandela se paró en el escenario y se dirigió a Eden. Eso fue increíble.”

Pero no son los grandes nombres lo que lo entusiasman. Durante la inauguración de Eden se prohibió la presencia de celebridades. “Me encantó ver a seis mil personas reunidas sintiéndose bien de estar en un lugar”, comenta. “Lo mejor que puede hacer alguien como yo es crear momentos trascendentes para otras personas”, explica. “Momentos que pueden hacerlas sentir bien y crecer y tener la confianza de que pueden ser valientes y generosas.” Y eso es justamente lo que Eden logra, una serie de distintos tipos de momentos, que no permiten que el visitante se quede con amargura ni culpa, sino que, más bien, le dejan una sensación de nobleza y esperanza.

*Traducción de Hilda Domínguez

GUÍA
PRÁCTICA


CÓMO LLEGAR
Desde Londres, se puede tomar un tren hasta St. Austell (www.nationalrail.co.uk). El trayecto es de cuatro horas y media, y desde ahí hay que tomar un autobús hasta Eden Project (www.truronian.com). Si la velocidad es la que cuenta, se puede volar hasta Newquay (www.airsouthwest.com) y de ahí tomar el autobús. En auto, el trayecto lleva poco más de 5 horas. Más detalles en el sitio (www.edenproject.com).

DÓNDE DORMIR

THE OLD QUAY HOUSE
28 Fore Street, Fowey, Cornwall
T. (44) 172 683 3302
www.theoldquayhouse.com
Habitaciones desde
380 dólares.

Esta casa del siglo XIX con vista al Fowey Estuary, a menos de media hora del parque, ofrece doce cuartos diferentes entre sí, diseñados con un estilo contemporáneo.

TREWINNEY FARMHOUSE
Mevagissey, Cornwall
T. (44) 172 684 4332
www.mevagisseybedandbreakfast.co.uk
Habitaciones dobles desde 110 dólares.

Ésta es una extraña granja del siglo xvii con todo y gallinas y hasta una cabra en el jardín, pero también con deliciosos desayunos caseros. Queda a 15 minutos de The Eden Project y colinda con The Lost Gardens of Heligan.

DÓNDE COMER
En el propio Eden Project se pueden comer sándwiches en The Apple Café, o pizzas a la leña en la Med Kitchen, pero para algo más sustancioso vale la pena probar una versión moderna y fresca de la cocina local en The River Brasserie (Parade Square, Lostwithiel, Cornwall; T. (44)1208 872774; www.riverbrasserie.co.uk) a veinte minutos de Eden. Aquí, platillos como el cordero crujiente con couscous o los mejillones del río Fowey rondan los 27 dólares.
La otra opción es peregrinar 50 minutos hasta Padstow para probar las creaciones del rey inglés de los pescados, Rick Stein (The Seafood Restaurant, Riverside, Padstow, Cornwall; T. (44) 1841 532700; www.rickstein.com). Así podrá conocer su ensalada de langosta, aguacate y foie gras (33 dólares) o su filete de rape con ajo de la estación e hinojo (56 dólares). Es indispensable hacer reservación.
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