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En Rusia, si es bueno, es vodka
No hay que tomar muy en serio el desdén que los moscovitas jóvenes muestran por el vodka y todo lo que se asocia con él. Basta con adentrarse un poco a este inmenso país para darse cuenta que este destilado sigue íntimamente ligado a Rusia y a su muy particular forma de vivir la vida.
Entrar a Rusia no es fácil. Y menos por carretera. Lloviendo. Con implacables mosquitos del tamaño de una moneda de 10 pesos que, a falta de lugares más expuestos, encuentran aunque sea la coronilla de la cabeza para clavarse y aprovechar los dos o tres meses al año en que pueden vivir.
He entrado por tierra (tren), mar y aire a Rusia, pero esta vez me tocó en autobús, en un viaje nocturno de 21 horas por carreteras que, aunque rectas, son demasiado estrechas para vehículos pesados —ni qué decir de dos vehículos pesados, uno en cada dirección—, y encima con hoyos que hacen parecer a la Autopista del Sol de México a Acapulco un paseo por las nubes. Así que heme aquí, con decenas de picaduras en la cabeza, desvelado, entumido… y por fin en Moscú. Necesito un trago.
Desgraciadamente, Moscú ya no es amigo del vodka. A pesar de ser la capital histórica de Rusia, el frenesí modernizador de los últimos años —sobre todo los últimos tres o cuatro— ha cobrado innumerables víctimas culturales en la ciudad, entre ellas el trago que más se identifica con el pueblo ruso. Los moscovitas tienen prisa por olvidar la larga noche soviética y la terrible cruda del capitalismo desbocado de los 90. En busca de su nueva identidad, necesitan estar en la cresta de la ola a como dé lugar. Lo que significa que, irónicamente, cuando en el resto del mundo el vodka ha cobrado un auge inusitado, en Moscú los bebedores prefieren sake, whisky o tequila (la cerveza ni la menciono, aquí es como el agua). Hasta que decido evitar restaurantes y bares de moda y opto por visitar a un par de viejos amigos.
Entonces cambia todo: largas horas discutiendo, comiendo pepinillos en salmuera, pan negro, rebanadas de salchichón y demás cosas que sirven, igual que hace siglos, de acompañantes del vodka. En Rusia la costumbre es siempre tomar vodka con este tipo de botanas (zakuski) para no dejar que haga efecto en el estómago vacío. Hay hongos encebollados y curados, pan negro con mantequilla fresca y caviar rojo, filetes de arenque ahumados, crema fresca con el ubicuo eneldo de la cocina rusa. No logro entender cuál es el problema en seguir esta costumbre.
RUMBO A SIBERIA
A San Petersburgo puedo volver las veces que sean necesarias, y más. Después de un viaje en tren sin mayor novedad (excepto que esta vez los baños estaban aceptables), voy directo al Café Idiot. A pesar de ser un cliché del turismo, hay pocos lugares tan agradables en Rusia para… hacer como los rusos. La comida es magnífica, pero lo mejor es que, pidiendo de comer, el vodka viene de cortesía. Con un grupo de unos cuantos se sirve a la manera tradicional de los bares y restaurantes en Rusia: en garrafa sin etiqueta alguna. Esta vez, en vez de zakuski, sirven pequeños pirozhok (empanaditas) de papa, queso y carne, que quedan perfectos con el vodka a temperatura ambiente —lo cual no es necesariamente malo—. Afortunadamente, la comida evita que, a la tercera garrafa, mi grupo y yo quedemos como el protagonista de la novela de Dostoievsky que le da el nombre al lugar.
Me podría quedar por muchos días más en esta ciudad de canales, museos y referencias literarias, pero tenía como objetivo (excusa) dar una conferencia en una ciudad que quedaba de paso a mi destino final. Su nombre, Izhevsk, no tiene por qué sonarle a nadie. La región, llamada pomposamente República de Udmurtia (por un grupo étnico que desde el siglo XIX dejó de ser mayoritario y al que hoy día pocos pertenecen),
tampoco tiene mayor relevancia, excepto haber sido un importante centro industrial y militar durante la guerra fría. Su hijo más notable es Mikhail Kalashnikov, inventor del rifle automático más usado y de mayor producción en la historia, mejor conocido como cuerno de chivo. Fuera de ese pequeño puente cultural que une a esta región con cuanta banda armada hay en México y el mundo, la ciudad es el arquetipo de la ciudad europea en la periferia, repleta de industria pesada y, como es común en Rusia, con un índice de natalidad en números rojos.
El viaje en tren desde San Petersburgo es largo y en dos partes: debido a que esta zona solía ser secreta y estaba cerrada a cualquier persona que no fuera residente (extranjeros, por supuesto, pero también rusos de otras partes); no hay una línea ferroviaria directa. Ya sea que uno llegue en el tren Transiberiano desde Moscú, o en cualquier otro, es necesario bajarse en una estación cercana (Agryz) y tomar un tren regional, que los rusos llaman elektrichka. Venía de San Petersburgo en un compartimiento abierto de seis literas que, afortunadamente, sólo contenía tres pasajeros, incluido yo mismo. Hacia la mitad del viaje a Agryz (15 horas) se bajaron y no volví a tener compañeros de viaje, lo cual tiene sus pros y contras en Rusia: o te tocan individuos que no dejan de tomar y pelearse a puñetazos desde que se suben hasta que se bajan (o los bajan), o pueden tocarte personas inolvidables. Una vez estuve horas hablando con tres señoras de edad —conocidas como babushkas, abuelas— de temas que iban desde Stalin y la Gran Guerra Patriótica (como se le conoce a la Segunda Guerra Mundial), hasta escamoles y chapulines, y, aunque nunca lograron comprender cómo era que los mexicanos nos los comíamos, fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.
Izhevsk es una pequeña —para estándares rusos— ciudad de unos 600 mil habitantes al este de Moscú, situada en donde termina la inmensa planicie de la Rusia europea, en el borde oriental de la llanura que tiene al río Volga como vía fundamental de drenaje pluvial, y donde empiezan los Montes Urales. Mi idea era sólo asistir a esa pequeña presentación sobre México (¿qué más?) que me invitaron a dar en una clase de estudios internacionales, y tomar inmediatamente el tren hacia el este. Pero Udmurtia tenía otros planes…
“¡Bomba!” es el nombre de un centro nocturno donde, al parecer, va todo Izhevsk los fines de semana. Y cómo no: es un antiguo refugio antiaéreo convertido en… ¿antro? ¿bar? ¿cine? ¿table dance? ¿boliche? Todo eso junto, en tres niveles, bajo tierra, y para todo público. El que quiera tomar, bienvenido a las mesas de bar. Lo mismo con los que prefieran bailar. Y si después de un rato de tomar y bailar quieres ver una película, también se puede. Terminado mi compromiso académico, la insistencia me hizo acceder a ir.
Cuando les digo que quiero vodka, percibo una cara como de sorpresa mezclada con desánimo. Aunque aquí también sirven el vodka en garrafas, alcancé a ver botellas de marcas rusas que no suelen exportarse. Junto a las de vodka, traen garrafas de jugo de naranja, pues así es como suelen tomarlo las mujeres. Los hombres, derecho. La costumbre es nunca dejar una botella sin terminar, y nunca dejar una botella vacía en la mesa: cuando se termina, se debe poner en el piso. Además, cada vez que uno va a tomar un trago debe hacer un brindis. No importa a qué o a quién, no importa si es largo como una letanía o corto como de trámite. En mi situación era fácil: brindamos por nuestros respectivos pueblos, al entendimiento cultural, a vernos una vez más. Para cuando me fui de Izhevsk, deseé que este último brindis se convirtiera en realidad.
LA FORASTERA
Todos los que por fortuna, infortunio, borrachera, o merecimiento pertenecen a un grupo de amigos, sabrán a lo que me refiero con el concepto del “forastero”.
En estos grupos de amigos forjados por años, siempre hay uno. Ése que sobresale, no precisamente por virtud, sino por no venir a cuento. El que tanto con tus familiares como con otros conocidos siempre provocará preguntas como: “qué hace contigo,de dónde lo sacaste, cómo es que tienen algo en común, por qué lo invitas a nuestras fiestas”. Sin embargo, el interesado en tal amistad ya se habrá hecho esas preguntas mucho tiempo antes y habrá pasado a la siguiente etapa de la amistad, la de poder señalar los mutuos defectos y dar rienda suelta a la burla sin herir falsos orgullos y sin perder su controversial amistad a manos de terceras intrigas.
Bueno, pues la ciudad de Yekaterimburgo, unos 40 kilómetros al este de los Montes Urales (el límite teórico de Europa), es una de las que recuerdo con más cariño.
La historia de cómo llegué a tener tal relación con una ciudad de la que muchos no han oído hablar, a diferencia de lo que podría llegarse a pensar, es mortalmente común y aburrida, pero es perfecta para ilustrar este concepto. Hace años, en un programa de intercambio, y sin mucho tiempo para decidir el destino, recalé en esta orgullosa “capital de la región ural”, “capital industrial de Siberia Occidental”, “tercera capital de Rusia” y otros muchos apodos.
Viví ahí unos meses, en invierno, a veces a 35°C bajo cero;conocí gente, desde el que podría ser hermano del fugazmente célebre Carnicero de Siberia, hasta una de las pocas personas que me han dado la esperanza de que el hombre no se autodestruirá en los próximos diez años. Probé también una buena cantidad de marcas de vodka, más bien locales y artesanales, algo que en Rusia es la norma. Anduve por sus calles, compré productos en sus mercados y tienditas; acampé en sus bosques y asistí a los asados estilo ruso que, para ser tales, deben siempre incluir brochetas tipo kebab —llamadas shashlik—, y cantidades respetables de vodka y cerveza; en general, tuve una experiencia llena de descubrimientos, dudas y hasta una que otra alegría.
Esto no quiere decir que Yekaterimburgo no me gustó. Al contrario. Cuando tengo oportunidad de visitarla de nuevo, me da un gusto sincero.
No había vuelto a la ciudad en cinco años, hasta este viaje. La encontré fea en serio, pero con ese atractivo indescriptible que aflora con la melancolía de volver a ver a un viejo amor. Después del viaje de 10 horas desde Izhevsk, el vodka del ¡Bomba! seguía haciendo que lo recordara vívidamente.
Lo primero que hice al llegar fue ir a comer un buen plato de borscht, la mejor manera de recuperarse de una noche con vodka. Con amigos fui al infaltable en cualquier viaje a Rusia: el baño de vapor conocido como banya. La temperatura de esta modalidad del sauna llega a sobrepasar a veces los 95°C, y la costumbre es tener en el mismo lugar una pila de agua fría. La solución obvia para este tipo de shock sistémico es, por supuesto, vodka con zakuski, pero del tipo que normalmente sólo se come en este contexto: pescado salado de varios tipos, sobre todo el conocido como vobla, originario del Mar Caspio. También es usual que cada quién traiga un vodka curado por él mismo; es decir, su propia mezcla de distintos vodkas locales curada con alguna especia, bayas o frutas. El resultado suele ser memorable.
El tiempo de sauna se terminaba. En un momento de lucidez que tuve, entre el vodka con pimientas de colores y el que fue curado con hierbas de olor, me di cuenta de que los atributos estéticos de una ciudad se agudizan para bien o para mal dependiendo de si usas transporte público o vas en coche. Una ciudad bonita es bonita incluso a 150 km por hora desde una vía rápida. Una ciudad fea, en un tranvía repleto, hace que se te meta al cuerpo poco a poco, con lo que te arriesgas a sentir una empatía de la que la gente se burlará por años. Con todo, Yekaterimburgo es y seguirá siendo un desliz del que aún no tengo ganas de deshacerme.
VODKA A LA RUSA
EN NUEVA YORK
Nueva York tiene una colorida (y enorme) colonia rusa. Rondar por sus locales permite vivir una de las encarnaciones de esta tan fascinante como lejana cultura.
IMPERATOR
207-211 Brighton Beach Avenue
Brooklyn
T. (718) 934 7070
www.imperatorrestaurant.com
Es un centro nocturno al más puro estilo de la Rusia de los años 90, en el distrito más ruso de Brooklyn: Brighton Beach. Cena, vodka, baile y show, todo por un precio fijo.
ANYWAY CAFÉ
111 Oriental Boulevard
T. (718) 648 3906
www.anywaycafe.com
Cerca, pero no dentro, de Brighton Beach. Especializado en vodkas con infusiones exóticas como lichi y rábano picante.
UNCLE VANYA
315 West 54th Street
T. (212) 262 0542
Lunes a jueves de 12 a 23 horas; viernes y sábados de mediodía
a medianoche; domingos de 14 a 22 horas.
En un rincón de Clinton (Hell’s Kitchen), este lugar sirve excelente cocina rusa y una buena selección de vodkas.
GUÍA
PRÁCTICA
Un buen recorrido de Rusia puede empezar tomando un ferry desde Helsinki o Estocolmo hacia San Petersburgo, vía Tallinn, Estonia, una ciudad con una gran cantidad de monumentos, museos y lugares por visitar. Después de San Petersburgo, es casi obligado tomar el tren a Moscú.Después de unos días de recorrer museos y lugares históricos (no deben faltar, entre muchos otros, la galería Tretyakovski, el parque Gorki y el parque de la Victoria —Park Pobedy, donde en verano sus decenas de fuentes, se pintan de rojo en conmemoración de los millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial—), es fundamental visitar un buen banya, como el Sandunovsky.
El viaje a Yekaterimburgo dura aproximadamente 30 horas en tren o unas dos y media en avión. La ventaja del tren es que uno se adentra en la Rusia que poca gente alcanza a conocer y que puede resultar de interés para muchas personas. En Yekaterimburgo, como en la mayor parte del país con excepción de Moscú y San Petersburgo, la oferta en alojamiento puede ser limitada. Aun así hay desde hoteles de cinco estrellas como el Atrium Palace, hasta reliquias de otra era como el sobrio Oktyabrskaya. A sólo 40 km de la ciudad se encuentra el monumento que separa “oficialmente” Europa y Asia.
DÓNDE DORMIR
La siguiente es una muy breve muestra de la transformación que la oferta hotelera de calidad ha tenido en Rusia en los últimos años (pues no todos queremos pasar las noches en tren, o al menos no siempre).
EN MOSCÚ
RITZ-CARLTON
Tverskaya 3-5
T. 7 (495) 225 8888
www.ritzcarlton.com
Habitaciones desde 450 dólares.
A punto de abrir justo a un lado de la Plaza Roja, el Ritz Carlton tendrá su propio sommelier de vodka, por lo que podría volver a cambiar el destino de esta bebida en la ciudad.
HOTEL BALTSCHUG KEMPINSKI
Ul. Balchug 1
T.7 (495) 230 5500 / 230 6500
www.kempinski-moscow.com
Habitaciones desde 410 dólares.
Su magnífica terraza que mira el Kremlin desde el otro lado del río convierte este elegante edificio en una gran dirección durante el verano.
EN SAN PETERSBURGO
GRAND HOTEL EUROPE
Nevsky Prospect,
Mikhailovskaya Ulitsa 1/7
T. 7 (812) 329 6000
www.grand-hotel-europe.com
Habitaciones desde
490 dólares.
Esta institución de más de 130 años, que ha visto entre sus huéspedes a Turgueniev y a Rasputin, y que fue el destino de luna de miel de Tchaikovsky ahora recibe a sus huéspedes con todos los servicios que distinguen a la cadena Orient Express.
HOTEL ASTORIA
39 Bolshaya Morskaya
T. 7 (812) 494 5757
www.thehotelastoria.com
Habitaciones desde
500 dólares.
Es otra de las opciones más elegantes de la ciudad, frente a la catedral de San Isaac.
EN YEKATERIMBURGO
ATRIUM PALACE HOTEL
Kuibysheva 44
T. 7 (343) 359 6000
www.aph-ural.ru
Habitaciones desde 290 dólares.
OKTYABRSKAYA HOTEL
Sofii Kovalevskoi 17
T. 7 (812) 324 2305
Habitaciones desde 105 dólares.
DÓNDE BEBER
CAFÉ IDIOT
Moika emb. 82
T. 7 (812) 315 1675
www.idiot-club.ru
En San Petersburgo, otro lugar con nombre inspirado en la época dorada de la literatura rusa, se ha convertido en un referente gastronómico y cultural de la segunda capital de Rusia.
CÓMO MOVERSE
TRENES
www.eng.rzd.ru
AEROLÍNEAS
www.aeroflot.com
www.transaero.ru/en
FERRY
www.tallinksilja.com/en
He entrado por tierra (tren), mar y aire a Rusia, pero esta vez me tocó en autobús, en un viaje nocturno de 21 horas por carreteras que, aunque rectas, son demasiado estrechas para vehículos pesados —ni qué decir de dos vehículos pesados, uno en cada dirección—, y encima con hoyos que hacen parecer a la Autopista del Sol de México a Acapulco un paseo por las nubes. Así que heme aquí, con decenas de picaduras en la cabeza, desvelado, entumido… y por fin en Moscú. Necesito un trago.
Desgraciadamente, Moscú ya no es amigo del vodka. A pesar de ser la capital histórica de Rusia, el frenesí modernizador de los últimos años —sobre todo los últimos tres o cuatro— ha cobrado innumerables víctimas culturales en la ciudad, entre ellas el trago que más se identifica con el pueblo ruso. Los moscovitas tienen prisa por olvidar la larga noche soviética y la terrible cruda del capitalismo desbocado de los 90. En busca de su nueva identidad, necesitan estar en la cresta de la ola a como dé lugar. Lo que significa que, irónicamente, cuando en el resto del mundo el vodka ha cobrado un auge inusitado, en Moscú los bebedores prefieren sake, whisky o tequila (la cerveza ni la menciono, aquí es como el agua). Hasta que decido evitar restaurantes y bares de moda y opto por visitar a un par de viejos amigos.
Entonces cambia todo: largas horas discutiendo, comiendo pepinillos en salmuera, pan negro, rebanadas de salchichón y demás cosas que sirven, igual que hace siglos, de acompañantes del vodka. En Rusia la costumbre es siempre tomar vodka con este tipo de botanas (zakuski) para no dejar que haga efecto en el estómago vacío. Hay hongos encebollados y curados, pan negro con mantequilla fresca y caviar rojo, filetes de arenque ahumados, crema fresca con el ubicuo eneldo de la cocina rusa. No logro entender cuál es el problema en seguir esta costumbre.
RUMBO A SIBERIA
A San Petersburgo puedo volver las veces que sean necesarias, y más. Después de un viaje en tren sin mayor novedad (excepto que esta vez los baños estaban aceptables), voy directo al Café Idiot. A pesar de ser un cliché del turismo, hay pocos lugares tan agradables en Rusia para… hacer como los rusos. La comida es magnífica, pero lo mejor es que, pidiendo de comer, el vodka viene de cortesía. Con un grupo de unos cuantos se sirve a la manera tradicional de los bares y restaurantes en Rusia: en garrafa sin etiqueta alguna. Esta vez, en vez de zakuski, sirven pequeños pirozhok (empanaditas) de papa, queso y carne, que quedan perfectos con el vodka a temperatura ambiente —lo cual no es necesariamente malo—. Afortunadamente, la comida evita que, a la tercera garrafa, mi grupo y yo quedemos como el protagonista de la novela de Dostoievsky que le da el nombre al lugar.
Me podría quedar por muchos días más en esta ciudad de canales, museos y referencias literarias, pero tenía como objetivo (excusa) dar una conferencia en una ciudad que quedaba de paso a mi destino final. Su nombre, Izhevsk, no tiene por qué sonarle a nadie. La región, llamada pomposamente República de Udmurtia (por un grupo étnico que desde el siglo XIX dejó de ser mayoritario y al que hoy día pocos pertenecen),
tampoco tiene mayor relevancia, excepto haber sido un importante centro industrial y militar durante la guerra fría. Su hijo más notable es Mikhail Kalashnikov, inventor del rifle automático más usado y de mayor producción en la historia, mejor conocido como cuerno de chivo. Fuera de ese pequeño puente cultural que une a esta región con cuanta banda armada hay en México y el mundo, la ciudad es el arquetipo de la ciudad europea en la periferia, repleta de industria pesada y, como es común en Rusia, con un índice de natalidad en números rojos.
El viaje en tren desde San Petersburgo es largo y en dos partes: debido a que esta zona solía ser secreta y estaba cerrada a cualquier persona que no fuera residente (extranjeros, por supuesto, pero también rusos de otras partes); no hay una línea ferroviaria directa. Ya sea que uno llegue en el tren Transiberiano desde Moscú, o en cualquier otro, es necesario bajarse en una estación cercana (Agryz) y tomar un tren regional, que los rusos llaman elektrichka. Venía de San Petersburgo en un compartimiento abierto de seis literas que, afortunadamente, sólo contenía tres pasajeros, incluido yo mismo. Hacia la mitad del viaje a Agryz (15 horas) se bajaron y no volví a tener compañeros de viaje, lo cual tiene sus pros y contras en Rusia: o te tocan individuos que no dejan de tomar y pelearse a puñetazos desde que se suben hasta que se bajan (o los bajan), o pueden tocarte personas inolvidables. Una vez estuve horas hablando con tres señoras de edad —conocidas como babushkas, abuelas— de temas que iban desde Stalin y la Gran Guerra Patriótica (como se le conoce a la Segunda Guerra Mundial), hasta escamoles y chapulines, y, aunque nunca lograron comprender cómo era que los mexicanos nos los comíamos, fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.
Izhevsk es una pequeña —para estándares rusos— ciudad de unos 600 mil habitantes al este de Moscú, situada en donde termina la inmensa planicie de la Rusia europea, en el borde oriental de la llanura que tiene al río Volga como vía fundamental de drenaje pluvial, y donde empiezan los Montes Urales. Mi idea era sólo asistir a esa pequeña presentación sobre México (¿qué más?) que me invitaron a dar en una clase de estudios internacionales, y tomar inmediatamente el tren hacia el este. Pero Udmurtia tenía otros planes…
“¡Bomba!” es el nombre de un centro nocturno donde, al parecer, va todo Izhevsk los fines de semana. Y cómo no: es un antiguo refugio antiaéreo convertido en… ¿antro? ¿bar? ¿cine? ¿table dance? ¿boliche? Todo eso junto, en tres niveles, bajo tierra, y para todo público. El que quiera tomar, bienvenido a las mesas de bar. Lo mismo con los que prefieran bailar. Y si después de un rato de tomar y bailar quieres ver una película, también se puede. Terminado mi compromiso académico, la insistencia me hizo acceder a ir.
Cuando les digo que quiero vodka, percibo una cara como de sorpresa mezclada con desánimo. Aunque aquí también sirven el vodka en garrafas, alcancé a ver botellas de marcas rusas que no suelen exportarse. Junto a las de vodka, traen garrafas de jugo de naranja, pues así es como suelen tomarlo las mujeres. Los hombres, derecho. La costumbre es nunca dejar una botella sin terminar, y nunca dejar una botella vacía en la mesa: cuando se termina, se debe poner en el piso. Además, cada vez que uno va a tomar un trago debe hacer un brindis. No importa a qué o a quién, no importa si es largo como una letanía o corto como de trámite. En mi situación era fácil: brindamos por nuestros respectivos pueblos, al entendimiento cultural, a vernos una vez más. Para cuando me fui de Izhevsk, deseé que este último brindis se convirtiera en realidad.
LA FORASTERA
Todos los que por fortuna, infortunio, borrachera, o merecimiento pertenecen a un grupo de amigos, sabrán a lo que me refiero con el concepto del “forastero”.
En estos grupos de amigos forjados por años, siempre hay uno. Ése que sobresale, no precisamente por virtud, sino por no venir a cuento. El que tanto con tus familiares como con otros conocidos siempre provocará preguntas como: “qué hace contigo,de dónde lo sacaste, cómo es que tienen algo en común, por qué lo invitas a nuestras fiestas”. Sin embargo, el interesado en tal amistad ya se habrá hecho esas preguntas mucho tiempo antes y habrá pasado a la siguiente etapa de la amistad, la de poder señalar los mutuos defectos y dar rienda suelta a la burla sin herir falsos orgullos y sin perder su controversial amistad a manos de terceras intrigas.
Bueno, pues la ciudad de Yekaterimburgo, unos 40 kilómetros al este de los Montes Urales (el límite teórico de Europa), es una de las que recuerdo con más cariño.
La historia de cómo llegué a tener tal relación con una ciudad de la que muchos no han oído hablar, a diferencia de lo que podría llegarse a pensar, es mortalmente común y aburrida, pero es perfecta para ilustrar este concepto. Hace años, en un programa de intercambio, y sin mucho tiempo para decidir el destino, recalé en esta orgullosa “capital de la región ural”, “capital industrial de Siberia Occidental”, “tercera capital de Rusia” y otros muchos apodos.
Viví ahí unos meses, en invierno, a veces a 35°C bajo cero;conocí gente, desde el que podría ser hermano del fugazmente célebre Carnicero de Siberia, hasta una de las pocas personas que me han dado la esperanza de que el hombre no se autodestruirá en los próximos diez años. Probé también una buena cantidad de marcas de vodka, más bien locales y artesanales, algo que en Rusia es la norma. Anduve por sus calles, compré productos en sus mercados y tienditas; acampé en sus bosques y asistí a los asados estilo ruso que, para ser tales, deben siempre incluir brochetas tipo kebab —llamadas shashlik—, y cantidades respetables de vodka y cerveza; en general, tuve una experiencia llena de descubrimientos, dudas y hasta una que otra alegría.
Esto no quiere decir que Yekaterimburgo no me gustó. Al contrario. Cuando tengo oportunidad de visitarla de nuevo, me da un gusto sincero.
No había vuelto a la ciudad en cinco años, hasta este viaje. La encontré fea en serio, pero con ese atractivo indescriptible que aflora con la melancolía de volver a ver a un viejo amor. Después del viaje de 10 horas desde Izhevsk, el vodka del ¡Bomba! seguía haciendo que lo recordara vívidamente.
Lo primero que hice al llegar fue ir a comer un buen plato de borscht, la mejor manera de recuperarse de una noche con vodka. Con amigos fui al infaltable en cualquier viaje a Rusia: el baño de vapor conocido como banya. La temperatura de esta modalidad del sauna llega a sobrepasar a veces los 95°C, y la costumbre es tener en el mismo lugar una pila de agua fría. La solución obvia para este tipo de shock sistémico es, por supuesto, vodka con zakuski, pero del tipo que normalmente sólo se come en este contexto: pescado salado de varios tipos, sobre todo el conocido como vobla, originario del Mar Caspio. También es usual que cada quién traiga un vodka curado por él mismo; es decir, su propia mezcla de distintos vodkas locales curada con alguna especia, bayas o frutas. El resultado suele ser memorable.
El tiempo de sauna se terminaba. En un momento de lucidez que tuve, entre el vodka con pimientas de colores y el que fue curado con hierbas de olor, me di cuenta de que los atributos estéticos de una ciudad se agudizan para bien o para mal dependiendo de si usas transporte público o vas en coche. Una ciudad bonita es bonita incluso a 150 km por hora desde una vía rápida. Una ciudad fea, en un tranvía repleto, hace que se te meta al cuerpo poco a poco, con lo que te arriesgas a sentir una empatía de la que la gente se burlará por años. Con todo, Yekaterimburgo es y seguirá siendo un desliz del que aún no tengo ganas de deshacerme.
VODKA A LA RUSA
EN NUEVA YORK
Nueva York tiene una colorida (y enorme) colonia rusa. Rondar por sus locales permite vivir una de las encarnaciones de esta tan fascinante como lejana cultura.
IMPERATOR
207-211 Brighton Beach Avenue
Brooklyn
T. (718) 934 7070
www.imperatorrestaurant.com
Es un centro nocturno al más puro estilo de la Rusia de los años 90, en el distrito más ruso de Brooklyn: Brighton Beach. Cena, vodka, baile y show, todo por un precio fijo.
ANYWAY CAFÉ
111 Oriental Boulevard
T. (718) 648 3906
www.anywaycafe.com
Cerca, pero no dentro, de Brighton Beach. Especializado en vodkas con infusiones exóticas como lichi y rábano picante.
UNCLE VANYA
315 West 54th Street
T. (212) 262 0542
Lunes a jueves de 12 a 23 horas; viernes y sábados de mediodía
a medianoche; domingos de 14 a 22 horas.
En un rincón de Clinton (Hell’s Kitchen), este lugar sirve excelente cocina rusa y una buena selección de vodkas.
GUÍA
PRÁCTICA
Un buen recorrido de Rusia puede empezar tomando un ferry desde Helsinki o Estocolmo hacia San Petersburgo, vía Tallinn, Estonia, una ciudad con una gran cantidad de monumentos, museos y lugares por visitar. Después de San Petersburgo, es casi obligado tomar el tren a Moscú.Después de unos días de recorrer museos y lugares históricos (no deben faltar, entre muchos otros, la galería Tretyakovski, el parque Gorki y el parque de la Victoria —Park Pobedy, donde en verano sus decenas de fuentes, se pintan de rojo en conmemoración de los millones de muertos durante la Segunda Guerra Mundial—), es fundamental visitar un buen banya, como el Sandunovsky.
El viaje a Yekaterimburgo dura aproximadamente 30 horas en tren o unas dos y media en avión. La ventaja del tren es que uno se adentra en la Rusia que poca gente alcanza a conocer y que puede resultar de interés para muchas personas. En Yekaterimburgo, como en la mayor parte del país con excepción de Moscú y San Petersburgo, la oferta en alojamiento puede ser limitada. Aun así hay desde hoteles de cinco estrellas como el Atrium Palace, hasta reliquias de otra era como el sobrio Oktyabrskaya. A sólo 40 km de la ciudad se encuentra el monumento que separa “oficialmente” Europa y Asia.
DÓNDE DORMIR
La siguiente es una muy breve muestra de la transformación que la oferta hotelera de calidad ha tenido en Rusia en los últimos años (pues no todos queremos pasar las noches en tren, o al menos no siempre).
EN MOSCÚ
RITZ-CARLTON
Tverskaya 3-5
T. 7 (495) 225 8888
www.ritzcarlton.com
Habitaciones desde 450 dólares.
A punto de abrir justo a un lado de la Plaza Roja, el Ritz Carlton tendrá su propio sommelier de vodka, por lo que podría volver a cambiar el destino de esta bebida en la ciudad.
HOTEL BALTSCHUG KEMPINSKI
Ul. Balchug 1
T.7 (495) 230 5500 / 230 6500
www.kempinski-moscow.com
Habitaciones desde 410 dólares.
Su magnífica terraza que mira el Kremlin desde el otro lado del río convierte este elegante edificio en una gran dirección durante el verano.
EN SAN PETERSBURGO
GRAND HOTEL EUROPE
Nevsky Prospect,
Mikhailovskaya Ulitsa 1/7
T. 7 (812) 329 6000
www.grand-hotel-europe.com
Habitaciones desde
490 dólares.
Esta institución de más de 130 años, que ha visto entre sus huéspedes a Turgueniev y a Rasputin, y que fue el destino de luna de miel de Tchaikovsky ahora recibe a sus huéspedes con todos los servicios que distinguen a la cadena Orient Express.
HOTEL ASTORIA
39 Bolshaya Morskaya
T. 7 (812) 494 5757
www.thehotelastoria.com
Habitaciones desde
500 dólares.
Es otra de las opciones más elegantes de la ciudad, frente a la catedral de San Isaac.
EN YEKATERIMBURGO
ATRIUM PALACE HOTEL
Kuibysheva 44
T. 7 (343) 359 6000
www.aph-ural.ru
Habitaciones desde 290 dólares.
OKTYABRSKAYA HOTEL
Sofii Kovalevskoi 17
T. 7 (812) 324 2305
Habitaciones desde 105 dólares.
DÓNDE BEBER
CAFÉ IDIOT
Moika emb. 82
T. 7 (812) 315 1675
www.idiot-club.ru
En San Petersburgo, otro lugar con nombre inspirado en la época dorada de la literatura rusa, se ha convertido en un referente gastronómico y cultural de la segunda capital de Rusia.
CÓMO MOVERSE
TRENES
www.eng.rzd.ru
AEROLÍNEAS
www.aeroflot.com
www.transaero.ru/en
FERRY
www.tallinksilja.com/en
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