Las playas olvidadas de Oaxaca

Se dice que las playas vírgenes no deben buscarse, sino encontrarse por casualidad; de algún modo esto mantendrá su condición pues, por causa del azaroso encuentro, lo más probable es que recaigan en el olvido del viajero, incapaz de recrear el camino hasta ellas.

Y la veneración por las playas vírgenes es cada vez mayor. La gente ve en ellas reliquias de rareza extrema, algo que en el mundo actual pareciera una especie en vías de extinción. Sin embargo, esto es incorrecto. La superficie de playas vírgenes supera por mucho la de playas establecidas, no sólo en México, sino en el mundo.

Una zona que hasta hace poco era rica en playas intocadas era la costa oaxaqueña. No es casualidad que, aprovechando su belleza, el gobierno haya decidido lanzar un desarrollo turístico. Resultado: Bahías de Huatulco, una franja costera de 35 kilómetros de litoral con nueve bahías y, oficialmente, 36 playas. Huatulco fue la consolidación de una zona con gran potencial turístico que hasta entonces sólo tenía como destinos afincados Puerto Escondido y la ya mítica playa nudista de Zipolite. Pero sucede que en este corredor costero que va desde el sur de Huatulco hasta la laguna de Manialtepec, digamos, han quedado olvidadas un buen número de playas, algunas estupendas. En sí, estas playas olvidadas de Oaxaca ofrecen una opción particular para quien desea alejarse no sólo del entorno urbano, sino también del humano, y abandonarse a las aguas primordiales del océano.

TAN CERCA DE HUATULCO

En Huatulco, quienes me rentaron el auto en el que pensaba recorrer a conciencia la costa me aseguraron que aún había playas que seguían siendo como hacía décadas. “Eso se lo dicen a todo mundo”, pensé mientras firmaba el contrato y el voucher de respaldo. De manera que no pedí mayor información sobre las aludidas playas vírgenes y paradisíacas, y me limité a pedir un mapa e indicaciones para salir de ahí en el auto. Verdad era que debí haberlo hecho. No quería frecuentar playas atestadas de gente y vendedores, sin espacio para nada; deseaba más bien descansar sobre arena que no tuviera rastro alguno de pisadas.

Cuando conducía por la zona hotelera de Tangolunda, ornada por hoteles de gran turismo, me dije, impaciente, que la idea que los empleados de la agencia tenían de lo que era una playa virgen podía diferir mucho de la que yo tenía —caracoles de colección sobre la arena y ni un alma en el entorno—. Tal vez los parlanchines empleados se referían a que en la playa no había grandes hoteles, sino sólo palapas, hamacas y alguna enramada sucia donde comer cualquier cosa. Por lo general, y esto lo había notado en diversas ocasiones, a los lugareños no les agradan los sitios sin gente.

Aún faltaban un par de horas para disponer de mi cuarto de hotel, de modo que decidí ir a Bahía Conejos, la única playa que sabía, de buena fuente, que era la más parecida a lo que estaba buscando. Antes de arribar, desde una cuesta en el bulevar que lleva hasta la última de las bahías, pude atisbar el atrayente y fugaz espectáculo de una playa desierta. No era Conejos, pues me habían dicho que estaba claramente anunciada. En el primer retorno disponible volví para resolver si había acceso hacia la playa que había visto. Sólo encontré una suerte de entrada para camiones, abrupta y en declive; donde el terreno se nivelaba se podían apreciar manchas de arena sobre el pasto marchito. Conduje el carro por el escabroso paso hasta encontrar una senda que serpenteaba unos cien metros y terminaba al pie de una duna. A pleno rayo de sol, tuve suerte de que en la zona crecieran tamarindos de frondas respetables. Atravesé el carro bajo una de ellas y luego subí la duna para echar un vistazo.

Si a esto se habían referido los de la agencia cuando hablaron de playas vírgenes, estábamos de acuerdo. Me dediqué a inspeccionar un poco y no encontré señal ni de nombre ni de gente: ningún puesto de comida, ninguna enramada para alquilar hamacas, ni siquiera un indicio de que algún vendedor ambulante pudiera llegar después. Además del oleaje, se escuchaba el motor de los autos que pasaban por la carretera. En la periferia de Huatulco aquella playa se había quedado huérfana. Sólo hacia el norte se distinguían las cúpulas de una mansión de Residencial Conejos, lo demás era el espectáculo de la soledad.

AL FIN: LAS PLAYAS OLVIDADAS

No son muchas, pero sí suficientes para ocupar el espacio de un fin de semana. Las que están al sur de Huatulco, donde terminan las bahías, son más exploradas, sobre todo por surfistas hambrientos de buenas olas. Tal es el caso de Barra de la Cruz, el futuro Puerto Escondido en términos de surf, según los que saben de esto. Esta playa brava es ya sede de un evento internacional de surf. De hecho, es una playa de culto para los mejores exponentes mundiales de la especialidad que aparecen de tanto en tanto con sus aparatosas tablas. De oleaje constante e inclemente, regala un buen espectáculo a quien le guste ver las evoluciones de los surfistas o contemplar sencillamente el desarrollo de las olas. Se encuentra aproximadamente a 40 km de Huatulco por la federal 200 en dirección de Salina Cruz.

Opción menos alejada y más tranquila es la Bocana del Río Copalita, justo después de Bahía Conejos, y que no es otra cosa sino la desembocadura de este río. Puesto que se llega fácilmente en auto, es un sitio muy visitado por grupos de turistas atraídos por los tratamientos de lodo que los lugareños venden en el estuario. El oleaje de la playa no deja de ser fuerte, aunque sin la intensidad de Barra de la Cruz. La entrada está flanqueada por dos restaurantes rústicos, únicas opciones para comer en la Bocana.

El Arrocito podría considerarse una playa si no virgen, al menos sí olvidada. Y es que para llegar a ella es indispensable un auto, pues se encuentra en lo profundo del área residencial del mismo nombre. Es una playa pequeña y muy bien conservada, un santuario dentro de Huatulco mismo.

Es verdad que a la mayoría de las playas semivírgenes de Huatulco se llega sobre todo en lancha. Sin embargo, si le gusta la aventura, puede llegar a la playa Órgano por una vereda apenas insinuada a la orilla de la carretera que conduce a la popular playa de La Entrega. Al seguir este sendero uno desciende, no sin problemas, hasta una playa arrinconada que se diría es sólo accesible por el mar.

Las bahías de Cacaluta y Chachacual son las menos visitadas debido a que su acceso es, sobre todo, por vía marítima. La Bahía San Agustín se encuentra justo en el corazón del poblado la Polvadera y para llegar ahí es necesario un auto, pues el camino es de 13 km desde la carretera. Desde aquí se puede tomar una lancha para llegar a las playas y bahías de El Órgano, El Maguey, Cacaluta y Chachacual en un traslado de 25 minutos (es más barato tomar la lancha aquí que en Bahía Santa Cruz), pero justo antes de Cacaluta, está La India, una playa casi abandonada por el turismo. En una franja de apenas unos 7 metros, tiene los más variados tonos de mar, desde el azul marino hasta un verde esmeralda, debido a su extensión de coral y arena cristalina. Y por eso es visitada para realizar actividades de esnórquel en pequeños grupos que vienen desde Bahía Santa Cruz.

A un lado de la Bahía de San Agustín hay otra franja de playa que se pierde en el horizonte. Es la seductora playa Coyote, cuya arena parda es humedecida por la incesante espuma de las olas.

Siguiendo por la carretera 200, en dirección a Puerto Ángel, hay un discreto anuncio donde se lee “El Derramadero”. Casi nadie sigue la desviación y el camino mismo parece no llevar muy lejos.Al cabo de 6 km de terracería y un villorrio abandonado, hay un desarrollo residencial canadiense con una playa de ensueño. Aquí, exclusividad y virginidad son casi sinónimos. Vale más pasear por Salchi, que es como se llama esta playa, y no merodear entre las casas para evitar así cualquier malentendido.

CÓMO LLEGAR

Volar a Huatulco es lo más conveniente. En el mismo aeropuerto es recomendable rentar un auto, pues será necesario para llegar a la mayoría de estas playas. La entrada a todas ellas se encuentra en algún punto de la carretera federal 200. Barra de la Cruz está 40 km al sur de Huatulco; la Bocana, 17 km; El Arrocito, entre Bahía de Chahué y Tangolunda; a Cacaluta se llega por mar o en cuatrimoto; a Chachacual es necesario contratar los servicios de una embarcación; Playa Coyote está a 25 km del aeropuerto, junto a la Bahía de San Agustín; Salchi queda a 20 km del aeropuerto, al norte de Huatulco, por la desviación a El Derramadero.

QUÉ LLEVAR

Es aconsejable llevar una sombrilla grande para el sol, pues la mayoría de estas playas no cuenta con servicios turísticos. De igual modo, hay que llevar una buena provisión de agua y comida; salvo en dos o tres playas, en el resto no se vende comida.

DÓNDE DORMIR

No es recomendable acampar en ninguna, aunque lo puede intentar en aquellas donde el viento no pega de lleno; pero aún así, por algún motivo no existen áreas de camping ni de cabañas. Por eso, se recomienda hospedarse en alguno de los hoteles de Huatulco, como el Quinta Real Huatulco (www.hotelesboutique.com/quintareal) o el Camino Real Zaachila (www.caminoreal.com/zaashila/main.php), las dos mejores propiedades de la zona ubicadas en la Bahía de Tangolunda.

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