Shedd: el Templo de Neptuno, en Chicago
Fotografía de Ron Gordon

Shedd: el Templo de Neptuno, en Chicago

Hace 75 años un visionario empresario decidió construir un “templo acuático” para Chicago. El estilo beaux arts que eligió el arquitecto Ernest Graham para el acuario bajo techo más grande del mundo fue una manera de seguir dicha fantasía al pie de la letra.
En el extremo sureste del centro de Chicago se encuentra un templo con brillantes escalinatas de mármol, columnas dóricas y una cúpula octagonal que pareciera surgir del Lago Michigan. Superponiéndose a los matices azul verdoso del gigantesco lago, este homenaje a la mitología y arquitectura griega y romana se inspiró en la fascinación que causa el océano en la mente humana.

Comenzó como el sueño de un rico empresario llamado John G. Shedd, ex presidente de la compañía de tiendas departamentales Marshall Field, quien en 1924 decidió construir un acuario de clase mundial. Aunque no vivió lo suficiente para poder ver su sueño hecho realidad, quienes lo sucedieron construyeron el acuario para los habitantes de una ciudad que se reponía del desastre financiero devastador de aquella época.

Un promedio de dos millones anuales de personas caminan por las salas de esta rareza arquitectónica y científica, que alberga 1 500 especies de peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos de mar y de agua dulce. Éstos incluyen una graciosa cría de ballena beluga, que nació en el acuario el 17 de julio de 2006.

AGUA SALADA DESDE FLORIDA
En 1925 se contrató a la firma de arquitectos Graham, Anderson, Probst y White para diseñar lo que sería el Acuario Shedd en una lengüeta de tierra que se adentraba en el Lago Michigan.

El arquitecto encargado fue Ernest Graham, cuya misión sería diseñar un edificio que estuviera a tono con la idea de la época de querer transformar a la ciudad de Chicago en un “París en la pradera”. Por eso se eligió el estilo beaux arts (bellas artes), que combina la ornamentación fantasiosa con las formas clásicas romanas y griegas, y que fue toda una moda en esos años.

La construcción del edificio original terminó en 1929; medía 20 900 metros cuadrados y tuvo un costo de 3.25 millones de dólares. Tal vez lo más curioso de este proceso es que se necesitaron 160 vagones de tren para traer suficiente agua de mar desde la costa de Florida hasta Chicago. De esta forma el acuario estuvo listo para abrir sus puertas en 1930.

Posteriormente se construyó el Oceanarium, donde se encuentran las piscinas en las que viven los mamíferos marinos, distribuidas en cuatro niveles, y el espacio Wild Reef, donde los tiburones son los reyes. Esta ampliación realizada en 1991 costó 90 millones de dólares y significó 19 mil metros cuadrados más.

OLOR A MAR
Las escalinatas que llevan a la entrada del acuario, que se asemeja al Partenón griego, actualmente están ocupadas por una lagartija inflable gigante, que promueve una de las exhibiciones más populares, “Lizards and the Komodo King”.

Faust es el más reciente inquilino del acuario. El dragón o lagartija gigante de Komodo, que mide 2.4 metros y pesa 54.43 kilogramos, es la estrella de esta nueva exhibición que muestra 25 especies de lagartijas.

Al cruzar las puertas de bronce del acuario se pueden ver colgadas algunas de las curiosas lámparas con las que cuenta el vestíbulo. Unas se encuentran envueltas por pulpos de bronce oscuro, otras son caracoles marinos iluminados y sostenidos por corales de hierro, y una de las más grandes es una estrella de mar de 12 puntas. Las cornisas de las puertas también han sido finamente adornadas con olas sobre las que nadan ballenas que parecen sacadas de la novela Moby Dick, y otras lucen conchas y caracoles.

Un domo de vidrio que mide 30 metros de altura y 24 de ancho es la antesala del primer estanque y el más antiguo del acuario, Caribbean Reef. En su entrada cuelga un reloj que, en vez de números, tiene peces, caracoles, tortugas, calamares, estrellas de mar y langostas. Este espacio contiene 250 animales marinos tropicales y evoca unas plácidas vacaciones en un puerto viejo, en algún paraje caribeño. Mirar a través de los cristales se asemeja a una excursión de buceo sin tanques de oxígeno.

De repente estamos de nuevo dentro del Atlántico. Huele a mar mientras las mantarrayas hacen su danza junto a los tiburones martillo. Se acerca una tortuga verde con una forma de moverse muy particular. Según información del acuario, fue bautizada como Nickel, después de ser rescatada en 1998.

El animal no puede mover sus patas traseras ya que el motor de propulsión de una lancha que iba a toda velocidad la hirió en su caparazón y en su espina dorsal. No puede regresar al océano y ahora es una de las inquilinas de uno de los estanques con capacidad para 341 metros cúbicos de agua.

Aquí hay varias historias similares, como las de las nutrias de mar salvadas del desastroso derrame de petróleo del Exxon Valdez en Alaska; una tortuga lagarto gigante donada por pescadores; y arrecifes de corales creados en casa que ayudan a los biólogos a aprender cómo proteger mejor estos frágiles ecosistemas sin dañarlos ni destruirlos.

A principios de este año, incluso, la Administración Océanica y Atmosférica Nacional (NOAA por sus siglas en inglés) reconoció la labor del Acuario Shedd con el premio Sustainable Fisheries Leadership (liderazgo en piscicultura sostenible), por sus esfuerzos en educar al público sobre la necesidad de proteger los recursos marinos.

Otras instalaciones que se pueden visitar en el recorrido son el espacio Amazon Rising (el Amazonas que crece), que incluye una anaconda, pirañas y hasta sapos de Surinam sumergidos bajo los lirios. Aquí la idea es recrear las riberas del gran río Amazonas, el cual llega a crecer hasta nueve metros.

Siguiendo con la travesía se llega a un espacio donde el lago y los océanos del acuario sólo están separados por una extensa pared de vidrio de 158 metros de largo. Es el Oceanarium, una piscina que pareciera tener un horizonte infinito y que es el hogar de los delfines de flanco blanco del Pacífico.
A través del gran ventanal que está detrás de la piscina hay un lago azul y luminoso, con numerosos veleros y botes, y pareciera que el mismo Oceanarium está a punto de levar anclas para navegar hacia allá.

Aquí vive también la ballena beluga Bella y su cría, así como decenas de pingüinos que bostezan, se estiran y socializan. En otro estanque se encuentran las nutrias marinas que se divierten nadando como si fueran torpedos, para diversión del público.

TRAS BAMBALINAS
La ingeniería que se requiere para mantener esta diversidad de vida marina es impresionante, y eso sin contar el trabajo del personal que está pendiente de atender a los visitantes, preparar los alimentos de los animales, limpiar los tanques y manejar el sistema de aguas.

En el Oceanarium se bombean 11 356 metros cúbicos de agua a través de 17.7 kilómetros de tuberías y este volumen debe limpiarse cada dos horas. En el acuario original se necesitaban 120.7 kilómetros de tubería de PVC y un sistema computarizado para manejar 5 678 metros cúbicos de agua.

Además, en el momento en que se decidió ampliar este acuario, los constructores debieron excavar una sección del lago, bombear decenas de miles de metros cúbicos de agua dulce para secar el terreno y finalmente rellenarlo con tierra. También hubo que armonizar el diseño clásico del edificio con sus metas contemporáneas y, para ello, se eligió mármol blanco Georgia.

Pero, para los cientos de familias que visitan el Acuario Shedd cada día, las proezas técnicas e ingenieriles son tan sólo una parte indispensable, pero invisible, del privilegio de poder descubrir una increíble diversidad de vida acuática bajo un solo techoπ

JOHN G. SHEDD AQUARIUM
1200 S. Lake Shore Drive
T. (312) 939 2438
www.sheddaquarium.org
Entrada general: 27
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