Amazonas colombiano: antes y después
El Parque Nacional Amacayacu es una de las máximas atracciones de la amazonía colombiana, donde el turismo se practica en medio de humedades, animales salvajes
e incertidumbres propias del trópico.
Estoy aquí, subiendo paralela al tronco de una ceiba en la que pueden encontrarse 256 especies de insectos. ¿Me picará alguno? ¿Podré resistir en este sofoco que supera el 90% de humedad? Son 30 metros de escalada hasta la copa de ese árbol milenario que desde abajo se me presenta como un par de brazos calientes, protectores.
Dependo de dos cuerdas o líneas de vida, como les dicen aquí, capaces de soportar hasta mil kilos de peso. Me amarraron de tres arneses, me pusieron unos guantes de cuero para deslizarme hacia arriba. La fuerza viene de las piernas. Me impulso. A los 15 metros de subida libre me suelto.
Una mariposa verde esmeralda coquetea conmigo. El aire huele a fruta fresca, el viento me mece, el río Amazonas, color café con leche, está al fondo, hay silbidos de pájaros de todos los colores. Me siento fuerte, como si me hubiera entrado lava en cada poro. Llego en dos minutos y 15 segundos a la plataforma de madera construida en la copa de esa ceiba, una de las cuatro en las que se puede hacer “dosel”, como bautizaron este plan turístico.
Y deliro allí arriba, con el Amazonas a mis pies. Lloro y me conmuevo como hacía mucho tiempo no lo sentía. ¿Por qué me había perdido esto?
Al Amazonas los colombianos venimos por sueños por cumplir, por profesiones —hay mucho biólogo, científico, ingeniero forestal—, por no morirse sin verlo, porque alguno se ganó algún premio —no es ni barato, ni cercano—, porque se derrotó el miedo.
En los años treinta, por ejemplo, la bonanza de las caucheras masacró etnias indígenas enteras. Luego llegó el comercio de las pieles de tigre, de caimán, de serpientes que aquí las hay todas. Cuando se aterriza en el Amazonas colombiano, el pulmón del mundo, el futuro de la humanidad, el todo eso que lo hace aún más único en semejante cruzada destructiva mundial, hay que estar preparado para ser recibido por 150 especies de mamíferos y 500 de aves que viven en el Parque Nacional Natural Amacayacu o “Río de las Hamacas”, en lengua quechua. Aún trafican, los persiguen, los matan. Según las autoridades, el tráfico de animales supera los 30 mil millones de dólares de ganancias anuales.
La última de las bonanzas fue la de la droga. Por las guerras en las que se han trenzado todos en este país que produce el 90% de la coca que se consume en el mundo, había llegado yo aquí, en 1999, cuando la revista en la que trabajaba entonces me pidió desenmarañar la historia de Jean-Marc Fisher, un médico francés que la guerrilla quería matar por considerarlo un espía de Estados Unidos.
Pero el médico no era espía y quienes más se vieron afectados con estas amenazas que pretendían expulsar extranjeros para evitar denuncias, fueron los indígenas agobiados por la malaria sin tregua que Fisher había logrado controlar en una reserva al norte del Amazonas.
Regresé a Bogotá, la capital colombiana, con picadas por todas partes, una de ellas grave. Tenía leishmaniasis, una infección parasitaria que mal cuidada termina matando.
Aquí estoy ahora, casi diez años después, lista a vivir el Amazonas desde un parque natural al que le han invertido 500 mil dólares y que, a juzgar por las fotos, es una réplica del paraíso. Estoy ávida por saber a qué sabe la selva cómoda, sin riesgos, sin picaduras.
LA LLEGADA
Al principio sabe a puro deseo. Aero República, la única aerolínea que desde hace dos años viaja todos los días a Leticia, la capital del Amazonas, canceló el vuelo desde Bogotá, puerto de partida, por una razón muy poco citadina. “Hay quemas”, nos dicen. Y quemas significa terrenos en llamas para sembrar y fertilizar. La práctica está prohibida. Pero a los campesinos y a las autoridades poco les importa que el aire se llene de un humo azul, y que no se vea nada. Deben comer y punto.
Así que los que no viven en Bogotá se quedan en hoteles pagados y los otros volvemos con maletas sin desempacar. Un primer dato importante: las quemas suelen presentarse en septiembre y octubre.
Al día siguiente partimos puntuales en dos aviones llenos tras tres días de quemas. Todos quieren ventana y mientras los miro, pienso en lo niños que vuelve a los adultos el Amazonas, el departamento más grande de los 32 que hay en Colombia. Es una especie de frenesí, de cruzar límites, de salirse del esquema previsible, de sentirse de repente conquistadores en potencia, con ganas de soñarlo todo, dejar atrás lo malo, inventar aquí lo bueno, respirar, pensar, exorcizar. Van a un zoológico natural sin jaulas. ¿Se acercarán tigres? ¿Me olerán los micos? ¿Me cambiará la razón de existir?
Si desde abajo enfocaran con binoculares los aviones que viajan hasta esta esquina del sur, fronteriza con Brasil y Perú, lo que verían serían cientos de narices caladas entre ojos desorbitados. Un mar de brócolis. Ésa es la imagen que resume el Amazonas visto desde el aire. “Donde nos lleguemos a caer, no nos saca nadie de aquí”, comenta alguien. Nos reímos todos.
Viajamos con un grupo lleno de motivos. Una pareja que festejará los 24 años de casados. Otra que celebrará en la selva los 40 años de la esposa. La tercera pareja está recién enamorada. Tras una hora y 40 minutos de viaje, aparece el río más caudaloso del mundo, y al fondo Leticia con 35 mil habitantes. Ya en tierra, todo va muy rápido. Hay que pagar 7 dólares en impuesto de entrada, y también probar el Pirarucú frito, un pescado de 150 kilos, el más grande en escamas que hay en la Tierra. Un chef, contratado por la alcaldía para recibir a los turistas, nos invita a comer copoazú, arazá, marañón, frutas con carácter porque tienen su ácido en medio de un dulce que no empalaga. “No se pierda la gamitana rellena, el mejor de los pescados”, me dice en secreto el chef. Salen las maletas, los taxis nos esperan, nos vamos al muelle por entre calles sin pavimentar. Sentimos el aire denso.
Para llegar al Parque Nacional Amacayacu, que con sus 293 500 hectáreas es uno de los 52 que hay en Colombia, se debe navegar 65 kilómetros o una hora por el río Amazonas. En las orillas se ven las banderas de Colombia, los niños chapotean y no piensan en pirañas, las mujeres lavan ropa, las palmeras se doblan con tanto plátano. Suena la música en forma de fado, de charanga, de vallenato. Todo es grande y colorido y oloroso. La vida se mete. Vamos conmovidos, vamos en silencio, algo que agradezco porque hasta el momento no he tenido que pensar en nada. Sólo en ver, sentir. ¿Aparecerá el famoso delfín rosado del Amazonas, especie única en el mundo? Qué bueno haber venido hasta aquí con todo resuelto.
“Fue mi sueño siempre”, me dice de repente Alina Tamayo, colombiana de 62 años que viaja con su marido. “Sólo hasta ahora lo hago gracias a que existe un presidente (Álvaro Uribe, reelegido hasta 2010) que permitió volver a viajar por Colombia.”
Para los colombianos, tan acostumbrados a décadas de guerra sin respiro, Uribe ha sido un presidente que en cinco años largos de mandato logró replegar a la guerrilla, disminuyó los índices de secuestro y, en general, creó un ambiente de inversión y de confianza.
La consecuencia de todo esto es también el Parque Amacayacu que, desde junio de 2005 y por 10 años, entró en concesión. Hasta el momento son cinco las áreas naturales protegidas entregadas a privados, con inversiones que superan los 2.5 millones de dólares destinados a mejorar servicios e infraestructura. Los resultados son elocuentes: el volumen de turistas en el Amazonas creció 45 por ciento. ¿Qué hicieron?
DESDE LA MALOCA
Al principio no se sabe bien qué hacer, cómo caminar, qué pensar, a qué temer. Estamos ahí, recién desembarcados, tomando jugos de fruta, con el río Amazonas enfrente, unas sombrillas cómodas, unas sillas mullidas. ¿Aventura? ¿Resort de lujo? Los celulares no funcionan, no hay televisión ni internet, hay luz eléctrica 13 horas al día, todo es muy grande, como ese árbol de totumo del que cuelgan pesadas esferas. Se escuchan ruidos. ¿Nos acecharán los animales? El Centro de Visitantes Yawae —Señor de los bosques, en lengua ticuna—, en el que pueden alojarse 50 personas es un alivio de reposo en medio de la selva.
“Bueno muchachos”, interrumpe de repente Linder Pisco, el ecoguía. “Les cuento qué hay que hacer y cómo son las reglas del juego aquí.”
Nos lleva a la “maloca” mayor, centro de recibimiento. Va directo al grano. Las reglas son: no se vende alcohol, se come a horas precisas, no se sale sin ecoguía a ninguno de los 22 senderos que hay construidos en el parque, se dice qué se va a hacer y cuál es el plan con hora y media de anticipación, hay botas pantaneras, ponchos para la lluvia, sombrillas, secadora para la ropa húmeda, “no se orinen en el río Amazonas porque existe un pescado —El Carnero—, que se mete en la uretra cuando huele ese olor”, dice tras advertir que hay enfermería con, entre otros, sueros antiofídicos (para neutralizar las mordeduras de serpientes). “Qué dato importante ése del Carnero”, decimos. Y nos vamos a cenar de todo y en cantidades para aventureros. Pescado, pollo, carne, frutas, verduras. El servicio tiene un ingrediente imprescindible: el cariño. Hay, por ejemplo, café fresco las 24 horas del día y el pan de las mañanas es hecho en casa, es decir, en hornos de la selva. Uno agradece el tanto, el todo.
Quizá por ello, se teje entre nosotros una amistad rápida, sin prevenciones y con risa, mucha risa. La selva no tiene cocteles, ni caras maquilladas, ni apariencias que guardar. Vinimos a ver la base, el principio, el dónde salimos todos. Así que nos vamos a dormir temprano. Los derretidos de amor se alojan en unas de las cuatro cabañas privadas, con vista al río. El resto nos vamos a malocas (como los indígenas llaman a sus casas, circulares, hechas a partir de troncos), construidas sobre gruesos palafitos de madera porque cuando llueve el agua del río sube y esto es Venecia. Otra sorpresa feliz: las literas tienen mosquitero, toallas limpias y jabones que huelen a jazmín. Los baños se comparten, al lado izquierdo las mujeres, al derecho los hombres. Me baño. ¡Duchas con agua caliente en la selva! No hay mucha gente porque es temporada baja (otro dato importante: la mayor afluencia de turistas se registra en junio y julio).
Llueve, truena. Soy testigo de una tormenta eléctrica en el Amazonas y me siento diminuta. Las gotas caen sobre los techos de paja, me asomo por la ventana, veo el río que parece un mar. Duermo en paz en esa cama que huele a limpio.
EL APRENDIZAJE
Ahora que escribo esto y recopilo cada uno de los planes que pueden hacerse en el Amazonas, he decidido ser enfática: menos de cuatro días y tres noches sencillamente no vale la pena.
Las horas que estuvimos junto al grupo lleno de motivos, conocí a Olga Flórez, ama de casa de 44 años que jamás se había subido ni a un columpio por vértigo. En el Amazonas se bajó de la ceiba inmensa con la que empecé esta historia. Lo hizo con una cuerda, a rappel, por darle gusto a su marido al menos una vez en los años que lleva de casada. Pero después me confesaría que había vuelto más fuerte, más sólida. El Amazonas la cambió de una vez y para siempre. También me encontré con Sara Bennet, una bióloga estadounidense que alguna vez se enamoró y se quedó aquí. Hoy vive sola con 17 micos perseguidos por los cazadores. La visitamos, los micos nos saltaron, nos besaron, nos quisieron. ¿Cuándo se puede tocar el tití leoncito, el más pequeño del mundo, en su estado natural? La última de las noches fuimos a cenar a la Casa Navegante, que consta de un cuarto en el segundo piso y baño con agua caliente por energía solar. Abajo hay un salón, una cocina, un bar más una terraza con tumbonas, un capitán, un asistente que lo lleva a donde uno quiera por riachuelos aledaños desconocidos. ¿Puede pedirse algo más que conocer el Amazonas levantándose aquí?
Esa tarde nos metimos al lago Tarapoto y vimos delfines rosados, y nos quedamos en silencio, entre estrellas y lunas. Cuando regresamos a Leticia, a donde hace diez años me había hospedado en el Hotel Colonial, hoy quemado, llegamos al Hotel Ticuna, un placer en la mitad de una ciudad comercial, húmeda. Allí estaba Alberto Lesmes, mejor conocido como Kapax, un hombre símbolo en Colombia porque en 1976 nadó 1 287 kilómetros por el Magdalena, el río que atraviesa Colombia, para lanzar un SOS por el Amazonas. Y sigue insistiendo en que debemos cuidar este pulmón. Me lleva al zoológico de Leticia, donde guarda a Canta Alicia, su anaconda. Hay un caimán ciego, uno que otro mico, un tigre mariposa. “La corrupción. A este departamento se lo han robado los políticos”, me dice Kapax. Todo está abandonado aquí. “No todo”, pienso. Llevo 20 años cubriendo el conflicto armado en Colombia. En los últimos tiempos sentía que la violencia no me sorprendía. Hoy, escribiendo esto, concluyo que lo único capaz de sorprenderme, de conmoverme, es el árbol, el delfín, el mico, Sara, Kapax. No hay que morirse sin ver el Amazonas. Así de simpleπ
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
EN LETICIA
HOTEL TICUNA
ventasnacionales@decameron.com
T. (571) 628 0000
Desde 95 dólares por pareja.
EN EL PARQUE AMACAYACU
En maloca privada: 56 dólares por pareja en temporada baja;
68 dólares en temporada alta.
En litera: 31 dólares
por persona en temporada baja, 38 dólares en temporada alta (estos precios incluyen desayuno y comida).
Más información en www.concesionesparquesnaturales.com
QUÉ COMER
La gastronomía de la región está compuesta principalmente por pescados como la gamitana, el pirarucú, el dorado y el tucunaré. También existe una gran variedad de frutos silvestres como el copoazú, caimo, aguaje, carambolo, la canyarama y el arazá.
QUÉ LLEVAR
Ropa cómoda preferiblemente de algodón o material impermeable, camisas de manga larga para las visitas a la selva, sombrero o gorra, traje de baño, repelente, medicamentos personales. Morral pequeño.
ALGUNOS PASEOS
IMPRESCINDIBLES
1.DOSEL EN CEIBAS: subir hasta la copa de un árbol a través de cuerdas, arneses, esfuerzo. Se puede incluso pasar una noche allí, a 30 metros, con el Amazonas a los pies. Este plan incluye atravesar en puentes colgantes de una ceiba a la otra y un sendero ecológico donde se ven especies únicas.
2. CAMINATAS: las comunidades indígenas han diseñado senderos de interpretación ecológica que resultan en caminatas maravillosas en plena selva con guías capacitados para explicarlo todo. Las hay de baja, media y larga duración. Recomendamos el termino medio para sentir lo que es selva.
3. NADAR: otra alternativa es ir a los lagos de Tarapoto, a una hora del parque, donde viven los delfines grises y rosados. Se puede nadar ahí sin peligro alguno.
4. OTROS: canotaje nocturno a través del río Amazonas o pequeñas quebradas afluentes del mismo. Visita a las comunidades indígenas cercanas a la zona para ver sus artesanías, departir con ellos y degustar su comida. Vale la pena.
VACUNAS
Por prevención conviene vacunarse contra el tétanos y la fiebre amarilla. Mínimo con 10 días de anticipación al viaje.
CÓMO LLEGAR
La agencia de viajes Aviatur, una de las empresas privadas que forma parte de la concesión, tiene varios paquetes que suelen resultar la manera más práctica y económica de hacer el viaje: T. (571) 607 1597 o (571) 286 5555; www.concesionesparquesnaturales.com; www.aviatur.com
Aero República (www.aerorepublica.com), aliada de Copa y de Continental Airlines, y por lo tanto miembro del programa de viajero frecuente Onepass, vuela de Bogotá a la ciudad de Leticia, en el Amazonas, por un costo aproximado de 325 dólares, viaje redondo.
Dependo de dos cuerdas o líneas de vida, como les dicen aquí, capaces de soportar hasta mil kilos de peso. Me amarraron de tres arneses, me pusieron unos guantes de cuero para deslizarme hacia arriba. La fuerza viene de las piernas. Me impulso. A los 15 metros de subida libre me suelto.
Una mariposa verde esmeralda coquetea conmigo. El aire huele a fruta fresca, el viento me mece, el río Amazonas, color café con leche, está al fondo, hay silbidos de pájaros de todos los colores. Me siento fuerte, como si me hubiera entrado lava en cada poro. Llego en dos minutos y 15 segundos a la plataforma de madera construida en la copa de esa ceiba, una de las cuatro en las que se puede hacer “dosel”, como bautizaron este plan turístico.
Y deliro allí arriba, con el Amazonas a mis pies. Lloro y me conmuevo como hacía mucho tiempo no lo sentía. ¿Por qué me había perdido esto?
Al Amazonas los colombianos venimos por sueños por cumplir, por profesiones —hay mucho biólogo, científico, ingeniero forestal—, por no morirse sin verlo, porque alguno se ganó algún premio —no es ni barato, ni cercano—, porque se derrotó el miedo.
En los años treinta, por ejemplo, la bonanza de las caucheras masacró etnias indígenas enteras. Luego llegó el comercio de las pieles de tigre, de caimán, de serpientes que aquí las hay todas. Cuando se aterriza en el Amazonas colombiano, el pulmón del mundo, el futuro de la humanidad, el todo eso que lo hace aún más único en semejante cruzada destructiva mundial, hay que estar preparado para ser recibido por 150 especies de mamíferos y 500 de aves que viven en el Parque Nacional Natural Amacayacu o “Río de las Hamacas”, en lengua quechua. Aún trafican, los persiguen, los matan. Según las autoridades, el tráfico de animales supera los 30 mil millones de dólares de ganancias anuales.
La última de las bonanzas fue la de la droga. Por las guerras en las que se han trenzado todos en este país que produce el 90% de la coca que se consume en el mundo, había llegado yo aquí, en 1999, cuando la revista en la que trabajaba entonces me pidió desenmarañar la historia de Jean-Marc Fisher, un médico francés que la guerrilla quería matar por considerarlo un espía de Estados Unidos.
Pero el médico no era espía y quienes más se vieron afectados con estas amenazas que pretendían expulsar extranjeros para evitar denuncias, fueron los indígenas agobiados por la malaria sin tregua que Fisher había logrado controlar en una reserva al norte del Amazonas.
Regresé a Bogotá, la capital colombiana, con picadas por todas partes, una de ellas grave. Tenía leishmaniasis, una infección parasitaria que mal cuidada termina matando.
Aquí estoy ahora, casi diez años después, lista a vivir el Amazonas desde un parque natural al que le han invertido 500 mil dólares y que, a juzgar por las fotos, es una réplica del paraíso. Estoy ávida por saber a qué sabe la selva cómoda, sin riesgos, sin picaduras.
LA LLEGADA
Al principio sabe a puro deseo. Aero República, la única aerolínea que desde hace dos años viaja todos los días a Leticia, la capital del Amazonas, canceló el vuelo desde Bogotá, puerto de partida, por una razón muy poco citadina. “Hay quemas”, nos dicen. Y quemas significa terrenos en llamas para sembrar y fertilizar. La práctica está prohibida. Pero a los campesinos y a las autoridades poco les importa que el aire se llene de un humo azul, y que no se vea nada. Deben comer y punto.
Así que los que no viven en Bogotá se quedan en hoteles pagados y los otros volvemos con maletas sin desempacar. Un primer dato importante: las quemas suelen presentarse en septiembre y octubre.
Al día siguiente partimos puntuales en dos aviones llenos tras tres días de quemas. Todos quieren ventana y mientras los miro, pienso en lo niños que vuelve a los adultos el Amazonas, el departamento más grande de los 32 que hay en Colombia. Es una especie de frenesí, de cruzar límites, de salirse del esquema previsible, de sentirse de repente conquistadores en potencia, con ganas de soñarlo todo, dejar atrás lo malo, inventar aquí lo bueno, respirar, pensar, exorcizar. Van a un zoológico natural sin jaulas. ¿Se acercarán tigres? ¿Me olerán los micos? ¿Me cambiará la razón de existir?
Si desde abajo enfocaran con binoculares los aviones que viajan hasta esta esquina del sur, fronteriza con Brasil y Perú, lo que verían serían cientos de narices caladas entre ojos desorbitados. Un mar de brócolis. Ésa es la imagen que resume el Amazonas visto desde el aire. “Donde nos lleguemos a caer, no nos saca nadie de aquí”, comenta alguien. Nos reímos todos.
Viajamos con un grupo lleno de motivos. Una pareja que festejará los 24 años de casados. Otra que celebrará en la selva los 40 años de la esposa. La tercera pareja está recién enamorada. Tras una hora y 40 minutos de viaje, aparece el río más caudaloso del mundo, y al fondo Leticia con 35 mil habitantes. Ya en tierra, todo va muy rápido. Hay que pagar 7 dólares en impuesto de entrada, y también probar el Pirarucú frito, un pescado de 150 kilos, el más grande en escamas que hay en la Tierra. Un chef, contratado por la alcaldía para recibir a los turistas, nos invita a comer copoazú, arazá, marañón, frutas con carácter porque tienen su ácido en medio de un dulce que no empalaga. “No se pierda la gamitana rellena, el mejor de los pescados”, me dice en secreto el chef. Salen las maletas, los taxis nos esperan, nos vamos al muelle por entre calles sin pavimentar. Sentimos el aire denso.
Para llegar al Parque Nacional Amacayacu, que con sus 293 500 hectáreas es uno de los 52 que hay en Colombia, se debe navegar 65 kilómetros o una hora por el río Amazonas. En las orillas se ven las banderas de Colombia, los niños chapotean y no piensan en pirañas, las mujeres lavan ropa, las palmeras se doblan con tanto plátano. Suena la música en forma de fado, de charanga, de vallenato. Todo es grande y colorido y oloroso. La vida se mete. Vamos conmovidos, vamos en silencio, algo que agradezco porque hasta el momento no he tenido que pensar en nada. Sólo en ver, sentir. ¿Aparecerá el famoso delfín rosado del Amazonas, especie única en el mundo? Qué bueno haber venido hasta aquí con todo resuelto.
“Fue mi sueño siempre”, me dice de repente Alina Tamayo, colombiana de 62 años que viaja con su marido. “Sólo hasta ahora lo hago gracias a que existe un presidente (Álvaro Uribe, reelegido hasta 2010) que permitió volver a viajar por Colombia.”
Para los colombianos, tan acostumbrados a décadas de guerra sin respiro, Uribe ha sido un presidente que en cinco años largos de mandato logró replegar a la guerrilla, disminuyó los índices de secuestro y, en general, creó un ambiente de inversión y de confianza.
La consecuencia de todo esto es también el Parque Amacayacu que, desde junio de 2005 y por 10 años, entró en concesión. Hasta el momento son cinco las áreas naturales protegidas entregadas a privados, con inversiones que superan los 2.5 millones de dólares destinados a mejorar servicios e infraestructura. Los resultados son elocuentes: el volumen de turistas en el Amazonas creció 45 por ciento. ¿Qué hicieron?
DESDE LA MALOCA
Al principio no se sabe bien qué hacer, cómo caminar, qué pensar, a qué temer. Estamos ahí, recién desembarcados, tomando jugos de fruta, con el río Amazonas enfrente, unas sombrillas cómodas, unas sillas mullidas. ¿Aventura? ¿Resort de lujo? Los celulares no funcionan, no hay televisión ni internet, hay luz eléctrica 13 horas al día, todo es muy grande, como ese árbol de totumo del que cuelgan pesadas esferas. Se escuchan ruidos. ¿Nos acecharán los animales? El Centro de Visitantes Yawae —Señor de los bosques, en lengua ticuna—, en el que pueden alojarse 50 personas es un alivio de reposo en medio de la selva.
“Bueno muchachos”, interrumpe de repente Linder Pisco, el ecoguía. “Les cuento qué hay que hacer y cómo son las reglas del juego aquí.”
Nos lleva a la “maloca” mayor, centro de recibimiento. Va directo al grano. Las reglas son: no se vende alcohol, se come a horas precisas, no se sale sin ecoguía a ninguno de los 22 senderos que hay construidos en el parque, se dice qué se va a hacer y cuál es el plan con hora y media de anticipación, hay botas pantaneras, ponchos para la lluvia, sombrillas, secadora para la ropa húmeda, “no se orinen en el río Amazonas porque existe un pescado —El Carnero—, que se mete en la uretra cuando huele ese olor”, dice tras advertir que hay enfermería con, entre otros, sueros antiofídicos (para neutralizar las mordeduras de serpientes). “Qué dato importante ése del Carnero”, decimos. Y nos vamos a cenar de todo y en cantidades para aventureros. Pescado, pollo, carne, frutas, verduras. El servicio tiene un ingrediente imprescindible: el cariño. Hay, por ejemplo, café fresco las 24 horas del día y el pan de las mañanas es hecho en casa, es decir, en hornos de la selva. Uno agradece el tanto, el todo.
Quizá por ello, se teje entre nosotros una amistad rápida, sin prevenciones y con risa, mucha risa. La selva no tiene cocteles, ni caras maquilladas, ni apariencias que guardar. Vinimos a ver la base, el principio, el dónde salimos todos. Así que nos vamos a dormir temprano. Los derretidos de amor se alojan en unas de las cuatro cabañas privadas, con vista al río. El resto nos vamos a malocas (como los indígenas llaman a sus casas, circulares, hechas a partir de troncos), construidas sobre gruesos palafitos de madera porque cuando llueve el agua del río sube y esto es Venecia. Otra sorpresa feliz: las literas tienen mosquitero, toallas limpias y jabones que huelen a jazmín. Los baños se comparten, al lado izquierdo las mujeres, al derecho los hombres. Me baño. ¡Duchas con agua caliente en la selva! No hay mucha gente porque es temporada baja (otro dato importante: la mayor afluencia de turistas se registra en junio y julio).
Llueve, truena. Soy testigo de una tormenta eléctrica en el Amazonas y me siento diminuta. Las gotas caen sobre los techos de paja, me asomo por la ventana, veo el río que parece un mar. Duermo en paz en esa cama que huele a limpio.
EL APRENDIZAJE
Ahora que escribo esto y recopilo cada uno de los planes que pueden hacerse en el Amazonas, he decidido ser enfática: menos de cuatro días y tres noches sencillamente no vale la pena.
Las horas que estuvimos junto al grupo lleno de motivos, conocí a Olga Flórez, ama de casa de 44 años que jamás se había subido ni a un columpio por vértigo. En el Amazonas se bajó de la ceiba inmensa con la que empecé esta historia. Lo hizo con una cuerda, a rappel, por darle gusto a su marido al menos una vez en los años que lleva de casada. Pero después me confesaría que había vuelto más fuerte, más sólida. El Amazonas la cambió de una vez y para siempre. También me encontré con Sara Bennet, una bióloga estadounidense que alguna vez se enamoró y se quedó aquí. Hoy vive sola con 17 micos perseguidos por los cazadores. La visitamos, los micos nos saltaron, nos besaron, nos quisieron. ¿Cuándo se puede tocar el tití leoncito, el más pequeño del mundo, en su estado natural? La última de las noches fuimos a cenar a la Casa Navegante, que consta de un cuarto en el segundo piso y baño con agua caliente por energía solar. Abajo hay un salón, una cocina, un bar más una terraza con tumbonas, un capitán, un asistente que lo lleva a donde uno quiera por riachuelos aledaños desconocidos. ¿Puede pedirse algo más que conocer el Amazonas levantándose aquí?
Esa tarde nos metimos al lago Tarapoto y vimos delfines rosados, y nos quedamos en silencio, entre estrellas y lunas. Cuando regresamos a Leticia, a donde hace diez años me había hospedado en el Hotel Colonial, hoy quemado, llegamos al Hotel Ticuna, un placer en la mitad de una ciudad comercial, húmeda. Allí estaba Alberto Lesmes, mejor conocido como Kapax, un hombre símbolo en Colombia porque en 1976 nadó 1 287 kilómetros por el Magdalena, el río que atraviesa Colombia, para lanzar un SOS por el Amazonas. Y sigue insistiendo en que debemos cuidar este pulmón. Me lleva al zoológico de Leticia, donde guarda a Canta Alicia, su anaconda. Hay un caimán ciego, uno que otro mico, un tigre mariposa. “La corrupción. A este departamento se lo han robado los políticos”, me dice Kapax. Todo está abandonado aquí. “No todo”, pienso. Llevo 20 años cubriendo el conflicto armado en Colombia. En los últimos tiempos sentía que la violencia no me sorprendía. Hoy, escribiendo esto, concluyo que lo único capaz de sorprenderme, de conmoverme, es el árbol, el delfín, el mico, Sara, Kapax. No hay que morirse sin ver el Amazonas. Así de simpleπ
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
EN LETICIA
HOTEL TICUNA
ventasnacionales@decameron.com
T. (571) 628 0000
Desde 95 dólares por pareja.
EN EL PARQUE AMACAYACU
En maloca privada: 56 dólares por pareja en temporada baja;
68 dólares en temporada alta.
En litera: 31 dólares
por persona en temporada baja, 38 dólares en temporada alta (estos precios incluyen desayuno y comida).
Más información en www.concesionesparquesnaturales.com
QUÉ COMER
La gastronomía de la región está compuesta principalmente por pescados como la gamitana, el pirarucú, el dorado y el tucunaré. También existe una gran variedad de frutos silvestres como el copoazú, caimo, aguaje, carambolo, la canyarama y el arazá.
QUÉ LLEVAR
Ropa cómoda preferiblemente de algodón o material impermeable, camisas de manga larga para las visitas a la selva, sombrero o gorra, traje de baño, repelente, medicamentos personales. Morral pequeño.
ALGUNOS PASEOS
IMPRESCINDIBLES
1.DOSEL EN CEIBAS: subir hasta la copa de un árbol a través de cuerdas, arneses, esfuerzo. Se puede incluso pasar una noche allí, a 30 metros, con el Amazonas a los pies. Este plan incluye atravesar en puentes colgantes de una ceiba a la otra y un sendero ecológico donde se ven especies únicas.
2. CAMINATAS: las comunidades indígenas han diseñado senderos de interpretación ecológica que resultan en caminatas maravillosas en plena selva con guías capacitados para explicarlo todo. Las hay de baja, media y larga duración. Recomendamos el termino medio para sentir lo que es selva.
3. NADAR: otra alternativa es ir a los lagos de Tarapoto, a una hora del parque, donde viven los delfines grises y rosados. Se puede nadar ahí sin peligro alguno.
4. OTROS: canotaje nocturno a través del río Amazonas o pequeñas quebradas afluentes del mismo. Visita a las comunidades indígenas cercanas a la zona para ver sus artesanías, departir con ellos y degustar su comida. Vale la pena.
VACUNAS
Por prevención conviene vacunarse contra el tétanos y la fiebre amarilla. Mínimo con 10 días de anticipación al viaje.
CÓMO LLEGAR
La agencia de viajes Aviatur, una de las empresas privadas que forma parte de la concesión, tiene varios paquetes que suelen resultar la manera más práctica y económica de hacer el viaje: T. (571) 607 1597 o (571) 286 5555; www.concesionesparquesnaturales.com; www.aviatur.com
Aero República (www.aerorepublica.com), aliada de Copa y de Continental Airlines, y por lo tanto miembro del programa de viajero frecuente Onepass, vuela de Bogotá a la ciudad de Leticia, en el Amazonas, por un costo aproximado de 325 dólares, viaje redondo.
























