
Reportaje especial: Presuntos Responsables
Colombia ha cambiado. Para bien. Y una mirada a las aportaciones de estas personalidades del mundo de la hotelería, el diseño, la gastronomía, el ecoturismo y el arte nos dejará claro qué tanto, cómo y (en cierta medida) gracias a quién.
Por
Margarita Posada Jaramillo |
noviembre 2007
|
Tags:
colombia, personajes, hoteleria, gastronomia, diseno, arte
TOMÁS RUEDA
EL RESTAURANTERO
Su primera aproximación a la cocina la recuerda claramente: tenía cinco años y su mamá le enseñaba a hacer arroz en el desaparecido pueblo de Armero, enterrado por el volcán Ruiz en 1985. De estudios poco. Dice que tiene el bachillerato de milagro. Este gran cocinero se lo debemos más bien al rock, pues soñaba con tener una banda más grande que los Stones, pero dejó de tocar cuando le robaron todos los equipos y se dio cuenta de que la música no le estaba dando un centavo. Entonces decidió montar el restaurante Donostia con Juan Pablo Loaiza y fue así como importaron el concepto de cocina de mercado, que consiste en hacer platos en función de los productos de la temporada: la creatividad del chef tiene que ceñirse a lo que le ofrezcan las plazas y hay más calidad que cuando tiene que preparar una receta sin que los ingredientes cumplan ciertas condiciones. Por eso, y a pesar de que sigue siendo un gran bajista, a Tomás le encanta ir a los mercados a ver qué se encuentra. Sus platillos son frescos y espontáneos y nada tienen que ver con esa tendencia a fusionar a la fuerza lo que no merece fusión alguna.
Tomás cree que, como la música, la cocina se divide en dos: la buena y la mala. Aunque no se inclina por ningún género, sí acepta que le gusta lo rápido de la cocina asiática, lo lento de la europea y lo desenfadado de la colombiana, de cuya tradición culinaria siempre ha querido destacar el ingrediente infaltable: el maíz. Enemigo acérrimo del perro caliente, Rueda dice que el peor error que un chef puede cometer es darle excesivo espacio a su ego, sobre todo en la creatividad sin técnica. La tan trillada comida fusión le parece ficticia y mentirosa. “Parece un freak show: la mujer peluda, el hombre más fuerte, el niño de tres ojos… no se sabe qué plato es más raro que el otro.” La cocina sin tantas arandelas de Donostia funcionó tan bien, que este año abrieron Tábula, una gran casa adaptada por los arquitectos Juan Carlos Millán y Andrés Ortiz en donde el comensal puede escoger platos poco rimbombantes pero bien preparados, y enfocados sobre todo en los cortes de la carne.
Parece verdad que entre más sencilla es la carta de un restaurante, mejor es su comida, y por eso lo que mejor habla de estos dos jóvenes restauranteros son sus platos. Ninguna palabra puede reemplazar el pulpo a la plancha o la musaka de cordero de Tábula, ni tampoco hay adjetivos para describir los garbanzos de Donostia o su timbal de trufa de chocolate.
Para sumar algo a esos sabores podría decirse que Tomás ya no llora al picar cebolla, a menos que esté muy viva, que jamás se cansará de comer los ravioli de su invención (con suero costeño y chorizo), que su utensilio más preciado es un molcajete mexicano de roca y que en sus restaurantes la única norma de etiqueta para la mesa es una sonrisa. Aunque ambos siempre están conversando con sus comensales, no tratan de dárselas de inteligentes, elegantes o conocedores íntegros del tema. Sus dos restaurantes, Tábula y Donostia, han creado clientes fieles de otra manera: aprendiendo cada una de sus mañas. A la segunda o tercera vez que alguien va, no sólo Tomás, sino sus empleados, saben en qué mesa le gusta sentarse y qué vino toma.
DONOSTIA Y TÁBULA
Calle 29 Bis, 5-84 (90)
T. 57 (1) 287 3943 / 245 7953
Lunes a viernes de 12 a 16 horas, miércoles a sábados de 19 a 23 horas.
GABRIEL GUTIÉRREZ Y JULIANA RAMIREZ
LOS HOTELEROS
Él es Gabriel Gutiérrez. La otra parte de la dupla es, como él, colombiana y comparte no sólo el escritorio, sino la cama. Pero Juliana Ramírez es tan adicta al picante y tan alburera como cualquier mexicano. Creció entre el DF y Monterrey, y luego volvió a su país natal para estudiar arquitectura en la Universidad de los Andes. Sin embargo, hizo un intercambio en la UNAM que fue determinante, pues estudió a profundidad las arquitecturas teotihuacana y maya. Y no es por complacer a Juliana que Gabriel dice que el hotel más impactante del mundo es el Básico de Playa del Carmen. Mientras Juliana partió a Nueva York, donde hizo una práctica en el Museo del Barrio (museo de arte latino de origen puertorriqueño) y trabajó en la mejor chocolatería de SoHo, Gabriel se paseaba por las calles de Barcelona y se ganaba la vida trabajando para los arquitectos Carlos Ferrater y Elena Mateu.
Un par de años después se encontraron y, además de juntarse, decidieron trabajar juntos. Aunque la trayectoria de ninguno de los dos es vasta, ya ganaron el Concurso de Bibliotecas del Casanare para diseñar la biblioteca de Yopal en esa zona rural de Colombia y han trabajado en varios proyectos de menor escala. Lo que se les viene encima, o ya se les vino, aunque no sea sino un hotel de pocas habitaciones, es el gran reto de esta pareja. Juliana ya había participado hace unos años en el diseño y la construcción del hermoso hotel Grand House en Bogotá. Diseñó desde las lámparas hasta las sillas del bar. Gabriel, en cambio, aporta desde su mero instinto de huésped, desde su propia percepción de lo que debería ser un hotel, que en nada se parece a ese concepto globalizado y estándar de los hoteles de cadena.
El Hotel Gaitán será privilegio de pocos. Estará ubicado en la Zona G de Bogotá, que actualmente se considera el gran foco gastronómico de la ciudad, y su nombre no está inspirado en el famoso líder político que fue asesinado en el 48, sino en su antiguo dueño, Jorge Gaitán Cortés, un famoso arquitecto de la misma época que aportó mucho de sus investigaciones sobre modernismo a la arquitectura del momento y que desde 1953 habitó la casa. Es por eso que el diseño de Gabriel y Juliana está basado en los años 50, década durante la cual consideran que surgió la mejor arquitectura en Bogotá. Su proyecto es una especie de remembranza del modernismo en Colombia y la idea es que esos ejecutivos que tienen que quedarse toda la semana en la ciudad puedan sentirse más a gusto que en un hotel corriente. También que la gente de la capital interactúe con el hotel (lo cual no se acostumbra mucho aún), vaya a comer a un restaurante bar que pondrán en la terraza y compre los muebles y accesorios que ofrecerán en la tienda del hotel, la mayoría piezas de anticuario originales de la época.
El proyecto estará listo a mediados del año próximo. Mientras tanto, Juliana y Gabriel trabajan duro y planean desde ya una intervención artística para la noche de inauguración. Juliana piensa en el Gaitán incluso cuando pone la cabeza en la almohada. Recuerda inmediatamente que estos objetos son el termómetro de un hotel: “Si te gusta la almohada, te gusta el hotel”, se dice mientras cierra los ojos y planea un menú de almohadas.
ROBERTO POSADA
EL VERSÁTIL
Los tipos que Roberto contrató para que hicieran su mudanza desde California no lo encontraron muy simpático. Dentro de sus pertenencias había muebles pesadísimos. Tan sólo su mesa del comedor, de madera maciza, pesaba una tonelada. Pero Roberto no iba a abandonarla a su suerte, después de haberse cautivado con ella cuando pidió prestado el baño de un almacén de arte coreano, en cuyo patio trasero yacía olvidada. Así que tuvo que contratar una grúa de construcción para subirla.
Para Roberto, los muebles son casi como seres vivos en un lugar en donde los únicos vivos con quien él es capaz de interactuar día y noche son sus dos perros.
En la época en que estudió, no era común que la gente se formara escogiendo diferentes cursos sin importar la carrera. Sin embargo, él se adelantó y mezcló materias tan diversas como literatura, cine, sociología e historia. También estudió hotelería y turismo porque le parecía fascinante la vida de Pablo Jaramillo, un pariente cercano que dedicó toda su vida a deleitar paladares en el reconocido restaurante de comida típica colombiana Casavieja. Un tiempo en París para cultivarse como persona y otro en Miami para curtirse como inversionista y creador de varios restaurantes (Café Tu Tu Tango, entre ellos) fueron la fórmula perfecta para alguien que necesitaba huir de su país a como diera lugar. Desde ese entonces Roberto se convirtió en un nómada, entre cuyos destinos figuraron también Aspen y Los Ángeles.
De su época en Aspen recuerda sobre todo la cantidad de esquí que practicó, mientras administraba una casa de huéspedes privada y montaba el restaurante Jimmie’s, del que aún es socio. Allí también fue vicepresidente del Festival de Cine Independiente y ayudó a consolidar la “iniciativa para los latinos” en una fundación en la que también lideró un programa para niños con cáncer terminal. Fue algo así como formar parte de una comunidad pequeña pero muy sofisticada y poderosa, donde conoció todo tipo de gente. Era una vida “de provincia” y “de mundo” al mismo tiempo. Pero como buen gitano, decidió emprender el rumbo hacia Los Ángeles, donde se dedicó a hacer yoga y a descubrirse personalmente, al tiempo que participaba como voluntario en un campamento de verano para discapacitados que más tarde le dio la idea de fundar The Cheshire Project, una organización sin fines de lucro que hace campamentos de verano deportivos y culturales para discapacitados. El éxito fue tal, que los escritores de South Park les escribieron un guión para hacer una telenovela con ellos.
Sin embargo, después de tantos años lejos, Roberto sintió la necesidad de volver a Colombia. Y así volvemos a la escena de la mesa y la grúa, de donde podemos entender claramente por qué se le metió en la cabeza la idea de montar una tienda de objetos artísticos de diseño donde se pueden encontrar las piezas de varios artistas o artesanos —no importa la distinción— que en su oficio combinan la manualidad con la producción, el arte con el diseño, y lo singular con lo convencional.
Lo bautizó Zona Áurea inspirado en el concepto de la proporción áurea, en donde la suma de todas las partes es lo que genera esa justa medida que existe en la naturaleza, y eso es lo que pretende ofrecerle al cliente: armonía para sus espacios. En Zona Áurea no existe una línea divisoria entre producto, obra de arte o pieza artesanal. Allí cada objeto es exhibido y a la vez comercializado para así promover a aquellos creadores que, como Da Vinci o los artesanos de la etnia kogui de Colombia, interactúan día a día con los materiales —labran, esculpen, graban, martillan, tallan y amasan con sus propias manos— para darles una forma individual a los objetos e imprimirles un aura que perdura y trasciende a través del tiempo.
ZONA ÁUREA
Carrera 13ª, 94ª – 26 L3
T. 57 (1) 635 7413
GUSTAVO PINTO
EL DISEÑADOR
No es muy usual que un administrador de empresas tenga sensibilidad para diseñar. Menos si lo aprende casi empíricamente, como lo hizo este ibaguereño de 59 años que dedicó más de 25 al diseño. El estudio Portobelo, tan reconocido en la capital colombiana, es obra suya: lo que comenzó como un estudio de arquitectos en el que Gustavo Pinto hacía casi todo el trabajo de diseño interior, terminó siendo un gran centro de diseño que hasta hoy ofrece las mejores opciones de decoración y diseño del país. Con esa reconocida marca, Gustavo y sus socios importaron muebles de colecciones tan exclusivas como la de Ralph Lauren y exportaron sus propias creaciones para marcas como Christian Dior y Bloomingdales.
Ese mismo personaje, que con Portobelo diseñó casas, restaurantes y muebles en México, Brasil y Venezuela, decidió darse un año sabático a fines de la década de los noventa. Y así partió hacia Barcelona, donde se dedicó a pasear y a comer rico durante un año largo. Pero el sabático duró mucho más que eso. Gustavo no veía que las cosas andaran muy bien por su país, así que decidió montar una oficina de arquitectos en la ciudad catalana y estuvo allí casi seis años, pensando siempre en esa palabra que le da el título a una película de Almodóvar y también a un tango de Gardel: volver.
Sin embargo, cuando se vive cerca del mar no se contempla siquiera echar raíces tierra adentro. Gustavo lo tenía clarísimo. Su afición por el buceo y por la navegación, así como su gran afinidad con el Mediterráneo lo hicieron buscar su lugar cerca del mar. Y esos paseos de fin de semana con sus amigos bordeando la costa española hasta llegar a Francia fueron su inspiración, pues en lugares como Perpignan y Avignon tuvo la oportunidad de quedarse en unos pequeños hoteles llamados boutique, que en Latinoamérica aún no eran populares, excepto acaso por las paladares de Cuba, en donde la gente atiende al comensal en su propia casa y le prepara comida típica de la isla.
Gustavo tenía el lugar perfecto para repetir este concepto cerca de su gente y así lo hizo. En 2002 restauró la casa que tenía en el casco antiguo de Cartagena y lo convirtió en un hotel de siete habitaciones, de la mano de su socio, el arquitecto Sergio Castaño. La idea estaba tan poco explotada que fue todo un éxito. Primero recibió como huéspedes a viejos amigos o conocidos y luego, por azar, vino un grupo de extranjeros que había llegado en su velero y quería descansar unos días. Así se corrió la voz entre marineros y el Hotel Agua se convirtió en la parada obligatoria de la mayoría de los navegantes que llegan a Cartagena.
A pesar de que hoy existen muchos hoteles boutique en Cartagena, varios detalles hacen del Agua un lugar particular. En primer lugar, Sergio y Gustavo crearon una pequeña fundación conformada por diferentes artesanos a quienes ellos guían con sus diseños y cuyas piezas luego promueven y exhiben en las vitrinas del hotel, que dan a la calle. Luego vienen todos los detalles de adentro: en un lugar tan caliente como Cartagena, la suavidad de una sábana marca toda la diferencia. Y al despertar, le espera al huésped una mesa en la que hay desde panes estilo francés y muffins, hasta las frituras más autóctonas de la ciudad, como son las carimañolas (pasteles de yuca rellenos de carne) y las inigualables arepas de huevo de Rosa. El jugo de lulo y los mojitos del Agua también son famosos y todos los productos de los baños son naturales: jabones artesanales, estropajos, esencias y aceites. Nada parece de un hotel, sino de la casa de un amigo (sofisticado). Y la idea de Gustavo es mantenerlo así, razón por la cual nunca ha pensado, a pesar de que se lo han ofrecido, montar muchos más hoteles boutique con su respaldo. Por lo pronto, sólo quiso complementar la estadía de la gente en Cartagena con la opción de ir a playas más vírgenes, como las de Barú, tierra firme que sin embargo forma parte de las Islas del Rosario, a una hora y media de la ciudad en lancha. Por eso diseñó cuatro bungalows que pronto serán seis, cada uno con su piscina privada, para que sus huéspedes no hagan nada más que contemplar el mar y descansar frente a las aguas cristalinas que rodean el lugar.
AGUA
Calle de Ayos 4-29
Cartagena de Indias
T. 57 (5) 664 9479
www.hotelagua.com.co
JUAN GALLO Y GLORIA SALDARRIAGA
LOS GALERISTAS
Juan es publicista y elocuente. Gloria, diseñadora gráfica y buena para oír. Ambos vivieron en Londres y tienen semblantes despampanantes. Él adoptó cierto aire flemático en su vestir y ella, que tiene menos zapatos de los que quisiera y más lindos que cómodos, siempre está como para un prêt à porter. Los dos son tan paisas (de la región de Medellín) como el café o la arepa (la tortilla de maíz de estos rumbos). Si Juan es el director de la orquesta, Gloria viene siendo un instrumento de cuerda, que tiempla, arrastra y amarra a la tierra. El tándem perfecto, según sus propias palabras.
Él trabajó con varias multinacionales en Nueva York y Londres. También estuvo involucrado en producción musical varios años, en conciertos como The Wall Live en Berlín y el de Jean Michel Jarré en La Défense de París, entre otros. Luego creó su empresa de publicidad especializada en imagen corporativa con sede en Londres para clientes de Latinoamérica. Entretanto, ella desfilaba en todas las pasarelas de las grandes textileras colombianas y con el dinero que ganaba iba comprando obras de artistas de su generación.
Como pareja, empezaron a interesarse en el arte contemporáneo con una actitud abierta, no tanto con el objetivo de coleccionar sino de gozar y aprender. Así fue como se alistaron para tener olfato de sabuesos. Percibieron que el arte era un fenómeno excesivamente cerrado a las masas, poco conectado con la ciudad y, para hacer de él algo más democrático, crearon la galería itinerante Alcuadrado, que concibe cada exposición según el proyecto y la obra de los artistas que representa, para luego mostrarla en espacios urbanos que estaban olvidados en medio de las calles.
Así fue como hicieron de Bogotá una gran galería. Plantas abandonadas, iglesias desoladas y casas de narcotraficantes expropiadas por el Estado son algunos de los escenarios en los que Alcuadrado desacraliza el arte y lo pone a la vista de todos. A la exposición “Campos Latinoamericanos”, de los artistas Miguel Ángel Rojas y Regina Silveira, que se realizó en el antiguo Hotel Hilton (una edificación inconclusa y abandonada) asistieron 1 300 personas en tan sólo 15 días.
Esta pareja, que admira el trabajo y los artistas de las galerías mexicanas Kurimanzutto y OMR, define al buen artista como testigo de su tiempo. A la hora de escoger a quién representar, buscan sobre todo sinceridad, cualidad claramente visible en artistas de Alcuadrado como Óscar Muñoz, María Elvira Escallón, Alberto Baraya y Caio Reisewitz. Gloria, que jamás pondría en su sala algo de Romero Britto y que en cambio la adaptaría como fuera para tener el tiburón de Damien Hirst, dice que el tono de voz es infalible para reconocer al verdadero artista.
Alcuadrado se proyecta como una de las mayores representantes del arte colombiano en ferias de arte internacionales como Art Basel Miami Beach y también a nivel local, en la incipiente feria ArtBo, en Bogotá.
ALCUADRADO
Carrera 7ª, 71-21, Torre B-908
T. 57 (1) 312 3048
www.alcuadrado-art.com
SAMY BESSUDO
EL ECOLOGISTA
A mano derecha, en una repisa donde reposan libros sobre lugares inhóspitos y hermosos, Samy tiene unos trofeos en forma de flor. Orquídeas, más exactamente. Son su obsesión desde el día en que alguien inocentemente le regaló una. Desde ese momento hasta hoy, Samy se ha dedicado a cultivar las más exóticas especies de estas flores, que por cierto son símbolo patrio de Colombia.
Samy ha vivido ahí desde que nació, aunque ha viajado toda su vida, y sus primeros recuerdos están ligados a Francia, adonde viajaba con frecuencia cuando era niño. A través de esos y otros viajes, Samy desarrolló su habilidad para el turismo. Antes de hacerse cargo de la dirección de la Fundación de Aviatur, la agencia de viajes que su padre Jean Claude creó hace cinco décadas, Samy estudió ciencias políticas con énfasis en relaciones internacionales y pasó por la Cancillería para trabajar un año en temas de cooperación. Aunque asegura haber tenido muy buenos jefes, su padre, su Pluma Blanca (como se les llama a lo jefes de las tribus) de nacimiento, le enseñó, y le sigue enseñando ahora que trabajan juntos, que no hay nada más importante que ser feliz.
Y así se siente Samy cuando ve cómo dan fruto los proyectos comunitarios que la fundación promueve y que involucran actividades culturales, educativas y ambientales, como la elaboración y venta de pareos por parte de las mujeres de Barú, a hora y media de Cartagena. También los cambios que tuvieron las instalaciones de varios parques nacionales naturales, cuyos servicios de hotelería y turismo pasaron a sus manos por medio de una licitación del gobierno. Destinos tan disímiles y tan únicos como Gorgona (antes una isla prisión) en el Pacífico, el parque Amacayacu en el Amazonas, la sierra o el Parque Tayrona son hoy mucho más cómodos para el visitante y tienen una regulación para efectos ecológicos absolutamente estricta, pues Samy no sólo se encarga de hacer cumplir la cuota máxima de turistas, sino que además vive pendiente de diseñar infraestructuras amables con el entorno que hagan uso eficiente de los recursos.
Para desarrollar esa conciencia, a Samy le bastó mantener viva la imagen del viaje más aburrido de su vida, en medio de un crucero que generaba cantidades exorbitantes de basura que tiraba por donde iba pasando. Así entendió que un buen destino turístico sólo puede perdurar si la mano del hombre no termina con él.
Por eso recomienda que todo ser humano conozca tres lugares que muy probablemente desaparecerán con el tiempo, o al menos cambiarán radicalmente: la Sierra Nevada de Santa Marta, el Reino de Mustang en Nepal y la Polinesia francesa.
El departamento de Samy refleja su gusto por lo natural. Ubicado en el cerro que rodea Bogotá, está casi invadido de naturaleza andina. Su armario guarda montones de corbatas, pero él prefiere los jeans. Y en su mesa de noche reposa el libro que lo tiene alucinado por estos días: La Terre vue du ciel, un libro de gran formato con las imágenes aéreas del francés Yann Arthus-Bertrand. En la mañanas se pueden oír las risas de sus dos hijas, mientras Samy disfruta con ellas el mejor momento del día: el desayuno.
MÁS INFORMACIÓN SOBRE LA FUNDACIÓN:
www.grupoaviatur.com
JOSÉ ROCA
EL CURADOR
El viaje a Italia lo hizo con su esposa. Vieron en el avión una comedia francesa muy inspiradora para aquellos que han pasado un verano en una finca con otras familias: Detesto a los hijos de los demás. Luego se decidieron a acortar las horas de vuelo con champaña regalada. Claro, lo primero que diría cualquiera sobre José Roca es que fue jurado en la Bienal de Venecia este año, y no sería información para omitir pues es la bienal más antigua e importante del mundo. Pero lo que realmente hace de él un gran curador es su capacidad para entender que su oficio existe debido a los artistas, para los artistas y no a pesar de ellos. Roca es un formal informal. Suele combinar sus camisas y chaquetas negras con jeans oscuros y tenis. Su desayuno es frugal y siempre que va a París visita la galería Seguin, dedicada al diseño moderno francés.
Antes de viajar a Venecia releyó Écrire les expositions, el libro de su curador favorito, Harald Szeemann. No recuerda bien qué quería ser cuando grande, pero sí que le gustaba construir cosas, como hoy construye ficciones a partir de su trabajo: “Uno crea un argumento en cierto modo arbitrario, pone en escena sus propias obsesiones. Concebir el guión de una exposición es análogo a hacer el guión de una película.”
No todos los días suceden cosas como ser jurado de una bienal que, a pesar de su lastre histórico y sus problemas ideológicos, Roca ve como la madre de estos eventos artísticos globales “y, como toda madre, hay que quererla…”. Este tipo de distinciones podrían llevarlo a aspirar a la curaduría de un gran museo, pero él todavía cree que, desde la Dirección de Artes del Banco de la República en Bogotá, donde trabaja desde 1994, puede dedicarle más esfuerzos a los artistas emergentes de las diferentes regiones de Colombia.
Roca ha logrado recoger lo que los artistas locales produjeron durante ese aislamiento relativo de Colombia (relacionado con la situación política) y ponerlo en contextos más globales sin que por ello las obras sometan sus temáticas al imperativo del mercado o del circuito internacional. Y, en esa medida, es imposible dejar la violencia de lado. Según Roca, Doris Salcedo —a quien compara con John Cage por el valor positivo que le da al silencio—, José Alejandro Restrepo y Óscar Muñoz son ejemplos de que una obra creada en un contexto muy colombiano es capaz de interpelar a un espectador que no conoce esa realidad, pero puede vincularla con su propia experiencia. Ellos y muchos otros latinoamericanos llevan toda una carrera de trabajo coherente: Cildo Meireles, Alfredo Jaar, Gabriel Orozco, Ana Mendieta, Francis Alÿs o Carlos Garaicoa, entre sus favoritos.
Para entender lo “afinado” que tiene el ojo este curador, podría decirse que estudió en el Museo Whitney de Nueva York, que ganó la Whitney Lauder Curatorial Fellowship del Instituto de Arte Contemporáneo (ICA) de la Universidad de Pennsylvania en Filadelfia, así como la beca del American Center Foundation para curadores emergentes, y otra lista larga, de esas que enumeran la trayectoria de alguien importante. Pero basta pararse frente a esa suerte de sombras que componen la exposición curada por Roca de la artista brasileña Regina Silveira, para olvidar todos sus títulos y darle verdadero valor a su trabajo. Lo que propone con su estilo de curaduría son bienales, ferias o exposiciones que surjan de las visitas de taller y no de las visitas a otras galerías, ferias o bienales.
Roca no cree que, porque el arte contemporáneo sea difícil y hasta críptico, la solución para interesar al público sea hacerlo más digerible (lo que los gringos llaman dumb down). Para él todo radica en educar la mirada del espectador: “El mismo tipo de actitud conservadora que ahora reclama más picassos y monets en los museos es la que hace cien años criticaba el cubismo o el expresionismo como deformaciones del cánon clásico”. En los próximos años, Roca tiene dentro de sus planes una exposición de Alÿs en la biblioteca Luis Ángel Arango y prepara una gran cuadrienal en torno a la gráfica contemporánea que se presentará en más de treinta espacios culturales y museos de Filadelfia.
BIBLIOTECA LUIS ÁNGEL ARANGO
Calle 11, 4 – 14
T. 57 (1) 343 1212
www.lablaa.org
Visitas gratuitas: lunes a viernes de 11 a 16 horas
(excepto los martes); sábados, domingos y festivos:
cada hora a partir de las 10 y hasta las 17 horas.
EL RESTAURANTERO
Su primera aproximación a la cocina la recuerda claramente: tenía cinco años y su mamá le enseñaba a hacer arroz en el desaparecido pueblo de Armero, enterrado por el volcán Ruiz en 1985. De estudios poco. Dice que tiene el bachillerato de milagro. Este gran cocinero se lo debemos más bien al rock, pues soñaba con tener una banda más grande que los Stones, pero dejó de tocar cuando le robaron todos los equipos y se dio cuenta de que la música no le estaba dando un centavo. Entonces decidió montar el restaurante Donostia con Juan Pablo Loaiza y fue así como importaron el concepto de cocina de mercado, que consiste en hacer platos en función de los productos de la temporada: la creatividad del chef tiene que ceñirse a lo que le ofrezcan las plazas y hay más calidad que cuando tiene que preparar una receta sin que los ingredientes cumplan ciertas condiciones. Por eso, y a pesar de que sigue siendo un gran bajista, a Tomás le encanta ir a los mercados a ver qué se encuentra. Sus platillos son frescos y espontáneos y nada tienen que ver con esa tendencia a fusionar a la fuerza lo que no merece fusión alguna.
Tomás cree que, como la música, la cocina se divide en dos: la buena y la mala. Aunque no se inclina por ningún género, sí acepta que le gusta lo rápido de la cocina asiática, lo lento de la europea y lo desenfadado de la colombiana, de cuya tradición culinaria siempre ha querido destacar el ingrediente infaltable: el maíz. Enemigo acérrimo del perro caliente, Rueda dice que el peor error que un chef puede cometer es darle excesivo espacio a su ego, sobre todo en la creatividad sin técnica. La tan trillada comida fusión le parece ficticia y mentirosa. “Parece un freak show: la mujer peluda, el hombre más fuerte, el niño de tres ojos… no se sabe qué plato es más raro que el otro.” La cocina sin tantas arandelas de Donostia funcionó tan bien, que este año abrieron Tábula, una gran casa adaptada por los arquitectos Juan Carlos Millán y Andrés Ortiz en donde el comensal puede escoger platos poco rimbombantes pero bien preparados, y enfocados sobre todo en los cortes de la carne.
Parece verdad que entre más sencilla es la carta de un restaurante, mejor es su comida, y por eso lo que mejor habla de estos dos jóvenes restauranteros son sus platos. Ninguna palabra puede reemplazar el pulpo a la plancha o la musaka de cordero de Tábula, ni tampoco hay adjetivos para describir los garbanzos de Donostia o su timbal de trufa de chocolate.
Para sumar algo a esos sabores podría decirse que Tomás ya no llora al picar cebolla, a menos que esté muy viva, que jamás se cansará de comer los ravioli de su invención (con suero costeño y chorizo), que su utensilio más preciado es un molcajete mexicano de roca y que en sus restaurantes la única norma de etiqueta para la mesa es una sonrisa. Aunque ambos siempre están conversando con sus comensales, no tratan de dárselas de inteligentes, elegantes o conocedores íntegros del tema. Sus dos restaurantes, Tábula y Donostia, han creado clientes fieles de otra manera: aprendiendo cada una de sus mañas. A la segunda o tercera vez que alguien va, no sólo Tomás, sino sus empleados, saben en qué mesa le gusta sentarse y qué vino toma.
DONOSTIA Y TÁBULA
Calle 29 Bis, 5-84 (90)
T. 57 (1) 287 3943 / 245 7953
Lunes a viernes de 12 a 16 horas, miércoles a sábados de 19 a 23 horas.
GABRIEL GUTIÉRREZ Y JULIANA RAMIREZ
LOS HOTELEROS
Él es Gabriel Gutiérrez. La otra parte de la dupla es, como él, colombiana y comparte no sólo el escritorio, sino la cama. Pero Juliana Ramírez es tan adicta al picante y tan alburera como cualquier mexicano. Creció entre el DF y Monterrey, y luego volvió a su país natal para estudiar arquitectura en la Universidad de los Andes. Sin embargo, hizo un intercambio en la UNAM que fue determinante, pues estudió a profundidad las arquitecturas teotihuacana y maya. Y no es por complacer a Juliana que Gabriel dice que el hotel más impactante del mundo es el Básico de Playa del Carmen. Mientras Juliana partió a Nueva York, donde hizo una práctica en el Museo del Barrio (museo de arte latino de origen puertorriqueño) y trabajó en la mejor chocolatería de SoHo, Gabriel se paseaba por las calles de Barcelona y se ganaba la vida trabajando para los arquitectos Carlos Ferrater y Elena Mateu.
Un par de años después se encontraron y, además de juntarse, decidieron trabajar juntos. Aunque la trayectoria de ninguno de los dos es vasta, ya ganaron el Concurso de Bibliotecas del Casanare para diseñar la biblioteca de Yopal en esa zona rural de Colombia y han trabajado en varios proyectos de menor escala. Lo que se les viene encima, o ya se les vino, aunque no sea sino un hotel de pocas habitaciones, es el gran reto de esta pareja. Juliana ya había participado hace unos años en el diseño y la construcción del hermoso hotel Grand House en Bogotá. Diseñó desde las lámparas hasta las sillas del bar. Gabriel, en cambio, aporta desde su mero instinto de huésped, desde su propia percepción de lo que debería ser un hotel, que en nada se parece a ese concepto globalizado y estándar de los hoteles de cadena.
El Hotel Gaitán será privilegio de pocos. Estará ubicado en la Zona G de Bogotá, que actualmente se considera el gran foco gastronómico de la ciudad, y su nombre no está inspirado en el famoso líder político que fue asesinado en el 48, sino en su antiguo dueño, Jorge Gaitán Cortés, un famoso arquitecto de la misma época que aportó mucho de sus investigaciones sobre modernismo a la arquitectura del momento y que desde 1953 habitó la casa. Es por eso que el diseño de Gabriel y Juliana está basado en los años 50, década durante la cual consideran que surgió la mejor arquitectura en Bogotá. Su proyecto es una especie de remembranza del modernismo en Colombia y la idea es que esos ejecutivos que tienen que quedarse toda la semana en la ciudad puedan sentirse más a gusto que en un hotel corriente. También que la gente de la capital interactúe con el hotel (lo cual no se acostumbra mucho aún), vaya a comer a un restaurante bar que pondrán en la terraza y compre los muebles y accesorios que ofrecerán en la tienda del hotel, la mayoría piezas de anticuario originales de la época.
El proyecto estará listo a mediados del año próximo. Mientras tanto, Juliana y Gabriel trabajan duro y planean desde ya una intervención artística para la noche de inauguración. Juliana piensa en el Gaitán incluso cuando pone la cabeza en la almohada. Recuerda inmediatamente que estos objetos son el termómetro de un hotel: “Si te gusta la almohada, te gusta el hotel”, se dice mientras cierra los ojos y planea un menú de almohadas.
ROBERTO POSADA
EL VERSÁTIL
Los tipos que Roberto contrató para que hicieran su mudanza desde California no lo encontraron muy simpático. Dentro de sus pertenencias había muebles pesadísimos. Tan sólo su mesa del comedor, de madera maciza, pesaba una tonelada. Pero Roberto no iba a abandonarla a su suerte, después de haberse cautivado con ella cuando pidió prestado el baño de un almacén de arte coreano, en cuyo patio trasero yacía olvidada. Así que tuvo que contratar una grúa de construcción para subirla.
Para Roberto, los muebles son casi como seres vivos en un lugar en donde los únicos vivos con quien él es capaz de interactuar día y noche son sus dos perros.
En la época en que estudió, no era común que la gente se formara escogiendo diferentes cursos sin importar la carrera. Sin embargo, él se adelantó y mezcló materias tan diversas como literatura, cine, sociología e historia. También estudió hotelería y turismo porque le parecía fascinante la vida de Pablo Jaramillo, un pariente cercano que dedicó toda su vida a deleitar paladares en el reconocido restaurante de comida típica colombiana Casavieja. Un tiempo en París para cultivarse como persona y otro en Miami para curtirse como inversionista y creador de varios restaurantes (Café Tu Tu Tango, entre ellos) fueron la fórmula perfecta para alguien que necesitaba huir de su país a como diera lugar. Desde ese entonces Roberto se convirtió en un nómada, entre cuyos destinos figuraron también Aspen y Los Ángeles.
De su época en Aspen recuerda sobre todo la cantidad de esquí que practicó, mientras administraba una casa de huéspedes privada y montaba el restaurante Jimmie’s, del que aún es socio. Allí también fue vicepresidente del Festival de Cine Independiente y ayudó a consolidar la “iniciativa para los latinos” en una fundación en la que también lideró un programa para niños con cáncer terminal. Fue algo así como formar parte de una comunidad pequeña pero muy sofisticada y poderosa, donde conoció todo tipo de gente. Era una vida “de provincia” y “de mundo” al mismo tiempo. Pero como buen gitano, decidió emprender el rumbo hacia Los Ángeles, donde se dedicó a hacer yoga y a descubrirse personalmente, al tiempo que participaba como voluntario en un campamento de verano para discapacitados que más tarde le dio la idea de fundar The Cheshire Project, una organización sin fines de lucro que hace campamentos de verano deportivos y culturales para discapacitados. El éxito fue tal, que los escritores de South Park les escribieron un guión para hacer una telenovela con ellos.
Sin embargo, después de tantos años lejos, Roberto sintió la necesidad de volver a Colombia. Y así volvemos a la escena de la mesa y la grúa, de donde podemos entender claramente por qué se le metió en la cabeza la idea de montar una tienda de objetos artísticos de diseño donde se pueden encontrar las piezas de varios artistas o artesanos —no importa la distinción— que en su oficio combinan la manualidad con la producción, el arte con el diseño, y lo singular con lo convencional.
Lo bautizó Zona Áurea inspirado en el concepto de la proporción áurea, en donde la suma de todas las partes es lo que genera esa justa medida que existe en la naturaleza, y eso es lo que pretende ofrecerle al cliente: armonía para sus espacios. En Zona Áurea no existe una línea divisoria entre producto, obra de arte o pieza artesanal. Allí cada objeto es exhibido y a la vez comercializado para así promover a aquellos creadores que, como Da Vinci o los artesanos de la etnia kogui de Colombia, interactúan día a día con los materiales —labran, esculpen, graban, martillan, tallan y amasan con sus propias manos— para darles una forma individual a los objetos e imprimirles un aura que perdura y trasciende a través del tiempo.
ZONA ÁUREA
Carrera 13ª, 94ª – 26 L3
T. 57 (1) 635 7413
GUSTAVO PINTO
EL DISEÑADOR
No es muy usual que un administrador de empresas tenga sensibilidad para diseñar. Menos si lo aprende casi empíricamente, como lo hizo este ibaguereño de 59 años que dedicó más de 25 al diseño. El estudio Portobelo, tan reconocido en la capital colombiana, es obra suya: lo que comenzó como un estudio de arquitectos en el que Gustavo Pinto hacía casi todo el trabajo de diseño interior, terminó siendo un gran centro de diseño que hasta hoy ofrece las mejores opciones de decoración y diseño del país. Con esa reconocida marca, Gustavo y sus socios importaron muebles de colecciones tan exclusivas como la de Ralph Lauren y exportaron sus propias creaciones para marcas como Christian Dior y Bloomingdales.
Ese mismo personaje, que con Portobelo diseñó casas, restaurantes y muebles en México, Brasil y Venezuela, decidió darse un año sabático a fines de la década de los noventa. Y así partió hacia Barcelona, donde se dedicó a pasear y a comer rico durante un año largo. Pero el sabático duró mucho más que eso. Gustavo no veía que las cosas andaran muy bien por su país, así que decidió montar una oficina de arquitectos en la ciudad catalana y estuvo allí casi seis años, pensando siempre en esa palabra que le da el título a una película de Almodóvar y también a un tango de Gardel: volver.
Sin embargo, cuando se vive cerca del mar no se contempla siquiera echar raíces tierra adentro. Gustavo lo tenía clarísimo. Su afición por el buceo y por la navegación, así como su gran afinidad con el Mediterráneo lo hicieron buscar su lugar cerca del mar. Y esos paseos de fin de semana con sus amigos bordeando la costa española hasta llegar a Francia fueron su inspiración, pues en lugares como Perpignan y Avignon tuvo la oportunidad de quedarse en unos pequeños hoteles llamados boutique, que en Latinoamérica aún no eran populares, excepto acaso por las paladares de Cuba, en donde la gente atiende al comensal en su propia casa y le prepara comida típica de la isla.
Gustavo tenía el lugar perfecto para repetir este concepto cerca de su gente y así lo hizo. En 2002 restauró la casa que tenía en el casco antiguo de Cartagena y lo convirtió en un hotel de siete habitaciones, de la mano de su socio, el arquitecto Sergio Castaño. La idea estaba tan poco explotada que fue todo un éxito. Primero recibió como huéspedes a viejos amigos o conocidos y luego, por azar, vino un grupo de extranjeros que había llegado en su velero y quería descansar unos días. Así se corrió la voz entre marineros y el Hotel Agua se convirtió en la parada obligatoria de la mayoría de los navegantes que llegan a Cartagena.
A pesar de que hoy existen muchos hoteles boutique en Cartagena, varios detalles hacen del Agua un lugar particular. En primer lugar, Sergio y Gustavo crearon una pequeña fundación conformada por diferentes artesanos a quienes ellos guían con sus diseños y cuyas piezas luego promueven y exhiben en las vitrinas del hotel, que dan a la calle. Luego vienen todos los detalles de adentro: en un lugar tan caliente como Cartagena, la suavidad de una sábana marca toda la diferencia. Y al despertar, le espera al huésped una mesa en la que hay desde panes estilo francés y muffins, hasta las frituras más autóctonas de la ciudad, como son las carimañolas (pasteles de yuca rellenos de carne) y las inigualables arepas de huevo de Rosa. El jugo de lulo y los mojitos del Agua también son famosos y todos los productos de los baños son naturales: jabones artesanales, estropajos, esencias y aceites. Nada parece de un hotel, sino de la casa de un amigo (sofisticado). Y la idea de Gustavo es mantenerlo así, razón por la cual nunca ha pensado, a pesar de que se lo han ofrecido, montar muchos más hoteles boutique con su respaldo. Por lo pronto, sólo quiso complementar la estadía de la gente en Cartagena con la opción de ir a playas más vírgenes, como las de Barú, tierra firme que sin embargo forma parte de las Islas del Rosario, a una hora y media de la ciudad en lancha. Por eso diseñó cuatro bungalows que pronto serán seis, cada uno con su piscina privada, para que sus huéspedes no hagan nada más que contemplar el mar y descansar frente a las aguas cristalinas que rodean el lugar.
AGUA
Calle de Ayos 4-29
Cartagena de Indias
T. 57 (5) 664 9479
www.hotelagua.com.co
JUAN GALLO Y GLORIA SALDARRIAGA
LOS GALERISTAS
Juan es publicista y elocuente. Gloria, diseñadora gráfica y buena para oír. Ambos vivieron en Londres y tienen semblantes despampanantes. Él adoptó cierto aire flemático en su vestir y ella, que tiene menos zapatos de los que quisiera y más lindos que cómodos, siempre está como para un prêt à porter. Los dos son tan paisas (de la región de Medellín) como el café o la arepa (la tortilla de maíz de estos rumbos). Si Juan es el director de la orquesta, Gloria viene siendo un instrumento de cuerda, que tiempla, arrastra y amarra a la tierra. El tándem perfecto, según sus propias palabras.
Él trabajó con varias multinacionales en Nueva York y Londres. También estuvo involucrado en producción musical varios años, en conciertos como The Wall Live en Berlín y el de Jean Michel Jarré en La Défense de París, entre otros. Luego creó su empresa de publicidad especializada en imagen corporativa con sede en Londres para clientes de Latinoamérica. Entretanto, ella desfilaba en todas las pasarelas de las grandes textileras colombianas y con el dinero que ganaba iba comprando obras de artistas de su generación.
Como pareja, empezaron a interesarse en el arte contemporáneo con una actitud abierta, no tanto con el objetivo de coleccionar sino de gozar y aprender. Así fue como se alistaron para tener olfato de sabuesos. Percibieron que el arte era un fenómeno excesivamente cerrado a las masas, poco conectado con la ciudad y, para hacer de él algo más democrático, crearon la galería itinerante Alcuadrado, que concibe cada exposición según el proyecto y la obra de los artistas que representa, para luego mostrarla en espacios urbanos que estaban olvidados en medio de las calles.
Así fue como hicieron de Bogotá una gran galería. Plantas abandonadas, iglesias desoladas y casas de narcotraficantes expropiadas por el Estado son algunos de los escenarios en los que Alcuadrado desacraliza el arte y lo pone a la vista de todos. A la exposición “Campos Latinoamericanos”, de los artistas Miguel Ángel Rojas y Regina Silveira, que se realizó en el antiguo Hotel Hilton (una edificación inconclusa y abandonada) asistieron 1 300 personas en tan sólo 15 días.
Esta pareja, que admira el trabajo y los artistas de las galerías mexicanas Kurimanzutto y OMR, define al buen artista como testigo de su tiempo. A la hora de escoger a quién representar, buscan sobre todo sinceridad, cualidad claramente visible en artistas de Alcuadrado como Óscar Muñoz, María Elvira Escallón, Alberto Baraya y Caio Reisewitz. Gloria, que jamás pondría en su sala algo de Romero Britto y que en cambio la adaptaría como fuera para tener el tiburón de Damien Hirst, dice que el tono de voz es infalible para reconocer al verdadero artista.
Alcuadrado se proyecta como una de las mayores representantes del arte colombiano en ferias de arte internacionales como Art Basel Miami Beach y también a nivel local, en la incipiente feria ArtBo, en Bogotá.
ALCUADRADO
Carrera 7ª, 71-21, Torre B-908
T. 57 (1) 312 3048
www.alcuadrado-art.com
SAMY BESSUDO
EL ECOLOGISTA
A mano derecha, en una repisa donde reposan libros sobre lugares inhóspitos y hermosos, Samy tiene unos trofeos en forma de flor. Orquídeas, más exactamente. Son su obsesión desde el día en que alguien inocentemente le regaló una. Desde ese momento hasta hoy, Samy se ha dedicado a cultivar las más exóticas especies de estas flores, que por cierto son símbolo patrio de Colombia.
Samy ha vivido ahí desde que nació, aunque ha viajado toda su vida, y sus primeros recuerdos están ligados a Francia, adonde viajaba con frecuencia cuando era niño. A través de esos y otros viajes, Samy desarrolló su habilidad para el turismo. Antes de hacerse cargo de la dirección de la Fundación de Aviatur, la agencia de viajes que su padre Jean Claude creó hace cinco décadas, Samy estudió ciencias políticas con énfasis en relaciones internacionales y pasó por la Cancillería para trabajar un año en temas de cooperación. Aunque asegura haber tenido muy buenos jefes, su padre, su Pluma Blanca (como se les llama a lo jefes de las tribus) de nacimiento, le enseñó, y le sigue enseñando ahora que trabajan juntos, que no hay nada más importante que ser feliz.
Y así se siente Samy cuando ve cómo dan fruto los proyectos comunitarios que la fundación promueve y que involucran actividades culturales, educativas y ambientales, como la elaboración y venta de pareos por parte de las mujeres de Barú, a hora y media de Cartagena. También los cambios que tuvieron las instalaciones de varios parques nacionales naturales, cuyos servicios de hotelería y turismo pasaron a sus manos por medio de una licitación del gobierno. Destinos tan disímiles y tan únicos como Gorgona (antes una isla prisión) en el Pacífico, el parque Amacayacu en el Amazonas, la sierra o el Parque Tayrona son hoy mucho más cómodos para el visitante y tienen una regulación para efectos ecológicos absolutamente estricta, pues Samy no sólo se encarga de hacer cumplir la cuota máxima de turistas, sino que además vive pendiente de diseñar infraestructuras amables con el entorno que hagan uso eficiente de los recursos.
Para desarrollar esa conciencia, a Samy le bastó mantener viva la imagen del viaje más aburrido de su vida, en medio de un crucero que generaba cantidades exorbitantes de basura que tiraba por donde iba pasando. Así entendió que un buen destino turístico sólo puede perdurar si la mano del hombre no termina con él.
Por eso recomienda que todo ser humano conozca tres lugares que muy probablemente desaparecerán con el tiempo, o al menos cambiarán radicalmente: la Sierra Nevada de Santa Marta, el Reino de Mustang en Nepal y la Polinesia francesa.
El departamento de Samy refleja su gusto por lo natural. Ubicado en el cerro que rodea Bogotá, está casi invadido de naturaleza andina. Su armario guarda montones de corbatas, pero él prefiere los jeans. Y en su mesa de noche reposa el libro que lo tiene alucinado por estos días: La Terre vue du ciel, un libro de gran formato con las imágenes aéreas del francés Yann Arthus-Bertrand. En la mañanas se pueden oír las risas de sus dos hijas, mientras Samy disfruta con ellas el mejor momento del día: el desayuno.
MÁS INFORMACIÓN SOBRE LA FUNDACIÓN:
www.grupoaviatur.com
JOSÉ ROCA
EL CURADOR
El viaje a Italia lo hizo con su esposa. Vieron en el avión una comedia francesa muy inspiradora para aquellos que han pasado un verano en una finca con otras familias: Detesto a los hijos de los demás. Luego se decidieron a acortar las horas de vuelo con champaña regalada. Claro, lo primero que diría cualquiera sobre José Roca es que fue jurado en la Bienal de Venecia este año, y no sería información para omitir pues es la bienal más antigua e importante del mundo. Pero lo que realmente hace de él un gran curador es su capacidad para entender que su oficio existe debido a los artistas, para los artistas y no a pesar de ellos. Roca es un formal informal. Suele combinar sus camisas y chaquetas negras con jeans oscuros y tenis. Su desayuno es frugal y siempre que va a París visita la galería Seguin, dedicada al diseño moderno francés.
Antes de viajar a Venecia releyó Écrire les expositions, el libro de su curador favorito, Harald Szeemann. No recuerda bien qué quería ser cuando grande, pero sí que le gustaba construir cosas, como hoy construye ficciones a partir de su trabajo: “Uno crea un argumento en cierto modo arbitrario, pone en escena sus propias obsesiones. Concebir el guión de una exposición es análogo a hacer el guión de una película.”
No todos los días suceden cosas como ser jurado de una bienal que, a pesar de su lastre histórico y sus problemas ideológicos, Roca ve como la madre de estos eventos artísticos globales “y, como toda madre, hay que quererla…”. Este tipo de distinciones podrían llevarlo a aspirar a la curaduría de un gran museo, pero él todavía cree que, desde la Dirección de Artes del Banco de la República en Bogotá, donde trabaja desde 1994, puede dedicarle más esfuerzos a los artistas emergentes de las diferentes regiones de Colombia.
Roca ha logrado recoger lo que los artistas locales produjeron durante ese aislamiento relativo de Colombia (relacionado con la situación política) y ponerlo en contextos más globales sin que por ello las obras sometan sus temáticas al imperativo del mercado o del circuito internacional. Y, en esa medida, es imposible dejar la violencia de lado. Según Roca, Doris Salcedo —a quien compara con John Cage por el valor positivo que le da al silencio—, José Alejandro Restrepo y Óscar Muñoz son ejemplos de que una obra creada en un contexto muy colombiano es capaz de interpelar a un espectador que no conoce esa realidad, pero puede vincularla con su propia experiencia. Ellos y muchos otros latinoamericanos llevan toda una carrera de trabajo coherente: Cildo Meireles, Alfredo Jaar, Gabriel Orozco, Ana Mendieta, Francis Alÿs o Carlos Garaicoa, entre sus favoritos.
Para entender lo “afinado” que tiene el ojo este curador, podría decirse que estudió en el Museo Whitney de Nueva York, que ganó la Whitney Lauder Curatorial Fellowship del Instituto de Arte Contemporáneo (ICA) de la Universidad de Pennsylvania en Filadelfia, así como la beca del American Center Foundation para curadores emergentes, y otra lista larga, de esas que enumeran la trayectoria de alguien importante. Pero basta pararse frente a esa suerte de sombras que componen la exposición curada por Roca de la artista brasileña Regina Silveira, para olvidar todos sus títulos y darle verdadero valor a su trabajo. Lo que propone con su estilo de curaduría son bienales, ferias o exposiciones que surjan de las visitas de taller y no de las visitas a otras galerías, ferias o bienales.
Roca no cree que, porque el arte contemporáneo sea difícil y hasta críptico, la solución para interesar al público sea hacerlo más digerible (lo que los gringos llaman dumb down). Para él todo radica en educar la mirada del espectador: “El mismo tipo de actitud conservadora que ahora reclama más picassos y monets en los museos es la que hace cien años criticaba el cubismo o el expresionismo como deformaciones del cánon clásico”. En los próximos años, Roca tiene dentro de sus planes una exposición de Alÿs en la biblioteca Luis Ángel Arango y prepara una gran cuadrienal en torno a la gráfica contemporánea que se presentará en más de treinta espacios culturales y museos de Filadelfia.
BIBLIOTECA LUIS ÁNGEL ARANGO
Calle 11, 4 – 14
T. 57 (1) 343 1212
www.lablaa.org
Visitas gratuitas: lunes a viernes de 11 a 16 horas
(excepto los martes); sábados, domingos y festivos:
cada hora a partir de las 10 y hasta las 17 horas.























