Hacienda San José: lujo de época (y de lugar)
Fotografía de Claudia Itzkowich

Hacienda San José: lujo de época (y de lugar)

Cada vez es más raro encontrar hoteles que conmuevan. Pero cuando se descubren sitios como éste, enclavado en el centro de la zona cafetalera de Colombia y en perfecta armonía con ella, uno recuerda que la uniformidad y los estándares son la antítesis de las experiencias de viaje.
Por Claudia Itzkowich | noviembre 2007 | Tags: , , ,
No pude acostarme sin husmear lo que había adentro del pomito de porcelana que estaba colocado al pie del espejo biselado del baño, y sin descubrir que el armario de la recámara, por dentro, estaba forrado de una tela floreada. Después de hacerlo, me deslicé entre sábanas bordadas por la hija de don Francisco Mejía Jaramillo, quien erigió la Hacienda San José hace 120 años. El bordado se repite en las toallas, las servilletas y la ropa de cama de las ocho habitaciones de la casa, operada actualmente por la cuarta generación de los Mejía.

Pero esa primera noche todavía no alcanzaba a conocer la hacienda en todo su esplendor.

La mañana se la pelean los pájaros y los rayos de luz que logran penetrar por entre las puertas de madera maciza que cubren las ventanas. Y, al abrirlas, empieza el dilema entre quedarse aquí a jugar a ser aristócrata del siglo XIX —comer en la vajilla de Bavaria con los cubiertos de plata originales, leer sobre botánica en la biblioteca, montar a caballo y descansar después frente a la alberca y a los macetones con patas de elefante— o salir a explorar los verdísimos paisajes de una región privilegiada por sus colinas, sus flores, sus cascadas y una reciente infraestructura turística que ha sabido cómo aprovechar todo eso.

Pero es que sólo una finca como ésta permite holgazanear sin sentir que uno se está perdiendo lo que sucede afuera. Desde aquí —en floreros, en matas, silvestres— se alcanza a ver una buena muestra de las flores de la región. También vacas, cultivos de piña y ni hablar del modo de vida que resultó de la fertilidad de estas tierras. Por eso no es de extrañarse que en el libro de visitantes, forrado de cuero, aparezcan los nombres de diplomáticos y miembros de la realeza de todo el mundo. ¿Qué diablos hace una pareja de la República Checa perdida en el campo colombiano? Este tipo de pregunta sólo es imaginable para quienes nunca han puesto un pie en el Eje Cafetero de Colombia.

La decisión entre quedarse o salir, por suerte, puede esperar, pues entre una cosa y otra está el desayuno, en una mesa decorada con aves de paraíso adonde llegan jugos de frutas recién exprimidas, pan recién horneado y arepas con huevo. Todo con vista a los árboles de cítricos, ceibas y las más suculentas plantas trepadoras.

EXUBERANCIA
El Eje Cafetero de Colombia no se duerme en sus heliconias. Y podría, pues tiene más del 80% de especies de estas flores gruesas, fuertes, alucinantes que nos recuerdan que si hemos imaginado el paraíso es porque acá en la tierra —o en esta tierra— tenemos referentes.

Sus dos atractivos más obvios —los parques de Panaca y del Café— llevan nombres que no le hacen justicia a los sitios. Sí, en ambos hay guías uniformados, letreros con explicaciones y flechas, trenecitos, funiculares y hasta una telesilla (ski-lift tropical), además de muchos animales, propios y extraños, que tienen a los niños como su público más obvio. Pero también amplísimas plantaciones de esa especie de bambú local llamado guadua (en Panaca), una museografía contagiosa (en el Parque del Café) y kilómetros de senderos para gozar hasta el cansancio los paisajes de la región (en ambos casos). En el Parque del Café se puede, incluso, comer muy bien al aire libre o en el segundo piso del restaurante, ubicado en una réplica de la “Plaza Bolívar”, como se llaman en Colombia los cuadriláteros que nosotros solemos llamar “Miguel Hidalgo”.

Además, en la región se puede hacer tirolesa entre caracolíes, plantíos de guadua y plátano (una manera muy singular de ver el paisaje), ir a visitar fincas cafetaleras en funcionamiento, como la de El Carriel, donde uno puede intentar recoger los granos (y darse cuenta de que los entes urbanos, a pesar de preciarnos de nuestra eficiencia y velocidad, no tenemos manera de sobrevivir en el campo); o visitar el siempre brumoso Valle de Cocora, hogar de las espigadísimas palmas de cera (de hasta 200 metros), de 14 especies de colibríes y de una deliciosa trucha que se sirve sobre un inmenso patacón (plátano macho verde, frito). Este lugar, además, es punto de entrada al majestuoso parque natural de los nevados.

Cerca de ahí, al pie de una colina, está el pueblo de Salento, que con sus coloridas construcciones de la colonización antioqueña, sus patios, sus fondas (cantinas) antiguas bien conservadas y su eterna bruma tiene uno de esos infalibles poderes de seducción.

Pero quizá la única actividad imperdible es sumergirse al caer la noche en las aguas termales de Santa Rosa de Cabal, con varias piscinas al pie de una montaña de la que brotan cascadas con aguas termales (a 70 grados) y otras de aguas frías. A la salida, tras tomarse una deliciosa aguapanela (una bebida caliente a base de lo que en México conocemos como piloncillo) servida con queso fresco, la llegada a casa, a la Hacienda San José, cae mejor que nada en el mundo. Pues lo que está bordado en esas sábanas no es el nombre de uno pero, fuera de la casa de la propia abuela —asumiendo que ésta tuviese buen gusto—, es lo más íntimo a lo que puede aspirarse en un hotel donde nadie nos conoce. Todavía.

GUÍA PRÁCTICA


HACIENDA SAN JOSÉ
Entrada 16, El Tigre,
Vía Pereira-Cerritos km 4
T. 57 (6) 313 2615
Habitaciones desde 120 dólares, desayuno incluido.


CÓMO LLEGAR
Las ciudades de Pereira, Armenia y Manizales son buenos puntos de partida para recorrer esta región y, desde Bogotá y Medellín, Avianca (www.avianca.com) tiene varios vuelos directos: el mío, de Bogotá hasta Armenia, sobrevoló el pico del Nevado del Tolima y aterrizó en menos de una hora en una minúscula pista, casi disimulada por los verdísimos alrededores.
La hacienda se encuentra a cuatro kilómetros del aeropuerto internacional de Pereira, aunque una vez ahí dentro nadie se lo crea.

ACTIVIDADES EN EL EJE CAFETERO
Los departamentos que componen el Eje Cafetero se han organizado con el fin de ofrecer viajes personalizados que le permitan a los visitantes conocer lo que más les interese de la región entera. Los tours pueden planearse en las oficinas de Pereira del Grupo Colombia Turística: Edificio Torre Bolívar Oficina 14-02, Carrera 7ª, 19-48; T. 57 (313) 658 2123; www.grupocolombiaturistica.com Pero para quien prefiera transportarse por cuenta propia, éstos son algunos de los puntos que no pueden faltar:
  • Parque Nacional del Café: Vía Montenegro km 6, Pueblo Tapao, Quindío; T. 57 (6) 741 7417; www.parquenacionaldelcafe.com
  • Panaca: Vía Vereda Kerman km 7, Quimbaya, Quindío; T. 57 (6) 758 2830; www.panaca.com.co
  • Parque Natural Valle de Cocora: km 11; T. 57 (096) 759 3212; www.turismoquindio.com/valle_de_cocora.php
  • Finca El Carriel: Vía Quimbaya-Finlandia km 1, Vereda La Soledad, Quimbaya, Quindío; www.quindioturistico.com/fincahotelelcarriel.htm; T. 57 (315) 404 2235.
  • Canopy Los Caracolíes: Vía Armenia km 4 a Montenegro, Retén de Pantanillo; T. 57 (300) 778 7099.
  • Balsaje en el Río La Vieja: Balsaje Los Remansos; Carrera 7ª, 15-08, apt. 201; T. 57 (312) 247 1037.
  • Termales Santa Rosa de Cabal: Calle 14, 15-41, Santa Rosa de Cabal, Risaralda; T. 57 (96) 363 4959; www.hoteltermales.com
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