La noche larga de los druidas
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La noche larga de los druidas

Cada vez hay más druidas en Gran Bretaña. Adoran la naturaleza y, en lo que nos incumbe, se reúnen el día más largo del año en Stonehenge, uno de los sitios prehistóricos más fascinantes del mundo —cuya función original, por cierto, también se nos escapa—. Pero la celebración del solsticio de invierno es una excusa para vivir una noche inolvidable.
Se les alcanza a ver al amanecer, en pleno invierno, bajo la lluvia y la niebla. Quizá reunidos alrededor de unas piedras antiguas. Los hombres con barbas largas; las mujeres con cabello largo. Vestidos de blanco. Algunos con flores en el cabello. Muchos con espadas o antorchas encendidas. Otros tocando tambores o instrumentos que producen crujidos extraños. No es una alucinación, aunque casi: son los druidas celebrando su sagrado solsticio de invierno.

Se cree que durante miles de años, los paganos se reunían para celebrar el solsticio de invierno en monumentos antiguos de piedra y otros espacios sagrados esparcidos por toda Gran Bretaña. Y muchos todavía lo hacen. Es su versión de la celebración de la Noche Vieja, que marca la mitad del invierno, cuando el año sale de la oscuridad y comienza el largo recorrido hacia la primavera. La fecha exacta cambia, entre el 21 y el 22 de diciembre, pero siempre toma lugar en el día más corto con la noche más larga del año.

“El invierno es una época sagrada para nosotros porque es cuando le damos la bienvenida a la oscuridad y celebramos lo que comúnmente se conoce como el fuego generador de todo”, explica Mark Rosher, portavoz de la red druida. El proceso comienza durante el festival Samhain, celebrado a fines de octubre y que marca el fin de la temporada de cultivo. Después, durante el solsticio mismo “agradecemos el renacimiento de la luz, el primer susurro de la posibilidad de otro ciclo de cultivo, la primera luz que manifiesta el alargamiento de los días”.

Las reuniones druidas, convocadas generalmente para marcar los tiempos sagrados del año, son conocidas como gorsedds. Y el año pasado decidí unirme a las celebraciones de Stonehenge, en el condado de Wiltshire, a una hora y media de Londres. Es el sitio prehistórico más famoso de Inglaterra, un círculo de inmensas piedras grises erigido entre el 3000 y el 1600 a.C., que misteriosamente descansa sobre una colina en una desolada área de campo abierto conocida como la llanura de Salisbury.

Christine Cleere, una sacerdotisa druida que vive cerca del sitio y oficia ceremonias en otros gorsedds, me explica lo que sucede durante el solsticio de invierno en Stonehenge. “Durante el día no hay un responsable ‘oficial’, así que las reuniones son una mezcla de druidas, otros paganos y curiosos.” Y me asegura que la atmósfera es “apacible, relajada e introspectiva” con mucha gente vestida en curiosos trajes multicolores y en la que, quienes logran hallar espacio, llevan a cabo “uniones espirituales”.

Su detallada descripción es precisamente lo que encontré cuando me uní a la celebración el invierno pasado. Es una noche en realidad conmovedora en la que, aunque uno no sea druida, se comienza a sentir la presencia de la naturaleza y de los ancestros.

Todo hay que decirlo: el año pasado el clima contribuyó. Fue una noche increíblemente brumosa. Para llegar manejamos a través del frío aire blanco, con una visibilidad de tan sólo 20 metros. Cuando llegamos, a diferencia de lo que sucede durante el maníaco solsticio de verano, en el que decenas de miles de personas descienden a Stonehenge, no había guías ni policías que dirigiesen el tráfico, así que simplemente seguimos las camionetas de otros viajeros y nos estacionamos en un camino cercano.

No había gente famosa ni nadie llevaba ropa de diseñador. La mayoría de la gente parecía haber llegado amontonada en coches y camionetas, e iba vestida con capas de suéteres y abrigos viejos; aretes por todos lados y el cabello enrollado en rastas.

Los seguimos hasta la entrada a Stonehenge, y empujamos la puerta giratoria sin pagar la cuota de admisión. Sentí como si me hubieran dejado entrar a un parque de atracciones a deshoras. De allí caminamos para arriba, hacia las piedras, y en el camino comenzamos a ver a algunos de los druidas que sentí eran los verdaderos dueños del evento.

El primero que vimos era el Rey Arturo Pendragon, una figura druida contemporánea reconocida por hacer campañas para defender el medio ambiente en contra de caminos y desarrollos que perjudiquen el hábitat natural. Estaba parado en lo alto de la colina, vestido de blanco. Su larga barba plateada le daba un aire de nobleza con la luz que precede el amanecer.

Caminamos hacia las piedras enormes. Adentro había más druidas reunidos, hombres y mujeres, también vestidos de blanco, algunos con capas de terciopelo y flores en el cabello. Alrededor suyo, simpatizantes y espectadores se desperdigaban en el pasto del mismo modo en que los invitados de una casa se ponen cómodos en el jardín. Dispersa entre la multitud había gente tocando tambores y otros instrumentos y cuanto más se aproximaba el amanecer, más se incrementaba el volumen de la música y los tambores, las ondas y la fuerza del sonido, como las contracciones justo antes de un nacimiento.

Era difícil ver lo qué sucedía en medio del círculo, de manera eventual un hombre emergió de entre la masa de capas blancas como maestro de ceremonias, recordándonos que estábamos ahí para celebrar el cambio de año y que ésta no es nuestra tierra sino una tierra que cuidamos para futuras generaciones. Dirigió nuestra atención a las guerras alrededor del mundo, especialmente la de Irak, y juntos miramos de frente hacia distintos puntos de la brújula para pedir paz para cada uno de ellos. Enseguida se llevaron a cabo dos matrimonios, o “uniones espirituales”.

Después nos unimos en un canto. “Denos la nota”, dijo en voz alta el druida que dirigía la ceremonia. Alguien lo hizo y tarareamos juntos. Fue una experiencia extraordinaria incrementada probablemente por la sensación de estar todos al unísono, en un sonido, en medio de tan antiguas piedras en la época más oscura del año. Cuando terminamos el Sol había salido. Por supuesto nadie podía verlo, ya que la niebla era muy densa, pero sentimos el cielo aclararse.

LA SEDUCCIÓN DEL MISTERIO
Nadie sabe por qué se construyó Stonehenge. Pero no pudo haber sido fácil. Muchas de las piedras fueron arrastradas cientos de kilómetros desde el sur de Gales, transportadas en balsas, enviadas a través del mar y cuesta arriba en un río próximo para llegar al sitio en el que están ahora.

La última conjetura del profesor y arqueólogo Timothy Darvill es que a las piedras se les habían adjudicado poderes curativos. Y para reforzarla hace hincapié en el número de pozos sagrados encontrados alrededor de piedras similares en Gales. Él sugiere que, como nosotros, la gente antigua estaba obsesionada con la salud y la longevidad.

El caso es que la gente de fines del 1800 comenzó a creer que las piedras fueron erigidas como templo para adorar al sol. Los habitantes se reunían en el sitio durante el solsticio de verano, intrigados por el modo que el Sol se levanta sobre las piedras y parece colocarse encima de ellas como un enorme pudín. Pero ellos no fueron los únicos en pensar que la gente antigua había arreglado estas piedras con el fin de honrar a la naturaleza. Un nuevo movimiento de gente conocida como los neodruidas pronto comenzaría a hacer peregrinaciones al sitio y a reclamarlo como lugar sagrado.

Los neodruidas eran una mezcla de diferentes sociedades secretas que comenzaron a aparecer en Inglaterra a fines del siglo XIX y encontraron su espiritualidad en la naturaleza. Es decir, que adoraban elementos naturales como el Sol, la Luna, las estrellas y los árboles, en los que se buscaban señales sobre la mejor manera de vivir. Su influencia era John Aubrey, un anticuario a quien se le achaca equivocadamente haber ligado la cultura druida con sitios megalíticos antiguos como Stonehenge.

Otros, como el poeta William Blake, quedaron atrapados en la idea romántica. Y muchos quedaron extasiados con los escritos de Iolo Morgannwg, un galés que murió en 1826 y proclamó haber descubierto poemas antiguos que probaban que la cultura druídica había sobrevivido intacta en Gales a pesar de la invasión romana. Se comprobó que gran parte de su trabajo era fraudulento, pero aun así generó interés por la antigua cultura druídica.

Los druidas originales eran sacerdotes en las comunidades celtas antiguas. Pero hasta los celtas son un grupo difícil de definir, pues nunca se refirieron a ellos mismos como celtas. La cultura popular los describe como indígenas que habitaban gran parte de Europa occidental desde la Edad de Hierro hasta alrededor del 300 a.C. Eran diversas tribus ligadas por el uso de la lengua celta, y que compartían creencias religiosas. Creencias que llegaron a Inglaterra e Irlanda alrededor del 600 a.C. y continuaron siendo parte de la cultura predominante hasta que los romanos conquistaron el país en el año 43, e introdujeron el cristianismo.

Había tres tipos de druidas. Los bardos, que actuaban como memoria de la tribu, recordando sus canciones e historias; los ovates, hombres de medicina y adivinos, expertos en la lectura de signos encontrados en la naturaleza (como la forma de las nubes o el vuelo de los pájaros), y por último los druidas
intelectuales, conocidos simplemente como druidas, que eran filósofos, jueces y profesores. Debido a sus cotizadas habilidades, formaban parte de la clase alta, no pagaban impuestos y eran buscados por reyes y líderes tribales que valoraban su sabiduría y capacidad para prever el futuro.

Como grupo, los druidas antiguos creían en la reencarnación y la divinidad de la naturaleza. Julio César observó en su libro De bello gallico, escrito alrededor del 40 o 50 a.C., que “la doctrina cardinal que buscan enseñar es que las almas no mueren, sino que migran después de la muerte de un individuo a otro, y éste es el mejor estimulante del valor ya que destruye el temor a la muerte”.

Quizá por esta valentía, otras fuentes los reflejan como pacifistas extremos que se arrojan a los campos de batalla para evitar peleas. El historiador griego Diodorus Siculus señaló: “A menudo, cuando los combatientes se encuentran alineados frente a frente, las espadas están desenvainadas y las lanzas están alzadas, aparecen esos hombres entre los ejércitos y suspenden la batalla, del mismo modo que las bestias a veces son encantadas. Así, incluso entre los bárbaros más salvajes, la ira cede ante la sabiduría, y Marte se avergüenza ante las musas”.

Sin embargo, no todo era paz, amor y armonía. En otra parte observa que los ovates hacían predicciones clavando un cuchillo en el pecho de un humano para sacrificarlo y leer el futuro de acuerdo a la forma en que brotara la sangre y los miembros sangraran hasta la muerte. Pero ésta pudo haber sido propaganda antidruida, ya que la mayoría eran intelectuales que pasaban décadas en instituciones especiales donde aprendían sus destrezas de manos de druidas más sabios y más experimentados.

LOS DRUIDAS VERDES DEL TERCER MILENIO
Los movimientos druidas modernos en Gran Bretaña toman la inspiración del movimiento neodruida y del movimiento druida antiguo. Se estima que actualmente existen entre 40 mil y 250 mil druidas en Gran Bretaña (dependiendo si se prefieren las estadísticas oficiales del gobierno o la cuenta hecha por ellos mismos). Los hay desde abogados y oficiales de policía hasta adivinadores de fortuna y curadores con cristales. Mark Rosher,
el portavoz de la red druida, dice que lo que los une es, “la creencia y la reverencia a la santidad de la naturaleza, así como el acuerdo y el profundo entendimiento de que el mundo natural es una expresión de lo divino”.

Pero sea cual sea el número, está claro que la cifra está en aumento. Y no sólo por el incremento en la conciencia ecológica. Según Mark Rosher, la disponibilidad de información sobre el druidismo en internet y la manera en que los desastres naturales recientes y el catastrófico cambio climático han llevado a la gente a cuestionar la autoridad en todas sus formas, sea una ciencia o un dios monoteísta, tienen mucho que ver. Con la autoridad de quien cree decir una cosa así por primera vez, Mark asegura que ahora la gente busca “activamente su propio entendimiento” y busca “la comunión directa con la deidad sin los intermediarios a los que las religiones monoteístas se aferran”.

En los últimos años, Mark ha notado que mucha gente atraída al druidismo no viene de religiones monoteístas como el cristianismo y el islam, sino de tradiciones agnósticas y ateas. De lo que se quieren alejar, cree él, es del cinismo, el materialismo y el consumismo en el que se encuentran sofocados por el mundo moderno. Y lo que buscan es la santidad, tener un propósito, así como celebrar la magia que hay en el mundo. Así, muchas de estas personas han encontrado “el respeto y honor inherente que los druidas tienen por el mundo natural” coincide con sus creencias ambientales.

Piensa que la gente está muy aferrada al debate sobre si los druidas de hoy son parte de una tradición cultural que se remonta a épocas celtas antiguas, o si en realidad son parte de una tradición más reciente elaborada en tiempos victorianos. “Sabemos por documentos históricos que los sacerdotes de la naturaleza en tiempos de la invasión romana se llamaban druidas”, asegura Mark. “Desconocemos cómo se llamaban mil años antes de eso.”

Por él, los druidas modernos podrían denominarse de cualquier otra manera; el nombre es mucho menos importante que el sistema de creencias que representa. “Siempre ha habido una cultura popular en estas islas que ha buscado y encontrado a la divinidad dentro de la naturaleza, que ha encontrado inspiración en estas tierras, en sus mitos y leyendas, en su gente, en su historia. El druidismo es una forma de vida y por lo tanto una práctica que evoluciona; para ser válida debe evolucionar, no puede quedarse estancada.”

Lo constante es la naturaleza y las estaciones cíclicas. Eso es lo que se siente en el centro de Stonehenge en el solsticio de invierno, un espacio donde hace miles de años otros seres humanos hicieron lo mismo —independientemente de si eran o no eran druidas— para marcar el paso del invierno y el comienzo de otro año

*Traducción de Wendy Karina Sánchez

CERCA DE STONEHENGE

En la misma zona hay otros sitios antiguos increíbles, mucho menos conocidos y por lo tanto mucho menos concurridos. Las comunidades druidas pueden verse a menudo en el círculo de piedra de Avebury, también en Wiltshire, a tan sólo 45 minutos de Stonehenge. Y, quien se hospede en The Bath Arms, debe subir a la colina Cley, donde hay un fuerte de la Edad de Hierro que ahora es hogar de animales silvestres y que ofrece la vista más impresionante de 360 grados sobre Wiltshire y Somerset.
Un poco más al oeste, no lejos de Bristol, en Stanton Drew, hay otro círculo de piedras casi olvidado en medio de un campo de pastura para vacas. Ahí, hay que parar en la taberna conocida como The Druid Arms, un bar increíblemente ordinario con antiguas piedras sagradas en el patio trasero y una que otra ocasional carrera de ratones en las noches de sábado.


GUÍA PRÁCTICA

EN STONEHENGE
Del 16 de octubre al 15 de marzo Stonehenge está abierto diario de 9:30 a 16 horas. La entrada general es de 6.30 libras para adultos. Pero, para el solsticio de invierno, que este año tendrá lugar el sábado 22 de diciembre, el acceso es gratuito y la salida del Sol está programada para las 8:09 horas. En esta ocasión también se permite tocar las piedras, lo cual no sucede durante horas de apertura normales. Para más información visite www.english-heritage.org.uk o www.druidnetwork.org

CÓMO LLEGAR
Llegar a Stonehenge en transporte público es difícil pero no imposible. Se toma el tren de Londres Waterloo a Salisbury (www.nationalrail.co.uk). El viaje tarda cerca de una hora y media. De la estación hay que tomar el autobús 3 Wilts & Dorset hacia Stonehenge (www.wdbus.co.uk). El autobús sale cada hora en punto de 10 a 15 horas (con corridas más tarde en el verano) y tarda 20 minutos en llegar. Regresa cada hora siguiendo el mismo horario. Sin embargo, para estar allí para el solsticio de invierno recomendamos quedarse cerca de Salisbury y alquilar un auto en Europar (www.europecar.co.uk) es una agencia confiable y barata mientras que www.avisprestige.com ofrece autos ecológicos Prius de Toyota.

DÓNDE DORMIR
Para quien llegue por transporte público, lo mejor es dormir en Salisbury o venir desde Londres y pasar el día. En auto, las mejores opciones no están muy lejos.

HOTEL DU VIN
Southgate Street, Winchester
T. 44 (1962) 841 414
www.hotelduvin.com
Habitaciones desde 130 libras hasta 190 con jardín.

Hotel du Vin es el nombre de una pe-queña cadena de hoteles boutique dispersos en Gran Bretaña. Éste, abierto en 1994, fue el primero de ellos. Se compone de 24 cuartos contemporáneos situados en una casa georgiana del siglo XVIII. Los cuartos de la parte posterior, con patio y jardín, son particularmente encantadores. Vale la pena parar en el bistró: sus menús “tierra
y mar” de dos tiempos cuestan 15.50 libras. Stonehenge queda a 40 minutos en auto.

THE BATH ARMS, LONGLEAT
Longleat Estate, Horninghsam
T. 44 (1985) 844 308
www.batharms.co.uk
Habitaciones desde
80 a 140 libras.

Si uno tuviera una tía excéntrica viviendo en el campo inglés quizá sus cuartos se parecerían a éstos, tras una buena remodelada. Los 15 dormitorios, peculiarmente adornados con colores cálidos y texturas naturales rodean una taberna situada en la pequeña y oculta aldea de Horningsham, en las fronteras de Wilt-shire y Somerset. Bath Arms es parte de la finca de Longleat, propiedad del infame y ostentoso Marqués de Bath, conocido por su forma de vida polígama. Stonehenge queda a 40 minutos.

DÓNDE COMER

El área que rodea Stonehenge es un desierto en lo que a comida se refiere, y los lugares donde sí se puede encontrar, son bastante malos y se abarrotan de turistas. Para hallar comida genuinamente buena y codearse con los habitantes, vale la pena alejarse de los megalitos.

THE COMPASSES INN
Lower Chicksgrove, Tisbury
T. 44 (1722) 714 318
www.thecompassesinn.com
Una comida de tres platos: entre 20 o 25 libras, sin bebidas.

Es una taberna del siglo XIV. Dentro se encuentran todavía vigas de madera, auténticas cervezas inglesas y gente del lugar, además del crujir de la madera ardiendo en la chimenea durante el invierno. La atmósfera es generalmente bulliciosa pero la gente viene aquí por la comida: ensalada caliente de cangrejo de río, callos de hacha, chorizo o los tradicionales pays de filete y riñón, seguidos por pudín de pan y mantequilla bañado en ron o un brulée de frambuesa con avena crujiente. Si la cena y la fiesta se alargan, es posible pasar la noche en uno de sus cuatro cuartos.

THE HAUNCH OF VENISON
1 Minster Street, Salisbury
T. 44 (1722) 411 313
www.haunchofvenison.uk.com
Platillos entre: 8 y 18 libras.

Otra taberna ridículamente vieja, también del siglo XIV, sólo que en el centro de Salisbury, la ciudad más cercana a Stonehenge. Tiene dos bares y un muy buen restaurante. ¡Ah!, y una mano momificada del siglo XIX que según se dice pertenece a uno de los fantasmas que deambula por el edificio. Su comida británica contemporánea tiene una rara influencia asiática-europea: el salmón ahumado con salsa de wasabi o carne de venado con tomates y cereza asados son algunas de las especialidades.
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