Océano Índico: no sólo las Maldivas
Las playas perfectas de este archipiélago quizá no serían motivo para hacernos viajar hasta el Océano Índico. O quizá sí. Lo cierto es que si uno piensa volar hasta ese punto sólo localizable entre el 7º grado de latitud norte y el Ecuador, entre el Mar de Arabia y el Golfo de Bengala, conviene conocer Sri Lanka, ese país verde y espléndido, diverso e indescifrable, que es el exportador de té más importante del mundo.
Por
Philippe Lansac |
Febrero 2008
|
Tags:
isla, mirihi, maldivas, sri lanka, laurent, granier, philippe, lansac, arabia, bengala, lujo, miel, luna, duniye, spa, tangerine, travesias
Un escalofrío. Húmedo, glacial, como el viento frío del Himalaya. Bastó una puerta entreabierta para recordarme la lluvia que araña las ventanas. Por fortuna, la chimenea cruje a mi lado, me calienta, me quema incluso la cara, igual que el té humeante que estoy degustando con las manos enredadas sobre la taza de porcelana. Los sabores ahumados de un buen té de Ceilán son el complemento que necesitaba esta tarde digna de un noviembre en Inglaterra. Pero el sabor no es en absoluto exótico. Todo lo contrario. Estas hojas fueron recogidas y tostadas aquí mismo, en medio de las colinas que se pierden en la bruma de la región de Nuwara Eliya, en pleno centro de Sri Lanka.
Un jardín de hojas de té
Creada por los colonos británicos para escaparse del calorón de Colombo, la capital del país, esta estación de altura, por su arquitectura colonial y su clima húmedo, podría hacernos olvidar que estamos en el corazón del Océano Índico. Y, sin embargo, al observar bien los plantíos de té que se extienden hasta el infinito, varios manchones de color despiertan la conciencia. Son los saris de las mujeres que recogen las preciadas hojas. A su alrededor, un inmenso paisaje de todas las declinaciones de verdes indica los avances de su trabajo. “Sólo las hojas verdes, jóvenes, sirven para la infusión. Las otras, grandes y oscuras, las usamos como abono natural para los plantíos”, explica Nilanka, una joven recolectora. “Cada día nos cambiamos de lugar para recoger las hojas que han aparecido en las cimas de otras plantas”, explica con la espalda encorvada por el peso de su canasta, mientras zigzaguea hábilmente entre las hileras inclinadas, como si estuviese colgada de la montaña.
En el horizonte se aprecia una sucesión infinita de colinas, todas recubiertas de plantaciones de té. En líneas paralelas, en curvas o en círculos concéntricos, los matorrales tallados al milímetro parecen obra de algún arquitecto o diseñador. Es la naturaleza acondicionada por las manos expertas de muchas generaciones de mujeres. Aquí y allá, rocas pulidas color gris ceniza completan el escenario. El conjunto trae a la memoria los más hermosos recuerdos de viajes en la Toscana o en Escocia, o incluso en el Pan de Azúcar, de Río de Janeiro.
No hay mal que no se cure con té
Un chaparrón típico de la época del monzón cae con todas sus fuerzas sobre este paisaje. Nilanka y sus compañeras, perdidas en las brumas de un pedazo de nube que se ha pegado a la montaña, se cubren de prisa pero prosiguen minuciosamente con su trabajo.
“Mis ancestros se fueron de Tamil Nadu, en el sur de la India, a causa de los ingleses, y vinieron a instalarse aquí hace 150 años”, relata más tarde la agricultora. “En esa época, un virus devastó todas las plantaciones de café y los británicos las reemplazaron por el cultivo del té. Como hacía falta mano de obra, recurrieron a inmigrantes tamiles, que eran particularmente baratos”.
“Mis ancestros se fueron de Tamil Nadu, en el sur de la India, a causa de los ingleses, y vinieron a instalarse aquí hace 150 años”, relata más tarde la agricultora. “En esa época, un virus devastó todas las plantaciones de café y los británicos las reemplazaron por el cultivo del té. Como hacía falta mano de obra, recurrieron a inmigrantes tamiles, que eran particularmente baratos”.
En realidad el virus resultó oportuno en este pequeño país, ya que ahora el té ha hecho famosa a la isla en todo el mundo y representa su principal fuente de ingresos por exportación. Sri Lanka es el mayor exportador de té del mundo y en la bolsa de valores de Colombo se establece cada día el precio mundial de la famosa hoja. La plantación de San Pedro, para la cual trabaja Nilanka, es una de las casas de té más famosas de Ceilán. “Es como el champaña del té”, comenta orgulloso Shyam, el dueño. “San Pedro tiene el privilegio de ser una de las diez únicas marcas vendidas en Harrods”, explica, refiriéndose al famoso almacén londinense.
De pie frente a una serie de diez tazones recién preparados, Shyam prueba una por una las muestras. Es la hora de la degustación, en un laboratorio blanco reservado exclusivamente para la dirección. Como un enólogo, Shyam respira y luego engulle el preciado líquido antes de escupirlo de nuevo en un gran recipiente especial. Una hora de concentración intensa basta para clasificar la última producción, después de un estricto proceso en que las hojas se secan, se trituran y fermentan. Una vez establecido el veredicto de Shyam, los distintos lotes se destinan al mercado local o a la exportación.
Ebrio de este néctar de hojas tostadas, me quedé dormido junto a la chimenea. Varias imágenes desfilaban bajo mis párpados cerrados como a través de las ventanas de un tren; como en los viejos vagones en los que había viajado de Colombo a Kandy, la capital de la región de las colinas. Su sirena sonaba todavía en mis sueños. Sus bancos de madera marcaban todavía mi espalda magullada, encorvada, que se estremeció bajo una nueva borrasca de aire fresco. ¿Alguien volvió a abrir la puerta? Me despierto, abro un ojo y mi torpeza se evapora bajo la brisa del ventilador: “Relax, mister Philippe”, se desliza hasta mi oreja la voz suave y melódica de la masajista de este spa al borde del Océano Índico donde me acosté hace rato, antes de quedarme dormido. Sus manos sobre mi espalda aceitada retoman su trabajo bendito por los dioses. Viene a mi memoria la imagen del rostro del Buda de Polonnaruwa, esa antigua villa real al norte de Sri Lanka, famosa por su representación de Siddharta acostado, labrado sobre la roca.
También la sonrisa de los monjes en batas anaranjadas o la de los jóvenes bailarines durante la Esala Perahera, la fiesta de la luna llena de julio, cuando desfilan con sus elefantes iluminados frente al templo de Dalida Maligawa, en Kandy. Miríadas de luces y tambores se desvanecen con el resplandor que se asoma a través de las persianas, mientras mi mirada se despierta torpemente, “How do you feel, mister Philippe?”.
De cigüeña a marinero
Tras esa extraña experiencia en el spa, me aventuro a la playa que rodea el hotel. El Océano Índico se deja venir aquí en un poderoso concierto de olas, cuyo estruendo se mezcla con los gritos de los pescadores.
Una cachetada de agua salada en la cara. La marea, el flujo y reflujo del mar, juega con la paciencia de los marineros, que no terminan de traer el barco cargado con la pesca de toda la noche. Con el rostro tenso, Dimal grita hasta desgañitarse para motivar a sus cinco compañeros. El pesado catamarán se niega todavía a deslizarse sobre la playa. Entonces, la ola que tanto esperaban finalmente llega para llevarlos hasta la arena seca.
No obstante, todavía no le llega a Dimal la hora de su bien merecido sueño. “Ogel yande!” (“¡Levántense!”), le grita a sus cinco camaradas. Una cascada de atunes de todos los tamaños se desliza hacia las grandes cajas de los vendedores del mercado vecino, quienes se disponen a pesarlos. Luego vienen las grandes presas, que caen una a una desde lo alto del barco: peces espada, más atunes y una mantarraya de 350 kilogramos.
No obstante, todavía no le llega a Dimal la hora de su bien merecido sueño. “Ogel yande!” (“¡Levántense!”), le grita a sus cinco camaradas. Una cascada de atunes de todos los tamaños se desliza hacia las grandes cajas de los vendedores del mercado vecino, quienes se disponen a pesarlos. Luego vienen las grandes presas, que caen una a una desde lo alto del barco: peces espada, más atunes y una mantarraya de 350 kilogramos.
Ya solo frente a su barco, Dimal verifica por última vez si las cañas ya están guardadas en su lugar. Y, como todos los días, se toma un minuto para admirar su catamarán. Su casco amarillo brilla en la cálida luz de la mañana. En medio, sobre la parte más ancha, lleva una bandera alemana con la palabra “Willkommen” pintada en enormes mayúsculas. “Confieso”, dice Dimal, “que estoy orgulloso de mi barco. Me lo gané con el sudor de mi frente, tras cinco años de lavar los platos en un restaurante de Düsseldorf. En un sótano, con vista a absolutamente nada. Y sin ver el océano ni una sola vez. ¡La peor tortura para un marinero! Pero ahora lo he logrado, soy propietario”.
Se voltea, mira el océano color azul turquesa y la magnífica perspectiva de esta playa tapizada de cocoteros. Y continúa con voz nostálgica: “me gano la vida mejor ahora, pero con las largas noches en el mar ya no aprovecho lo suficiente la belleza de la orilla y, a veces, me sorprendo incluso extrañando la época en que pescaba con una caña sobre una estaca. Sentado durante horas sobre esta alfombra de bosque plantado en medio de las olas, me daba tiempo de soñar. De no pensar en nada o simplemente de admirar la costa. Las rocas y sus formas increíbles esculpidas por las olas. Y la vegetación. Es tan exuberante y densa, que invade las playas. Los mangos, bananos, las grandes flores color malva o naranja de los hibiscos. El escandaloso rojo de las ramas de las acacias... podría hablar de eso durante horas”.
Su estaca, que pertenece a su familia desde hace generaciones, heredada siempre de padre a hijo, se la alquila ahora a otro pescador. Su ubicación, entre los pueblos de Unawatuna y Weligama, es una de las mejores de Sri Lanka. Y Dimal no se la vendería a nadie por nada del mundo.
Desde el alba, los pescadores llegan hasta su estaca nadando con una caña de pescar en la mano. Sentados en equilibrio en medio de la espuma, lanzan su anzuelo en medio de las agitadas olas que se estrellan contra el coral. “No podemos pescar nada si los peces no nadan en el mismo sentido que la corriente”, explica Dimal. “Tenemos una hermosa vista cuando pescamos, pero ahora no se puede ganar uno la vida como antes. Por eso me fui a trabajar a Alemania”. A decir verdad, estos pescadores ganan más al posar para los turistas que con el pescado que venden en el mercado.
Dimal acaricia su catamarán por última vez, se cae de sueño y debe aprovechar el día para descansar. Esta noche deberá volver al mar, a llenar de nuevo sus redes. “Esta vida de marinero es agotadora y deja poco dinero en Sri Lanka. Pero nunca más abandonaré esta tierra tan hermosa para irme al gris del río Ruhr ni a ninguna otra parte. Prefiero ser pobre y vivir en una choza en la playa que tener un departamento todo amueblado en una linda hilera de edificios en los alrededores de Düsseldorf”.
Esos pequeños puntos del mapa
Después de haber recorrido Sri Lanka como se merece, sólo resta un deseo: ir más lejos. Irse más al sur para descubrir el Océano Índico, esa masa de líquido infinito, ininterrumpido casi hasta la Antártica. Salvo por las minúsculas islas que aparecen en el camino.
Las Islas Maldivas, que fueron alguna vez una de las paradas de los comerciantes árabes en la ruta marítima de la seda entre Asia y el Medio Oriente, se han vuelto en los últimos años un destino romántico ineludible. Ya no por los barcos cargados de especias y telas, ni por los piratas que los merodeaban, sino por los viajeros con déficit de sol que, cual robinson crusoes consentidos y modernos, desean perderse en su propia isla, fuera del tiempo.
Las Maldivas son el tipo de lugar con el que todo mundo sueña, sobre todo en esos días de depresión sedentaria, cuando el único remedio o paliativo es ponerse a hojear un atlas. Se trata de unos cuantos puntos misteriosos, perdidos en medio del azul, entre el 7º grado de latitud norte y el Ecuador, entre lo meridianos 72 y 73. Y rodeados de nombres como Mar de Arabia, Golfo de Bengala o Mar de las Laquedives. Casi se necesita de una lupa para detectar su existencia.
Por eso no pude resistir. Tras una hora de vuelo desde Colombo, llegué literalmente al centro del Océano. A tal punto que no entendía a dónde debíamos aterrizar.
En realidad, una isla entera funciona como pista de aterrizaje para la ciudad-isla-capital: Malé. Ahí los portugueses instalaron un fuerte en el siglo XVI y tomaron control del sultanato fundado 400 años antes, a raíz de la islamización de la región por parte de los comerciantes árabes. La colonia portuguesa se volvió protectorado británico a partir de 1887, antes de obtener su independencia en 1965, con el estatus de sultanato y luego de República islámica.
Al desembarcar en Malé, me vinieron a la memoria recuerdos de Venecia. Salir de ese aeropuerto es como bajar los escalones de la vieja estación que bordea el Gran Canal, sólo que con calor tropical. Aquí, en lugar de góndolas hay dhonis, esas embarcaciones tradicionales con una alta proa redondeada. Después de dos horas de zigzag a lo largo de la costa este del Atolón de Malé, llegamos a la isla de Meeru, la primera etapa de mi viaje, que consistiría en saltar de una isla a otra. El país oficialmente se compone de 1 192, repartidas en 26 atolones, pero las estadísticas pueden ascender hasta 2 mil, de las cuales 200 están habitadas por alrededor de 300 mil personas.
Al llegar a la barrera de coral, nuestra embarcación se detiene en un banco de arena inmaculada, enceguecedora, que bordea una lago azulísimo. Tras unos pasos en el apabullante calor me refugio a la sombra de un techo de palmas. Guardo mi reloj en el fondo de la maleta, me pellizco para cerciorarme de que no estoy soñando y me lanzo a esta agua irreal, de una temperatura casi idéntica a la de mi cuerpo. Tras algunas braceadas, me invitan a acostarme en medio de las palmeras. Es la hora del spa. Después de tanto tiempo de viaje, hay que sucumbir al arte del masaje, mestizo como la población local, una mezcla de tradiciones balinesas, indias y tailandesas.
Isla propia
La mañana siguiente me aguarda otro sueño de infancia: un hidroavión. El comandante vestía de shorts, al igual que su asistente. Y tras una parada en la gasolinería flotante, ahí estábamos, esquiando con hélices en un jaloneo infernal. Nos desprendimos al fin del mar en un espectáculo inolvidable. Apenas pasamos los escasos rascacielos y el domo dorado de la mezquita de Malé, lo que se dibujó bajo nuestras alas fue una acuarela de Matisse de varios azules indescriptibles, salpicada de manchas de arena blanca. Un cuadro azul y blanco de 800 kilómetros de largo por 130 de ancho en medio del Océano. Salimos del atolón de Malé hacia el de Ari rumbo a un islote microscópico: Mirihi. Tras un planeo acuático controlado, llegamos a una plataforma de madera flotante, en medio del lago. Apenas bajaron nuestras maletas, nuestro taxi aéreo desapareció y nos dejó como náufragos en este espacio vital de cuatro metros por tres. Tras unos minutos de silencio, mientras se desvanecía el zumbido de las hélices, surgió en el horizonte la punta abombada de un dhoni que venía a rescatarnos.
La isla parecía desierta. Un simple edificio se alcanzaba a ver en medio del bosque de palmeras. Caminé unos pasos sobre un pontón de madera quemada por el sol y mis pies descalzos llegaron hasta la arena inmaculada de la recepción del Mirihi Resort.
El escritorio de la recepción, los sillones design y las mesas bajas estaban sobre la arena, la más bella de las alfombras. Sentí que había aterrizado en otro planeta, que era el único refugiado en el mundo a quien habían recibido con los brazos abiertos en un universo de lujos extremos y, encima, naturales. Era un náufrago en esta isla de unos cuantos metros cuadrados, que con gusto dejaría pasar varios barcos de rescate antes de hacerme nota.
* Traducción de Claudia Itzkowich
IMPRESCINDIBLES
En Kandy no hay que dejar de visitar el templo de Dalida Maligawa, el Museo del Té en el camino a Hanthana, ni el orfanato de elefantes. En la antigua capital de Polonnaruwa hay que ver las estatuas de Buda esculpidas sobre el acantilado.
La ciudadela de Sigiriya fue construida hace 1 500 años sobre una enorme roca, y están las entrañables villas de pescadores de Hikkaduwa y Weligama, destinos también famosos entre los practicantes del surf.
En las Maldivas, si admirar la superficie del océano no es suficiente, vale la pena bucear o dejarse tratar en cualquiera de los Duniye Spas.
GUÍA PRÁCTICA
DÓNDE DORMIR
EN SRI LANKA
CASA COLOMBO
Calle Galle 231
Bambalapitiya, Colombo 4
T. 94 (11) 452 0130
www.casacolombo.com
Habitaciones desde 311 dólares.
PARK STREET HOTEL
Kannangara Mawatha, 79/7 Colombo 7
T. 94 (11) 576 9500 al 502
www.taruvillas.com/riverhouse.html
Habitaciones desde 220 dólares.
TANGERINE BEACH HOTEL
Calle Abrew Waskaduwa, Kalutara. A 40 kilómetros de Colombo
T. 94 (34) 223 7295 / (34) 223 7982
www.tangerinehotels.com
Habitaciones desde 200 dólares.
MAHAWELI REACH
P.B.A.Weerakoon 35, Mawatha Kandy
T. 94 (81) 447 2727
www.mahaweli.com
Habitaciones desde 160 dólares.
EN LAS MALDIVAS
MIRIHI ISLAND RESORT
Atolón South Ari
T. (960) 668 0500
www.mirihi.com
Una villa en la isla o sobre palafitos, de 400 a 500 dólares la noche.
MEERU ISLAND RESORT
Atolón Malé Norte
Meerufenfushi
T. (960) 664 3157
www.meeru.com
Habitaciones dobles (pensión completa) a 300 dólares.
OTRAS OPCIONES QUE QUITAN EL ALIENTO
NALADHU MALDIVES
Veligandhu Huraa
Atolón Malé Sur
T. (960) 664 1888
www.naladhu.com
Habitación doble desde 1 200 dólares la noche.
THE RANIA EXPERIENCE
Atolón Faafu
T. (960) 674 0555
www.raniaexperience.com
Desde 9 300 dólares por persona, siete días, en temporada baja.
FOUR SEASONS RESORT EN LANDAA GIRAAVARU, MALDIVAS
Atolón Baa
T. (960) 660 0888
www.fourseasons.com/maldiveslg
Habitación doble desde 960 dólares por persona, con desayuno.
DÓNDE COMER
EN SRI LANKA
La base de la gastronomía de Sri Lanka es el arroz, acompañado de curry y verduras: camote, frijoles, flores de plátano. También coco rallado con carne de res, pollo o pescado. ¡Y no hay que perderse por nada del mundo los filetes de atún!
HELGA’S FOLLY
Mahamaya Mawatha Kandy
T. 94 (81) 223 4571 / 447 4341
www.fourseasons.com/maldives
Se trata de una casa colonial decorada al estilo de su excéntrica propietaria: pinturas de Buda son vecinas de muebles coloniales holandeses y sillones de los años sesenta rodeados de muros de colores, tapizados de fotos antiguas. El ambiente es familiar y la comida, deliciosa.
GOLDEN VIEW RESTAURANT
Calle Saramankara 46 Kandy
T. 94 (74) 473 242
Si bien la comida es deliciosa, aquí lo invaluable es la vista al lago y el templo de Dalida Maligawa.
EN MALDIVAS
Aquí es difícil acceder a la cocina tradicional, pues a los turistas se les consiente con versiones occidentalizadas. En todo caso, los platos típicos tienen como base arroz, curry, pescados, especias y frutas tropicales.
MAALAN
Dentro del Meeru Resort los muebles de teca están sobrepuestos sobre la arena, en un extremo de la isla, y son el escenario perfecto para servir una novedosa cocina a base de pescados.
MURAKA
En Mirihi la cena se escoge de un menú 100% marino en una plataforma erigida sobre una espléndida piscina natural.
CÓMO LLEGAR
Desde México, hay que pasar por Europa antes de volar hacia Colombo, la capital de Sri Lanka: Air France, Sri Lankan Airlines, Qatar Airways y Emirates vuelan hasta ahí desde, por ejemplo, París; Condor sale de Münich y Austrian Airlines de Viena.
Para las Maldivas, la mayor parte de los vuelos a Malé desde Europa paran en Colombo. Y, desde ahí, Sri Lankan Airlines tiene varios vuelos a precios muy razonables.
Para las Maldivas, la mayor parte de los vuelos a Malé desde Europa paran en Colombo. Y, desde ahí, Sri Lankan Airlines tiene varios vuelos a precios muy razonables.
CÓMO DESPLAZARSE
En Sri Lanka, el tren entre Colombo y Kandy es inolvidable, además de que un buen sistema de autobuses recorre todo el país. Para un recorrido a la medida y a todo lujo, con hospedaje en villas coloniales u hoteles boutique, vale la pena contactar a la compañía Sri Lanka In Style (www.srilankainstyle.com).
En las Maldivas existen dos compañías locales de hidroavión: Transmaldivian y Maldivian Air Taxi, pero la mayoría de las islas-resort tiene su propio servicio de barco.
En las Maldivas existen dos compañías locales de hidroavión: Transmaldivian y Maldivian Air Taxi, pero la mayoría de las islas-resort tiene su propio servicio de barco.
























