Romper el hielo en Alaska
No todo en Alaska es hielo y nieve. Mucho menos a bordo de una de las embarcaciones de Royal Caribbean adonde, después de pasar el día en una tirolesa, un kayak o una larga caminata, aguardan jacuzzis, bebidas calientes y actividades dignas de un barco grande, pero no tanto como para no cuidar cada uno de sus detalles.
A veces la mejor manera de calentar una relación es ir a donde hace frío.
A BORDO
LAS EXCURSIONES
CON LOS PIES EN EL HIELO
*Traducción de Wendy Karina Sánchez
GUÍA PRÁCTICA
Más información en www.royalcaribbean.com
Mi esposa es un misil humano busca-calor. Ya sea cuando baña sus tacos en una salsa de habanero ultrapicante, cuando sube al máximo el termostato de nuestro departamento o cuando bebe ruidosamente cafés hirviendo, ella sólo conoce una temperatura: caliente. Como resultado, cuando llegan las vacaciones nunca lo pensamos dos veces: nos vamos adonde brilla el sol. Y en ese empeño por perseguir siempre la parte más ardiente del orbe, como Ícaro me he quemado las alas: me he horneado en playas soleadas, deshidratado en desiertos arenosos en el lomo de camellos que escupen y sudado como un simio en selvas infestadas de bichos innumerables. Pero ha valido la pena con tal de verla feliz, aun si al final del día termino exhausto e insolado mientras Ruth escapa para cocerse al vapor un poco más en un sauna o en un temazcal.
Aunque estemos lado a lado, a menudo parece que Ruth y yo estamos geográficamente medio planeta aparte. Se lo achacamos a una incompatibilidad climatológicagenealógica que es resultado directo de su ascendencia azteca y mi origen canadiense. A pesar de nuestros casi diez años juntos, mi entusiasmo por los placeres helados todavía no ha sido entendido: hemos tratado de esquiar, patinar y vacacionar en climas del norte, pero lo único que Ruth logra llevarse como souvenir es un serio resfriado.
Por eso fue difícil planear el modo de darle la noticia: para nuestro aniversario quería darle otra oportunidad a los destinos no tropicales, pero tenía que hacerlo de una manera ingeniosa —so pena de que terminásemos celebrando nuestro último aniversario juntos—. Entonces le di la noticia en dos partes. Le dije que había reservado un par de boletos en un crucero de Royal Caribbean. Tal y como lo esperaba, brincó de emoción. Escenas de playas de arena blanca y palmeras meciéndose con el viento deben de haber entrado en su mente. Fue entonces cuando le dije que el barco iba al norte, a Alaska, y ella me miró con una expresión fría y reiteró lo obvio, “¿quieres decir a la tierra de hielo y nieve?”.
Alaska vive en la imaginación colectiva como la capital del frío por razones obvias. Para comenzar, es vecina del congelado Polo Norte. Pero las postales y la geología también han tenido que ver. A la cabeza del Cinturón de Fuego del Pacífico, su conglomerado de placas tectónicas ha levantado una topografía espectacular de montañas y volcanes. Además, su latitud norte y sus bosques abundantes han permitido un ecosistema que mezcla bastante precipitación y una disposición a las heladas casi seis meses al año. Así, sus paisajes, que reúnen una de las concentraciones más grandes de montañas cubiertas de nieve en el mundo, resultan perfectos para las fotos, pero confunden: a casi nadie se le ocurre que no todo en Alaska es frío, al menos no todo el año.
Debido a esta configuración de circunstancias, el estado número 49 de Estados Unidos ha sido un lugar a menudo incomprendido. Mientras que los aleutas locales, los tlingit, esquimales, haidas y otros nativos americanos fueron capaces de vivir con abundancia durante milenios gracias a sus bosques abundantes, sus mares llenos de pescado y sus bosques de bayas, Alaska fue casi siempre considerada como una tierra baldía por las poderosas naciones europeas. Los rusos la “descubrieron” en 1741, en un viaje hecho por Vitus Bering cuya asombrosa aventura comenzó al cruzar Siberia. Construyó dos barcos —el St. Peter y el St. Paul— en la costa rusa y los navegó a través de la península de Kamchatka y luego a Norteamérica. El Capitán y la mayor parte de su tripulación murieron de escorbuto en una isla azotada por el viento entre los dos continentes. Sin embargo, la herencia del viaje de Bering vive y el estrecho que separa los continentes ahora lleva su nombre.
La ocupación rusa de Alaska fue muy efímera. En marzo de 1867 la subastaron y vendieron a los Estados Unidos de América un millón 518 800 kilómetros cuadrados de tierra que ellos habían reclamado —un área equivalente a tres cuartas partes del tamaño de México— por sólo siete millones de dólares. El público estadounidense protestó contra lo que ellos percibieron como una compra costosa que los medios burlonamente llamaron “el jardín de osos polares de Andrew Johnson” y “la locura de Seward.” El tiempo confirmaría el genio del Ministro de Asuntos Exteriores. Sin disparar un solo balazo, el país posee ahora la mayor parte de la costa del Pacífico al norte de Tijuana. Los recursos naturales de Alaska, que incluyen oro, plata y los grandes bienes de la modernidad —petróleo y uranio— han vuelto más que irrisoria la inversión inicial.
No fue sino hasta los tiempos de la búsqueda del oro cuando Alaska finalmente ganó algunos adeptos: hace un poco más de cien años se corrió la voz de que la roca amarilla había sido descubierta. Y con esas noticias, Alaska inmediatamente se convirtió en el hogar de la fiebre del oro de Klondike: una fiebre que vio más de cien mil almas mal preparadas aventurarse hacia el norte, de las cuales menos de 40 mil lograron llegar. Las historias de estos aventureros modernos, sumadas a las anteriores, hicieron que la gente temiera al norte aún más.
El boom turístico y el cambio de percepción tuvieron que esperar hasta los años setenta. Entonces los cruceros invadieron el paisaje, cargados de gente que venía en busca de la verdadera riqueza del sitio: los interminables kilómetros de áreas salvajes para disfrutar de las actividades al aire libre. El estado más grande de la Unión americana ofrecía la costa más espectacular y los picos más altos de Norteamérica, y se volvió el punto de partida para los apasionados de los viajes de aventura.
A BORDO
Como el estado de Alaska, el Serenade of the Seas —o su equivalente en español: la serenata de los mares— prometía una experiencia superlativa. Se trata de uno de los buques más nuevos de Royal Caribbean, con el mayor porcentaje de cuartos exteriores en la flota y todas las comodidades que caben en un barco grande, pero no masivo, que pone el énfasis en la calidad del servicio: boutiques, un teatro para más de 900 personas, varios comedores y dos restaurantes, doce bares y salones, casino, cine, spa, albercas interiores y exteriores, instalaciones para practicar golf y una pared para escalar de 10 metros de altura en la cubierta superior. Pero, más que todo eso, el Serenade ofrece las mejores excursiones fuera del barco en todo el estado.
Empacamos nuestros trajes de baño y también nuestros impermeables preguntándonos si realmente era posible combinar estos dos mundos —la necesidad de calor de Ruth y mi deseo de aventuras templadas— en una salida de una semana.
Abordamos el barco en el puerto de Vancouver y de inmediato notamos la diferencia en el tiempo y la luz. Bajo la sombra de las hojas anaranjadas, los últimos días del verano eran mucho más largos que en nuestra casa en México. Y nuestra aventura norteña nos ofrecería más de lo mismo: cada grado que nos desplazamos hacia el norte, ganamos más luz. Con lo cual, a pesar de su helada reputación, Alaska recibe la mayor cantidad de luz solar en la Tierra: los días más largos durante el verano, algunos de ellos de hasta 24 horas.
Una vez a bordo, no nos tomó mucho tiempo darnos cuenta de que, a pesar del nombre, la gente de Royal Caribbean es experta en la navegación de estas aguas norteñas y en proveer una maravillosa experiencia para sus invitados. Cuando se siente frío en el aire, el capitán calienta las galeras y el personal multicultural prepara bebidas hirviendo —especialidades de café y chocolate— en la cubierta, mezcladas de todas las maneras imaginables. Además, con 13 pisos de actividades, no es forzoso salir para divertirse. Las espléndidas comidas y vinos con nuestros compañeros de mesa en el comedor Reflections y las noches bailando bajo las estrellas en la Discoteca Vortex con los últimos ritmos latinos nos mostraron que el calor del Caribe nunca está lejos en un barco de esta magnitud.
Sin embargo, hacer un crucero también implica salir del barco. Y más en Alaska.
LAS EXCURSIONES
La primera parada del paseo fue en Hoonah, un pueblo antiguo llamado así por los indígenas tlingit debido a su ubicación bajo un pico altísimo. El asunto es que cuando anclaban el barco en la bahía abierta, apareció, como un relámpago iluminado sobre la cara rocosa del acantilado, el ZipRider, la tirolesa más larga, más emocionante y más alta de Norteamérica. Saltamos a bordo de un autobús que viraba bruscamente sobre caminos sinuosos para llevarnos a la estación que está en la cumbre, donde nos abrochamos los arneses y quedamos suspendimos bajo los cables paralelos con nuestros pies presionando contra una pared de metal —este pedazo de acero de cuatro milímetros de espesor era lo único que nos separaba de la caída vertical de 450 metros—. Debajo de nosotros el Serenade descansaba anclado en la costa y las águilas le volaban por encima.
Apenas acordamos que estábamos listos, “bang”, desapareció la reja. Yo no tuve tiempo de pensar, una fracción de segundo más tarde caía hacia abajo, precipitándome desde la cara del acantilado tan rápido como la gravedad me llevaba. Yo no me percaté de la salida de Ruth, pero a través de las lágrimas inducidas por la velocidad pude distinguir su compacto cuerpo pasar disparado, rebasándome sobre las copas del bosque de pino hacia el borde de las aguas turbias. El sonido de sus gritos de placer delirante me hizo sonreír, a pesar de lo frío del aire y el miedo paralizante. Abajo, nos liberamos de nuestros arneses y nos calentamos en el bar local al lado de la chimenea con un plato de sopa de cangrejo rey de Alaska. Con la adrenalina todavía bombeando, Ruth apenas notó que el sol estaba detrás de las nubes.
La mañana siguiente despertamos con la llamada del capitán y con un clima excelente. Bajo un cielo azul celeste, habíamos llegado a Disenchantment Bay— Bahía del Desencanto—, el sitio del magnífico Glaciar Hubbard, el más grande de Alaska que llega hasta el mar.
Con una extensión aproximada de 122 kilómetros desde su fuente en el Yukón, estábamos frente a frente con la gigantesca cascada del río congelada y sus 10 kilómetros de ancho frente al mar. Y descubrimos que el aspecto sólido del glaciar oculta su naturaleza verdadera: realmente se mueve como un río, sólo que mucho más despacio. En vez de ver una cascada corriendo, observamos su espectacular desgajamiento pedazo por pedazo; los gigantescos trozos de hielo, unos tan grandes como edificios de 10 pisos, tronaban lejos del glaciar, explotando en el agua salada. El aire estaba helado, pero la mayoría de los huéspedes llevaban parkas y bebidas con ron. Mientras yo tomaba fotos en la cubierta, en aquel aire maravillosamente fresco con la mayor parte de los pasajeros, Ruth miraba desde adentro, donde bebía a sorbos un café irlandés al lado del capitán.
Después de cenar cola de langosta, nos dirigimos al acogedor Club Safari, donde ofrecieron una presentación de Alaska en alta definición. Ahí aprendimos que el estado contiene más glaciares que todo el resto del mundo habitado. Para ponerlo en perspectiva, aproximadamente el cuatro por ciento de su superficie —50 mil kilómetros cuadrados, casi el tamaño de Costa Rica— permanece sepultada bajo estas masas heladas de un kilómetro de espesor en algunos lugares. Los glaciares han estado trabajando, tallando valles y lagos, y han cobrado vida a lo largo del verano cuando el sol tibio y casi permanente derrite parte de sus masas heladas. Mientras bebíamos en el salón —bebidas enfriadas con hielo recolectado del Glaciar Hubbard— Ruth comenzaba a aclimatarse a la idea de los ríos congelados de Alaska. Así que decidimos experimentar otro aspecto de los glaciares en la excursión del día siguiente: kayak en el Lago Chilkoot, famoso por estar lleno de águilas y osos.
Mientras que el Serenade se quedo anclado en el soleado Skagway, nosotros saltamos a bordo de un ferry de alta velocidad que rápidamente se dirigió hacia nuestro destino cerca de la pacifica ciudad de Haines. De los muchos aspectos que hacen Chilkoot tan atractivo, el más importante es el agua que se ha derretido del glaciar durante la temporada de calor. Como es tan puro, cuatro especies diferentes de salmón se reproducen ahí entre mediados de junio y octubre, desde que la gente tiene memoria. Por eso, también es un lugar favorito para osos marrones y negros, alces y otros depredadores, incluidos los seres humanos con cámara en mano.
Bajo el sol ardiente, saltamos en un kayak y remamos hacia la mitad del lago azul turquesa. Los salmones brincaban a nuestro alrededor. Nuestro guía, un sargento de policía jubilado, convertido en guía expedicionario, llamado Don, remaba con nosotros a lo largo de la costa ventosa, bajo la mirada vigilante de las águilas calvas que anidan en la localidad. En media hora alcanzamos los bancos lejanos del lago, donde vimos decenas de parejas de salmón apareándose. No éramos los únicos mamíferos en el área. Había huellas de oso por todas partes y a lo lejos descubrimos un gigantesco oso grizzly luchando con un salmón que oponía resistencia cerca de la orilla. Nuestro guía nos explicó que no hay mejor modo de ver a estos animales que en el agua: en la tierra alcanzan a moverse a hasta 55 kilómetros por hora pero, en el agua, son nadadores relativamente malos.
CON LOS PIES EN EL HIELO
Al parecer, la temporada de calor es un tiempo de vida en el Norte. Los arbustos se llenan de frambuesas y moras azules, las aguas se pueblan de peces y los animales y los turistas como nosotros aprovechan la generosidad de los recursos locales. Un testimonio de esta abundancia durante la temporada soleada en Alaska es la enorme población de osos grizzly, que llegan a pesar hasta 680 kilogramos. Evidentemente ellos se nutren de todas estas calorías durante la temporada soleada, antes de refugiarse lentamente en sus guaridas congeladas para pasar el invierno. Pero la fuente de la mayor parte de esta riqueza de comida viene precisamente del amplio suministro de hielo, el agua pura y los salmones que gracias a eso vienen a aparearse aquí.
Si bien las experiencias como el paseo en kayak en el Lago Chilkoot y el vernos cara a cara con el Hubbard nos dieron una apreciación de los glaciares, no fue sino hasta Juneau, la capital estatal, donde logramos entenderlo todo. La literatura de viajes denomina a Juneau como “la entrada a los glaciares”, principalmente porque el enorme Mendenhall se asienta a una corta distancia. Y esta vez Ruth se atrevió a arriesgarse en el frío. El destino de nuestra última excursión: un viaje en helicóptero hacia los flancos congelados del glaciar, combinado con una caminata de dos horas.
Pasar varias horas en un cubo de hielo gigante implica mucho equipo —sobre todo para alguien como Ruth—. Por suerte nos consiguieron todo: enormes chamarras de invierno, botas y guantes. Tan pronto el helicóptero se elevó sobre las montañas, nos olvidamos del frío. Desde ahí, con la perspectiva de un águila sobre la tierra, vimos una parte de la impresionante naturaleza de Alaska, donde los osos y las cabras son más comunes que los autos. Ésta es la Alaska salvaje sobre la cual hemos oído tanto.
Nuestro piloto nos explicó que Juneau, separada del resto del estado por uno de los cinco glaciares más grandes de Norteamérica, es la única capital estatal en Estados Unidos a la cual no se puede llegar en auto. Justo como antes, en los días de Klondike, el único camino aquí es por barco (y, por supuesto, aire). Con la riqueza del agua dulce congelada en las laderas, no es ninguna sorpresa que tenga una de las mayores densidades de fauna en la región, en particular durante la temporada cálida.
Una vez aterrizados, escalamos lejos del helicóptero en donde John nos ayudó a ponernos los crampones —suelas con púas afiladas como cuchillos para nuestras botas gigantescas— y nos armó también con un pico-hacha. Después nos dirigimos a las laderas de hielo. El sol de primavera impactaba el glaciar, de modo que el río congelado estaba cubierto de sus propias corrientes de agua derretida. Llenamos nuestras botellas con el agua que durante siglos se ha derretido directamente de los ríos helados.
De cerca, los pliegues del glaciar resultan ser mucho menos lisos que cuando se miran desde encima. En su superficie, miramos detenidamente cuevas azules heladas y subimos secciones escarpadas con la ayuda de nuestras hachas. Quizá lo más sorprendente es que el glaciar es mucho más cálido de lo que uno imagina: su fantasmagórica superficie blanquiazul actúa como un reflector de sol gigantesco y volvemos no sólo con grandes recuerdos, sino también con un marcado bronceado.
De nuevo a bordo, Ruth y yo celebramos los acontecimientos del día con botanas y una burbujeante botella. El barco había emprendido su camino de regreso al sur y teníamos sólo un día antes de llegar a Vancouver. Ruth decidió pasar la mañana escalando la pared de roca al aire libre. Yo elegí un masaje en el spa. Acordamos encontrarnos después en la tina caliente al aire libre en la cubierta superior. Ahí, nos sentamos a disfrutar el paso de las montañas y glaciares sumergidos en el calor del agua, satisfechos de haber navegado juntos los polos aparentemente imposibles del frío y del calor.
*Traducción de Wendy Karina Sánchez
GUÍA PRÁCTICA
La temporada de cruceros en Alaska dura de mayo a finales de septiembre. Los precios comienzan en 650 dólares por persona, por noche, en cruceros de siete días en ocupación doble en una cabina interior. El precio incluye toda la comida y muchas actividades a bordo. El costo de las actividades en tierra es extra.
Más información en www.royalcaribbean.com
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