
The Wapping Project: ingredientes y arte del día
Éste no es un lugar como los otros. No es ni galería de arte, ni restaurante, ni sala de conciertos ni bar, sino las cuatro cosas. Por no hablar de lo que fue: una planta hidráulica de la era victoriana en las afueras de Londres
Por
Charlotte Wilmots |
Marzo 2008
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Tags:
the wapping project, planta hidraulica, londres, inglaterra, wapping food, jules wright
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Para empezar, hay que merecérselo: el acceso no es nada simple. La estación de metro más cercana está cerrada, de modo que es necesario tomar la Docklands Light Railway hasta Shadwell y caminar. Pero vale la pena. Incluso con el clima londinense.
The Wapping Project nació en una planta hidráulica de 1890. Ésta cerró en 1977 y, a principios de los noventa, fue retomada por la directora de teatro australiana Jules Wright, quien contrató al despacho de arquitectos Shed 54 (de su esposo Joshua Wright) para su concepción. La idea era crear un espacio dramático, en perpetua evolución, que ofreciera suficientes oportunidades para exponer todo tipo de creaciones artísticas, de todas las dimensiones. El lugar abrió sus puertas en 2000, después de un serio proceso de adaptación y de la creación del restaurante Wapping Food.
Todas las exposiciones del recinto son temporales, incluso muy temporales, como si la vida no alcanzara para mostrar todo lo que se está haciendo; de pronto, proyectos comisionados exclusivamente para el sitio, o instalaciones y obras de arte de artistas famosos, como el estadounidense Keith Haring o los fotógrafos de la agencia Magnum.
A LA MESA (O NO EXACTAMENTE)
Desde la llegada a la majestuosa construcción victoriana, nos recibió “Bloom”, de Sam Spencer, un árbol cubierto de paraguas color amarillo. Así, no tardamos en entrar al juego de la atmósfera del lugar. Esta instalación formaba parte de la exposición “Yellow since 1877”, que ocupó el sitio en enero pasado para celebrar los 130 años del color amarillo de la casa de champaña Veuve Clicquot. Más adelante, en el patio adoquinado de la entrada, una torre acumuladora que perteneció originalmente a la planta dejaba escapar un amarillo chillón. Era otra instalación, precisamente la de Shed 54, titulada “Stairways and Reflections” (escaleras y reflejos): al fondo de la torre, una escalera de tubos fluorescentes del mismo amarillo se reflejaba en el agua pintada de amarillo.
A la izquierda, en el edificio principal, el arreglo y la decoración de la sala dan la impresión de que los obreros acaban de terminar su trabajo y dejaron sus herramientas, pues los motores y máquinas de la época forman parte de la decoración. La sala del restaurante-bar es inmensa, con techos muy altos sostenidos por grandes columnas de ladrillo rojo; la iluminación corre a cargo de grandes velas colocadas delicadamente sobre cada una de las piezas de la maquinaria, encima de las mesas y en el marco de las ventanas.
Pero a pesar del gran tamaño del recinto, la atmósfera es intensa e íntima a la vez, y la música sumerge a los visitantes en el estado de ánimo correcto desde el principio: The Velvet Underground, Gotan Project, una selección irreprochable para el tipo de lugar.
El restaurante y el bar se encuentran en los vestíbulos principales, el del motor y el de la turbina, y comparten el espacio con otras instalaciones, como “Beware”, del londinense Richard Wilson, que utiliza una parte de las turbinas encontradas en la fábrica y se levanta por medio de un motor eléctrico, que la transporta con lentitud de un lugar a otro y después la devuelve delicadamente a su sitio, como si la planta nunca hubiese sido desmantelada. Las mesas están diseminadas por la gigantesca sala, como para dar la impresión de que el restaurante es parte integral de una pieza, o la obra maestra.
El restaurante y el bar se encuentran en los vestíbulos principales, el del motor y el de la turbina, y comparten el espacio con otras instalaciones, como “Beware”, del londinense Richard Wilson, que utiliza una parte de las turbinas encontradas en la fábrica y se levanta por medio de un motor eléctrico, que la transporta con lentitud de un lugar a otro y después la devuelve delicadamente a su sitio, como si la planta nunca hubiese sido desmantelada. Las mesas están diseminadas por la gigantesca sala, como para dar la impresión de que el restaurante es parte integral de una pieza, o la obra maestra.
Pues desde su apertura, Wapping Food ha recibido una gran cantidad de reconocimientos, y se ha ganado la reputación de ser uno de los restaurantes más serios de la capital. El menú cambia en función de lo que llega cada mañana; la apuesta está en la calidad de los productos de la temporada. De hecho, tienen su propio carnicero, para asegurarse de que la carne que se sirve sea la mejor.
La selección de platillos es más bien reducida, pero tiene la suficiente variedad como para seducir a cualquier paladar: suculentas carnes, pescados bien frescos y atractivos platos vegetarianos. La cocina es simple y audaz, con influencias francesas, británicas y mediterráneas; y los platos están muy bien presentados y rebosantes de sabor. Como entrada, la sopa de apio, queso parmesano y col negra estaba deliciosa, y el pez espada ahumado, sorprendente y refrescante. Pero los platos principales fueron lo mejor. Por ejemplo, la tarta de confit de pato era una delicia, con la carne cocida a la perfección, la salsa de la espesura justa y la pasta ligera; y el cordero, el plato invernal por excelencia, venía servido con cardos y chirivías (primas de las zanahorias) crujientes y ligeramente caramelizadas.
Los postres son de ésos a los que no conviene resistirse: fondue de chocolate marca Valrhona, pudín de higos y dátiles o pastel de chocolate servido caliente, con chocolate blanco en el interior.
Sin embargo, lo más sorprendente de la carta —y por mucho— son los vinos: todos australianos. Pero estamos en buenas manos. La selección es una decisión deliberada y bien evaluada por la dueña, Jules Wright, que no sólo es australiana, sino una apasionada de la enología. Sabe todo sobre los vinos de su país y ofrece dos cartas, una de vinos a precios razonables y otra de botellas excepcionales, sin consideración al bolsillo de nadie.
Antes de salir, se antoja terminar de explorar el resto de la planta. Aquella noche la nave trasera estaba transformada en un intrigante paisaje boscoso, que lo hacía sentir a uno incómodo, solo. El piso estaba cubierto de hojas del otoño y, en medio, un aparador con una televisión transmitía música francesa mientras, al lado, sonaba el teléfono de una cabina telefónica. Era otra de las obras de “Yellow since 1877”.
La exhibición continuaba en la parte alta de las escaleras con un guiño divertido sobre la obsesión nacional: el pronóstico del tiempo. El artista instaló sobre el techo del edificio un estanque con un pequeño barco y una caña de pescar. Al fondo, el Támesis. Y, como banda sonora, un reporte detallado del clima.
En cuanto a las próximas exhibiciones, que cambian al ritmo vertiginoso de la energía de los Wright, hasta el 2 de marzo estará “Skirts: Study of a shape”, una muestra creada por los alumnos de la escuela de moda de Amberes que estudia la falda en todas sus manifestaciones. Y del 11 de marzo al 13 de abril, será el turno de Polonia, con la exhibición GDANSK, en la que la artista Marta Michalwska presentará cuatro películas y una serie de imágenes que muestran la vida cotidiana en su país.
La clientela de The Wapping Project es tan sorprendente como el sitio. Gente de todos los extremos de Londres: artistas, banqueros y famosos; pretensiosos insufribles o gente como uno. Como diría Wright, “uno nunca sabe qué tipo de concurrencia se encontrará aquí”. Lo cierto es que todos salen con algo más que el estómago y el paladar satisfechos.
* Traducción de Claudia Itzkowich
THE WAPPING PROJECT
Wapping Hydraulic Power Station
Wapping Wall
T. 44 (0) 20 7680 2080
www.thewappingproject.com
De lunes a viernes de 12 a 22:30, sábados de 10 a 23 y domingos de 10 a 18 horas.
CÓMO LLEGAR
La estación Wapping, sobre la East London Line, estará cerrada hasta 2010, por lo que la mejor alternativa para llegar es tomar la DLR y bajar en Shadwell.
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