La Purificadora: una nueva razón para ir a Puebla
La Purificadora. Fotografía de Alejandro Filloy

La Purificadora: una nueva razón para ir a Puebla

¿A quién se le ocurre habilitar una antigua purificadora de agua y convertirla en hotel precisamente en la ciudad de los ángeles y las iglesias? Al grupo que está detrás de los hoteles Habita, lo cual significa que ahí iremos todos a seguir sus pasos, si no es que ya se nos adelantaron a otro lado.
La excusa para ir a Puebla era conocer el nuevo hotel de Carlos Couturier y los hermanos Micha: La Purificadora, que desde su inauguración el año pasado ha causado conmoción en los medios. A pesar de que queda a apenas un par de horas del DF, tenía años sin visitar esa ciudad, así que me fui directo al centro histórico. El hotel del que todo mundo estaba hablando no se me mostró tan fácil. Haciendo honor a su exclusividad, resultó estar escondido detrás del Centro de Convenciones del Paseo San Francisco. Un par de preguntas a transeúntes poblanos —que dicho sea de paso resultaron ser muy amables— me llevaron a un callejón en donde apareció de la nada el solitario valet parking del hotel. A unos cuantos metros se encontraba la enorme puerta de madera de un edificio antiguo remodelado. Me bastó cruzar el umbral y echar un vistazo al lobby para entender el porqué de tanto barullo.

Las dimensiones del lugar, la enorme escalinata de cantera y la manera en que la iglesia de San Francisco queda enmarcada entre los muros del edificio crean un efecto verdaderamente asombroso, un matrimonio perfecto entre el diseño contemporáneo y la arquitectura colonial mexicana.

Desde su concepción, La Purificadora es un lugar con mucho pedigree. Primero, fue construido en un edificio considerado patrimonio histórico de la nación por el INAH: en el siglo XIX había sido una fábrica que purificaba y embotellaba agua para hacer hielos (en el lobby se exhiben los sifones originales). Y luego, el proyecto de construir el hotel a partir del casco original de la fábrica corrió a cargo del reconocido arquitecto Ricardo Legorreta (autor del Camino Real y el Museo del Niño de la Ciudad de México), quien además de aprovechar ciertos elementos de la estructura antigua, le imprimió su toque inconfundible, con techos imposiblemente altos, líneas y materiales simples, y toques dramáticos de color; en este caso, la tela morada de los sillones del lobby y la terraza, así como de las cortinas que dividen el restaurante del lobby principal.

Y está el ingrediente clave: el modo en que el Grupo Habita convierte sus proyectos en imanes para el público que aprecia el buen vivir, el buen diseño y, por supuesto, la buena fiesta.

DE ADENTRO HACIA ARRIBA

Los 26 cuartos del hotel —distribuidos en forma de L alrededor del lobby—, están designados por letras. Me tocó el “Y”, en el segundo nivel. Al subir, las puertas del elevador se abrieron ante un pasillo con barandales y piso de vidrio que francamente me hizo titubear: nada obstruye la vista hasta la planta baja, ya que tanto los pasillos como las escaleras del primer y segundo pisos son de vidrio esmerilado a rayas. El detalle produce un acertado impacto visual, pero resulta algo desconcertante para quienes gustamos de pisar superficies sólidas y opacas. Todo sea por el diseño.

El cuarto es todo lo que se puede esperar de un hotel que empieza a figurar en todas las selecciones de arquitectura y diseño. Cada esquinita ha sido pensada y diseñada por profesionales, y nada, nada, se ha dejado al azar: ni el balcón volado con piso de madera y portón de vidrio abatible, ni el enorme escritorio de madera maciza con silla de diseñador; tampoco el vestidor de vidrio en medio del cuarto con ganchos transparentes, ni el baño con la regadera forrada de ónix. Todo fue colocado con una increíble atención al detalle y la armonía visual pero, como ocurre en muchos sitios de alto diseño, experimentarlo a veces cuesta trabajo. Por unos minutos no supe bien dónde sentarme y relajarme entre tanta pureza de líneas.

Sin embargo, después de disfrutar revisando mi correo electrónico tras el escritorio más profesional que jamás haya visto en un hotel, decidí explorar el área de la terraza en el tercer piso, en donde está el bar, el jacuzzi, el gimnasio y la sala para masajes.

La alberca también está allá arriba y fue diseñada por la artista Laureana Toledo (autora también de la fuente que está en la entrada del Camino Real del DF), quien se inspiró en la hormona que segrega el ser humano cuando se enamora. Antes de eso hizo un intento con imanes, pero el experimento intimidó a todos aquellos que tenían marcapasos, frenos y demás dispositivos metálicos en el cuerpo. El asunto es que en el fondo actual se alcanzan a ver “los átomos del amor”, un motivo interesante para una alberca que queda junto al bar de un hotel.

Como era temprano, no había más que algunos huéspedes disfrutando el paisaje: la silueta del volcán La Malinche recortada sobre cielo azul poblano a lo lejos y la iglesia de San Francisco a tan sólo unos metros de distancia. Desde ahí se puede apreciar que el hotel es realmente parte del llamado Paseo de San Francisco, un complejo que incluye un parque, un centro de convenciones y un centro comercial con todo y cadena de cines.

La terraza, siguiendo la tradición de los hoteles del Grupo Habita, por las noches se convierte en un lounge, donde pequeños grupos se sientan en grandes sillones morados a tomar tequilas, cubiertos con cobijas de lana gris que pueden encontrar sobre cada sillón, para protegerse del frío poblano.
Sobra decir que este hotel, al igual que otros de su estilo, no es el sitio ideal para encontrar silencio y descanso. Quien venga al hotel y no suba a tomar un trago y ver un poco de gente en la azotea, no está aprovechando al máximo lo que La Purificadora tiene que ofrecer.

Por las noches y principalmente los fines de semana, La Purificadora atrae a mucha gente local, que se suma a los huéspedes en busca de buena comida y un lugar para tomar la copa al aire libre. Esto sigue hasta pasada la medianoche. Por eso, para evitar el insomnio y una queja a la recepción bastante fuera de lugar, decidí unirme a los demás y dejar el descanso para otra ocasión.

UNA FONDA DE LUJO

Junto al lobby, separado por cortinas moradas a la Philippe Starck, se encuentra el restaurante del hotel al mando de Enrique Olvera, el aclamado chef del Pujol en la Ciudad de México. Aunque ambos lugares sirven comida de excelente calidad, el concepto de La Purificadora es diametralmente opuesto al de Pujol. Si este último busca crear una experiencia culinaria refinada con un excelente servicio, en La Purificadora, Olvera intentó recrear el ambiente de una fonda o de una comida familiar, con la cocina abierta y mesas largas en las que todos prueben del plato del de junto, y en las que se permita hablar a gritos.

Aprovechando los materiales originales de la fábrica, los arquitectos diseñaron largas mesas de madera maciza en las que caben hasta diez comensales; y así fue como nos sentaron apretujados (psicológicamente hablando) entre otras cinco parejas que en un principio parecían igual de desconcertadas que yo y la mía. En este ambiente de tensión tuve que decidirme por un par de platillos, a pesar de que todo lo que había en el menú se me antojaba. Para la entrada había lo mismo que en muchos restaurantes y fondas de Puebla: sopa de tortilla, flores de calabaza capeadas rellenas de queso y empanadas de huitlacoche y quesillo; mientras que de plato fuerte había clásicos como las costillitas de cerdo con verdolagas, arrachera con enmoladas y tinga poblana. Pero ojo: el que haya lugares comunes en el menú no quiere decir que la comida esté preparada igual que en cualquier local. Olvera tiene mucha escuela y sabe llevar lo común y corriente a otro nivel. Además, no le teme a la experimentación, aunque sea sólo en la nomenclatura. Como amuse, el chef nos mandó un pequeño vasito de vidrio con un “capuchino” de frijol con crema batida de rancho, que fue —sin exagerar— de lo más rico que he probado en mi vida (claro que de capuchino no tenía nada y era más bien la versión gourmet de los frijoles con crema que a todos nos gustan).

Después de unos minutos de indecisión, fue inevitable preguntarle a la comensal contigua qué tal estaban sus chiles chipotles rellenos de requesón; y así fue como comenzó una larga cena con una de las pláticas más amenas que haya tenido con absolutos extraños. Si el objetivo de Olvera era que grandes mesas de desconocidos gozaran de sus creaciones culinarias “caseras” acompañados de buena conversación y buen vino, en un ambiente extrañamente familiar, tengo que reconocer que el chef logró su cometido. La experiencia fue francamente memorable.


LA PURIFICADORA
Callejón de la 10 Norte 802
Paseo San Francisco
Barrio El Alto, Puebla
T. (222) 309 1920
www.lapurificadora.com


Habitaciones de 155 a 295 dólares entre semana, y de 199 a 399 los fines de semana.


EN EL OMBLIGO
DE PUEBLA


A pesar de que en La Purificadora uno puede entretenerse durante horas, no hay que olvidar que uno de sus más importantes atributos es su localización. El hotel se encuentra en el centro de Puebla, a un par de cuadras de El Parián, el antiguo mercado de artesanías, y del Barrio del Artista, una zona peatonal con talleres de pintores, galerías y bares con música en vivo. Desde ahí se camina unos minutos más hasta el zócalo.

Después de no haber visitado Puebla en años, fue una sorpresa este recorrido a pie, en el que encontré a varios turistas extranjeros caminando como yo, boquiabiertos ante la arquitectura: en cada calle hay edificios coloniales perfectamente conservados convertidos en museos (no hay que dejar de visitar el Museo Amparo), galerías, bibliotecas (la Palafoxiana es otra obligación) y edificios de gobierno; además de espléndidas iglesias literalmente en cada esquina.

En realidad, no hay que ir muy lejos para ser turista en la propia tierra.
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