La otra Dominicana
Pedernales, Bahía de las Águilas Fotografía de Franco Teruzzi

La otra Dominicana

Hay una República Dominicana que muy pocos conocen. Una donde los paisajes selváticos conviven con el desierto, donde pueden visitarse cuevas de coral, santuarios de flamencos y de cocodrilos y (aunque usted no lo crea) playas solitarias. Ésa es la que descubre para Travesías Barbara Ainis.
Casi todo el mundo, al pensar en un viaje a la República Dominicana, se imagina resorts a todo lujo y los complejos del tipo todo incluido de Punta Cana. También, hay que decirlo, las palmeras y arena blanca que se extienden hasta perderse en el horizonte, los verdes paraísos de los golfistas entre La Romana y Bayahibe, y las concurridas playas de Cabarete, Sosua y Puerto Plata. Y sí, son lugares maravillosos, pero de esos que no permiten conocer en lo más mínimo el país en cuestión; ni siquiera disfrutar de sus hermosos escenarios naturales con calma.

Pues es muy probable que lo mejor que tiene Dominicana se le siga escapando a la mayoría de sus turistas, y eso que está a sólo unos cuantos kilómetros de Santo Domingo.

Ahí, a la costa suroeste, entre Barahona y Pedernales, llegan apenas unos pocos viajeros exigentes, que en lugar de grandes resorts, se conforman con bonitos hoteles metidos en la naturaleza, piscinas naturales y deliciosos mangos por todos lados. Y por supuesto playas, tal vez las más hermosas de todo el país (lo cual para muchos significa del mundo). Pero además hay rocas imponentes que se asoman al mar, el lago salado más grande de todo el Caribe, 40 metros bajo el nivel del mar; lagunas que son santuarios de flamencos rosados, parques de la más hermosa vegetación tropical y, a pocos kilómetros, desiertos de cactus, ciudades y pueblitos habitados por dominicanos amables y generosos, que a pesar de sus escasos recursos, invitan a descubrir el encanto de su tierra.

LOS SABORES DEL CAMINO

A lo largo de las tres horas de viaje de Santo Domingo hacia Barahona, quien se atreva a dejar las rutas turísticas más concurridas podrá darse cuenta de la profunda diferencia entre las dos caras de la República Dominicana.

Al tomar la carretera 44, la panorámica costera que llega hasta la frontera con Haití, uno deja atrás el ruido de la popular playa de Boca Chica y de la (hermosa, por supuesto) capital. También a los turistas extranjeros. En los puestos carreteros sólo los dominicanos desayunan “mangú”, a base de plátanos triturados con cebolla y aceite, o comen la “bandera dominicana”, hecha con arroz, frijoles, pollo o res, y plátanos fritos acompañados con el exquisito pan de yuca.

La región del suroeste, en particular el área alrededor de Baní, Azua y Barahona, es famosa por sus cultivos de café orgánico, y vale la pena tomar una taza de espresso como se las suelen preparar los dominicanos: con grandes cantidades de azúcar. Pero el alimento más rico de la zona es el mango. Hay un sinnúmero de plantas que durante el verano se cargan de estas jugosas delicias (en especial el mango banilejo que se cultiva cerca de Baní), y sólo es cosa de elegir entre adentrarse en la selva y recoger directamente los frutos recién caídos, o pararse en uno de los puestos que los venden en las ciudades de Azua y Baní.

LA COSTA DE BARAHONA

En esta simple pero bonita ciudad la gente no está tan acostumbrada a los turistas extranjeros. Por un lado, eso se refleja en la falta de algunos servicios y diversiones ofrecidas en las áreas más turísticas de Dominicana. Pero a cambio de eso, los habitantes de Barahona le ofrecen a los extranjeros una acogida mucho más natural y espontánea; lo invitan a su casa para mostrarle su pequeño jardín, o se ofrecen a guiarlo entre las calles, los tianguis y las casas construidas con madera, bambú y caña tejida, en el típico estilo “tejamaní”.

Si durante el día la ciudad parece medio vacía y silenciosa, al atardecer sale a las calles la verdadera alma de los dominicanos, que se mueve con el ritmo de la bachata. Con la frescura de la puesta del sol llegan los jóvenes que ponen discos en cada patio, los mayores que juegan dominó y las pequeñas discotecas de bailes latinoamericanos que invitan a la gente a divertirse.

Barahona surgió hace 200 años como un pueblo de pescadores, y a principios del siglo XX, por voluntad (e interés económico) del dictador Rafael Trujillo, se convirtió también en una ciudad agrícola: grandes cultivos de plátano, café y caña de azúcar reemplazaron una parte del desierto que se extendía al norte de la ciudad. Hoy la producción ya no pertenece al dictador, fallecido hace más de treinta años, sino a las comunidades locales, aunque estos cultivos sigan siendo testigos de pobreza y disparidad social, en este caso de los haitianos, que trabajan en la República Dominicana y viven en aldeas de chozas, conocidas como “bateyes”.

Al sur de Barahona se encuentran algunos de los escenarios naturales más interesantes de la Península de Pedernales. La selva tropical enmarca el tramo de costa que separa a Barahona de Oviedo, una larga formación de acantilados, farallones y playas arenosas. Los sugestivos pueblitos de Bahoruco y La Ciénaga, a unos cuantos kilómetros de la ciudad, tienen playas de pequeñas piedras blancas donde se quedan los barcos de los pescadores. Y sumergido en la frondosa vegetación de la colina que domina Bahoruco se encuentra uno de los mejores hoteles de la zona, el Casa Bonita Tropical Lodge, miembro de Small Luxury Hotels of the World. Elegante y sobrio, decorado con gusto y materiales naturales, ofrece doce cabañas con techo de paja y la vista más hermosa a la selva, un excelente restaurante de cocina criolla y una espectacular alberca frente al Mar Caribe.

Este hotel, que fue la casa de verano del político dominicano Polibio Díaz y hoy es atendido por sus descendientes, ofrece además muchas oportunidades para conocer los recursos naturales de la región, sobre todo si uno se deja guiar por los expertos de Eco-Tours. Entre otros sitios, vale la pena descubrir la impresionante Sierra de Bahoruco, que se extiende en el interior de la península. Se trata de una excepcional reserva natural que en-globa ecosistemas muy diversos: del bosque seco de la zona de Puerto Escondido hasta la impresionante vegetación del antiguo cráter volcánico Hoyo de Pelempito; del bosque húmedo hasta los pinos que se encuentran por encima de los dos mil metros.

El Eco-Resort Coralsol, en el cercano pueblo de La Ciénaga, es otra opción interesante para hospedarse. Sus diez cabañas, totalmente enclavadas en la vegetación, se encuentran también a unos pasos de la playa; están decoradas con madera y piedra y pueden alojar hasta cuatro personas. Además hay un restaurantito y dos encantadoras piscinas, una de ellas de origen natural, para estar en contacto directo con las olas del mar.

De hecho, estas piscinas naturales son una parte importante del atractivo de la costa oriental de la Península de Pedernales. Se trata de embalses naturales formados por el agua dulce y cristalina de los ríos que recorren las montañas y llegan hacia el mar. A veces mantenidas por el hombre, son concurridos durante los fines de semana por los chicos y las familias locales, que prefieren bañarse en estas aguas que en el mar. Las más hermosas se encuentran en los alrededores del pueblito de San Rafael (sobre todo en el punto donde el río forma hermosas y pequeñas cascadas) y, unos kilómetros más al sur, cerca de la Playa Paraíso y de la Playa de los Patos. Las piscinas que están cerca de esta última playa son probablemente las más atractivas y valen una visita por sus aguas limpias y frescas, y por los bonitos restaurantitos que las rodean, donde se comen deliciosos platillos de pescado y mariscos.

LOS FLAMENCOS Y LOS COCODRILOS

Aunque existen proyectos políticos para desarrollar el turismo en la Península de Pedernales, proyectos que han dado pie a las discusiones entre autoridades y ecologistas, la lejanía del turismo de masa hasta ahora ha permitido la total conservación de los recursos naturales de esta región de Dominicana. Por eso vale tanto la pena visitar la Laguna de Oviedo entre el Parque Nacional de Jaragua y el Parque Nacional de Isla Cabritos, en el Lago Enriquillo.

La Laguna de Oviedo, con 27 kilómetros cuadrados y 15 metros de profundidad, hospeda 60 especies de aves acuáticas, pero lo que más la ha dado a conocer es que se trata del más grande santuario de flamencos rosados en el país. No hay grandes instalaciones turísticas, pero sí un recién construido centro de visitantes con mirador. Además, los residentes de las comunidades de los alrededores de la laguna son pescadores que conocen perfectamente su ecosistema, y en ocasiones se ofrecen de guías turísticos con todo y sus lanchas por unos cuantos dólares (en pesos dominicanos).

Navegando sobre sus aguas, tres veces más saladas que la del mar, se encuentran 24 islitas que los comunitarios llaman “cayos de las iguanas” y que están habitadas precisamente por grandes cangrejos y por muchísimas iguanas, que se pueden observar a cualquier hora del día. La pesca en la laguna está reglamentada para preservar su equilibrio y, por ejemplo, los cangrejos se capturan sólo en mayo, para dejarlos reproducirse. Así que no es nada raro, durante el verano sobre todo, encontrar por la carretera costera puestos que venden racimos de cangrejos vivos para cocinar.

Ya casi en la frontera con Haití, el Lago Enriquillo es completamente diferente. Las corrientes encrespan sus aguas con olas que parecen del mar. El calor seco y la ausencia de lluvia queman la tierra dejando una vegetación de arbustos y cactos —y, por supuesto, haciendo olvidar la húmeda selva tropical que queda a un par de horas en coche—. Los únicos habitantes del agua y las islas son cocodrilos, iguanas, escorpiones y flamencos rosados.

Este impresionante lago salado (tres veces más que el mar), de 200 kilómetros cuadrados, es el más grande de todo el Caribe, y se encuentra 40 metros bajo el nivel del mar. La Isla Cabritos, sede del parque nacional, es la más grande de las tres que se encuentran en el lago y, sin duda, la más interesante. Ahí es donde están las grandes iguanas rinoceronte (que toman el nombre de las protuberancias que les crecen en la parte anterior de la cabeza) y, sobre todo, la reserva más grande del mundo de cocodrilos americanos. Con una población de entre 400 y 500 ejemplares, navegar en estas aguas es una experiencia de verdad excitante. Y hacer un recorrido a bordo de una lancha (el bote y el guía cuestan aproximadamente 60 dólares) es la única forma de disfrutar verdaderamente el espectáculo natural del Lago Enriquillo. Los guías conocen los horarios en los cuales los cocodrilos salen del agua para calentarse al sol (a menudo temprano en la mañana o al final de la tarde), saben cómo acercarse a los grandes animales, y hasta distinguir aquellos que ya han comido y permanecen inofensivos durante la digestión. Los conocen tan bien, a los cocodrilos, que se atreven a bajarse al agua para acercar la lancha, con el motor apagado, lo más pegado posible a los peligrosos y atractivos reptiles.

El Lago Enriquillo toma su nombre del hijo de un jefe taíno que se rebeló contra el colonialismo español y las condiciones de esclavitud impuestas por los conquistadores. Este héroe indio tuvo que refugiarse a la orilla del lago que hoy tiene su nombre y desde ahí empezó la guerra que le regaló a los taínos algunos años más de libertad, antes de que fueran exterminados en 1545. Hoy pueden encontrarse interesantes huellas de la antigua presencia taína muy cerca del lago. A poca distancia hacia el este de La Descubierta, donde se encuentra la entrada del Parque Nacional, hay una cueva conocida como Las Caritas, formada en un antiguo coral petrificado, de los tiempos en los que toda esta región se encontraba bajo del mar. En sus paredes se encuentran docenas de pequeñas caras talladas. Para acercarse a ver las incisiones es necesario encaramarse sobre la pequeña colina, pero vale la pena, pues desde la cima es posible también disfrutar una encantadora vista hacia el lago.

LA PLAYA MÁS HERMOSA Y SU PRECIO

Además de las lagunas y las selvas, los desiertos y los lagos, la Península de Pedernales guarda también una de las más encantadoras playas de todo el mundo, la Bahía de Las Águilas: siete kilómetros de arena blanca y suave, mojada por el agua transparente y turquesa, entre la Punta Chimanche y la Punta de Águila.

No es fácil llegar hasta ahí, pero quien se atreve suele disfrutar de esta inmensa playa en total soledad. La forma más sencilla y más interesante de ir es pasar por la ciudad de Pedernales, en la frontera con Haití, y bajar a lo largo de las canteras de bauxita de Cabo Rojo, llamado así porque las montañas abiertas para extraer el mineral tienen un intenso color carmesí.

A tres kilómetros de Cabo Rojo se encuentra la pequeña aldea de La Cueva, unas cuantas chozas pegadas a la pared de una cueva de roca, habitadas por pescadores haitianos. Gente buena, tal vez un poco más retraída que los dominicanos (como bien sabemos, no se la pasan muy bien), pero bien tranquilos y dispuestos a llevar a los turistas en sus lanchas hacia la playa de Bahía de las Águilas a cambio de unos cuantos dólares. No se imaginen nada de lujo, son lanchas de pescadores. Pero llegan a la hermosa playa en 15 minutos, mismos que transcurren entre imponentes acantilados y farallones cubiertos de cactos, que hacen olvidar el olor a pescado que de cuando en cuando sale del fondo del bote.

Frente a la playa el encanto es total. Entre cielo y mar no hay ninguna diferencia, la media luna de arena blanca parece acariciarlos, emocionada. Pero eso sí, ni siquiera por el embrujo de la naturaleza se atreva a olvidar ponerse de acuerdo con el lanchero sobre el horario de regreso: aquí de veras no hay nada. Es más, puede pedirle al mismo pescador un par de langostas. Lo verán alejarse con su barco para pescarlas con la certeza de que volverá a prepararlas ahí junto a usted.


GUÍA PRÁCTICA


DÓNDE DORMIR


CASA BONITA TROPICAL LODGE
Carretera de la Costa Bahoruco - Barahona km 17
T. 1 (809) 540 5908
www.casabonitadr.com
Habitación doble a partir de 130 dólares, desayuno incluido.


Es el hotel más elegante de la península, sumergido entre la selva y asomado al Mar Caribe. Recién remodelado, ofrece doce cabañas decoradas con cuidado, un excelente restaurante de cocina criolla y una espectacular infinity pool.

ECO-RESORT CORALSOL
Carretera Costa-Barahona-Pedernales km 21
T. 1 (809) 233 4882
www.coralsolresort.com
Habitación doble a partir de 55 dólares, desayuno y cena incluidos.


Diez cabañas a unos pasos de la playa de La Ciénaga, rodeadas de frondosa vegetación. Además este resort, decorado con artesanías locales y materiales naturales, tiene un buen restaurante y dos encantadoras piscinas.


DÓNDE COMER


BRISAS DEL CARIBE
Carretera Batey Central, Barahona
T. 1 (809) 399 8535
Comida sin bebidas 25 dólares.


Uno de los mejores restaurantes de la península, especializado en pescados y langosta. Ubicado en una pequeña colina, desde sus mesitas se puede disfrutar la más hermosa vista hacia el mar. Muy recomendable la típica receta dominicana del pescado carite con coco.

EXCURSIONES

ECO-TOUR BARAHONA
Calle Enriquillo Edificio 7, Paraíso de Barahona
T. 1 (809) 243 1190
www.ecotour-repdom.com


Olivier y Marianne planean recorridos de ecoturismo entre las playas escondidas, los parques nacionales y las lagunas de esta región. Transportes, guías, refrescos y almuerzo, todo para ayudar a los turistas a descubrir la naturaleza y la cultura dominicanas.

PRESTIGE CAR RENTALS
Carretera Romana, La Romana
T. 1 (809) 550 7227
www.prestigecarrentals.com

Todo tipo de coches, hasta cómodas camionetas y Jeeps para moverse de forma independiente.

PARQUE NACIONAL LAGO ENRIQUILLO-ISLA CABRITOS
5 km al este de La Descubierta
Diario de 8 a 16:30 horas.
Entrada: 1.5 dólares.


Imprescindible la experiencia de un recorrido en lancha (60 dólares por grupo).

PARQUE NACIONAL JARAGUA
Grupo Jaragua Inc.
Calle El Vergel 36
El Vergel, Santo Domingo
www.grupojaragua.org.do


En el sitio de internet se puede encontrar toda la información sobre el parque, la Laguna de Oviedo y Bahía de Las Águilas.
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