
restaurante del hotel Hilton Sanya Resort & Spa
Vacaciones a lo chino en la isla de Hainan
En esta hermosa isla está pasando lo que en muchas otras partes del país: los mercados populares, las tribus tradicionales, las motos viejas y los escupitajos de betel empiezan a coincidir con inmensos edificios de concreto recién erigidos para alojar a viajeros curiosos por su modo de vida, pero implacables sobre sus necesidades de confort conocido. Esta crónica capta uno de sus más efímeros momentos: la transición.
El autobús embarcó en el pequeño puerto de Hainan, que conecta el continente a Hainan Dao: la Isla del Mar del Sur, uno de los últimos confines de la costa sur china. El ferry navegó por un mar más bravo que violento. Muchos pasajeros disfrutábamos en la borda del aire tibio cuando uno decidió describirme el paraíso al que nos dirigíamos. Trabajaba para una agencia de viajes de Guangzhou interesada en cerrar tratos con homólogas de Hainan: había que moverse rápido para sacar tajada de los nuevos contingentes turísticos de australianos y neozelandeses.
El hombre se llamaba Pan Wei, tenía treinta años y pronto sugirió alguna crítica a su país. Como presté atención, habló de libertad. Tuve la sensación de que decía lo que supuestamente yo quería oír, como si ese tipo de charla le hiciera sentirse un hombre de mundo, viajando en un barco, con un gweilo (demonio). Me pareció que la libertad le interesaba al modo típico de los chinos, según el escritor Lin Yutang: la veía como una chica fascinante y coqueta, extranjera, espectacular y subyugante pero demasiado inaprensible para ni siquiera plantearse abordarla. Y se lo dije.
—Aquí pensamos distinto —sonrió Pan Wei—. Tenemos claras las prioridades. Si ese niño —señaló al chaval que se balanceaba en una barra de la borda— cayera ahora al agua, al margen de su padre, ningún hombre casado se lanzaría a salvarlo: nadie se arriesgaría a morir dejando sola a su propia mujer, a su familia.
—¿Y tú?—No sé. Yo voy a casarme pronto. Lo tendría que pensar.
De todas formas, Pan Wei subrayó que venía de Guangzhou, donde se razonaba distinto que, por ejemplo, en la “atrasada” Hainan.
Durante años, Hainan Dao fue para los chinos un penal equiparable a la Tasmania de los australianos. Luego, el territorio se descabalgó del progreso inherente a la costa cuando recibió otro tipo de “indeseables”: miles de emigrantes del sur asiático que terminaron por representar a 35 de las 56 etnias localizadas en China. Los modales rudos se mezclaban con la ignorancia y la miseria, todo resuelto en un mejunje de comunidades que prefirieron soslayar diferencias para concentrarse en disfrutar de la vida. Quizás el lugar y el clima tuvieran algo que ver.
Durante años, Hainan Dao fue para los chinos un penal equiparable a la Tasmania de los australianos. Luego, el territorio se descabalgó del progreso inherente a la costa cuando recibió otro tipo de “indeseables”: miles de emigrantes del sur asiático que terminaron por representar a 35 de las 56 etnias localizadas en China. Los modales rudos se mezclaban con la ignorancia y la miseria, todo resuelto en un mejunje de comunidades que prefirieron soslayar diferencias para concentrarse en disfrutar de la vida. Quizás el lugar y el clima tuvieran algo que ver.
Los foráneos describían a los pobladores con los habituales clichés de las tierras al sur: gente amable, hospitalaria, con excelente humor a la vez que distendida hasta la despreocupación y anclada en usos anacrónicos que entorpecían el progreso. Gente que, en fin, se mojaría sin pensarlo por un niño que se ahoga.
La afable espontaneidad de los hainaneses quedó clara desde Haikou, donde nos desprendimos de una parte del pasaje antes de volver al autobús y tomar la autopista diagonal a Sanya, en el otro extremo de la isla. Fueron tres horas de territorios exuberantes y con frecuencia vírgenes, tramos de verdura hermética, esplendorosos palmerales y gordos cebúes que se recortaban sobre pastos segados al ras. Sólo los invernaderos truncaban puntualmente el bucolismo. La caída del sol sobre las canoas emparentaba al río Este con el Nilo en Nubia. La silueta opalescente de la jungla en las colinas recordaba que allí todavía azotaba la malaria.
En las estribaciones de Sanya, ante los sidecars (carros que se acoplan a las motos) pilotados por choferes con guantes blancos, tuve la sensación de haber llegado a un lugar verdaderamente lejano. Hombres fuertes conducían motos viejas y ésos eran los adjetivos exactos, porque eran fundamentales. Hombres fuertes. Motos viejas. Con mujeres atrás, abrazadas a sus hombres igualando el nervio de las italianas del sur. Había camisetas de tirantes, sandalias, guayaberas, flotadores y una afectividad distinta, como siempre ocurre en verano.
Los complejos hoteleros en primera fila frente al mar devolvían al mundo conocido apelotonándose a un par de kilómetros de la ciudad, bastaba cruzar el río. En los edificios de segunda fila, rara vez se veía un huésped. Los turistas solían llegar en bloques, directo a los monstruos a pie de playa. Al anochecer, en las grandes terrazas, los restaurantes de pescado competían puerta a puerta. Los camareros retiraban montañas de cáscaras de langosta, conchas de mejillón y renovaban las botellas de vodka Stalinskaya a rusos, búlgaros y otros europeos del Este que integraban el grueso de los clientes. La plazoleta principal del paseo se convirtió en un macrokaraoke, con gente semidesnuda tirándose al agua o rebozándose en la arena y algunas familias chinas ataviadas con algo similar a un pijama interpretaron temas sentimentales.
Cocos, shorts y mucha construcción
El gorro, el paraguas, la bici, la moto, las camisas de flores y el traje de baño conformaban, junto al coco, las vértebras de la ciudad y la isla. Muchísimos hainaneses usaban gorro o paraguas contra el sol. Las bicis y las motos, además de baratas, permitían esquivar mejor los baches y escurrirse entre los frecuentes mercados que estrechaban las calles. Y las camisas estampadas y el traje de baño rubricaban el carácter estival de la latitud, llevando un poco más lejos el atrevimiento chino en el vestir.
Por algún motivo, millones de chinos necesitaban exteriorizar la idea “estoy de vacaciones”, quizá se tratara del deseo de compartir en comunidad ese hecho, la cuestión es que por la isla se reproducían los turistas chinos embutidos en esa especie de pijama compuesto por camisa y bermudas de estampados coloridos que combinaban con, por ejemplo, zapatos de cuero y los calcetines blancos.
La industria del coco impresionaba. Los supermercados ofertaban caramelos de coco mezclados con sabores indígenas, galletitas de coco, jugos, paletas, miel, aparte de las máscaras, los juguetes, la bisutería y un sinfín de accesorios elaborados con los cascarones de unos cocos cuyo jugo se podía beber con popote pagando dos yuanes a un ambulante.
La industria del coco impresionaba. Los supermercados ofertaban caramelos de coco mezclados con sabores indígenas, galletitas de coco, jugos, paletas, miel, aparte de las máscaras, los juguetes, la bisutería y un sinfín de accesorios elaborados con los cascarones de unos cocos cuyo jugo se podía beber con popote pagando dos yuanes a un ambulante.
Y todos los sombreros, motos, paraguas, trajes de baño y cocos coincidían en el cruce de Sanyaha Xilu con Xinjian Jie, la arteria del principal mercado callejero. Se vendía pólvora en costales, miel en panales, sandías enormes y decenas de mujeres de la etnia hui, cubiertas por apego al islam, proponían teléfonos celulares y relojes basura a precio de ganga. Hombres con cintas anudadas al cráneo y el torso desnudo mordisqueaban cañas de bambú recién peladas, esquivando las motocicletas que hendían la muchedumbre a bocinazos, aplastando frutas e incontables cáscaras de plátano.
Abundaban los letreros en ruso. Las salas de juegos y las tabernas sacaban las mesas de ping pong y los billares a la calle, donde los niños empezaban a jugar temprano. De todos modos, el vaivén de motos transportando marcos y molduras que sobresalían como lanzas y las furgonetas abarrotadas de cristales denotaban la nueva fiebre constructora, además de las inmensas vallas que publicitaban la próxima urbanización Golden Bay y otros departamentos, hoteles o parques nombrados en inglés, como la inminente península artificial de Phoenix Dao, “un exclusivo resort de ultralujo”, según la valla anunciadora.
Comí de costado porque las mesas del restaurante Quickly eran demasiado bajas y no me cabían las piernas entre la banqueta y la mesa. El Quickly también disponía de un columpio donde dos pequeñas nativas charlaban sublimando el surrealismo y mi conciencia de Gulliver. La estatura de los hainaneses llamaba más la atención cuando había rusos de por medio, aunque compensaban su metraje con cuerpos aguerridos, musculosos, saludables y los pechos de las mujeres abultaban infinitamente más que los de, por ejemplo, las shanghainesas.
A la coliflor con queso fundido le siguió un revuelto de pollo, arroz y piña mezclado en una salsa de tomate y cebolla natural dentro del propio caparazón de la piña. El pollo con arroz era el plato estelar de Hainan. Bebí té frío de jazmín. Afuera, los niños practicaban puntería arrojando sus sandalias contra un tronco. Ir descalzo no era muy usual pero tampoco raro, pese a que el suelo de toda la ciudad estaba salpicado de manchas rojas que atribuí al pimentón: los lugareños lo empleaban en exceso y para todo. Daba la sensación de que las fobias y preocupaciones en aquella latitud eran muchas menos que en otras. La población sonreía a pesar de una pobreza que el Partido Comunista pretendía erradicar convirtiendo a Hainan en gran destino vacacional del sur asiático. La naturaleza aún tan virgen, las buenas infraestructuras y los precios suponían un reclamo perfecto para unos turistas occidentales cada vez más ávidos de destinos desconocidos.
No parece que Hainan vaya a preservarse como reserva física o espiritual. De todas formas, la isla es enorme, hay muchas playas difícilmente accesibles, y selvas que muy probablemente el gobierno continuará protegiendo.
—China es cero ecológica. Todo está creciendo. Aquí, el hotel Mandarin abrirá pronto con una playa privada. En Yalong Bay funciona ya el Hilton... este desarrollo... para el negocio es fantástico pero para la isla no es bueno... tengo miedo. En Hainan hay corales y eso es signo de aguas puras. La pregunta es hasta cuándo resistirán.
Son palabras de Giuseppe. Lo conocí en la playa después de su habitual chapuzón vespertino. Llevaba cuatro años en China y dos regentando un restaurante italiano.
—Sólo hay un sitio que es trópico y China a la vez. Por eso me vine aquí —dijo. Iba a casarse pronto con su novia china.
—Sueño con comprar una tierra frente al mar y construir búngalos para turistas... ecológicos.
—Sueño con comprar una tierra frente al mar y construir búngalos para turistas... ecológicos.
Era difícil escapar a la tentación constructora. Y el caso es que, pese a los temores, no se planteaba emigrar. Cené varias noches en su restaurante, donde manteníamos conversaciones sesudas, entre la filosofía y la paranoia. El salón principal disponía de triclinios para comer tumbado. Giuseppe, rubio, refinado, la piel en un atractivo punto cobrizo, procedía de una rica familia siciliana que lo ayudó a regalarse dos años sabáticos viajando por Malasia, Singapur, Indonesia. Y China. El primer contacto con Hainan lo había tenido cinco años antes y cuando volvió “fue para quedarme. Me gustan las lenguas, la cultura asiática, las chicas, el mar, los trópicos”.
Hablaba ocho idiomas, había estudiado kung fu y kendo, el arte de la espada, y tenía un nombre chino.
—Mo Bai. Tinta blanca. Me gusta como metáfora. Dicen que todas las cosas, cuando las llevas al extremo, retornan a su origen.
—Mo Bai. Tinta blanca. Me gusta como metáfora. Dicen que todas las cosas, cuando las llevas al extremo, retornan a su origen.
De la mano de Bernie
Hice varias incursiones al interior de la isla con distintos guías y transportes incurriendo en territorios al filo de lo salvaje habitados por tribus como los li de Baoting, que acantonaban su aldea en la fronda alta. En la costa se sucedían las calas desérticas barridas por vientos impetuosos y tibios que comenzaban a multiplicar las colonias windsurfistas. De vez en cuando encontraba algún occidental en el porche de una casita de madera frente al mar, a algún australiano practicando submarinismo.
Los campesinos circulaban en motos y pick ups atestados de piñas, mangos, bambúes, cereales o vainas de plantas que no conocía, y sobre la carga solían sostenerse en equilibrio personas que se tapaban con sombreros y telas contra el polvo, porque muchas calles no estaban asfaltadas. En el arcén, de pronto aparecía una mujer con una sombrilla de caña o un reguero de solitarias casas o un montón de ladrillos. En ocasiones, desde la calle se dominaban vastos valles cultivados que componían un atractivo cuadro de verdes, de no ser que las taladoras Sinopec aportaran su contrapunto de grises.
La acción de la petrolera se hacía allí más evidente. En las aguas de aquellos Mares del Sur, China había disputado a Vietnam el control de los hidrocarburos concentrados en torno a las islas Spratleys. Además, el archipiélago de las Paracels asistía al tráfico de petroleros del Medio y Lejano Oriente y por eso China se apresuró a firmar en 2005 un acuerdo con Vietnam y Filipinas que le otorgaba la soberanía del 80 por ciento de las aguas del Mar del Sur.
Sinopec desprendía un halo de deidad famélica que, después de haberse tragado millones de hectáreas de otros territorios, venía a devorar la isla intocada. Porque China necesitaba madera. No producía más que la mitad de los 280 millones de metros cúbicos de la madera que consumía al año, y de algún lugar debía nutrirse.
Para rogar por la isla, los religiosos acudían a su diosa de la misericordia. Cabía preguntarse cómo sería la batalla celestial entre Guanyin y Sinopec. Visité a la diosa en moto. Como cada mañana, desayuné en una terraza sombreada de cara al ajetreo suave de la ciudad. Luego, mímicamente, pacté el trayecto y su precio con un motorista, un joven robusto que no dejaba de mascar algo. Entendí que el radio de influencia de su pequeña moto incumbía a la ciudad... pero que (más mimo)... si yo aceptaba su tarifa... estaba dispuesto a hacer una excepción. Al cerrar el trato escupió un profuso chorro que dejó una mancha color bermellón idéntica a las que moteaban la ciudad, aunque para entonces yo sabía que se trataba de betel, la popular droga vegetal que aplatanaba aún más a los habitantes. El motorista se acopló un casco de los años cincuenta que no le tapaba las orejas. Se llamaba Bernie.
Tras veinte minutos de vía rápida, accedimos a la polvorienta ruta en dirección al parque de Nanshan. EL FIN DE LA TIERRA rezaba un cartel. Sidecars y camiones de vacas levantaban nubes que obligaban a disminuir la velocidad de la marcha. El traqueteo de la grava y los constantes pedregales impelían a afirmarse bien. Una mujer pasó pilotando una moto con un bebé atado a su espalda.
La monumental estatua de oro y jade dedicada a Guanyin, al borde del mar, culminaba una faraónica avenida repleta de jardines que a su vez formaba parte de un parque de muchos kilómetros cuadrados, donde los monjes budistas cobraban una buena suma por entrar. Con razón. Los jardineros habían hecho de la colina una obra de arte idónea para el paseo meditativo. Templos y puentes sobre riachuelos a la falda de idílicos bosques. Explosiones de malvavisco, alfombras de flor de loto, oportunos palmerales. Además de una calzada impecable por donde rodaban vehículos de recreo o policía y trenecitos turísticos atestados de chinos vistiendo aquella especie de pijama. Qué atuendos tan incongruentes ante la majestuosidad del Valle de la Longevidad. Ante la emoción del Puente de las Tres Nobles Verdades. Ante las playas vírgenes.
De regreso a Sanya, mi chofer compró a una ambulante dos cocos pequeños, ya abiertos y con el popote inserto. Sabía a agua con polvos de coco. Antes de volver a la carretera, Bernie también me obsequió dos pedazos de betel que guardaba en una bolsita. Era muy amargo. No me produjo ningún efecto singular ni me reportó más placer que el de sentirme un poco indígena al escupir.
La silenciosa amistad con Bernie se afianzó en playas donde parábamos a pasear, en embarcaderos de pescadores. Ahuyentamos búfalos en mitad de la calzada. Regresamos muy despacio siguiendo Sanyawan Lu, el paseo del mar. Centenares de mansiones, búngalos y bloques bajos de departamentos con las persianas echadas se sucedían en la desértica avenida, porque la temporada era baja y porque quedaban muchas viviendas en venta. Había urbanizaciones recién terminadas y otras en construcción que se llamaban Palm Beach o Santa Barbara Seahouses, si bien sus compradores potenciales serían coreanos, rusos, japoneses o potentados chinos... se suponía. Cuando Bernie me dejó a unos metros del hotel, nos abrazamos.
La vida en Hainan
A media tarde nadaba y paseaba. Sentía, como los chinos, que las montañas y los ríos estaban vivos. A última hora me gustaba leer en la playa o mirar cómo las mujeres de la etnia miao fabricaban collares de perlas que tensaban enrollando un extremo al pulgar de un pie. Los chicos jugaban futbol y voleibol echando vistazos a las modelos europeas que solían bañarse a esa hora. Conocí a tres de ellas una tarde con Giuseppe. Habían posado desnudas para él en sesiones fotográficas.
—Son seis. Hacen un espectáculo de ballet acuático disfrazadas de brasileñas y sus managers extranjeros las presentan como Miss Francia, Miss Italia, Miss Alemania... pero son todas ucranianas.
Aquella tarde, las modelos parecían felices. Corrían por la orilla persiguiéndose a gritos que llamaban la atención, sobre todo, de los chicos futbolistas. Cuando las ucranianas se metieron en el agua, los jugadores se sentaron a mirar. “Una mujer es una mujer y no sabe disfrutar de su cuerpo”, habían aseverado los chinos durante siglos, descartando el cuerpo femenino como inspiración artística, de modo que el comportamiento de las ucranianas implicaba transgresiones. Que las modelos se desprendieran de la parte superior de los bikinis, aunque fuera dentro del agua, y se las quitaran por encima de sus cabezas dando saltitos, paralizó a varios, alguno aplaudió, varios rieron. La política de hijo único había hecho estragos en Hainan, donde el exterminio femenino suponía que “por cada cien mujeres había 135.7 hombres” (Georgina Higueras), provocando el desequilibrio de género más grande del mundo.
Las ucranianas se empujaron y gritaron hasta que un hombre abroncó a los chavales. Las modelos callaron, se cubrieron los senos y, erguidas pero sin bromas, se dirigieron a las toallas.
En los alrededores del puerto de Haikou, comí en una silla de bambú rodeado de gallinas y de nuevo ladeado por el excesivo tamaño de mis piernas. Las camareras pasaban echando pizpiretos vistazos —era el único cliente— embutidas en faldas extracortas.
Sonaba una música melosa y el frufrú de los ventiladores de aspas. Fumé bebiendo cerveza Anchor, releyendo la novela de Conrad en la que un barco queda a la deriva en los Mares del Sur condenado por la falta de viento. Se cuentan muchas otras terroríficas historias sobre aquella región tan pirata. Deseé que los modernos motores chinos me ahorraran al menos ese tipo de deriva cuando el ferry nocturno puso proa al continente otra tarde con sol.
Sonaba una música melosa y el frufrú de los ventiladores de aspas. Fumé bebiendo cerveza Anchor, releyendo la novela de Conrad en la que un barco queda a la deriva en los Mares del Sur condenado por la falta de viento. Se cuentan muchas otras terroríficas historias sobre aquella región tan pirata. Deseé que los modernos motores chinos me ahorraran al menos ese tipo de deriva cuando el ferry nocturno puso proa al continente otra tarde con sol.
GUÍA PRÁCTICA
CÓMO LLEGAR
Lo más rápido es llegar por aire vía Hong Kong o Shanghai hasta Haiku, la capital, pero los autobuses son una excelente y económica alternativa, aunque siempre viajan repletos. Si se prefieren medios más románticos, existe la posibilidad de llegar en tren —desde el continente— o en barco —desde Hong Kong.
DÓNDE DORMIR
Yalong Bay, pasado el puente que separa el centro de Sanya de la zona de playa, concentra el mayor número de hoteles: el Sheraton (T. 86 (898) 8855 8855; www.sheraton.com; desde 170 dólares), el Hilton (T. 86 (898) 8858 8888; www.hilton.com; desde 160 dólares) y el Gloria Resort (T. 86 (898) 8856 8855; www.gloriaresort.com; desde 98 dólares), hasta hace poco el más lujoso de la isla, está ahí. Sanya Bay tiene hoteles menos masivos y Dadonghai Bay en ocasiones hace una apuesta más china, con propiedades como el Pearl River Garden Hotel (T. 86 (898) 8821 1888; www.sinohotel.com; desde 86 dólares) y el Shanhaitian (T. 86 (898) 8821 1688; www.sinohotel.com; desde 73 dólares).
Entre lo más económico con buenas vistas destaca la oferta de Dadonghai, sobre todo el Binhai Dujiacun, donde una habitación con balcón oscila entre 25 y 45 dólares, dependiendo de la temporada.
Entre lo más económico con buenas vistas destaca la oferta de Dadonghai, sobre todo el Binhai Dujiacun, donde una habitación con balcón oscila entre 25 y 45 dólares, dependiendo de la temporada.
Y en cuanto a los más lujosos, está el Banyan Tree (Luling Road 6; T. 86 (898) 8860 9988; www.banyantree.com; desde 250 dólares), el primero en China que ofrece espléndidas villas con alberca; el Ritz Carlton (en Yalong Bay; T. 86 (898) 8898 8888; www.ritzcarlton.com; desde 215 dólares), aunque con un enfoque totalmente distinto: 450 cuartos y centro de convenciones. Y, por último, el esperado y muy atrasado Mandarin Oriental (www.mandarinoriental.com), que muy probablemente abra hasta finales de este año.
DÓNDE COMER
El surtido gastronómico de Sanya abarca al mundo y la calle Hexi (en el centro) reúne desde la cocina de Manchuria y China en el Dongbei Di Yi Jia; a la taiwanesa del Versalles; el bufé sinobrasileño de Armando BBQ (T. 86 (898) 3825 8881; de 11 a 22:30 horas); o la italiana de Mediterranea (T. 86 (898) 8825 2548; www.mediterranea.cn; de 14 a 23 horas).
Una recomendación para probar la comida típicamente hainanesa es Dongjiao Yelin Seafood (T. 86 (898) 8821 0999; de 11 a 14:30 y de 17 a 22 horas), en Yuya Avenue, especializada en pescados y mariscos del día. Otra garantía de disfrute es el mercado, pero hay que vigilar la higiene.
DE NOCHE
Las zonas de bares coinciden con las hoteleras; es decir, Downtown y Yalong Bay. Katyusha, Allen Story o el Lounge Club son referente de la calle de bares del centro, mientras que el Deep Blue y el Windjammer Bar sobresalen en La Floret de Yalong Bay. Y es que la Sanya nocturna ofrece mucho más que lujos asiáticos, sobre todo desde que se ha reforzado la oferta “de los dos puentes” que separan el centro de la ciudad de la zona más turística, y en ese paréntesis está el Shisha Lounge de Mediterranea, con sofás para tomar una copa escuchando música soft mientras se fuma una shisha contemplando el río.
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