Clayoquot: por lo salvaje del bosque
Fotografía de Marty McLennan

Clayoquot: por lo salvaje del bosque

Unos días en este lugar bastan para transformar a cualquiera. No sólo por la experiencia de encontrarse cara a cara con alces, ballenas, águilas calvas y osos, al tiempo que se come y bebe como bestia salvaje. Sino por la entrega de sus dueños, enfocados a devolverle al bosque todos los árboles y animales que se le arrancaron en los últimos cien años.
Por Crai S. Bower | Julio 2008 | Tags: , , ,
En la naturaleza yace la preservación del mundo.
Henry David Thoreau


No todos los pasajeros alcanzan a ver el Clayoquot Wilderness Resort cuando el hidroavión desciende sobre el estrecho de Clayoquot, después de un vuelo de 50 minutos sobre las asombrosas montañas de la isla de Vancouver. Su propietario, el cowboy John Caton, prefiere que se mimetice con el ambiente. Desde que John y su esposa, Adele, se hicieron cargo de la antigua mina y área de tala, hace ocho años, han trabajado con diligencia para devolverle a la propiedad su condición salvaje. Sin embargo, la revitalización ambiental es sólo uno de los muchos elementos que componen el encanto de Clayoquot: John, junto con su equipo de 45 personas (¡para un máximo de 40 huéspedes!) también ha concebido lo que quizá sea el parque ecoturístico más fantástico de Norteamérica.

Llegué, directo de la terminal sur del aeropuerto de Vancouver, justo a tiempo para el almuerzo: hamburguesa de bisonte asada al carbón con mayonesa de chipotle, chowder de salmón, y todas las galletas de chocolate que me cupieron en el estómago (además de la propia prudencia, no hay límites en cuanto a lo que los huéspedes pueden comer o beber). John me dio una rápida introducción acerca de la propiedad, incluido su clásico discurso “Bear Aware”, para prevenir a los huéspedes sobre los frecuentes encuentros con osos, y en el que claramente enuncia su filosofía. “En ningún momento debemos sentirnos los dueños de este medio ambiente —dice el antiguo productor musical—. Y en ningún momento debemos olvidar que somos meros visitantes en la comunidad del oso, del águila y del salmón.”

John también plantea qué hacer exactamente cuando un oso, a menudo un macho joven que deambula por ahí porque no ha establecido un territorio propio, siente la necesidad de reafirmar su frágil autoridad. “Sólo retírense de su camino lentamente. Estos osos son herbívoros y no suelen ser agresivos. Si ustedes les hacen sentir que ellos tienen el poder, todo estará bien.” Además, Caton tiene en la propiedad una jauría de sabuesos entrenados para alborotar, pero no amenazar ni atacar a los osos.

Una vez que terminamos con el almuerzo y la lección, el director de actividades expone el panorama para la tarde, lleno de caminatas, expediciones para avistar osos o ballenas, visitar a los leones marinos, cabalgar y unas veinte posibilidades más.

Yo elijo visitar la propiedad flotante de Wayne Adams y Kathryn King, un escultor y una bailarina que han construido un refugio marino a treinta minutos en bote hacia el noroeste del resort. Los Adams-King son los vecinos más cercanos de Clayoquot, y la amable pareja acoge a los visitantes durante el verano. Recorremos sus jardines plantados en cuarenta y pico contenedores dispuestos a diferentes alturas, tomamos té, admiramos el faro, la casa flotante de dos pisos y el estudio de ballet al aire libre con todo y barra y espejo. Y nos vamos sin habla, maravillados con lo que puede ser una vida en la que las águilas, los osos y una que otra foca ocasional son la única compañía.

Cuando navegamos de regreso, a lo largo de las costas rocosas en las que el cedro rojo desafía la gravedad aferrándose de la roca, nos detenemos para atrapar un pez piedra. Éste, de vuelta en el agua, llamó la atención de un águila calva que estaba posada sobre su percha en un abeto a 30 metros de altura. El enorme mariscal del noroeste orbitó una vez antes de lanzarse hacia la superficie del agua y tomar al indefenso pez entre sus garras; luego, de regreso a su percha, lo partió en dos mientras dos aguiluchos asomaban sus cabezas grises y moteadas, chillando emocionados desde un nido localizado a unos cuatro metros de alto, en un vértice del tronco del abeto.

Un equipo de caballos de tiro belgas nos esperaba en el muelle para llevarnos de regreso al campamento principal, que estaba particularmente silencioso; ningún huésped optó por quedarse en las tiendas donde está la mesa de billar o la biblioteca. Todos estaban ocupados en los paseos en canoa, bicicleta de montaña y, en el caso de unos gemelos de cuatro años de edad, un viaje en kayak sobre el río Bedwell, en compañía de un guía experto. Sólo los perros dormitaban en las sillas que forman un semicírculo alrededor de la chimenea en la estancia exterior.

Por primera vez eché un vistazo a mi tienda, aislada al final del camino que se adentra en el bosque de alisos y posada en lo alto de las riberas del río. Las rústicas sillas estilo Adirondack (hechas con tablones de madera a manera de abanico) invitaban a una perezosa siesta vespertina. Dentro de la tienda, la cama de ramas de sauce llamaba a hacer exactamente lo mismo, pero más bien tomé mi botella de agua y rápidamente regresé a tramar mi aventura de la tarde: arquería.

Esta actividad me recuerda lo que hacían los niños más grandes que yo durante el campamento de verano. Así que cuando tenso la flecha en el arco y preparo mi momento Robin Hood, lo hago con verdadero fervor infantil. La arquería es una de esas actividades que parece muy sencilla cuando uno observa a un arquero profesional, pero suele desconcertar a un novato. Mi brazo se debilita tras el quinto tiro. Aun así, logro dar en el blanco 25 por ciento de las veces y abandonar el campo de tiro habiendo cumplido una vieja fantasía de la niñez.

Sin embargo, el mayor reto de este viaje sigue siendo evitar el comedor, en donde el horno de la panadería siempre está abierto, y en donde siempre hay un cocinero de guardia para preparar una comida a petición del huésped. (La cerveza y el vino también están siempre disponibles para llevar.) Así que trato de llenarme de actividades.

Y me alisto para una expedición pesquera temprano en la mañana en el estrecho de Clayoquot, seguida de un tour en el Océano Pacífico para buscar leones marinos y ballenas grises, y concluir con una caminata de ocho kilómetros, nombrada (como aquella canción de Lou Reed) “Walk on the Wild Side”.

En todo caso, esta noche la cocina es mía, toda mía. O al menos así se siente cuando paso furtivamente por las fogatas, me siento en un banco en el bar y descubro una copa de champaña esperando(me) pacientemente. Pruebo tres entradas del menú del chef Tim May. El atún albacora local a las brasas barnizado con miso es excelente, pero este paraíso rústico claramente ha influenciado mi paladar; pido un poco más de arroz salvaje y chuletas de jabalí rellenas de champiñones silvestres. Hace poco May decidió traerse a su familia a la propiedad; contratará un maestro para darle clases a los niños durante el invierno.

Saciado de mousse de triple chocolate y té Earl Grey, no puedo evitar envidiar a Tim y su esposa, a John y Adele, y a los dos hijos de John y sus familias, quienes han elegido estas tierras para establecer su hogar. “Construye dentro de ti mismo —me dice John— y luego podrás irradiarlo a tu alrededor; tu círculo crecerá indefinidamente.”

Después de severos malestares relacionados con el estrés, incluido un infarto, John Caton se dio cuenta de que continuar trabajando en el estresante ambiente de la producción de música popular era un camino peligroso. Convertir Clayoquot en un ecoresort de categoría mundial fue el antídoto justo, un camino para exiliarse del frenesí corporativo al tiempo que se presentaba como oportunidad para dedicar su energía y empeño hacia un futuro tangible. Sus dos hijos se unieron muy pronto a su afán de restablecer la vitalidad de este medio ambiente.

“Quiero que mis nietos y sus nietos vivan este lugar como alguna vez lo fue —explica—. Donde los lobos cazan alces, los osos vuelven a tener su población original y el salmón sigue dando forma al calendario de la comunidad.”

Como ocurre en el ecosistema del noroeste de Norteamérica en general, el salmón (en el río Bedwell habitan cuatro especies distintas) es un indicador de la salud de la comunidad natural. Cuando Caton recibió la propiedad en 2000, contrató un ictiólogo para recorrer a nado la longitud de la zona de desove y contar cada uno de los peces. El gran total fue de 36 ejemplares.

“Nuestra meta es lograr que cinco mil ejemplares de cada una de las cuatro especies vuelva a desovar en este río —afirma—. Estamos construyendo arroyos, creando un hábitat innovador que vuelva a atraer a los peces.”

Con estrategias de ecología restaurativa que suelen ser tarea de los gobiernos y no de los operadores de hoteles, Caton y su equipo están dando una nueva forma al terreno. Pero con una ventaja única: el tiempo “fuera de temporada”. Las tentalows —mezcla de tent (tienda) y bungalow— de lona no se erigen sino hasta finales de mayo, y se desmantelan en septiembre. Pero John mantiene rutinariamente en la nómina a muchos miembros de su equipo para llevar a cabo los proyectos de restauración más importantes durante los siguientes ocho meses.

“El invierno pasado pude hacer varias cosas: sacar árboles, labrar las riberas de los ríos y operar equipo pesado que nunca pensé manejar —recuerda Kit, mi guía de rafting en río—. Se siente increíble poder cambiar las cosas aquí.”

Al principio, el plan de Caton de limpiar algunas parcelas de alisos en tierras pertenecientes a la Corona —esto es, al gobierno— se topó con resistencia gubernamental. El aliso es el árbol más abundante dentro del bosque y crece con tal densidad que tapa la luz del sol a los pastos nativos y otra vegetación que sirve de alimento al alce local. Pero, una vez que los biólogos del Ministerio del Medio Ambiente observaron el exitoso regreso del alce a las tierras de Clayoquot, llevaron a cabo un programa de restauración similar. “A menudo me reúno con biólogos para hablar acerca de todos los animales —dice—. Nuestros canales para salmones se convertirán en modelos para el resto de Norteamérica.”

Recientemente instaló cuatro cámaras con sensor digital de movimiento a lo largo de los corredores clave de vida silvestre en el bosque para profundizar en su investigación sobre los osos. “Necesitamos cifras para cuantificar la recuperación histórica”, explica Caton, quien afirma que no estará satisfecho hasta que la población no recupere la cifra de hace cien años, en tiempos previos a la tala y las minas.

Otro indicio asombroso acerca de la revitalización natural del va-lle es el regreso de predadores alfa, específicamente lobos y pumas. “Los lobos recorren el valle a medida que empujan a los venados de cola negra de un valle a otro —comenta Caton—. Van en jaurías de seis u ocho. La hembra alfa es una loba negra grande que lleva a sus cachorros consigo. Con una mirada aguda se les puede ver durante el invierno. En el verano descubro señales de su presencia al menos dos veces por semana, aunque rara vez los avisto.”

UNA OPERACIÓN LIMPIA

Clayoquot sigue protocolos ambientales en cada aspecto de sus operaciones diarias. Cuando Caton averiguó acerca de abastecerse de biodiesel, su proveedor, y el proveedor de su proveedor, dijeron que no. Así que se dirigió al mayor consumidor, el criador local de salmón, y lo convenció de cambiar. Una vez que vio que podía perder dos millones de galones en ventas al año, su proveedor encontró el modo de abastecerse de biodiesel. Resultado: un nuevo proyecto hidráulico reducirá la huella del carbono en 40 por ciento.

El resort utiliza sanitarios de composta, la única adaptación que ha provocado quejas por parte de los huéspedes, pues la mayor parte de ellos está acostumbrada a viajar con todo lujo. “Me comentan que incluso han tenido retretes en sus safaris africanos —se ríe Caton—. Yo les respondo que sus anfitriones no se preocupaban por el medio ambiente.”

Clayoquot también reúne todas sus duchas en un solo lugar, lo cual permite conservar el agua caliente y recuperar las aguas grises. Toda la basura se recicla y saca de la propiedad. Y en lugar de crear un vertedero con vegetales y proteínas, los materiales orgánicos se esparcen en la zona de marea del río para que los cangrejos y otros animales carroñeros los eliminen. Cuando los huéspedes llegan, se les hace entrega de una botella de agua personal para que la utilicen durante su estancia y luego se la lleven a casa.

LA OPORTUNIDAD DE CONOCER A LA GENTE DE AHOUSAT

John se ha propuesto también preservar otro importante habitante nativo, el pueblo Ahousat de la nación Nuu–chah–nulth, uno de los grupos más empobrecidos de las denominadas Primeras Naciones de la Columbia Británica.

“Al trabajar con los pueblos indígenas localmente —recuerda—, me di cuenta de que yo había llegado a su territorio tradicional. El respeto era para mí una prioridad y yo iba a necesitar del apoyo de la gente oriunda en todos los aspectos. Quería ser un instrumento para cambiar sus condiciones de trabajo y sus perspectivas de vida.”

Al trabajar con el pueblo de Ahousat, Caton ha enfrentado retos similares a aquellos de los conservacionistas en Brasil y África. “Están luchando por ganarse el respeto del gobierno, gradualmente han obtenido el control de la extracción de recursos, las licencias para cultivar árboles y los derechos para explotar las minas. El asunto es que para lograr la sostenibilidad necesito que esas otras industrias (la tala y la minería) sean controladas. Les digo que deben dejar tal árbol ahí, porque hay más personas interesadas en fotografiar este árbol que en los palillos que puede producir.”

Ya está en proceso de firmar un acuerdo para crear un producto turístico en torno a las Primeras Naciones, que incluye un resort prácticamente sin precedentes. “Los turistas irán ahí para aprender sobre su cultura —explica Caton—. Para ver la arquitectura local y para aprender del talento y de la filosofía de estos pueblos.”

El turismo ligado a las Primeras Naciones es una plataforma del Colectivo de Turismo Sustentable de Columbia Británica, un grupo de seis líderes de la industria —que incluye Clayoquot, Whistler–Blackcomb y los hoteles Fairmont—, dedicados a seguir un estándar de prácticas sostenibles. El proactivo grupo, cofundado por Caton, se reúne cada cuatro meses y fue recientemente convocado por parte del Departamento Provincial de Turismo y el Ministerio de Medio Ambiente para copatrocinar un importante simposio regional que explorará el turismo sostenible. Este otoño, 500 miembros de la Sociedad Internacional de Ecoturismo se reunirán en Vancouver, como resultado del inédito éxito del colectivo para establecer una industria sustentable.

Y a medida que sigo al caballo de John por el bosque, hacia un punto de pesca privilegiado, descubro varios ejemplos de turismo sostenible.

Durante el invierno, y gracias a una inundación a finales de la temporada, Caton y su equipo labraron varios lechos de ríos en uno de los bosques de alisos en proceso de regeneración. Estos callejones acuáticos se recubrirán con guijarros para construir un hábitat apropiado para el desove de salmoncillos salvajes introducidos ahí y que, eventualmente, regresarán a esta zona para desovar. Si tienen éxito, estos lechos, que no estarán en operación completamente sino hasta dentro de seis años, incrementarán la población local de salmón drásticamente.

Cabalgamos por debajo de los abetos Douglas, bajo túneles de follaje a través de los cuales se escabullen motas de rayos de sol que se posan sobre el camino como manchas en el pelambre de las ardillas. Me lanzo al río durante un par de horas y, aunque no logro atrapar nada, me envuelve el aura de dos ríos que convergen.

Como era de esperarse, este tramo provoca los más agudos giros y revolcones cuando me junto con Kit y otros más tarde para un salvaje paseo en kayak. En esta aventura uno debe controlar el pánico aun más que el propio remo, y yo apenas logro manejar la frágil danza entre la adrenalina y el miedo. Aunque este río es relativamente manso, el guía lleva a cabo una extensa instrucción de rescatismo en caso de que ocurra algo imprevisto, una medida reconfortante para este novato.

Cada uno de los guías —de arquería, bicicleta de montaña o kayak—, ofrece un gran despliegue de experiencia en su área específica. Sin embargo, el cowboy John considera que, como parte del modelo sustentable, cada miembro del equipo debe desarrollar experiencia en lo concerniente a todos los elementos del medio ambiente. Así pues, en la primavera cierra el resort durante una semana e invita a expertos en temas que abarcan desde la flora o la geología hasta la cultura de las Primeras Naciones para que instruyan a su equipo en cursos intensivos de 30 horas por tres días.

“Si un miembro de mi equipo está hablando con un huésped procedente de Nueva York y éste le pregunta el nombre de alguna flor o formación rocosa, el miembro del equipo debe ser capaz de responder —comenta Caton—. Es la única manera en que podemos lograr que los demás comprendan la compleja vinculación de elementos en este medio ambiente.”

Me siento a tomar mi última cena (que consiste en lomo de res y cangrejo Dungeness), además de una botella excepcional de Meritage Okanagan Valley, placenteramente exhausto después de pasar el día pescando, cabalgando y remando en kayak. Me recuesto y pienso por qué, siendo un habitante del noroeste, no paso más días caminando en nuestros legendarios bosques o pescando en nuestros resplandecientes ríos.

Mis cavilaciones se ven interrumpidas por los murmullos de los comensales que se encuentran frente al enorme prado que conduce hacia el estuario. Un joven oso negro ha pasado río abajo a no más de 50 metros de distancia. Parece no molestarse por los mirones, quienes admiran su brillante pelaje y se ríen entre dientes por su aparentemente torpe deambular adolescente.

Cuando nos acercamos al porche para tener una mejor vista, se me ocurre que este joven oso no sospecha que su paseo vespertino se ha convertido en la fuente de entretenimiento para este cúmulo de admiradores. La escena se desarrolla tal cual el cowboy John Caton se lo había propuesto.

*Traducción de Hilda Domínguez

Y en el continente...

Una gran manera de combinar una estancia en Clayoquot con unos días en la ciudad de Vancouver, en Whistler (que es espectacular también durante el verano) y visitas a otros sitios remotos del oeste de Canadá, es dejar el itinerario en manos de Entrée Canada (www.entreecanada.com). Con base en Vancouver, nadie provee un servicio como el suyo —helicópteros, hidroaviones, yates y todas las soluciones imaginables— en la región.



CLAYOQUOT WILDERNESS RESORT
Tofino, British Columbia, Canadá
T. 01 (888) 333 5405
www.wildretreat.com


Tarifas todo incluido (con transporte desde Vancouver y una hora de masajes) desde 4 750 dólares por tres noches por persona.
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