Baja California: tras el borrego cimarrón
borrego cimarrón Fotografía de Damian Calatayud

Baja California: tras el borrego cimarrón

Hay quienes esperan toda su vida para hacerse de un borrego cimarrón: las siete licencias para cazarlo que se dan al año se subastan en cientos de miles de dólares. Para el resto, un safari fotográfico de estos hermosos animales salvajes es una manera única de adentrarse en lo profundo del desierto del Vizcaíno, en la península de Baja California.
Nuestro guía, un veterano con más de 60 cacerías del borrego cimarrón a cuestas, escudriña con su binocular el Valle de las Tres Vírgenes en busca de esta preciada presa, cuyos rebaños suelen pastar en las faldas del volcán. Regresa a su camioneta por un telescopio que instala en un montículo de piedras y dirige el potente lente hacia donde intuye que puede encontrarse algún grupo de borregos del desierto. No dice una palabra pero parece escéptico. El grupo está atento al menor gesto que pueda interpretarse como un buen indicio.

El nuestro es un safari fotográfico, una de las tantas actividades de la oferta ecoturística del Ejido Bonfil, nombre de esta reserva, fuera de la época de cacería. En marzo, cuando estuvimos por ahí, acababa de terminar la temporada que empieza el 1 de diciembre. El borrego cimarrón, una especie amenazada hasta hace una década, no sólo está hoy fuera de peligro, sino que es la fuente de sustento de esta UMA (sigla que resume el título de Unidad de Conservación, Manejo y Aprovechamiento Sustentable de la Vida Silvestre, regida por el Instituto Nacional de Ecología), gracias a la subasta de las licencias de cacería.

Resulta que en ese mundo hay un gremio que se dedica al borrego de montaña, de los cuales hay siete especies en el mundo (Asia, Europa y Norteamérica) y el objetivo es reunir la colección de las siete cornamentas. El borrego del desierto, es decir, el cimarrón de Baja California, es el más preciado de todos por dos razones: es el más difícil de cazar y es el que tiene la cornamenta más grande: la medida de sus cuernos equivale a un puntaje, el cual se suma al récord del cazador.

EL ENCUENTRO

Un grupo de cimarrones aparece por fin del otro lado del lente. Nuestra mirada novata tarda en distinguirlos entre los arbustos y piedras y, dada la distancia, se ven pequeñísimos, al pie de una ladera. Luis Chavarría, presidente de esta UMA y todo un experto del cimarrón y sus territorios, nos explica la estrategia para acercarnos sin que noten nuestra presencia y poder fotografiarlos. La idea es rodear el monte para otearlos; si llegamos por un camino más bajo, ellos podrían olfatearnos y huir. En cambio, desde arriba, es más difícil que nos adviertan. De cualquier forma hay que caminar discretamente. Los guías locales visten ropa de camuflaje militar; nosotros no íbamos preparados con tal indumentaria y sólo se nos pidió que usáramos colores discretos —verde, café o paja—, como los del desierto del Vizcaíno.

Tras una caminata de dos horas por un sendero pedregoso flanqueado de agaves, pitahayas, cardones, choyas, torotes, biznagas y matorrales espinosos, llegamos a una explanada hacia la cual se había acercado el rebaño mientras nosotros ascendíamos por el otro lado del cerro, para gran sorpresa de bípedos y cuadrúpedos. Todavía no salíamos de nuestro asombro cuando dos machos asomaron por el lado derecho y pasaron raudos frente a nosotros a unos cuantos metros. José Hernández, acompañante de nuestro guía que cubría la retaguardia, era el más feliz de todos: siendo nativo del ejido, era la primera vez que se topaba con unos cimarrones a tan corta distancia.

Contemplamos y fotografiamos al rebaño hasta que se perdió de vista ahuyentado por nuestra presencia y saboreamos el encuentro arrellanados en unas rocas desde donde se dominaba buena parte del territorio del Ejido Bonfil, que tiene más de 519 mil hectáreas de extensión. Mientras retomábamos fuerzas para el regreso y compartíamos unas naranjas, frutas secas y litros de agua, Luis Chavarría, quien pasa largas jornadas en la Reserva haciendo guardia, contó anécdotas de la vida en la sierra, de los animales, las plantas y la interacción de los seres vivos.

Relató divertido que al cimarrón le encanta mordisquear el tallo de las flores de los agaves, que contiene una sustancia alucinógena que lo envalentona y entorpece su andar; o de cómo embiste a las biznagas, uno de sus alimentos favoritos, para abrirlas y quitarles con las pezuñas la corteza espinosa y así deleitarse con su jugoso contenido. Probablemente lo que el señor Chavarría más admira del borrego del desierto no sea su cornamenta, sino sus pezuñas redondeadas y adherentes, las cuales le permiten trepar por alturas escarpadas y quedar inaccesible a sus predadores. O a casi todos.

LA CACERÍA, PARTE DEL EQUILIBRIO

Los cazadores también forman parte de este entorno y su aportación entra en el círculo virtuoso del turismo sustentable; la actividad cinegética no perjudica a la población de borregos y en cambio los ingresos de las licencias se destinan a financiar el funcionamiento de la UMA. El último año fueron subastadas siete y aunque aumente la población de la especie, los ejidatarios han decidido no vender más, una estrategia ad hoc con un nicho ultra elitista, para el cual cuenta la sensación de tener acceso a algo único. El precio de base de una licencia es de 35 mil dólares y suelen venderse hasta en 350 mil dólares, lo cual convierte al cimarrón en el trofeo de cacería más caro del mundo.

El permiso tiene una vigencia de diez días, por una única pieza y para un solo cazador, aunque suelan ir en grupos en ocasiones hasta de 12 personas. El precio incluye guías, intérprete (en general los cazadores son estadounidenses), estancia en las cabañas de la UMA o en campamento y un grupo que se encarga de las comidas e instalar tiendas de campaña. La excursión dura hasta diez días, haya o no presa. Lo cierto es que desde 1996, año en el que se creó esta UMA, no hay cazador que se haya ido sin su cimarrón, a excepción de uno —quien por cierto ha venido ya dos veces, la última este año—, y si se ha marchado sin su animal, explica Luis Chavarría, es porque pretende cazarlo con arco y flecha por ser el único método que considera equitativo con la presa más preciada del continente.

En general no es sino hacia el quinto día de cacería cuando se encuentra el borrego indicado: éste debe tener por lo menos seis años y una encornadura de adulto, que mientras más viejo más grande es, en lo cual radica el valor del trofeo. En todo caso, al localizar a un cimarrón cazable el guía cuestiona al cazador si está seguro de que es ése el que reúne las características deseadas. Al final lo que interesa es el puntaje de los cuernos y Chavarría, aunque se resiste a calcularlo a distancia, suele tener un margen de error de un punto, fama que le ha valido la confianza de los cazadores al momento de jalar el gatillo.

UN PROYECTO QUE APENAS EMPIEZA

La noche anterior habíamos llegado a las cabañas de la UMA, donde suelen pernoctar los cazadores. Ahí fuimos recibidos por un grupo de ejidatarios con café y pan de dátil en una espaciosa estancia construida en piedra y madera con grandes ventanales desde donde vigilan buena parte de la sierra y su valiosa fauna. En nombre de los 144 ejidatarios propietarios del Ejido Bonfil, se refirieron a su territorio, sus riquezas y sus proyectos. La creación de esta UMA, promovida y asesorada por la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), ha dado sus frutos. Hoy, las comunidades locales están conscientes de la importancia de preservar los recursos de la Reserva, se han capacitado para ofrecer mejores servicios, afines con la conservación de los ecosistemas, y saben que el ecoturismo puede ser un negocio próspero, que se incrementa a razón de 20% anual.

Este mes de julio, el campamento de la Reserva del Cimarrón inaugura cinco cabañas rústicas que albergarán a un máximo de 20 personas para realizar paseos a caballo, ciclismo de montaña, senderismo, rappel, observación de flora y fauna, safari fotográfico y, desde luego, visitas a la Sierra de San Francisco, Patrimonio Mundial de la Humanidad. Éste no sólo es considerado por la ciencia como un corredor biológico excepcional, sino que alberga más de 300 sitios de pinturas rupestres que datan de más 10 mil años de antigüedad, la mayoría de las cuales están en sitios poco accesibles, en las partes más altas y en cañadas y cañones.

“Nosotros queremos que llegue un turista con los ojos brillantes, lleno de curiosidad, y que se vaya con ganas de regresar y aprender más de este lugar”, comentó José, el guía de la retaguardia.


GUÍA PRÁCTICA

CÓMO LLEGAR

El aeropuerto más cercano a la Reserva es el de Loreto, adonde llegan aerolíneas comerciales del país y del extranjero. También es posible contratar los servicios de Aéreo Servicio Guerrero (Salvatierra, Plaza Concho, local 5; T. 01 (615) 155 0136; www.aereoserviciosguerrero.com.mx), taxis aéreos que tienen una tarifa de 10 mil pesos por hora y tienen avionetas para nueve y hasta 13 pasajeros.

CUÁNDO IR

La temporada ideal para visitar la región es de noviembre a marzo y es posible contratar los servicios ecoturísticos aun en temporada de cacería.

EXCURSIONES

Ecotours Las Tres Vírgenes (T. (615) 155 4241; joseluischavarria@ecotourlastresvirgenes.com; www.ecotourslastresvirgenes.com) cuenta con servicio de camioneta para recoger a los turistas en los aeropuertos cercanos al Ejido Bonfil. Las excursiones y los campamentos en plena montaña se organizan directamente con ellos. El campamento base cuenta con baños secos, agua caliente mediante celdas solares y un restaurante de comida regional.

SUBASTAS

Son organizadas por la Fundación Norteamericana para la Conservación del Borrego Cimarrón (www.fnaws.org) y tienen lugar en Estados Unidos; en Reno, Nevada y en St. Lake City, Utah, la primera semana de febrero.
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