
Baccarat/Starck opus Moscú
¿Qué mejor mercado puede imaginar una fábrica de objetos de cristal que un país entero en el que la gente cree que nadie debe tomar dos veces en la misma copa y que, por lo tanto, después de beber la arroja sobre el hombro para hacerla añicos?
Los rusos creen en esas cosas. Pero Baccarat, la fábrica de cristales más exquisita del mundo, decidió abrir su nueva maison en Moscú no por motivos prosaicos —dicen— sino porque la relación entre la firma y los rusos viene de lejos: comenzó a finales del siglo XIX, cuando la corte imperial se dejó robar el alma por los destellos de estos vidrios espléndidos.
BACCARAT está entre nosotros desde que, en 1764, el rey Luis XV dio permiso a un obispo para establecer una fábrica de vidrio en la ciudad francesa de ese nombre.
De sus talleres salieron las primeras lámparas con corriente eléctrica y sus piezas de cristalería tallada no tardaron en poner de rodillas a los emperadores rusos. En poco tiempo, miles de artesanos empezaron a dedicarse exclusivamente a fabricar desde vasos hasta lámparas de cristal que salían en caravana hacia San Petersburgo. Y aun durante años intensamente soviéticos el amor de los rusos por estos vidrios sofisticados no decayó.
Así, en febrero pasado, Baccarat decidió hacer honor a esa fidelidad y abrió su segunda maison —la primera está en París y se inauguró en 2003— a metros de la Plaza Roja, en el edificio donde funcionaba una farmacia circa 1895, y encargó el diseño a Philip Starck. Hoy, el sitio al que tantos moscovitas acudieron a encargar recetas magistrales o curarse algún achaque, está cubierto por alfombras rojas, larguísimas mesas de cristal y muebles by Starck que, en la planta baja, exhiben la colección de relojes y cristalería.
BACCARAT está entre nosotros desde que, en 1764, el rey Luis XV dio permiso a un obispo para establecer una fábrica de vidrio en la ciudad francesa de ese nombre.
De sus talleres salieron las primeras lámparas con corriente eléctrica y sus piezas de cristalería tallada no tardaron en poner de rodillas a los emperadores rusos. En poco tiempo, miles de artesanos empezaron a dedicarse exclusivamente a fabricar desde vasos hasta lámparas de cristal que salían en caravana hacia San Petersburgo. Y aun durante años intensamente soviéticos el amor de los rusos por estos vidrios sofisticados no decayó.
Así, en febrero pasado, Baccarat decidió hacer honor a esa fidelidad y abrió su segunda maison —la primera está en París y se inauguró en 2003— a metros de la Plaza Roja, en el edificio donde funcionaba una farmacia circa 1895, y encargó el diseño a Philip Starck. Hoy, el sitio al que tantos moscovitas acudieron a encargar recetas magistrales o curarse algún achaque, está cubierto por alfombras rojas, larguísimas mesas de cristal y muebles by Starck que, en la planta baja, exhiben la colección de relojes y cristalería.
En la segunda planta está el restaurante Cristal Room, donde Starck ideó una atmósfera dramática, acentuada por la levedad gaseosa de los candelabros. La cocina —francesa— está a cargo de dos chefs, David Desseaux y David Hemmerlé, y la comida del mar llega día tras día desde Francia. Hay una fabulosa cava de vinos que, por supuesto, se sirven en copas Baccarat. Que nadie —nadie— se atreve a arrojar sobre su hombro.























