Los nuevos buenos vinos mexicanos

Los nuevos buenos vinos mexicanos

Hace 20 años la marca más conocida de vinos mexicanos se envasaba en botellas que después se usaban de florero. Eran vinos genéricos en los que uvas de cualquier tipo se mezclaban, se molían y se embotellaban sin distinción.
Por eso, cuando un ensenadense aficionado al vino llamado Hans Backhoff y sus socios decidieron hacer vinos de calidad mundial en el Valle de Guadalupe, Baja California, la idea parecía una locura. Los nueve dólares que costaban las primeras botellas de Monte Xanic doblaban el precio del vino mexicano más caro. Peor aún, los mexicanos no creían que en su país pudiera haber buenos vinos y, quienes podían comprarlos, preferían de Francia o Chile.

“Hice muchas catas a ciegas (contra vinos extranjeros reconocidos en restaurantes) y siempre ganaba Monte Xanic”, dice Backhoff en su oficina en una vinícola junto a un lago rodeado de parras donde hoy se producen 45 mil cajas de vino al año. Pero hoy ya no tiene necesidad de taparle los ojos a nadie.

Con la salida al mercado de Monte Xanic coincidió la llegada al valle bajacaliforniano del enólogo Hugo D’Acosta. “(Él) Comienza a replantear los viñedos con una viticultura de rescate”, dice el chileno José Luis Durand, uno de los extranjeros que han llegado a explorar el Valle de Guadalupe y ahora es dueño de la compañía de vinos Sinergi.

Lo cierto es que Baja California tenía las cualidades para producir buenos vinos, dice Durand, 25 varietales de uva (en su país sólo hay cuatro) y una historia vinícola de varios siglos.

Los primeros viñedos los habían sembrado los frailes misioneros en el siglo XVIII en el vecino Valle de Santo Tomás (que es la nueva zona vinícola de la región). En 1888 abrió Bodegas Santo Tomás y, en el siglo XX, las casas Domecq y Cetto trajeron varietales europeos. Pero los vinos seguían siendo genéricos.

Backhoff y D’Acosta, este último en esa época enólogo de Santo Tomás y ahora dueño de Casa de Piedra y considerado el maestro de los nuevos productores, cada uno por su lado, crearon la nueva enología mexicana y poco a poco los otros viticultores empezaron a reaccionar.

Y, con ese romanticismo que va de la mano con sembrar uva y hacer vino, empezaron a aparecer pequeños productores y los vinos boutique en ediciones limitadas.

El clima “mediterráneo” de Ensenada, con lluvias en invierno y ausencia de agua el resto del año, y las corrientes frías del mar, hace posibles vinos con más intensidad, concentración, alcohol, potencia, me explica Christoph Gartner, un enólogo suizo que llegó hace 12 años y ahora hace los vinos Vinisterra. Pero aunque sean del mismo lugar no tienen que ser iguales, “son como los hijos, tienen su carácter cada uno”.

Durante las Fiestas de la Vendimia en agosto pasado —las más grandes del mundo y las únicas que festejan el inicio de la cosecha, no su término—, se habían presentado más de 30 casas productoras. “Con esta explosión va a haber vinos malos, no porque eres chiquito eres bueno”, dice Backhoff. Pero ya no hay vuelta atrás, los mexicanos empiezan a sentir orgullo por sus vinos y cada día los consumen más.
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09/04/10

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