Ponta dos Ganchos: el sur más exclusivo de Brasil
Cuando un hotel le atina a todos los puntos clave y se resiste a la tentación de construir más de 25 unidades, a pesar de su enorme terreno, se merece una reverencia. Cuando además está en uno de los emplazamientos más espectaculares de Brasil, el mejor de nuestros tiempos de asueto.
Por
Carolina Reymúndez |
feb-09
|
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brasil, ponta dos ganchos
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Antes de viajar al resort, lo exploré por medio de Google Earth. Vi una península montada en un morro, arbolada y rodeada por el Atlántico. Vi los búngalos, un puente colgante o trapiche, como le dicen en Brasil, que une el continente con un íntimo islote, y también vi los morros verdes y los barquitos de pescadores de ostras. Es increíble el Google Earth. Pero mucho más increíble es estar aquí.
¿Dónde es aquí? El municipio donde está el exclusivo resort Ponta dos Ganchos, miembro de la cadena Relais & Chateaux, se llama Governador Celso Ramos, pero todos lo conocen como Ganchos y a sus pobladores como gancheiros. En un mapa de la zona se ve claramente la geografía que forma varios ganchos parecidos a los que tenían los piratas en lugar de una mano. Hay otra versión que cuenta que el nombre también podría estar relacionado con los antiguos cazadores de ballenas que tenían su base de operaciones por aquí y usaban ganchos para atrapar a los enormes mamíferos. El tema es que Celso Ramos o Ganchos queda a 45 kilómetros de la isla de Florianópolis, en el estado de Santa Catarina.
La última parte del camino está llena de curvas y el paisaje se vuelve cada vez más tropical. Antes de llegar, cruzo pueblitos de pescadores y veo los últimos niños y los últimos autos. El resort no acepta menores de 18 años. Tampoco acepta autos. Y no es que haya que subir y bajar a pie el morro, donde están los búngalos, una y otra vez. Los que quieran hacer ejercicio lo pueden hacer y verán enormes hibiscos rojos, sotos de bambúes, bromelias y árboles de inspiración selvática. Los que no, verán el mismo escenario pero desde el asiento trasero de los carritos de golf, que van y vienen las 24 horas llevando y trayendo huéspedes por calles pavimentadas de la playa al búngalo, del restaurante a la sala de juegos, de la piscina a la carpa de masajes.
Ponta dos Ganchos fue distinguido en 2007 y 2008 como el “hotel más perfecto de América del Sur” (Most Excellent Hotel in South America) por la prestigiosa guía británica de hoteles Condé Nast Johansens. También ha figurado en las listas de lo sitios más románticos del mundo. La exclusividad de este lugar tiene un eje central: la escasez. Comida no falta, claro. Ni sillas de playa. Ni sábanas que, a propósito, son de suave algodón egipcio de 600 hilos. Me refiero a la escasez de búngalos. Con los últimos cinco que se inauguraron en diciembre suman 25 en una superficie de 80 mil metros cuadrados. Y no habrá más, eso aseguran los dueños, un uruguayo y un inglés, que al parecer han decidido que su único emprendimiento hotelero —abierto en 2001— conserve la exclusividad.
Aun con el hotel en su máxima capacidad, los 50 huéspedes se cruzan muy poco. No hay horarios fijos para nada. Se puede tomar el desayuno, almorzar y cenar cuando a uno se le ocurra. Un detalle gastronómico importante: aquí no existe el servicio de buffet. Nada de almuerzos recalentados ni cenas tibias. Cuando a uno se le ocurra almorzar, ahí le prepararán su atún a la parrilla. O su pulpo al horno con papas.
Una vez me crucé con una pareja de treinta y tantos años. “Cuando tienes hijos, es necesario escaparse”, me dijo ella, una arquitecta de Río de Janeiro, y después me contó que había decidido pasar su segunda luna de miel aquí. No me crucé con ellos en el sauna porque la mayo-ría de los búngalos tiene sauna y jacuzzi privados. Tampoco en el fitness center ni en la isla ni en el Cantinho da Veleza, un mirador con tumbonas dobles para descansar, donde los sábados en la noche hay parrillada de mariscos. Nos cruzamos un día de lluvia, en la entrada del home theatre, un cine con pantalla grande, sillones extra cómodos —hay palomitas de maíz para el que quiera— y una variada selección de películas.
Los últimos cinco búngalos están dirigidos a los clientes de superlujo, gerentes de grandes empresas de la región y un gran porcentaje de turistas europeos. Primero los vi desde la terraza de otro búngalo, en la parte más alta del morro: había una hilera de cinco casas grandes con el techo de césped recién regado, como un green de golf. Se utiliza esta idea básicamente para no arruinar la vista del huésped que ocupe el búngalo donde estoy ahora. “Normalmente vería un techo de tejas o de cemento. De esta forma tiene enfrente una extensión verde y más allá el mar. No desentona con el entorno”, me cuenta Bruno Orlando, el recepcionista quien, como muchos pobladores del sur de Brasil que descienden de alemanes, es rubio y de ojos claros.
Cuatro de los últimos cinco búngalos nuevos tienen 230 metros cuadrados y uno de ellos 300. Más del doble que la mayoría de los departamentos donde vive una pareja en la mayoría de las ciudades del mundo. Tiene sala con chimenea, una cama de dos metros, terraza con deck de madera, piscina propia —además del sauna y el jacuzzi— y hasta un gimnasio privado con vista al mar en otro piso.
Desde la mayoría de los búngalos y sus terrazas se ve el mar, que por esta región de Brasil es de color esmeralda y de ánimo tranquilo. Al menos en la zona del hotel. Esta península forma varias bahías preferidas por los camarones. Por eso los pequeños barcos camaroneros parten temprano a la pesca. Pero lo más curioso y que también puede verse en las distintas bahías y desde muchos búngalos, es un cuadrado en el mar, con 10 o 15 líneas de boyas. Debajo de las boyas hay cultivos de ostras y ostiones; que junto con el trabajo en el resort, conforman la base de la economía local. La pesca se vende en los pueblos del municipio y el hotel compra una buena parte. La cocina de mar es un aspecto fundamental de la elección gastronómica de Ponta Dos Ganchos.
El chef Luis Salvajoli, el mismo que se pronunció en contra de la comida buffet, está en una cruzada personal, que también es una tendencia mundial, para promover los productos autóctonos. Lo hace mediante el cardapio da terra o menú de la tierra, que cada noche se presenta como una elección, y destaca las comidas locales, como la moqueca de ostras con arroz (un exquisito guisado caldoso) la farofa (una harina local) con almejas, el caldo de pescado, el carpaccio de punpunha, un vegetal parecido al palmito, o los petits fours con physalis, una sofisticada fruta del Amazonas que también se da en esta zona. “Uso ingredientes que la gente usa en sus casas. Me cansé del foie gras y las trufas y los retiré de la carta. En su lugar puse ese carpaccio de punpunha con ostras a la vinagreta de manzana y rúcula”, me dice el chef, que lleva un corte de cabello y gafas modernas.
Salvajoli ha cocinado con el reconocido Alex Atala, del restaurante DOM de São Paulo, y también con el argentino Francis Mallmann, en diferentes festivales gastronómicos organizados por el resort durante el invierno. Además del cardapio da terra hay un menú light y, claro, el menú tradicional, con excelentes pescados, como congrio, robalo, salmón, atún y tainha, un pescado local. También hay muy buena carne de res, cerdo y cordero, la preferida del chef, que compra a un criador de Porto Alegre.
Con esas carnes fuertes, seguramente el sommelier del resort, el argentino Mario Leonardi, aconsejaría un cabernet sauvignon. La cava de Ponta tiene 250 etiquetas, y hay joyas, como el Romanée Conti del 92, que cuesta siete mil dólares, o la champaña Krug. Hay vinos franceses, italianos, españoles, sudafricanos, estadounidenses, argentinos y chilenos. Además de los brasileños, en particular de São Joaquim, en el estado de Santa Catarina, una zona nueva y prometedora del país.
Volviendo al chef y a los cardapios, el menú que más le gusta a Luis Salvajoli es de la isla. Cada noche, con previa reserva y costo aparte, una pareja puede cenar en la ilhota, ese pedazo de tierra mínimo y unido al continente por el trapiche o puente colgante. Es una cena absolutamente privada. Los meseros llevan la comida y desaparecen de cuadro. Los comensales no se extrañan de no ver a nadie y disfrutan del momento romántico. En Ponta, lo raro es cruzarse con turistas.
PASEOS
Bautismo de buceo
Un paseo al Parque Nacional Arvoredo un archipiélago protegido, donde no es posible ingresar, pero sí bucear por sus alrededores, famosos por la transparencia del agua que permite gran visibilidad y la cantidad de fauna marina que se puede ver, desde tortugas y langostas hasta hipocampos.
El paseo dura medio día y cuesta desde 150 dólares. También hay un paseo en barco, de unas tres horas, hasta la isla de Anhatomirim, un antiguo fuerte cercano a Florianópolis.
Cachaçaria Gancheira
Si visita los alrededores no se pierda esta cachaçaria tradicional de Ibo Scherer, un descendiente de alemanes. No sería raro que él mismo guíe el recorrido.
Golf
En Costão do Santinho Resort e Spa, en Florianópolis, hay una cancha de 18 hoyos. Informes: www.costao.com
GUÍA PRÁCTICA
PONTA DOS GANCHOS
EXCLUSIVE RESORT
Rua EupídIo Alves do
Nascimento
Governador Celso Ramos
T. 55 (48) 3262 5000
www.pontadosganchos.com
CÓMO LLEGAR
Para llegar a Ponta dos Ganchos hay que volar a Florianópolis. De allí tomar un transporte hasta Celso Ramos, donde está el resort. Son 50 kilómetros desde el aeropuerto. El transporte privado, de ida y vuelta, cuesta 134 dólares.
BÚNGALOS
Hay varios tipos de búngalos con distintas dimensiones, entre 80 metros cuadrados, el más chico, y 300, el último y más lujoso. Todos tienen pantalla plana Wi-Fi, deck con hamaca y sábanas de algodón egipcio. Los precios también varían entre 600 dólares, la primera opción y dos mil, la segunda. Entre una y otra hay varias posibilidades, que dependen del tipo de búngalo y de la fecha elegida. Los precios incluyen todas las comidas. No incluyen las bebidas alcohólicas ni los masajes relajantes en el spa —donde se utilizan productos Dior (80 dólares el masaje)— ni la cena en la isla privada (250 dólares). La estadía mínima es de dos noches y cuatro en días feriados y fechas especiales.
¿Dónde es aquí? El municipio donde está el exclusivo resort Ponta dos Ganchos, miembro de la cadena Relais & Chateaux, se llama Governador Celso Ramos, pero todos lo conocen como Ganchos y a sus pobladores como gancheiros. En un mapa de la zona se ve claramente la geografía que forma varios ganchos parecidos a los que tenían los piratas en lugar de una mano. Hay otra versión que cuenta que el nombre también podría estar relacionado con los antiguos cazadores de ballenas que tenían su base de operaciones por aquí y usaban ganchos para atrapar a los enormes mamíferos. El tema es que Celso Ramos o Ganchos queda a 45 kilómetros de la isla de Florianópolis, en el estado de Santa Catarina.
La última parte del camino está llena de curvas y el paisaje se vuelve cada vez más tropical. Antes de llegar, cruzo pueblitos de pescadores y veo los últimos niños y los últimos autos. El resort no acepta menores de 18 años. Tampoco acepta autos. Y no es que haya que subir y bajar a pie el morro, donde están los búngalos, una y otra vez. Los que quieran hacer ejercicio lo pueden hacer y verán enormes hibiscos rojos, sotos de bambúes, bromelias y árboles de inspiración selvática. Los que no, verán el mismo escenario pero desde el asiento trasero de los carritos de golf, que van y vienen las 24 horas llevando y trayendo huéspedes por calles pavimentadas de la playa al búngalo, del restaurante a la sala de juegos, de la piscina a la carpa de masajes.
Ponta dos Ganchos fue distinguido en 2007 y 2008 como el “hotel más perfecto de América del Sur” (Most Excellent Hotel in South America) por la prestigiosa guía británica de hoteles Condé Nast Johansens. También ha figurado en las listas de lo sitios más románticos del mundo. La exclusividad de este lugar tiene un eje central: la escasez. Comida no falta, claro. Ni sillas de playa. Ni sábanas que, a propósito, son de suave algodón egipcio de 600 hilos. Me refiero a la escasez de búngalos. Con los últimos cinco que se inauguraron en diciembre suman 25 en una superficie de 80 mil metros cuadrados. Y no habrá más, eso aseguran los dueños, un uruguayo y un inglés, que al parecer han decidido que su único emprendimiento hotelero —abierto en 2001— conserve la exclusividad.
Aun con el hotel en su máxima capacidad, los 50 huéspedes se cruzan muy poco. No hay horarios fijos para nada. Se puede tomar el desayuno, almorzar y cenar cuando a uno se le ocurra. Un detalle gastronómico importante: aquí no existe el servicio de buffet. Nada de almuerzos recalentados ni cenas tibias. Cuando a uno se le ocurra almorzar, ahí le prepararán su atún a la parrilla. O su pulpo al horno con papas.
Una vez me crucé con una pareja de treinta y tantos años. “Cuando tienes hijos, es necesario escaparse”, me dijo ella, una arquitecta de Río de Janeiro, y después me contó que había decidido pasar su segunda luna de miel aquí. No me crucé con ellos en el sauna porque la mayo-ría de los búngalos tiene sauna y jacuzzi privados. Tampoco en el fitness center ni en la isla ni en el Cantinho da Veleza, un mirador con tumbonas dobles para descansar, donde los sábados en la noche hay parrillada de mariscos. Nos cruzamos un día de lluvia, en la entrada del home theatre, un cine con pantalla grande, sillones extra cómodos —hay palomitas de maíz para el que quiera— y una variada selección de películas.
Los últimos cinco búngalos están dirigidos a los clientes de superlujo, gerentes de grandes empresas de la región y un gran porcentaje de turistas europeos. Primero los vi desde la terraza de otro búngalo, en la parte más alta del morro: había una hilera de cinco casas grandes con el techo de césped recién regado, como un green de golf. Se utiliza esta idea básicamente para no arruinar la vista del huésped que ocupe el búngalo donde estoy ahora. “Normalmente vería un techo de tejas o de cemento. De esta forma tiene enfrente una extensión verde y más allá el mar. No desentona con el entorno”, me cuenta Bruno Orlando, el recepcionista quien, como muchos pobladores del sur de Brasil que descienden de alemanes, es rubio y de ojos claros.
Cuatro de los últimos cinco búngalos nuevos tienen 230 metros cuadrados y uno de ellos 300. Más del doble que la mayoría de los departamentos donde vive una pareja en la mayoría de las ciudades del mundo. Tiene sala con chimenea, una cama de dos metros, terraza con deck de madera, piscina propia —además del sauna y el jacuzzi— y hasta un gimnasio privado con vista al mar en otro piso.
Desde la mayoría de los búngalos y sus terrazas se ve el mar, que por esta región de Brasil es de color esmeralda y de ánimo tranquilo. Al menos en la zona del hotel. Esta península forma varias bahías preferidas por los camarones. Por eso los pequeños barcos camaroneros parten temprano a la pesca. Pero lo más curioso y que también puede verse en las distintas bahías y desde muchos búngalos, es un cuadrado en el mar, con 10 o 15 líneas de boyas. Debajo de las boyas hay cultivos de ostras y ostiones; que junto con el trabajo en el resort, conforman la base de la economía local. La pesca se vende en los pueblos del municipio y el hotel compra una buena parte. La cocina de mar es un aspecto fundamental de la elección gastronómica de Ponta Dos Ganchos.
El chef Luis Salvajoli, el mismo que se pronunció en contra de la comida buffet, está en una cruzada personal, que también es una tendencia mundial, para promover los productos autóctonos. Lo hace mediante el cardapio da terra o menú de la tierra, que cada noche se presenta como una elección, y destaca las comidas locales, como la moqueca de ostras con arroz (un exquisito guisado caldoso) la farofa (una harina local) con almejas, el caldo de pescado, el carpaccio de punpunha, un vegetal parecido al palmito, o los petits fours con physalis, una sofisticada fruta del Amazonas que también se da en esta zona. “Uso ingredientes que la gente usa en sus casas. Me cansé del foie gras y las trufas y los retiré de la carta. En su lugar puse ese carpaccio de punpunha con ostras a la vinagreta de manzana y rúcula”, me dice el chef, que lleva un corte de cabello y gafas modernas.
Salvajoli ha cocinado con el reconocido Alex Atala, del restaurante DOM de São Paulo, y también con el argentino Francis Mallmann, en diferentes festivales gastronómicos organizados por el resort durante el invierno. Además del cardapio da terra hay un menú light y, claro, el menú tradicional, con excelentes pescados, como congrio, robalo, salmón, atún y tainha, un pescado local. También hay muy buena carne de res, cerdo y cordero, la preferida del chef, que compra a un criador de Porto Alegre.
Con esas carnes fuertes, seguramente el sommelier del resort, el argentino Mario Leonardi, aconsejaría un cabernet sauvignon. La cava de Ponta tiene 250 etiquetas, y hay joyas, como el Romanée Conti del 92, que cuesta siete mil dólares, o la champaña Krug. Hay vinos franceses, italianos, españoles, sudafricanos, estadounidenses, argentinos y chilenos. Además de los brasileños, en particular de São Joaquim, en el estado de Santa Catarina, una zona nueva y prometedora del país.
Volviendo al chef y a los cardapios, el menú que más le gusta a Luis Salvajoli es de la isla. Cada noche, con previa reserva y costo aparte, una pareja puede cenar en la ilhota, ese pedazo de tierra mínimo y unido al continente por el trapiche o puente colgante. Es una cena absolutamente privada. Los meseros llevan la comida y desaparecen de cuadro. Los comensales no se extrañan de no ver a nadie y disfrutan del momento romántico. En Ponta, lo raro es cruzarse con turistas.
PASEOS
Bautismo de buceo
Un paseo al Parque Nacional Arvoredo un archipiélago protegido, donde no es posible ingresar, pero sí bucear por sus alrededores, famosos por la transparencia del agua que permite gran visibilidad y la cantidad de fauna marina que se puede ver, desde tortugas y langostas hasta hipocampos.
El paseo dura medio día y cuesta desde 150 dólares. También hay un paseo en barco, de unas tres horas, hasta la isla de Anhatomirim, un antiguo fuerte cercano a Florianópolis.
Cachaçaria Gancheira
Si visita los alrededores no se pierda esta cachaçaria tradicional de Ibo Scherer, un descendiente de alemanes. No sería raro que él mismo guíe el recorrido.
Golf
En Costão do Santinho Resort e Spa, en Florianópolis, hay una cancha de 18 hoyos. Informes: www.costao.com
GUÍA PRÁCTICA
PONTA DOS GANCHOS
EXCLUSIVE RESORT
Rua EupídIo Alves do
Nascimento
Governador Celso Ramos
T. 55 (48) 3262 5000
www.pontadosganchos.com
CÓMO LLEGAR
Para llegar a Ponta dos Ganchos hay que volar a Florianópolis. De allí tomar un transporte hasta Celso Ramos, donde está el resort. Son 50 kilómetros desde el aeropuerto. El transporte privado, de ida y vuelta, cuesta 134 dólares.
BÚNGALOS
Hay varios tipos de búngalos con distintas dimensiones, entre 80 metros cuadrados, el más chico, y 300, el último y más lujoso. Todos tienen pantalla plana Wi-Fi, deck con hamaca y sábanas de algodón egipcio. Los precios también varían entre 600 dólares, la primera opción y dos mil, la segunda. Entre una y otra hay varias posibilidades, que dependen del tipo de búngalo y de la fecha elegida. Los precios incluyen todas las comidas. No incluyen las bebidas alcohólicas ni los masajes relajantes en el spa —donde se utilizan productos Dior (80 dólares el masaje)— ni la cena en la isla privada (250 dólares). La estadía mínima es de dos noches y cuatro en días feriados y fechas especiales.
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