San José Cholul: una hacienda para quedarse
Ya que no es posible saber bien a bien cómo vivían los antiguos mayas —los únicos que podían habernos contado eran los recién llegados españoles que entendían poco y se preocupaban más poco por transmitirlo— conviene conocer Yucatán como hacendado, con todos los lujos que se prodigaban a estos poderosos terratenientes, al mejor estilo de San José Cholul.
Al caer la tarde, cruzamos el arco emblemático de San José Cholul —la puerta que distingue la entrada al casco de la hacienda y que aún se conserva—, y lo que más llamó mi atención fue el intenso aroma a huele de noche y las sombras gigantescas de los árboles.
Las tierras de esta hacienda, fundada desde el siglo XVI, fueron parte de las encomiendas coloniales de Tixkokob y Cacalchén, que hoy son los poblados vecinos. La construcción de su casco tal y como lo conocemos ahora se remonta al siglo XVIII, lo mismo que su nombre, que provino del santo patrono del lugar y de la palabra maya cholul, que designa a un árbol y también a los asentamientos de los mayas antiguos. En esos tiempos se producía maíz, fruta, miel, ganado y caña, y para 1865 se sumó al auge del “oro verde” al convertirse en una hacienda henequenera, para decaer, junto con la producción de la fibra, alrededor de 1960.
En la década de los noventa se inició su remodelación, que se apegó al estilo original. Funcionó primero como restaurante y, en 1998, como hotel. Si bien desde 2001 su servicio tiene el sello y los detalles de The Luxury Collection, lo mismo que las otras cuatro haciendas que administra Starwood Hotels and Resorts en Yucatán y Campeche, el encanto particular de San José Cholul reside en sus jardines, frondosos y cuidados, que le dan un carácter íntimo muy especial.
GASTRONOMÍA DE HACIENDA
El primer detalle entre muchos lo recibimos al registrarnos: un vaso de agua de limón mezclada con jamaica y un toque de hierbabuena, refrescante y de muy buen sabor. Camino a las habitaciones el asombro fue mayor: espacios muy amplios y techos de cinco metros de alto; cama impecable adornada con buganvilias; muebles de madera; paredes y pisos de colores en el estilo original; todo bajo una luz tenue y relajante. Sobre la mesa, una nota de bienvenida y un molcajete miniatura de regalo, un platón de frutas y más flores, entre las que había aves del paraíso y la pequeña flor de mayo, muy aromática. Una acogida de otro tiempo que invitaba a no salir ya de la habitación, salvo porque teníamos hambre.
El principio de una sesión de descubrimiento de sabores llegó con la crema de frijol al aguacate, vertida sobre un plato que más bien parecía un lienzo, con figuras formadas por una cucharada de crema, cuadritos de queso panela, hojas de berro, rebanadas de aguacate y bolitas de maíz que explotaban en la boca al comerlas. La carne de res al achiote acompañada de verduras locales, como calabacitas yucatecas y de jícama, que ahí es pequeña y muy blanca, resultó impecable. De beber, aguas frescas o a elegir entre alguno de los vinos de una lista que incluía varios del Valle de Guadalupe, Baja California, así como botellas europeas y sudamericanas.
El restaurante se ubica en una alargada y ventilada galería con arcos que ven al jardín. Esa noche la cena transcurrió entre platillos novedosos, muebles antiguos y el frescor del pórtico. El chef es el poblano Christian Bravo, con experiencia internacional y enamorado de la cocina yucateca, misma que reinventa y fusiona, dándole un carácter contemporáneo y refinado —más del que ya tiene de por sí la tradición peninsular, esa mezcla de lo maya con la Colonia e influencia de otros países.
En la carta, no muy extensa, cada platillo se antoja suculento. Además de los sabores yucatecos con sus distintivos recados rojo, amarillo o negro, cítricos, el chile habanero y el xcatic, y hierbas como la chaya o la hoja santa, que sazonan los alimentos que se ofrecen, incluye también algunos menos locales, pero igualmente bien preparados, como pasta con tomate y albahaca o salmón al grill con salsa de jengibre.
Y los desayunos son espectaculares. Sobresalen los clásicos huevos motuleños, originarios de la cercana ciudad de Motul —con jamón, tortilla, chícharos, salsa de jitomate y el queso holandés rallado que llevan tantos platillos yucatecos—, además de pan fresco y mermeladas del día: la de plátano fue una novedad. Pero lo que los hace aún más especiales son las quesadillas preparadas al momento. Cada mañana, bajo una palapa ubicada al lado del comedor, Leidi prende un fogón de tres piedras —a la usanza maya— y a mano hace tortillas con masa del día, quesadillas o los huevos Tumbe-hé (en camisa), que se cuecen dentro de una pequeña tortilla inflada y se sirven bañados en salsa de jitomate y salpicados de queso rallado: una labor artesanal.
PASEO VERDE
Bien tempranito, después de un jugo de naranja que fue el mejor despertador posible antes de ese exquisito desayuno, caminar por los jardines de San José era lo deseaba desde la noche anterior.
De día se distinguen en el horizonte la alargada chimenea de la procesadora del henequén, ya en desuso, y las distintas alas de la hacienda, con sus 15 habitaciones que en su momento alojaron, por ejemplo, al capataz, o a los antiguos dueños de la propiedad en lo que hoy es la Casa del Patrón o suite presidencial, además de las tres suites mayas, más íntimas y privadas y con el diseño de las casas tradicionales de las zonas rurales. Todo está enmarcado por las tonalidades verdes de la vegetación —pasto, palmas, hojas elegantes— y el colorido de buganvilias, aves del paraíso y las flores blancas llamadas mariposas.
A cada paso, uno se topa con árboles centenarios y son tantos, y tanto se valoran, que hasta dentro de una habitación decidieron dejar una ceiba. Está, por ejemplo, el gran laurel cerca del antiguo pozo, con sus enormes y visibles raíces, donde se acostumbran hacer las cenas románticas; los árboles conocidos como pich, grandes y con vainas redondas; o el corredor flanqueado por altas y espigadas palmeras que hace sentir a quien lo recorre como en un palacio, y que conduce a una plaza abierta, el lugar perfecto para descansar, con macetas, palapas, tumbonas y hamacas. Atrás está la piscina, ésa que tiene una enramada sobre el agua de donde cuelga una hamaca y cuya imagen, además de conocida, es una invitación permanente a la relajación. Y en algunos espacios del jardín, las emblemáticas plantas del henequén y objetos de época, como carros para transportarlo o peinadoras industriales de la fibra, le dan sentido histórico al hotel hacienda.
Un grupo de cabañas al estilo maya apenas se distingue entre la vegetación. Es el spa, dirigido por el experto Reto J. Kade, quien con gran entusiasmo capacita a las mujeres de los poblados vecinos en técnicas de masaje y tratamientos, aprovechando al mismo tiempo la tradición de los sobadores mayas. Él nos dice que los productos que se aplican están hechos con hierbas locales y recomienda el paquete Hol Bé (“camino abierto”), que da nombre al spa: 125 minutos que incluyen masaje de pies, exfoliación con miel y plantas, y el masaje relajante del final.
Además está la acogedora biblioteca, donde pueden consultarse los planos del lugar, libros sobre la historia del estado o del arte maya, o el clásico Viaje a Yucatán 1841–1842, de John Stephens, que relata el viaje de los dos aventureros que presentaron al mundo la península de Yucatán del siglo XIX en un relato ameno y con los dibujos de Catherwood que aún fascinan. Al lado, la capilla, con frescos auténticos del siglo XIX y su decoración sencilla, es también un espacio para disfrutar.
VELAS, ESTRELLAS Y CARPACCIO DE VENADO
Por la tarde nos topamos con un camino de velas. Intentamos seguirlo, pero con toda amabilidad nos impidieron el paso y nos informaron que se trataba de los preparativos para una cena romántica. Aun así corrimos con suerte, pues una hora antes de que llegara la pareja en cuestión, el amable gerente del hotel, un joven belga que disfruta su trabajo y vivir en México, nos permitió seguir el camino de las velas encendidas y admirar la palapa bar, iluminada con la luz tenue y cálida de las candelas. Él nos dijo que después de un tratamiento en el spa, la chica llegaría a la cena cuyo menú —distinto al del restaurante— incluía platillos como carpaccio de venado, pato con salsa de lima o filete de res con salsa de tequila.
La velada romántica concluiría en la suite maya, también iluminada por velas y adornada con flores, preparada con champaña bien helada al lado de la alberca privada, donde flotaban ya buganvilias de varios colores. En algún momento, él le ofrecería el anillo de compromiso.
Para nosotros y el resto de los huéspedes esa noche también hubo sorpresas, menos privadas pero igualmente encantadoras.
Una fogata nos esperaba al lado de los arcos del comedor, perfecta para tomar un aperitivo antes de la cena pues, aunque cueste trabajo creerlo, en los meses de invierno en Yucatán las noches son frescas y el calor del fuego permite pasársela muy bien al aire libre. La luz difusa y en movimiento de las llamas hacía que ese jardín extraordinario pareciera aún más misterioso, otra razón, una más, para querer permanecer ahí.
Hospedarse en la hacienda de San José Cholul da para varios días de placer, calma y fascinación. Pero en algún momento hay que salir a conocer el apasionante mundo maya de los alrededores. Para eso, se necesita fuerza de voluntad. Y, por fortuna, también muchos días más.
CÓMO LLEGAR
La hacienda está a 51 kilómetros (35 minutos) de Mérida. Hay que tomar la carretera que se dirige a Campeche y a Chetumal, salir hacia Cancún-Motul y después en la carretera que va a Tixkokob-Tekantó. Después de Tixkokob, se pasa por Euán y en el kilómetro 50 está la indicación de la entrada a San José Cholul. El mapa es fácil de seguir, aunque también hay transporte desde el aeropuerto.
LOS ALREDEDORES
En el hotel se puede solicitar información sobre excursiones a los alrededores, picnics, paseos en las bicicletas o caballos de la hacienda. Cerca de San José Cholul hay muchos lugares para visitar, sumergirse en la historia yucateca y comprar artesanías:
• El pequeño y poco conocido sitio arqueológico de Aké, caracterizado por el camino blanco o sacbé que conducía a Izamal y por el Templo de las Pilastras, da una idea de cómo la península está salpicada de encantadores sitios de la antigua cultura maya. Ahí también hay una hacienda henequenera.
• Camino obligado para llegar o salir de la hacienda es Tixkokob, famoso por las hamacas y por haber sido parte original de los antiguos terrenos de la hacienda, junto con el poblado de Cacalché.
• Para quien extrañe el barullo citadino, a 50 minutos está Mérida.
• Rumbo al este se ubica la más tranquila ciudad de Izamal, con sus casas y construcciones del siglo XVI, pintadas de amarillo, y su propio sitio arqueológico.
SAN JOSÉ CHOLUL
Carretera Tixkokob-Tekanto km 30
Tixkokob, Yucatán
T. (999) 924 1333 / 924 1534
Habitaciones en ocupación doble desde 385 dólares.
Las tierras de esta hacienda, fundada desde el siglo XVI, fueron parte de las encomiendas coloniales de Tixkokob y Cacalchén, que hoy son los poblados vecinos. La construcción de su casco tal y como lo conocemos ahora se remonta al siglo XVIII, lo mismo que su nombre, que provino del santo patrono del lugar y de la palabra maya cholul, que designa a un árbol y también a los asentamientos de los mayas antiguos. En esos tiempos se producía maíz, fruta, miel, ganado y caña, y para 1865 se sumó al auge del “oro verde” al convertirse en una hacienda henequenera, para decaer, junto con la producción de la fibra, alrededor de 1960.
En la década de los noventa se inició su remodelación, que se apegó al estilo original. Funcionó primero como restaurante y, en 1998, como hotel. Si bien desde 2001 su servicio tiene el sello y los detalles de The Luxury Collection, lo mismo que las otras cuatro haciendas que administra Starwood Hotels and Resorts en Yucatán y Campeche, el encanto particular de San José Cholul reside en sus jardines, frondosos y cuidados, que le dan un carácter íntimo muy especial.
GASTRONOMÍA DE HACIENDA
El primer detalle entre muchos lo recibimos al registrarnos: un vaso de agua de limón mezclada con jamaica y un toque de hierbabuena, refrescante y de muy buen sabor. Camino a las habitaciones el asombro fue mayor: espacios muy amplios y techos de cinco metros de alto; cama impecable adornada con buganvilias; muebles de madera; paredes y pisos de colores en el estilo original; todo bajo una luz tenue y relajante. Sobre la mesa, una nota de bienvenida y un molcajete miniatura de regalo, un platón de frutas y más flores, entre las que había aves del paraíso y la pequeña flor de mayo, muy aromática. Una acogida de otro tiempo que invitaba a no salir ya de la habitación, salvo porque teníamos hambre.
El principio de una sesión de descubrimiento de sabores llegó con la crema de frijol al aguacate, vertida sobre un plato que más bien parecía un lienzo, con figuras formadas por una cucharada de crema, cuadritos de queso panela, hojas de berro, rebanadas de aguacate y bolitas de maíz que explotaban en la boca al comerlas. La carne de res al achiote acompañada de verduras locales, como calabacitas yucatecas y de jícama, que ahí es pequeña y muy blanca, resultó impecable. De beber, aguas frescas o a elegir entre alguno de los vinos de una lista que incluía varios del Valle de Guadalupe, Baja California, así como botellas europeas y sudamericanas.
El restaurante se ubica en una alargada y ventilada galería con arcos que ven al jardín. Esa noche la cena transcurrió entre platillos novedosos, muebles antiguos y el frescor del pórtico. El chef es el poblano Christian Bravo, con experiencia internacional y enamorado de la cocina yucateca, misma que reinventa y fusiona, dándole un carácter contemporáneo y refinado —más del que ya tiene de por sí la tradición peninsular, esa mezcla de lo maya con la Colonia e influencia de otros países.
En la carta, no muy extensa, cada platillo se antoja suculento. Además de los sabores yucatecos con sus distintivos recados rojo, amarillo o negro, cítricos, el chile habanero y el xcatic, y hierbas como la chaya o la hoja santa, que sazonan los alimentos que se ofrecen, incluye también algunos menos locales, pero igualmente bien preparados, como pasta con tomate y albahaca o salmón al grill con salsa de jengibre.
Y los desayunos son espectaculares. Sobresalen los clásicos huevos motuleños, originarios de la cercana ciudad de Motul —con jamón, tortilla, chícharos, salsa de jitomate y el queso holandés rallado que llevan tantos platillos yucatecos—, además de pan fresco y mermeladas del día: la de plátano fue una novedad. Pero lo que los hace aún más especiales son las quesadillas preparadas al momento. Cada mañana, bajo una palapa ubicada al lado del comedor, Leidi prende un fogón de tres piedras —a la usanza maya— y a mano hace tortillas con masa del día, quesadillas o los huevos Tumbe-hé (en camisa), que se cuecen dentro de una pequeña tortilla inflada y se sirven bañados en salsa de jitomate y salpicados de queso rallado: una labor artesanal.
PASEO VERDE
Bien tempranito, después de un jugo de naranja que fue el mejor despertador posible antes de ese exquisito desayuno, caminar por los jardines de San José era lo deseaba desde la noche anterior.
De día se distinguen en el horizonte la alargada chimenea de la procesadora del henequén, ya en desuso, y las distintas alas de la hacienda, con sus 15 habitaciones que en su momento alojaron, por ejemplo, al capataz, o a los antiguos dueños de la propiedad en lo que hoy es la Casa del Patrón o suite presidencial, además de las tres suites mayas, más íntimas y privadas y con el diseño de las casas tradicionales de las zonas rurales. Todo está enmarcado por las tonalidades verdes de la vegetación —pasto, palmas, hojas elegantes— y el colorido de buganvilias, aves del paraíso y las flores blancas llamadas mariposas.
A cada paso, uno se topa con árboles centenarios y son tantos, y tanto se valoran, que hasta dentro de una habitación decidieron dejar una ceiba. Está, por ejemplo, el gran laurel cerca del antiguo pozo, con sus enormes y visibles raíces, donde se acostumbran hacer las cenas románticas; los árboles conocidos como pich, grandes y con vainas redondas; o el corredor flanqueado por altas y espigadas palmeras que hace sentir a quien lo recorre como en un palacio, y que conduce a una plaza abierta, el lugar perfecto para descansar, con macetas, palapas, tumbonas y hamacas. Atrás está la piscina, ésa que tiene una enramada sobre el agua de donde cuelga una hamaca y cuya imagen, además de conocida, es una invitación permanente a la relajación. Y en algunos espacios del jardín, las emblemáticas plantas del henequén y objetos de época, como carros para transportarlo o peinadoras industriales de la fibra, le dan sentido histórico al hotel hacienda.
Un grupo de cabañas al estilo maya apenas se distingue entre la vegetación. Es el spa, dirigido por el experto Reto J. Kade, quien con gran entusiasmo capacita a las mujeres de los poblados vecinos en técnicas de masaje y tratamientos, aprovechando al mismo tiempo la tradición de los sobadores mayas. Él nos dice que los productos que se aplican están hechos con hierbas locales y recomienda el paquete Hol Bé (“camino abierto”), que da nombre al spa: 125 minutos que incluyen masaje de pies, exfoliación con miel y plantas, y el masaje relajante del final.
Además está la acogedora biblioteca, donde pueden consultarse los planos del lugar, libros sobre la historia del estado o del arte maya, o el clásico Viaje a Yucatán 1841–1842, de John Stephens, que relata el viaje de los dos aventureros que presentaron al mundo la península de Yucatán del siglo XIX en un relato ameno y con los dibujos de Catherwood que aún fascinan. Al lado, la capilla, con frescos auténticos del siglo XIX y su decoración sencilla, es también un espacio para disfrutar.
VELAS, ESTRELLAS Y CARPACCIO DE VENADO
Por la tarde nos topamos con un camino de velas. Intentamos seguirlo, pero con toda amabilidad nos impidieron el paso y nos informaron que se trataba de los preparativos para una cena romántica. Aun así corrimos con suerte, pues una hora antes de que llegara la pareja en cuestión, el amable gerente del hotel, un joven belga que disfruta su trabajo y vivir en México, nos permitió seguir el camino de las velas encendidas y admirar la palapa bar, iluminada con la luz tenue y cálida de las candelas. Él nos dijo que después de un tratamiento en el spa, la chica llegaría a la cena cuyo menú —distinto al del restaurante— incluía platillos como carpaccio de venado, pato con salsa de lima o filete de res con salsa de tequila.
La velada romántica concluiría en la suite maya, también iluminada por velas y adornada con flores, preparada con champaña bien helada al lado de la alberca privada, donde flotaban ya buganvilias de varios colores. En algún momento, él le ofrecería el anillo de compromiso.
Para nosotros y el resto de los huéspedes esa noche también hubo sorpresas, menos privadas pero igualmente encantadoras.
Una fogata nos esperaba al lado de los arcos del comedor, perfecta para tomar un aperitivo antes de la cena pues, aunque cueste trabajo creerlo, en los meses de invierno en Yucatán las noches son frescas y el calor del fuego permite pasársela muy bien al aire libre. La luz difusa y en movimiento de las llamas hacía que ese jardín extraordinario pareciera aún más misterioso, otra razón, una más, para querer permanecer ahí.
Hospedarse en la hacienda de San José Cholul da para varios días de placer, calma y fascinación. Pero en algún momento hay que salir a conocer el apasionante mundo maya de los alrededores. Para eso, se necesita fuerza de voluntad. Y, por fortuna, también muchos días más.
CÓMO LLEGAR
La hacienda está a 51 kilómetros (35 minutos) de Mérida. Hay que tomar la carretera que se dirige a Campeche y a Chetumal, salir hacia Cancún-Motul y después en la carretera que va a Tixkokob-Tekantó. Después de Tixkokob, se pasa por Euán y en el kilómetro 50 está la indicación de la entrada a San José Cholul. El mapa es fácil de seguir, aunque también hay transporte desde el aeropuerto.
LOS ALREDEDORES
En el hotel se puede solicitar información sobre excursiones a los alrededores, picnics, paseos en las bicicletas o caballos de la hacienda. Cerca de San José Cholul hay muchos lugares para visitar, sumergirse en la historia yucateca y comprar artesanías:
• El pequeño y poco conocido sitio arqueológico de Aké, caracterizado por el camino blanco o sacbé que conducía a Izamal y por el Templo de las Pilastras, da una idea de cómo la península está salpicada de encantadores sitios de la antigua cultura maya. Ahí también hay una hacienda henequenera.
• Camino obligado para llegar o salir de la hacienda es Tixkokob, famoso por las hamacas y por haber sido parte original de los antiguos terrenos de la hacienda, junto con el poblado de Cacalché.
• Para quien extrañe el barullo citadino, a 50 minutos está Mérida.
• Rumbo al este se ubica la más tranquila ciudad de Izamal, con sus casas y construcciones del siglo XVI, pintadas de amarillo, y su propio sitio arqueológico.
SAN JOSÉ CHOLUL
Carretera Tixkokob-Tekanto km 30
Tixkokob, Yucatán
T. (999) 924 1333 / 924 1534
Habitaciones en ocupación doble desde 385 dólares.
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