Otro centro
Para 80% de los habitantes de la Ciudad de México, el centro quiere decir (todavía) un circuito que va del Zócalo a Bellas Artes. Más que un circuito, un encierro, una forma del cautiverio. El resto, el gigantesco resto estaba tomado por la gangrena —del olvido, de la abyección, de la usurpación de las calles por los vendedores ambulantes, que las atascaban hasta la necrosis.
Pero algo sensacional está pasando ahí. Los actores, cómplices y testigos con los que hablé y caminé, me dijeron que “hay un nuevo Centro-Histórico-de-siempre”, que el Centro “se está reinventando”, que se está descorriendo un velo que descubre a un gran desconocido, y este desconocido es la parte más rancia y venerable de México.
Lo que antes era un tormento —transitar por calles atiborradas de puestos— ahora es la emocionante perspectiva de un paseo despejado, sembrado de adquisiciones visuales, comerciales, comestibles. Como siempre, los hallazgos que nos depara el Centro Histórico cubren toda la gama del espectro psicológico: poéticos, conmovedores, portentosos y desgarradores.





























