Cartagena con calma, o a ritmo de cumbia
Primero vino la guerra y después el amor. Primero fueron las balas que los besos. Los libros de historia lo confirman: Cartagena antes que ciudad, fue fortaleza. Contenía a los piratas y a las tropas invasoras, defendía los intereses del reino español y fustigaba las malas intenciones de sus adversarios. Las murallas la hicieron fuerte y, con el tiempo, romántica, deslumbrante. Una pieza de filigrana en tiempos de paz.
Caminar sobre la muralla es sumergirse en la perspectiva de los cañoneros de otros tiempos. Al frente se ven el mar, el horizonte y los atardeceres color naranja. A espaldas se abren camino las calles de adoquín que conducen al centro. El sonido que surge entre el paso de los caballos y el suelo, impreso en el ambiente desde tiempos inmemoriales, se combina con el de la brisa que se filtra entre las angostas calles, formadas por grandes mansiones con sus balcones, geranios e historias.
Cuentan las leyendas populares que la llamada Calle Mantilla fue el escenario del amor y la desgracia para una pareja. Se amaron y caminaron por el centro, visitaron las plazas de Santo Domingo y de Bolívar, anduvieron en carrozas y se besaron. Cuando la boda estaba lista, él, el novio, se fue sin dar aviso y sin decir adiós. Ella, María Encarnación, tomó el velo de seda de su vestido y se ahorcó.
El mismo adoquín por el que transitan hoy cientos de parejas al año es el que le ha dado el toque mágico a la ciudad, un sello estético que obliga, dicen los viajeros, a recordar Andalucía, en España. No obstante, fuera de sus confines coloniales, Cartagena atesora todos los atractivos que aparecen en la mente cuando se escucha la palabra Caribe.





























