Polinesia Francesa ¿habrá quien no sucumba?
Es el sueño más soñado. El lugar donde todas las parejas del mundo desean ir. El rincón más escondido del Océano Pacífico, con lagunas color turquesa, resorts de lujo y espectaculares puestas de sol. Sin embargo no fue (sólo) eso lo que me enamoró perdidamente de Tahití y de las demás Islas de la Sociedad, en la Polinesia Francesa. Por el contrario, antes de salir rumbo a Papeete, la idea de tan impecable perfección me había puesto a sospechar. Tal vez sea una paradójica forma de esnobismo, pero a la sublime previsibilidad del Paraíso a menudo prefiero la atractiva y sorprendente complejidad del Infierno (siempre y cuando me regale vistas inolvidables). Pues bien, esta vez tuve que cambiar de opinión, ya que en este sitio, todavía más perfecto de lo que me habían contado, late un alma verdadera e imprevisible: la cultura, la gastronomía, las montañas y la gente que vive en estas islas me conquistaron tanto como sus románticas cabañas sobre el agua más transparente y todos los colores del cielo al atardecer.
TAHITÍ PARA MÁS DE UNA NOCHE
Con sólo pronunciar el nombre de esta isla, la gente suele invocar la exótica escapada del pintor Paul Gauguin, las hermosas mujeres adornadas de flores que inspiraron sus telas, el sonido agudo del ukelele. Pero, ¿por qué, entonces, casi todos los viajeros que llegan a la capital de la Polinesia Francesa, Papeete, sólo le dedican una noche en espera de salir rápido hacia las demás islas? Si bien en el archipiélago de la Sociedad hay islas más románticas y lagunas más impresionantes que visitar, sólo en Tahití, y en ningún otro lugar, se encuentra una mezcla cultural tan original. Están presentes la antigua cultura polinesia, la fuerte influencia francesa (aunque hoy ya no se llame “colonia”, sino “país de ultramar” con cierta autonomía, los franceses dominan estas islas desde el siglo XIX) y también tiene un toque del Extremo Oriente.
Me di cuenta de esta curiosa diversidad cultural la primera noche que pasé en la ciudad: en busca de un lugar donde cenar, di con una plaza frente al puerto adonde llegan los cruceros de lujo. Desde las seis de la tarde este espacio se anima de gente local, sobre todo familias, atraídas por las caravanas-restaurantes que cada noche a esa hora sacan sus mesas y sillas de plástico de colores y ofrecen platillos de lo más variados: el típicamente tahitiano poisson cru, pescado crudo condimentado con leche de coco; las crepas francesas, saladas y dulces; los ricos tallarines chinos, la pizza, el asado con papas fritas... Tal vez no sea la opción más elegante de la ciudad, pero se come riquísimo frente al mar, por menos de 15 dólares (1 200 francos polinesios).
Eso pasa en la noche, pero durante el día también hay lugares especiales que vale la pena visitar. Como el marché de Papeete. En este mercado cubierto no sólo hay puestos de fruta, verdura, carne y pescado. Desde las cuatro de la mañana hasta las cinco de la tarde hierve de gente, colores y aromas: polinesios de las islas y de los atolones que llegan aquí para vender sus alimentos, tejidos y artesanías; chicas que ensartan flores de colores en collares con los cuales las mujeres se atavían (¡no se trata de una tontería para turistas!), “mamás” fornidas y sonrientes que ofrecen botellas de precioso aceite monoï y vendedores de baratos collares de perlas negras tahitianas (¡cuidado con las trampas! Más vale dirigirse directamente a la tienda del primer piso).





























