Los cabos sueltos de Baja Sur
Antes de comenzar, el respetable lector debe conocer una confesión de mi parte: no sé nadar. Quizá sea una irresponsabilidad decirlo, y escribirlo en una revista de viajes. Prometo tomar cartas en el asunto, pero debía dejar claro mi miedo al mar, irracional y paralizante, y cómo fue aminorando durante todo este viaje, en especial aquel día que zarpé a conocer a las ballenas.
Los Cabos no es Baja. O no completamente. A lo largo de 1 280 kilómetros de península, hay espacio para mucho más. En Baja California Sur, el estado donde se unen el Océano Pacífico y el Mar de Cortés, se levantan sierras altas con misiones centenarias, y hay pueblos denominados mágicos y ciudades sonrientes. Al punto que uno llega a preguntarse si no serán éstas las razones ocultas por las cuales las ballenas grises, azules y jorobadas, llegan todos los inviernos desde hace siglos hasta aquí.
Yo quise conocerlas. Obviar el destino turístico estrella del estado y apuntar hacia la aventura. Tal deseo me llevó por caminos de terracería, islas vírgenes y pueblos fantasmas. Y al mar abierto.
Al mar picado, con las olas que me hacen sujetarme al asiento de la barca con todas mis fuerzas. Donde las crestas se confunden con alguna posible joroba que nos anuncie un salto cetáceo espectacular. Pero por el momento, no pasa nada. Esperemos unos minutos —y párrafos— más.




























