Tras ir a bailar a Chalma

Al Santo Señor de Chalma yo le pido con el alma…” y después no supe qué decir. Tanto había leído del destino y sus leyendas, tantas veces había intentado emprender mi “chalmeada” sin conseguirlo y tan insignificantes parecían ahora mis plegarias que cuando al fin me topé de frente con la efigie prodigiosa no tenía más qué pedir. “Salud, felicidad, dinero, amor, que se publique este artículo por favor”, atiné a balbucear antes de que la multitud expectante me despojara del éxtasis. Si usted apreciable lector tiene a bien recibir este conglomerado de letras, el milagro está hecho. Al salir mis oídos zumbaban y me recosté a descansar junto al río, como se acostumbra después del largo camino hasta esta mística y concurrida locación en el municipio de Malinalco, Estado de México. Junto a mí, la madre de una familia de Xochimilco repartía tlacoyos a diestra y siniestra con tal euforia que hasta a mí me tocaron un par. Salsa, pulque, ropa secándose al sol y todo el folclor religioso de México se mostraba pleno aquel domingo primaveral. Domingo es el día de las mandas, el día en que se concentra la mayor cantidad de peregrinos, pero al Santuario de Chalma se le destinan todos los días. Asisten a diario hombres y mujeres sedientos de consuelo. Niños desvelados con los zapatos arruinados por los racimos agrestes de cardos y aceitillas (o acahual, Bidens pilosa), polvorientos de tanto andar por el cerro. Sin embargo el hecho de saberse ahí remienda cualquier pena. Chalma es un paisaje para el cuerpo y el alma, con montañas aserradas donde el atardecer y los devotos se cobijan después de una larga romería. Pan por tortilla La historia de Chalma y sus “chalmeadas” —peregrinaciones— es igual a la de cualquier otro destino sagrado en el mundo: la verdad se vuelve leyenda con la bruma del tiempo y obedece a quien la cuenta. Lo que sí es un hecho es que el santuario de Chalma es equiparable en número de visitantes, fervor y complejidad de las peregrinaciones con la Basílica de Guadalupe en el Tepeyac. La leyenda dice que en 1537 los frailes agustinos Sebastián de Tolentino y Nicolás Perea evangelizaron las regiones de Malinalco y Ocuilan, que, se sabe, estaban habitadas desde el posclásico. Los religiosos se enteraron de que una cueva contigua al pueblo de Chalma era un importante centro de peregrinaje. En ella se veneraba a Oxtotéotl, dios de las cavernas, quien recibía incienso, copal y corazones de niños y animales a cambio de protección y suerte en los rituales mágicos y las cosechas. Los frailes fueron conducidos hasta la entrada de aquella cueva, y al observar las “diabólicas escenas” ejercieron su tarea evangelizadora, exhortando a los indígenas a destruir al ídolo y adoptar a Jesucristo. Pasados tres días de rezos y prédicas los frailes regresaron al lugar y fueron partícipes del legendario milagro de la aparición de Cristo crucificado, con el ídolo hecho añicos a sus pies. Algunos historiadores dicen que la imagen del Santo Señor, hecha de pasta de caña de maíz llamada tatzingueni, procede de una técnica que desarrolló Vasco de Quiroga y que, gracias a su maleabilidad, ligereza y duración, ha llegado hasta nuestros días junto con un buen número de piezas similares en el país. No importa si fue el celo misionero el que sustituyó al fetiche local por uno propio, o si realmente apareció Jesucristo a poner orden dejando su esencia milagrosa plasmada en un crucifijo. Lo que nos concierne es el fenómeno colectivo y el sensible atractivo de este destino, los cientos de miles de peregrinos que anualmente se desviven para rendirle culto, ya que la vida está marcada por el antes y el después de la peregrinación a Chalma. El camino a Chalma es uno, pero no es igual para todos Hoy día hay dos tipos de peregrinaciones al Santuario de Chalma. Se puede llegar cualquier día del año en auto o camión. Pero también, desde hace casi 500 años, hay poblaciones enteras que se desplazan hasta aquí una vez al año, y recorren los cerros durante dos días y medio a pie, a caballo, en bicicleta y hasta de rodillas. Estas peregrinaciones se comienzan a organizar el mismo día en el que se regresa de la anterior, e implican la movilización de delegaciones enteras, como las de Xochimilco y Milpa Alta, que tienen sus fechas asignadas, del 24 al 30 de agosto para la primera y del 3 al 10 de enero para la segunda. Para estas monumentales “chalmeadas” lo primero es ir a casa del mayordomo —organizador o padrino— a registrarse y brindar donaciones. Después se echan tres cohetes: el primero anuncia que hay junta para iniciar los preparativos, el segundo que ya hay comida y el tercero para llamar a todos a comer. La semana previa se arreglan ollas y peroles con tamales y carne de res, cerdo y cabrito. A las tres de la mañana del día establecido parten cientos, a veces miles. A la peregrinación se suma una procesión que lleva figuras de santos y los estandartes del barrio a manera de ofrenda. Otros más, a modo de penitencia, acarrean una cruz hasta el interludio en el cerro de Minas. El andar se interrumpe sólo para el desayuno y la comida, y al caer la noche se reza un rosario, se reparten tamales y atole y, dependiendo del mayordomo, hay banda o mariachi para bailar. Al mediodía del tercer día se avista el Ahuehuete, árbol que simboliza la llegada a Chalma y de cuyas raíces brota un manantial al que la tradición popular atribuye propiedades milagrosas. Ha sido testigo mudo de ritos de purificación e iniciación por siglos. Antes de visitar el Santuario uno debe bañarse ahí, y a los que llegan por primera vez se les hace una corona de flores de nardo, crisantemos, buganvila o clavel, y se les pone a bailar. Hay un señor con un violín y otro con un sintetizador que musicalizan el ritual por un pequeño donativo, y se danza como se puede a manera de agradecimiento por poder ir a conocer al Señor de Chalma. Danzar es sembrar conciencia, un trabajo interno de carácter espiritual que nos enfrenta a nuestras propias limitaciones. De ahí proviene el dicho popular “Ni yendo a bailar a Chalma”, atribuido a las causas imposibles. Yo inicié mi diminuto peregrinaje desde este paraje. Bañado, coronado y bailado recorrí los seis kilómetros que separan al Ahuehuete del centro de Chalma y proseguí por la pendiente hasta el santuario, la cual consiste en un túnel formado por lonas de comercios que flanquean el camino donde se venden rosarios, talismanes, milagros, palanquetas, crucifijos, pulque, costales en los que se lee “tierrita santa de Chalma para comer” y lo que la imaginación discurra. Me pareció caminar hacia el centro de la tierra, rodeado por humo de inciensos y una tenue iluminación policroma, según el color de cada lona. Finalmente hallé un respiro en el cielo azul del atrio del santuario y me senté junto a una fuente de cantera donde se leía: “Atento aviso, se prohíbe depositar coronas o lavar trastes” y “Di no a las drogas”. De pronto escuché “Tú eres gringo, ¿verdad güero?”, de los labios de un señor entusiasmado por encontrar con quién revivir sus experiencias de mojado. Antes de que pudiera explicar la paradoja de mi confección y origen, intervino su compadre: “No le hagas caso, está borracho”, susurró a mi oído con un aliento etílico envidiable. Después me invitó a acompañarlos a las tres pequeñas cuevas de la población ahora dedicadas al Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero anteriormente consagradas a Oxtotéotl, Tezcatlipoca y Tlazoltéotl, diosa del amor carnal y comedora de inmundicias. “En la del medio se toparon los frailecitos al Señor”, me explicaron, “pero ya se lo llevaron pa’ bajo, así que vamos a misa para visitarlo”, y sintiéndome honrado atravesamos juntos la enorme fachada neoclásica de la iglesia, no sin antes dejar mi corona de flores como ofrenda. Corazón a flor de piel La transición de Oxtotéotl a Jesucristo probó ser tan exitosa que para fines del siglo xvi los frailes Bartolomé de Jesús María y Juan de San José fundaron un convento en Chalma para atender a los peregrinos reformados. A éste se le anexó, en el siglo xviii, la iglesia donde me encontraba y a la que Carlos III le otorgó el 6 de septiembre de 1783 el título de Real Convento y Santuario de Nuestro Señor Jesucristo y San Miguel de las Cuevas de Chalma. Al fondo hay un altar churrigueresco, donde los peregrinos depositan sus estandartes y ofrendas a su arribo, dominado por un Cristo encapsulado y arcángeles de alas rosa y azul pastel. “El peso del cuerpo se aligera cuando sabes que está a unos cuantos metros de ti, y que tu fe, tu cansancio, tu devoción son recompensados cuando ves de frente al Señor de Chalma y le dices mira aquí estoy, estoy por ti”, me comentó Don Lupe, un peregrino experto. A la imagen del Señor de Chalma la acompañan otras dos imágenes: el arcángel Miguel, patrono del pueblo, y Santa María de Egipto. Al ver a los devotos frente al altar, arrodillados rogando a los cielos, derramando lágrimas con el corazón a flor de piel, no me quedó más que maravillarme, ya que mientras más grande el pecado, mayor es la redención al peregrinar al Santuario del Santo Señor de Chalma. Cómo llegar Chalma se localiza al sureste del Estado de México, a 9 kilómetros del centro del pueblo de Malinalco y a 95 de la Ciudad de México. En auto: se toma la carretera México-Toluca, libre o de cuota, y ocho kilómetros después de La Marquesa se toma la desviación a Chalma vía Santiago Tianguistengo. En autobús: cada 20 minutos sale uno directo de la Terminal de Autobuses Poniente, en el metro Observatorio (120-150 pesos ida y vuelta). Dónde dormir Chalma puede visitarse en un solo día, pero hay algunas sencillas hospederías en la localidad por si desea pasar la noche ahí, como el Hotel Riviera (Plaza Nueva, Ocuilan, Estado de México; 200 pesos la habitación doble), con 64 habitaciones limpias con baño privado y vistas completas de Chalma. Una excelente opción es pasar la noche cerca del centro de Malinalco, a 15 minutos de Chalma, en alguna de las 11 habitaciones del encantador hotel Las Cúpulas (Camino Real a Tenampa s/n, Barrio de San Andrés, Malinalco; 1 100 y 1 370 pesos entre semana, 1 480 y 1 700 pesos en fines de semana por noche, desayuno incluido; T. (714) 147 0644; F. (714) 147 0655; www.lascupulas.com.mx). La propiedad, estilo colonial, cuenta con jardines, piscina, restaurante, salas con chimenea y servicio de masajes. Dónde comer La gastronomía regional incluye barbacoa, trucha, tlacoyos y tortillas hechas a mano con maíz blanco, y aunque los restaurantes de Chalma no suelen ser más que puestos de tlacoyos, en ciertos lugares como las Buganvillas (Carretera Chalma-Malinalco, frente a la estación de autobuses) se pueden probar, en temporada, la rana y el ajolote en tamal, el armadillo y hasta el tlacuache. Hay también nieves y aguas frescas de guanábana, mamey y zapote, y en la región se produce excelente mezcal y pulque.
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