Cartagena de Indias: mirada de una nativa
Fotografía de Juan Manuel Buelvas

Cartagena de Indias: mirada de una nativa

Ni siquiera los nativos de esta ciudad colombiana dejan de estremecerse ante su peculiar combinación de arquitectura colonial y mar Caribe. Por eso permiten que su encanto añejo lo invada todo: las plazas, los patios, las terrazas y hasta las azoteas rociadas de sal, daiquiris, champeta y vallenato.
Por Margarita García | febrero 2006 | Tags: , , ,
El recuerdo romántico más antiguo que tengo de Cartagena viene de una de mis primeras salidas de noche con un chico. Yo tenía 16 y él 22. Y era tan bonito, tan vestidito de blanco, tan bronceado de windsurf, que a cualquiera con un mínimo de suspicacia le habría parecido un sujeto sospechoso. Tenía nombre de escritor, pero su fuerte era el cine. Eso lo supe muchos años después cuando vi El Padrino y me di cuenta de que la mejor frase que dijo esa noche —que se refería a la mujer ideal para casarse: aquella que le abre la puerta del auto al hombre—, era una línea de Vito Corleone.

Fue un clásico date: en la puerta a las ocho, flores de por medio, te presento a mis padres. Nada muy fuera del cliché; lo que me impactó de aquella vez fue que su estrategia de conquista se redujo a dar un paseo por la ciudad. En ese entonces no era muy usual que a una la invitaran a recorrer las calles empedradas del centro histórico. Sonaba un poco pasado de moda, por no hablar de lo barato que saldría.

Me enamoré, por supuesto, aun sabiendo que el mérito no era ni remotamente suyo. Ese día descubrí que había nacido en un escenario privilegiado. La ciudad está impregnada de una nostalgia feliz y generosa, y alguien dijo que el amor es la nostalgia anticipada: probablemente Marlon Brando.

ESCENAS DE POSTAL
Lo primero: Cartagena es una colección de lugares perfectos, y la perfección a veces ofende. Tiene demasiados rincones que parecen diseñados para una postal de fondo sepia y miradas perdidas en el horizonte. Hay días en que, sin buscarlas, uno se encuentra con imágenes de una belleza exagerada: rayos de sol que se cuelan por los balcones de una callecita angosta y se estrellan en el mar, que se ve a través de una garita en la muralla.

Hay escenas de lirismo natural y desprevenido, como la que se repite todos los días en una esquina de la calle Cochera del Hobo, en donde una señora sentada en un banquito enclenque y rodeada de flores silvestres rojas vende dulce de coco y grita cosas deliciosas a los que pasan. O la de los limpiabotas de la Plaza Bolívar que alternan sus conversaciones de política con piropos a las mujeres, y de vez en cuando miran el cielo azulísimo de la mañana, para maldecir el sol que los derrite.

Por eso hay que ir preparado para perderse en la contemplación. Lo raro es que no es una ciudad de la que se pueda establecer fácilmente una ruta a seguir; no es un destino de visitas guiadas ni de Lonely Planet. La belleza de Cartagena es altanera, no conoce pudor; pero también es caprichosa: se te ofrece en una plaza monumental o en la acera de cualquier calle de barrio. Y por alguna razón se escabulle a las multitudes.

Eso lo sabía mi falso Vito, y lo comprobé cada vez que alguien volvió a tomarme de la mano frente al Portal de los Escribanos y me dijo: “¿sabías que aquí mismo Florentino Ariza le declaró su amor a Fermina Daza?”, en El amor en los tiempos del cólera de Gabriel García Márquez. Siempre dije que no sabía y me mostré halagada; pero era sólo educación, porque me daba un poco de pena decirles que, si leyeron el libro, tendrían que recordar que allí también ella lo rechazó.

Mi cita adolescente terminó en un coche de caballo que me dejó en la puerta de mi casa en el barrio de Manga —donde, por cierto, también vivía Fermina—. En el camino el señor cochero trataba de contarnos la historia de las calles, las iglesias y las casas coloniales, pero mi galancete no paraba de recitar poesías de Luis Carlos López, un escritor local que compara sus sentimientos por Cartagena con el cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos. Y es que la ciudad rememora permanentemente lo que fue en el pasado: la consentida de la corona, la hija linda del rey y, después de la Independencia, un puerto próspero, siempre pretencioso, que con el tiempo se fue ajando y pasó a ser lo que ahora: las zapatillas mustias de la princesa.

Pero incluso esa decadencia, esa nobleza perdida le luce. La prueba es que cada nuevo hotel o restaurante que se abre trata de impostar un poquito de eso: casas restauradas, nombres alusivos a la colonia, hamacas blancas y servidumbre negra. En Cartagena se desprecia lo advenedizo: lo que no está untado de historia no interesa.

HOTELES DE FANTASÍA
La sola evidencia basta para decir que el Hotel Santa Clara es el más lindo de la ciudad. Fue primero convento, luego hospital (en el siglo xvii) y en 1995 lo restauraron conservando su estructura original, con todo y sus mitos tenebrosos de cráneos de cabello largo enterrados en el sótano —historia rescatada en Del amor y otros demonios, también de García Márquez.

Queda en la Plaza de San Diego, una zona que hasta no hace tantos años seguía siendo residencial y modesta. Pero después del hotel, nuevos restaurantes caros desplazaron a los puestos de fritangas que habían funcionado allí durante décadas. La plaza fue ocupada por mesas elegantes, se llenó de meseros diligentes y señoras con chal; y el pozo de agua que queda en el centro de la plaza —esos en los que las parejas tiran monedas y piden deseos—, terminó convirtiéndose en un portacharolas.

Los vecinos de San Diego se quejaron ante la ciudad porque les habían invadido el espacio público, y los dueños de los restaurantes tuvieron que desalojar la plaza. Ahora ya no hay mesas, pero tampoco fritangas; en realidad ya no hay casi nada, ni siquiera parejitas tirando monedas al pozo.

Además de la arquitectura, otro de los puntos fuertes del Santa Clara es su restaurante francés, El Refectorio. No sólo porque preparan el mejor pato de la ciudad, sino porque tiene mesitas muy apartadas entre sí en medio de un jardín, sobre un círculo adoquinado, en cuyo centro yace un verdadero pozo de monedas. El lugar está hecho para olvidarse del mundo, allí sólo llegan sonidos muy sutiles, como un piano a lo lejos, la voz melancólica de Violeta —la cantante del bar— y, de vez en cuando, una ola furiosa que se estrella contra el espolón al otro lado de la muralla.

Según los meseros del hotel, ha sucedido muchas veces que al terminar de comer —y después de tomar vino suficiente como para que la mujer deje caer su fino chal de hilo al suelo, y el hombre no haga el mínimo intento por recogerlo— las parejas no se aguantan las ganas y piden una suite (350 dólares la noche). Es chic enamorarse en el Santa Clara, pero también es caro. Menos mal que Cartagena está llena de opciones.

EL ATINO DE LOS HOTELES BOUTIQUE
Convertir en bed and breakfast las mansiones antiguas es uno de los aciertos más sofisticados que ha tenido la ciudad. Hay muchas en el centro histórico, algunas de lujo, como Aqua —antiguamente Estanco del Tabaco— y la Casa del Arzobispado —que perteneció al arzobispado en el siglo xvi—, y otras más económicas y con menos tradición, pero igualmente confortables, como la Casa Tompkins y el Hostal de Helda.

Lo que varía entre ellas es el grado de exclusividad. Aqua tiene sólo cinco habitaciones y funciona también como tienda, porque vende todos los muebles que decoran la casa; el Arzobispado tiene diez. Son hogares de paso para huéspedes muy exquisitos, que además del buen servicio y la comodidad buscan esa sensación de pertenecer por unos cuantos días a lugares cargados de pasado.

Para algunos es una pretensión de millonarios, para otros es el paraíso: con paredes blancas impecables y sonidos celestiales, como el del agua que cae en la piscina que construyeron en medio de un patio florido, en la Casa del Arzobispado.

En lo personal, yo me inclino por los hostales más modestos, que casi nadie conoce porque curiosamente no son comerciales.

En la Casa Tompkins, por ejemplo, se recibe frecuentemente a intelectuales, artistas y parejas clandestinas, que se van de incógnito a la ciudad. Es un laberinto extrañísimo, con escaleras que dan a terrazas descubiertas, a jardines abundantes o a salas de estar. Los huéspedes casi nunca se topan, a menos que decidan tomar el desayuno, que se sirve una sola vez y para todos. La casa queda en la calle Cochera del Gobernador, casi pegada a la muralla, y sin más ruido que el de la brisa que entra por los ventanales siempre abiertos.

Y el Hostal de Helda es una casa de familia. Una parte sigue habitada por sus dueños, y la otra funciona como posada de turistas. Una sola señora administra las llaves, atiende a los huéspedes, ordena el desayuno, y está siempre disponible para conversar. Lo más lindo es su patio lleno de plantas y palmeras tropicales, bordeado por un pasillo con mecedoras y ventiladores de piso. Hace calor, mucho calor, pero siempre hay limonada fría al alcance de cualquiera. Quedarse días enteros en este lugar, en buena compañía, sería un plan increíble; si afuera no estuviese Cartagena esperando.

ALTARES COTIZADOS
Casarse en Cartagena es todo un tema. Lo más importante es siempre la iglesia, pero hay tantas opciones como novias deseosas, y es difícil reservarlas incluso con un año de anticipación (a las iglesias, las novias están siempre dispuestas).

El último matrimonio famoso que se realizó en la Santo Toribio —donde realizan las bodas más fashion del país— fue el de Juan Pablo Montoya, el corredor de Fórmula Uno. Ese día la gente hizo fila para ver salir a los novios. Los espectadores —en su mayoría mujeres jóvenes— se sentaron en la Plaza Fernández Madrid, frente a la iglesia, con sus cámaras listas y los sueños que se les escapaban por los ojos.

La Iglesia de San Pedro Claver, un poco más rimbombante, ofrece además un lustre de martirio que atrae a los más fanáticos. Lleva el nombre de un santo que entregó su vida al proteger a los esclavos; el esqueleto descansa detrás del altar y su estatua de bronce espera a los novios en la plaza, afuera del templo.

La Catedral, La Hermita de la Popa y la Iglesia del Cabrero son otros de los altares cotizados de Cartagena y de Colombia. Pero más allá de las locaciones, parece que la gracia de casarse allí es que todos se enteran. Y no siempre por los medios o las tarjetas de invitación, a veces también porque la cantidad de flores empleadas en la decoración de la iglesia impregna el aire normalmente salado del centro histórico y, de repente, todo el mundo busca las páginas sociales de los periódicos para averiguar la identidad de los novios.

Una ex reina de belleza que se casó hace poco en San Pedro Claver dijo que lo que más le gustó de hacer su boda en Cartagena fue que el pueblo se contagió de amor. Sin duda hay muchas maneras de entender eso del amor, y menos mal no todo el mundo lo busca en las iglesias. Para otros es un asunto mucho más terrenal.

COMIDA CON VISTA
Lo típico en Cartagena es también lo obvio: toda clase de mariscos, arroz con coco, salsas de frutas y especias exóticas. Quizá la sugerencia más pertinente sea probar todo lo anterior en un lugar con vista.

En ese sentido, uno de los mejores sitios es la Boquilla —un pueblo de pescadores al norte de la ciudad— en donde el plan consiste en sentarse debajo de un kiosco a comer, casi con la mano, pescado frito y patacones: grandes tajadas de plátano verde fritas (6 dólares). Eso se acompaña con unas cuantas cervezas y, lógicamente, la música de la región —vallenato y champeta— porque en ese lugar del mundo no hay posibilidad de sintonizar otra cosa. Y ni falta que hace.

Ir a la Boquilla es darse un baño de autenticidad local; no existe el más mínimo grado de sofisticación, pero se encuentran lugares maravillosos. Como los manglares de la Ciénaga de la Virgen, al final del pueblo, un charco de agua que se une con el mar, al que se llega a través de un camino bordeado por cuevas naturales que los balseros han bautizado con nombres como el Túnel del Amor, del Despecho, de la Conquista, y otros por el estilo.

La gente del pueblo acostumbra vender paseos en canoa por los manglares (8 dólares). El paisaje es un perfecto equilibrio entre la selva y el mar. Hay espacios en los que todo se vuelve verde: el agua, los animales, las sombras y hasta el cielo, porque casi no se ve. Los pocos rayos de sol que alcanzan a meterse por las hojas rotas rebotan en el agua y producen un destello de muchos colores. El día que hice mi primer paseo por los mangles, el balsero me dijo que allí nacía el arco iris. Yo le creí.

Hay lugares menos agrestes. Restaurantes deliciosos, con vista y sin ella. El Café del Santísimo ofrece entradas, platos fuertes y postres con nombres alusivos a lo sacro, que además de divertidos son bastante buenos. Uno de los menús más solicitados incluye “Pañuelos de la Novicia”, de entrada (crepas de verduras salteadas), “Perdón del Señor”, como plato fuerte (langostinos en salsa de tamarindo), y de postre cualquiera de los pecados capitales. Valga decir que el preferido es la “Lujuria”: una crepa de moca con helado de vainilla y leche condensada.

Hay otros más tradicionales como el Club de Pesca, en Manga, donde lo mejor —aparte de la bandeja mixta de mariscos (22 dólares)— es que se come en un muelle, dentro de la bahía, con veleros a la espalda y la noche de frente. Hay música en vivo: boleros de Miro Pablo (un cantautor tradicional de Cartagena), quien a veces le cede el micrófono a algún lunático enamorado —y un poco embriagado—, que quiere dedicarle, a viva voz, una canción a su novia. Lo bueno es que cuando se está en el medio del mar los sonidos débiles se pierden y todo muere en un bonito gesto.

PARA EL CIERRE: BAILE Y ESTRELLAS
Después de comer se suele ir a algún bar de salsa como Quiebra Canto. Si no se sabe bailar se aprende, la salsa entra por ósmosis, y en su defecto por el ron cubano que en ese lugar se consume como agua. Hace calor, y eso hace que las pieles se descubran con mayor facilidad. A veces, las camisas de los hombres vuelan, los zapatos de las mujeres se arrumban en una mesa, los ventiladores que soplan en las esquinas levantan las faldas y la gente sigue bailando de lo más natural.

Quiebra Canto queda en el centro, por fuera de la muralla —para acentuar su aire de arrabal— y está en el segundo piso de un edificio viejo, que tiene uno de los balcones más envidiados de la ciudad. La vista es Cartagena en pleno: el camellón de los Mártires, las cúpulas de iglesias, el reloj público, el muelle de los Pegasos y el parque Centenario.

Por ese balcón han pasado demasiadas parejas, demasiados besos y ojos cerrados con la ciudad de fondo. Pero en la pista no es que sucedan cosas más inocentes. Abundan las miradas de complicidad, manos que van y vienen, caderas que se rozan, sonrisas irremediables, cuerpos y más cuerpos que, al menos en ese escenario, se olvidan del pudor.

Hay otros planes más tranquilos para después de cenar. Si la idea es concentrarse en la pareja, puede que funcionen algunos lugares al aire libre que últimamente se han puesto de moda, como las azoteas de casas antiguas en las que se ponen camas o divanes amplios para echarse a mirar el cielo. Los más famosos son La Tarzana, en la Plaza de los Coches, y el Café del Mar, sobre la propia muralla.

Es un plan raro, quizás en los próximos años en Cartagena aumente la vocación por la astrología. Pero no creo, mirar el cielo no produce tantos efectos prácticos sino que, por el contrario, despierta en la gente una especie de sobredimensión de su capacidad poética.

Lo mejor de estos sitios son los daiquiris y mojitos (8 dólares) que, por el azúcar y el calor, parece que no pegaran tan rápido, hecho que se desmiente al levantarse de la cama, después de haber contado las estrellas una y otra vez.

Los lugares tan lindos corren el riesgo de volverse predecibles. Ahora que ya no vivo en Cartagena, me gustaría visitarla con otros ojos para corroborar su perfección sin el pudor de sentirme esa parte que no encaja en la escenografía. Por eso insisto en evitar las guías. Pero esa soy yo, que nací y crecí en Cartagena. El resto encontrará sus propios caminos, a pie, en coche, bailando, contando estrellas, con o sin guía. Y al final, seguramente, descubrirá una ciudad maravillosa y, por suerte, muy distinta a la mía.

GUÍA PRÁCTICA

DÓNDE DORMIR
HOTEL SANTA CLARA
Carrera 8, núm. 39-29 T. 57 (5) 664 6070 F. 57 (5) 664 7010 www.hotelsantaclara.com
Suites desde 350 dólares en temporada alta

AQUA
Calle de Ayos 4-29 T. 57 (5) 664 9479 F. 57 (5) 664 9431 www.aguabedandbreakfast.com
Habitaciones desde 230 dólares

CASA DEL ARZOBISPADO
Calle del Arzobispado Carrera 5, núm. 54-32 T. 57 (5) 664 4162 y 664 8400
Habitaciones desde 230 dólares

HOSTAL DE HELDA
Calle de Santo Toribio T. 57 (5) 664 2517 y 660 0168
Habitación sencilla por noche 32 dólares

CASA TOMPKINS
Calle Cochera del Gobernador
Habitación sencilla por noche 36 dólares

DÓNDE COMER
EL REFECTORIO
Carrera 8, núm. 39-29, Barrio San Diego T. 57 (5) 664 6070
Platos de 20 dólares

CaAFÉ DEL SANTÍSIMO
Calle del Santísimo, Calle 38, núm. 8-19 T. 57 (5) 664 3316
Alrededor de 18 dólares

CLUB DE PESCA
Manga, Fuerte de San Sebastián del Pastelillo T. 57 (5) 660 5863 y 660 4594 www.clubdepesca.com

QUIEBRA CANTO
Carrera 8B, núm. 25-110, Edificio Puerta del Sol T. 57 (5) 664 1372 www.quiebracanto.com
Cover: 5 dólares


LA TARZANA
Carrera 7, núm. 32-67 P-2, Portal de los Dulces T. 57 (5) 664 1952

CAFÉ DEL MAR
Carrera 2, núm. 39-107, Baluarte Sto. Domingo T. 57 (5) 664 6513
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