La noche era nocturna...
Si alguna vez fracasó en su intento por descifrar la escena de la música independiente de la Ciudad de México, seguro no fue su culpa: hasta hace no mucho lo bueno era poco y estaba escondido. Pero el panorama ha cambiado, y Uriel Waizel, recorre los locales que han transformado las noches de quienes quieren escuchar música en vivo en la capital mexicana.
Era raro que una ciudad con la demografía del Distrito Federal no tuviera una inquieta y efervescente escena musical como la de otras grandes capitales. Culpemos a los traumas sociales posteriores al ‘68 y a la invisible represión que caía como yunque sobre cualquier expresión que congregara nuevamente a la juventud: durante las décadas de los setenta, ochenta y los tempranos años noventa, se entendía por vida nocturna ir a una pedante disco de “niños bien”, a un lobby a escuchar a un crooner interpretar decrépitas baladas románticas o escuchar a una banda huesera hacer funestos covers de Led Zeppelin. ¿Conciertos? Los hubo, esporádicos y caros. ¿Bandas locales? Se necesitaba ser una rata de la ciudad para enterarse de ellas. Los medios no eran cómplices más que de su farándula de “artistas” populares.
Esta ciudad llegó a ser muy, pero muy aburrida. Y muchos hemos padecido de esta desnutrición en nuestra formación musical.
Varios movimientos sociales después, y gracias al esfuerzo de estaciones de radio, revistas y medios de comunicación de avanzada, se ha tejido una red donde antes había sólo explosiones dispersas; por no hablar de los promotores de eventos cada vez más arriesgados, el espíritu “do it yourself” de la “banda” (los rockeros que deciden ponerse las pilas), la intercomunicación de los blogs, los flyers por correo electrónico. Y hasta los políticos y empresarios han hecho su aportación con proyectos como el de la rehabilitación urbana del Centro Histórico.
Todos estos factores en conjunto han calentado el corazón de esta ciudad, y provocado en cierto sector la creciente costumbre de salir a ver qué hay de nuevo en la escena nocturna de la música en vivo.
La siguiente generación de grupos mexicanos no provendrá del Hard Rock Live, sino de los pliegues más inusitados de la capital mexicana.
LOS LUGARES
ZINCO JAZZ CLUB
En medio del trasnoche espeso de la vieja ciudad, una puerta inadvertida encubre una escalinata que conduce hacia la bóveda del antiguo Banco Mexicano. Los gruesos muros art déco confinan el caudal del imaginario beatnik, donde lobos esteparios y damas fugitivas confluyen bajo la penumbra rojinegra del terciopelo, la madera y los metales para incendiar sus cuerpos, mentes y almas con el latido sincopado del jazz: el género libre por definición corre por las venas de este bajocentro conectado emocionalmente con sótanos y bodegas de abolengo en Chicago y Nueva York. Un guiño descifrable sólo para entendidos hace que en el nombre “Zinco” coincidan fonéticamente la esquina donde se ubica el club, Motolinia y Cinco de Mayo, con el Zinc Bar en el Soho.
Contrariamente a su etimología “no para cualquiera”, los no iniciados encuentran en Zinco un nicho entrañable donde tomarse un Manhattan (90 pesos), un Mojito (70 pesos) o distraer la atención de la música hacia el paladar con un cebiche estilo peruano de dorado (55 pesos), una hamburguesa de portobello (63 pesos) o el hot dog con col agria y papas (65 pesos). Eso a veces provoca que los neófitos confundan el recinto con un lounge de la colonia Condesa e irrumpan con sus impíos cuchicheos el sagrado tinglado izado por los músicos.
No obstante, la calidad de la música marca el respeto: el Zinco es un lugar privilegiado por su cuidadísima acústica, la contigüidad del escenario con los parroquianos, las selecciones de iTunes que amenizan los entreactos y, sobre todo, los carteles (tanto su estética vintage como la intachable curaduría de talentos musicales) que anuncian de jueves a sábados tanto a los diferentes artífices de la familia jazzística mexicana, incestuosamente combinados en sus diferentes ensambles, como a músicos de apreciado linaje internacional y técnica descomunal que pueden haber sido agendados para esa noche o aparecer para un palomazo espontáneo tras ofrecer un concierto en un foro oficial.
A menos de un año de su fundación en abril de 2005, el Zinco ha alojado un vasto espectro de músicos: del virtuoso de la guitarra Marc Ribot al saxofonista colombiano Jay Rodríguez, y del trío de jazz Santella/Cruz/Hecht hasta las vocalistas Magos Herrera e Iraida Noriega, recorriendo también variantes del jazz que van del swing a una inusual big band subterránea, del tango al gumbo y del flamenco al klezmer.
Sal Paradise, el personaje de la novela On the Road de Jack Kerouac, habría amado este lugar durante su estadía en México.
MULTIFORO ALICIA
Un gato enigmático, evidente sólo para aquellos que, como la Alicia de Lewis Carroll, se adentran en el subterráneo, recibe con una sonrisa invitante y esquiva; es el preámbulo de un pandemonio de surferos, eskataleros, rastozos, punkies, indies y otras tribus urbanas que se reúnen en este remanso de tolerancia.
Tras una década de supervivencia y más de diez bandas tomando el escenario cada fin de semana, este semillero bien podría equipararse —en esencia— a espacios como el legendario CBGB’s de Manhattan, ya que es un espacio cutre de paredes húmedas, escaleras herrumbrosas y baños tal como lo marcan los cánones rocanroleros. La decoración, esa sí, es remarcable. El muralismo mexicano cobra la forma de grafittis que vanaglorian al panteón de la contracultura: el Subcomandante Marcos, el Enmascarado de Plata, Tin Tán —el pachuco por definición—, las calaveras de Posada, e incluso patrones que proponen un mestizaje del futurismo con lo prehispánico mediante inconcebibles pictogramas de cyborgs aztecas. El techo está tapizado con discos de vinilo y cada rincón restante es susceptible espacio publicitario para pegar todo tipo de estampitas promocionales, mientras que el escenario muda las mamparas de trasfondo dependiendo del clan que se congregará: un prometedor trópico para los rastafarianos, un paisaje desértico para el rockabilly o un gato de Cheshire cuando la banda que toca es muy extraña.
Más allá de los empujones cuando se arma el slam, de las miradas penetrantes si el atuendo que lleva uno es muy “fresa” o de las gotas que caen del techo cuando la concurrencia está, por decir, calurosamente abigarrada, el Alicia es un lugar pacífico, prueba de eso es que la cerveza XX (17 pesos) se entrega en botella bajo el entendido de que “La seguridad somos todos”. La barra sirve también Sidral (12 pesos) y cigarros Faros (25 pesos) en caja imitación vintage de aluminio. Durante la semana, el foro funciona como un estudio de grabación, cuyo catálogo completo se vende en la recepción (70 pesos cada CD), mientras que en la entrada se montan puestos de máscaras de lucha libre (100 pesos) y camisas hawaianas (100 pesos).
Un espacio con tal afluencia contracultural no podía pasar desapercibido para las autoridades locales. Después de una resistencia estoica contra multas, grillas y conflictos delegacionales, es probable que este 2006 sea el último año del Alicia. Nacho Pineda, fundador y mecenas, ha dado a la prensa señales de hastío, mas habrá que esperar la negociación con la nueva jefatura de gobierno que entrará en diciembre de este año, para conocer el devenir de este punzante espacio, indispensable para pasar del otro lado del espejo en términos de cultura y entretenimiento chilangos.
“¡Que le corten la cabeza!”, podrá decir la reina. Pero este gato de Cheshire es un ente inaprensible y muy socarrón.
LA TERRAZA DEL CENTRO CULTURAL ESPAÑA
Las paredes de la Catedral Metropolitana retumban a causa de las frecuencias bajas del sistema de sonido, y las luces dinámicas rebotan contra los añosos muros contiguos a la Terraza del Centro Cultural de España, ubicada a unos metros del Kilómetro Cero, el punto desde donde se mide la distancia hacia todos los sitios de la república; el nodo en donde converge no sólo la geografía, sino varias capas geológicas de historia estratificadas sobre las ruinas de Tenochtitlan: edificios coloniales, adefesios modernistas del siglo xx y, actualmente, la estructura minimalista de este joven espacio dinamizador de las expresiones artísticas de México y España.
La Terraza abre su escenario al cielo nocturno del renovado Centro Histórico y apunta, en un acto de rebeldía involuntaria, a la espalda de la Catedral. Tres pisos abajo, una horda de chicos y chicas provenientes de varios rumbos y sectores sociales se estruja para traspasar el portón de entrada y subir al evento en turno. La entrada es libre, así es que no hay riesgo si en esta ocasión la música no es del agrado del respetable: a unos minutos, caminando por las calles empedradas de Madero, Cinco de Mayo o Venustiano Carranza, se puede indagar alguna otra oferta para festejar esa noche.
Los viernes hay pinchadiscos que tornan música de toda índole; los sábados, bandas noveles e independientes con fans que aspiran a un urban-cool cosmopolita, exhibiendo piercings, pins, afros, cabello teñido e indumentarias en sintonía con el look y el sonido de la temporada. La selección de grupos mantiene el espíritu abierto que caracteriza a todo el espacio cultural, que no busca lucrar, sino mostrar propuestas musicales interesantes e innovadoras.
Entre frases de Cervantes inscritas en biombos de cristal rojo y sillones de frío diseño, se puede tomar una copa de Rioja (55 pesos) y unas cumpliditas tapas de jamón serrano (50 pesos), chistorra (50 pesos) o un exquisito pulpo a la gallega (50 pesos). El restaurante también se puede visitar de día después de un paseo por el Centro Histórico o tras la visita a las exposiciones del mismo edificio.
¿Quién habría previsto que una iniciativa ibérica sería parte fundamental en una provocación de una movida similar a la que hubo en Madrid en la década de los ochenta?
ZINCO JAZZ
Club Motolinía 20 esquina con Cinco de Mayo, Centro Histórico T. 5512 3369
De jueves a sábados desde las 21 horas Cover: 100 pesos
OTROS LUGARES DE JAZZ EN EL DF
PAPA BETO
Villalongín 196-H, Cuahtémoc T. 5592 1638
De martes a sábados desde las 20:30 Cover: 80 pesos
BLACK HORSE
Mexicali 85, esq. Tamaulipas, Condesa T. 5211 8740 www.caballonegro.com
De martes a sábados de 18 a 2 horas No hay cover
BORBOLETA BAR
Av. Desierto de los Leones 5469, Villa Verdún T. 5585 1410
De martes a sábados de 19:30 a 3 horas No hay cover
MULTIFORO ALICIA
Av. Cuauhtémoc 91-A, Roma T. 5511 2100
Desde las 20:30 Covers entre 50 y 70 pesos
OTROS LUGARES DE CONTRACULTURA
UTA UNDERGROUND
Donceles 80, piso 2, Centro Histórico www.utaunderground.com
De jueves a sábados desde las 21 horas Cover variable
TIANGUIS CULTURAL DEL CHOPO
Metro Buenavista, Línea B
Sólo sábados a mediodía
LA TERRAZA TAPAS BAR & CAFÉ
Centro Cultural España, Guatemala 18, Centro Histórico T. 5510 4077
De jueves y viernes de 21 a 2 horas No hay cover
OTROS LUGARES DE MÚSICA Y CULTURA INDIE
PASAGÜERO
Motolinía 33, Centro Histórico T. 5512 6624
De jueves a sábados desde las 22 horas Cover alrededor de 50 pesos
HOTEL VERREYES
Izazaga 8, Centro Histórico T. 5208 4400
Cover: 50 pesos
LA FAENA
Venustiano Carranza 49, Centro Histórico
Cover variable
FACTORY
Jalapa 37, esq. Puebla, Roma T. 5208 4400
De jueves a sábados de 21 a 3:30 horas Cover: 100 pesos, mujeres gratis de 21 a 23 horas
LAS BANDAS A RASTREAR
AUSTIN TV
Cinco chicos igualmente tímidos y llenos de angustia salen al escenario vestidos de conejitos, vendedores de donas o apicultores. Su música —en la vena de Mogwai, Explosions in the Sky o Tristeza— es emoción pura sin voz: montañas y valles a la vez tiernos y ruidosos que de algún modo han encontrado una resonancia brutal entre la generación de jóvenes que no conocieron el temblor de 1985 (www.austintv.org).
KLEMERZON
El klezmer es un género migrante montado en la diáspora judía: adonde éste llega, echa raíz en complicidad con la música local. El violinista Benjamín Schwartz ha reunido a una banda gitana que incorpora en su vagón el charango andino, el teclado tropical, las percusiones del darbuka y el batá y una que otra ironía posmoderna con ritmos de ska y surf. De hecho, el nombre Klezmerson es un juego de palabras con klezmer y son.
LOS DYNAMITE
En los últimos meses, la crítica y la tendencia han puesto su brújula en los oscuros años ochenta y la música que existió entre la decadencia del punk y el inicio eléctrico del new wave. El sonido seminal de bandas como Joy Division, Television y el David Bowie de aquellas eras ha sido clonado y reproducido en varias urbes del planeta. Desde México, Diego Solórzano, frontman de Los Dynamite rinde su tributo a esta etapa del rock y no por ser un émulo deja de ser excitante a la hora de escucharlo y bailarlo: agresivo, frenético… (www.noiselab.com).
ROBOTA
Sonido androide, análogo, asesino. Le sacan jugo de pila alcalina a todo un laboratorio de cacharros futuristas. No son “industriales”, sino post y krautrockeros, en la vena cableada de proyectos legendarios como Add N to (X) o Throbbing Gristle. Robota suena como una chica robot renuente a ser dominada por un trío de nerds que quieren violar su sistema (www.myspa ce.com/robota).
TWIN TONES
Una banda inusual en el panorama local, obsesionada con el viejo oeste y la música de Spaghetti West- ern. Su guitarra habilidosa y acordeón norteño hacen resonar el eco de los cañones desérticos con una evocación escénica que narra, a base de música instrumental y extractos de películas clásicas dobladas al castellano, la esencia de las persecuciones a lomo de caballo, la traición entre hermanos o la rivalidad entre indios y vaqueros (www.twintones.com.mx).
Esta ciudad llegó a ser muy, pero muy aburrida. Y muchos hemos padecido de esta desnutrición en nuestra formación musical.
Varios movimientos sociales después, y gracias al esfuerzo de estaciones de radio, revistas y medios de comunicación de avanzada, se ha tejido una red donde antes había sólo explosiones dispersas; por no hablar de los promotores de eventos cada vez más arriesgados, el espíritu “do it yourself” de la “banda” (los rockeros que deciden ponerse las pilas), la intercomunicación de los blogs, los flyers por correo electrónico. Y hasta los políticos y empresarios han hecho su aportación con proyectos como el de la rehabilitación urbana del Centro Histórico.
Todos estos factores en conjunto han calentado el corazón de esta ciudad, y provocado en cierto sector la creciente costumbre de salir a ver qué hay de nuevo en la escena nocturna de la música en vivo.
La siguiente generación de grupos mexicanos no provendrá del Hard Rock Live, sino de los pliegues más inusitados de la capital mexicana.
LOS LUGARES
ZINCO JAZZ CLUB
En medio del trasnoche espeso de la vieja ciudad, una puerta inadvertida encubre una escalinata que conduce hacia la bóveda del antiguo Banco Mexicano. Los gruesos muros art déco confinan el caudal del imaginario beatnik, donde lobos esteparios y damas fugitivas confluyen bajo la penumbra rojinegra del terciopelo, la madera y los metales para incendiar sus cuerpos, mentes y almas con el latido sincopado del jazz: el género libre por definición corre por las venas de este bajocentro conectado emocionalmente con sótanos y bodegas de abolengo en Chicago y Nueva York. Un guiño descifrable sólo para entendidos hace que en el nombre “Zinco” coincidan fonéticamente la esquina donde se ubica el club, Motolinia y Cinco de Mayo, con el Zinc Bar en el Soho.
Contrariamente a su etimología “no para cualquiera”, los no iniciados encuentran en Zinco un nicho entrañable donde tomarse un Manhattan (90 pesos), un Mojito (70 pesos) o distraer la atención de la música hacia el paladar con un cebiche estilo peruano de dorado (55 pesos), una hamburguesa de portobello (63 pesos) o el hot dog con col agria y papas (65 pesos). Eso a veces provoca que los neófitos confundan el recinto con un lounge de la colonia Condesa e irrumpan con sus impíos cuchicheos el sagrado tinglado izado por los músicos.
No obstante, la calidad de la música marca el respeto: el Zinco es un lugar privilegiado por su cuidadísima acústica, la contigüidad del escenario con los parroquianos, las selecciones de iTunes que amenizan los entreactos y, sobre todo, los carteles (tanto su estética vintage como la intachable curaduría de talentos musicales) que anuncian de jueves a sábados tanto a los diferentes artífices de la familia jazzística mexicana, incestuosamente combinados en sus diferentes ensambles, como a músicos de apreciado linaje internacional y técnica descomunal que pueden haber sido agendados para esa noche o aparecer para un palomazo espontáneo tras ofrecer un concierto en un foro oficial.
A menos de un año de su fundación en abril de 2005, el Zinco ha alojado un vasto espectro de músicos: del virtuoso de la guitarra Marc Ribot al saxofonista colombiano Jay Rodríguez, y del trío de jazz Santella/Cruz/Hecht hasta las vocalistas Magos Herrera e Iraida Noriega, recorriendo también variantes del jazz que van del swing a una inusual big band subterránea, del tango al gumbo y del flamenco al klezmer.
Sal Paradise, el personaje de la novela On the Road de Jack Kerouac, habría amado este lugar durante su estadía en México.
MULTIFORO ALICIA
Un gato enigmático, evidente sólo para aquellos que, como la Alicia de Lewis Carroll, se adentran en el subterráneo, recibe con una sonrisa invitante y esquiva; es el preámbulo de un pandemonio de surferos, eskataleros, rastozos, punkies, indies y otras tribus urbanas que se reúnen en este remanso de tolerancia.
Tras una década de supervivencia y más de diez bandas tomando el escenario cada fin de semana, este semillero bien podría equipararse —en esencia— a espacios como el legendario CBGB’s de Manhattan, ya que es un espacio cutre de paredes húmedas, escaleras herrumbrosas y baños tal como lo marcan los cánones rocanroleros. La decoración, esa sí, es remarcable. El muralismo mexicano cobra la forma de grafittis que vanaglorian al panteón de la contracultura: el Subcomandante Marcos, el Enmascarado de Plata, Tin Tán —el pachuco por definición—, las calaveras de Posada, e incluso patrones que proponen un mestizaje del futurismo con lo prehispánico mediante inconcebibles pictogramas de cyborgs aztecas. El techo está tapizado con discos de vinilo y cada rincón restante es susceptible espacio publicitario para pegar todo tipo de estampitas promocionales, mientras que el escenario muda las mamparas de trasfondo dependiendo del clan que se congregará: un prometedor trópico para los rastafarianos, un paisaje desértico para el rockabilly o un gato de Cheshire cuando la banda que toca es muy extraña.
Más allá de los empujones cuando se arma el slam, de las miradas penetrantes si el atuendo que lleva uno es muy “fresa” o de las gotas que caen del techo cuando la concurrencia está, por decir, calurosamente abigarrada, el Alicia es un lugar pacífico, prueba de eso es que la cerveza XX (17 pesos) se entrega en botella bajo el entendido de que “La seguridad somos todos”. La barra sirve también Sidral (12 pesos) y cigarros Faros (25 pesos) en caja imitación vintage de aluminio. Durante la semana, el foro funciona como un estudio de grabación, cuyo catálogo completo se vende en la recepción (70 pesos cada CD), mientras que en la entrada se montan puestos de máscaras de lucha libre (100 pesos) y camisas hawaianas (100 pesos).
Un espacio con tal afluencia contracultural no podía pasar desapercibido para las autoridades locales. Después de una resistencia estoica contra multas, grillas y conflictos delegacionales, es probable que este 2006 sea el último año del Alicia. Nacho Pineda, fundador y mecenas, ha dado a la prensa señales de hastío, mas habrá que esperar la negociación con la nueva jefatura de gobierno que entrará en diciembre de este año, para conocer el devenir de este punzante espacio, indispensable para pasar del otro lado del espejo en términos de cultura y entretenimiento chilangos.
“¡Que le corten la cabeza!”, podrá decir la reina. Pero este gato de Cheshire es un ente inaprensible y muy socarrón.
LA TERRAZA DEL CENTRO CULTURAL ESPAÑA
Las paredes de la Catedral Metropolitana retumban a causa de las frecuencias bajas del sistema de sonido, y las luces dinámicas rebotan contra los añosos muros contiguos a la Terraza del Centro Cultural de España, ubicada a unos metros del Kilómetro Cero, el punto desde donde se mide la distancia hacia todos los sitios de la república; el nodo en donde converge no sólo la geografía, sino varias capas geológicas de historia estratificadas sobre las ruinas de Tenochtitlan: edificios coloniales, adefesios modernistas del siglo xx y, actualmente, la estructura minimalista de este joven espacio dinamizador de las expresiones artísticas de México y España.
La Terraza abre su escenario al cielo nocturno del renovado Centro Histórico y apunta, en un acto de rebeldía involuntaria, a la espalda de la Catedral. Tres pisos abajo, una horda de chicos y chicas provenientes de varios rumbos y sectores sociales se estruja para traspasar el portón de entrada y subir al evento en turno. La entrada es libre, así es que no hay riesgo si en esta ocasión la música no es del agrado del respetable: a unos minutos, caminando por las calles empedradas de Madero, Cinco de Mayo o Venustiano Carranza, se puede indagar alguna otra oferta para festejar esa noche.
Los viernes hay pinchadiscos que tornan música de toda índole; los sábados, bandas noveles e independientes con fans que aspiran a un urban-cool cosmopolita, exhibiendo piercings, pins, afros, cabello teñido e indumentarias en sintonía con el look y el sonido de la temporada. La selección de grupos mantiene el espíritu abierto que caracteriza a todo el espacio cultural, que no busca lucrar, sino mostrar propuestas musicales interesantes e innovadoras.
Entre frases de Cervantes inscritas en biombos de cristal rojo y sillones de frío diseño, se puede tomar una copa de Rioja (55 pesos) y unas cumpliditas tapas de jamón serrano (50 pesos), chistorra (50 pesos) o un exquisito pulpo a la gallega (50 pesos). El restaurante también se puede visitar de día después de un paseo por el Centro Histórico o tras la visita a las exposiciones del mismo edificio.
¿Quién habría previsto que una iniciativa ibérica sería parte fundamental en una provocación de una movida similar a la que hubo en Madrid en la década de los ochenta?
ZINCO JAZZ
Club Motolinía 20 esquina con Cinco de Mayo, Centro Histórico T. 5512 3369
De jueves a sábados desde las 21 horas Cover: 100 pesos
OTROS LUGARES DE JAZZ EN EL DF
PAPA BETO
Villalongín 196-H, Cuahtémoc T. 5592 1638
De martes a sábados desde las 20:30 Cover: 80 pesos
BLACK HORSE
Mexicali 85, esq. Tamaulipas, Condesa T. 5211 8740 www.caballonegro.com
De martes a sábados de 18 a 2 horas No hay cover
BORBOLETA BAR
Av. Desierto de los Leones 5469, Villa Verdún T. 5585 1410
De martes a sábados de 19:30 a 3 horas No hay cover
MULTIFORO ALICIA
Av. Cuauhtémoc 91-A, Roma T. 5511 2100
Desde las 20:30 Covers entre 50 y 70 pesos
OTROS LUGARES DE CONTRACULTURA
UTA UNDERGROUND
Donceles 80, piso 2, Centro Histórico www.utaunderground.com
De jueves a sábados desde las 21 horas Cover variable
TIANGUIS CULTURAL DEL CHOPO
Metro Buenavista, Línea B
Sólo sábados a mediodía
LA TERRAZA TAPAS BAR & CAFÉ
Centro Cultural España, Guatemala 18, Centro Histórico T. 5510 4077
De jueves y viernes de 21 a 2 horas No hay cover
OTROS LUGARES DE MÚSICA Y CULTURA INDIE
PASAGÜERO
Motolinía 33, Centro Histórico T. 5512 6624
De jueves a sábados desde las 22 horas Cover alrededor de 50 pesos
HOTEL VERREYES
Izazaga 8, Centro Histórico T. 5208 4400
Cover: 50 pesos
LA FAENA
Venustiano Carranza 49, Centro Histórico
Cover variable
FACTORY
Jalapa 37, esq. Puebla, Roma T. 5208 4400
De jueves a sábados de 21 a 3:30 horas Cover: 100 pesos, mujeres gratis de 21 a 23 horas
LAS BANDAS A RASTREAR
AUSTIN TV
Cinco chicos igualmente tímidos y llenos de angustia salen al escenario vestidos de conejitos, vendedores de donas o apicultores. Su música —en la vena de Mogwai, Explosions in the Sky o Tristeza— es emoción pura sin voz: montañas y valles a la vez tiernos y ruidosos que de algún modo han encontrado una resonancia brutal entre la generación de jóvenes que no conocieron el temblor de 1985 (www.austintv.org).
KLEMERZON
El klezmer es un género migrante montado en la diáspora judía: adonde éste llega, echa raíz en complicidad con la música local. El violinista Benjamín Schwartz ha reunido a una banda gitana que incorpora en su vagón el charango andino, el teclado tropical, las percusiones del darbuka y el batá y una que otra ironía posmoderna con ritmos de ska y surf. De hecho, el nombre Klezmerson es un juego de palabras con klezmer y son.
LOS DYNAMITE
En los últimos meses, la crítica y la tendencia han puesto su brújula en los oscuros años ochenta y la música que existió entre la decadencia del punk y el inicio eléctrico del new wave. El sonido seminal de bandas como Joy Division, Television y el David Bowie de aquellas eras ha sido clonado y reproducido en varias urbes del planeta. Desde México, Diego Solórzano, frontman de Los Dynamite rinde su tributo a esta etapa del rock y no por ser un émulo deja de ser excitante a la hora de escucharlo y bailarlo: agresivo, frenético… (www.noiselab.com).
ROBOTA
Sonido androide, análogo, asesino. Le sacan jugo de pila alcalina a todo un laboratorio de cacharros futuristas. No son “industriales”, sino post y krautrockeros, en la vena cableada de proyectos legendarios como Add N to (X) o Throbbing Gristle. Robota suena como una chica robot renuente a ser dominada por un trío de nerds que quieren violar su sistema (www.myspa ce.com/robota).
TWIN TONES
Una banda inusual en el panorama local, obsesionada con el viejo oeste y la música de Spaghetti West- ern. Su guitarra habilidosa y acordeón norteño hacen resonar el eco de los cañones desérticos con una evocación escénica que narra, a base de música instrumental y extractos de películas clásicas dobladas al castellano, la esencia de las persecuciones a lomo de caballo, la traición entre hermanos o la rivalidad entre indios y vaqueros (www.twintones.com.mx).
























