Sian Ka'an, turismo responsable en la Riviera Maya
Tulum Fotografía de Marty McLennan

Sian Ka'an, turismo responsable en la Riviera Maya

En 1986, en plena crisis devaluatoria y éxtasis mundialista, el presidente Miguel de la Madrid convirtió a Sian Ka’an en reserva de la biosfera; un año más tarde la Unesco la coronó Patrimonio de la Humanidad, y hoy los turistas que la conocen descubren que para disfrutar la maravillosa costa de Quintana Roo hace falta muy poco; si acaso, cuidarla para que no desaparezca.
Pocos son los antídotos eficaces contra la destrucción despiadada que muchos resorts mal planeados le han inflingido al área de Cancún. La Reserva de la Biosfera de Sian Ka’an es uno de ellos. Sian Ka’an, o “el lugar donde el cielo comienza”, es la reserva de la biosfera más grande de Quintana Roo. Como bien lo indica su etimología maya, en sus casi 530 mil hectáreas protegidas inicia una selva celestial donde más de 1400 especies de plantas, 800 de flores y un puñado de animales en peligro de extinción (jaguares, manatíes y tapires, entre otros) intentan sobrevivir a la depredación expansiva del turismo de la Riviera Maya. La supervivencia se logra a medias, pues es frecuente toparse con ruidosos vehículos 4x4 que, procedentes de Cancún o Tulum, recorren sin cuidado el único camino de la reserva, o con el típico alojamiento que se jacta de ecoturístico aunque siga contaminando y explotando a los locales. Con todo, se trata de uno de los pocos lugares de la zona donde se hace un esfuerzo por atraer un turismo más responsable que intente convivir con la naturaleza, y no sólo dominarla.

Si bien se ha rastreado presencia humana en el área desde el 2300 a.C., Sian Ka’an ha permanecido siempre con una densidad poblacional baja. Durante la época de esplendor maya, sus canales y lagunas sirvieron como vías de tránsito entre las ciudades de Tulum y Muyil, pero en pocos casos se establecieron asentamientos permanentes. No es sino hasta la época independiente que se tienen señales de mayor penetración humana: en el siglo xix sirvió probablemente de refugio para los fugitivos mayas que escapaban de las autoridades durante la Guerra de Castas, mientras que en el xx hubo quien aspiró a convertirlo en centro productor de chicle, sin que el intento fructificara. No es de extrañar entonces que los animales se hayan sentido a sus anchas y que unas 340 especies de aves, un centenar de diversos mamíferos, decenas de reptiles y peces y hasta el mismísimo dios maya, el venerado jaguar, hicieran de este pedazo de cielo su casa.

¿PESCA INOCUA?
Una de las actividades más curiosas que se han puesto de moda, primero entre los extranjeros y ahora también entre los nacionales, es la pesca con mosca, aún llamada por muchos por su nombre original en inglés: fly fishing. Ésta consiste en capturar al pez pero sin matarlo, pues el objetivo para el humano, según me dicen, radica en la satisfacción de atrapar a un rival digno y no en la posterior deglución de la víctima. Así que, por extraño que parezca, una vez capturado, el animal se regresa al agua, no sin antes asegurarse de que no haya sufrido lesiones, en cuyo caso se conserva a bordo en algún tanque hasta que se haya recuperado. El recuerdo para la posteridad es, si acaso, una fotografía del pez antes de ser devuelto o, para los menos tecnológicos, el simple testimonio de los presentes. Ahora que, ya entrados en materia, me surge la duda: en un ambiente que se precia sustentable y respetuoso con la naturaleza, qué tan necesario es hacer pasar al pobre pez por el exhaustivo trauma de una posible captura.

En todo caso, el asunto tiene también su parte artística, pues el pescador debe crear su propio anzuelo: una atractiva mosca. Para que el pez caiga en la trampa, se necesita un señuelo llamativo y suculento y no cualquier baratija amorfa, por lo que se utilizan materiales de primera: plumas de avestruz, pelos de venado o conejo, hilo sintético y la infaltable chaquira (entre más brillante mejor) para hacer los ojos. Los más hábiles logran terminar hasta cinco moscas por hora. Los principiantes se terminan conformando con comprar su producción a los primeros.

Pero hasta la más hermosa mosca pierde su efectividad si el pescador no sabe hacerla bailar con gracia. El punto es copiar a la perfección el movimiento del insecto en su contacto con el agua, lo cual resulta difícil con una línea de cinco metros de largo, pero es que de otra forma el pez ni siquiera se acerca. Además, a diferencia del humano, el pez suele no cometer el mismo error dos veces. Si ya ha sido previamente capturado con una mosca parecida, no vuelve a tragarse el anzuelo, literalmente. En la laguna de Sian Ka’an se encuentran cuatro especies que son el deleite de los deportistas: el macabí, el sábalo, el robalo y la palometa. Al parecer el primero resulta fácil de atrapar, por dócil y abundante, mientras que la última se escabulle con facilidad y se muestra siempre más inteligente y sensible al ruido. La máxima aspiración de los fanáticos es conseguir el codiciado “súper grand slam”, que consiste en capturar las cuatro especies en un mismo día.

AL AGUA
A aquellos a quienes la pesca les tiene sin cuidado, por más que se la maquillen, Sian Ka’an les ofrece muchas otras alternativas. La mejor: recorrer el lugar en lancha. Si bien casi cualquier local hace las veces de experimentado guía, Pancho, el de Pesca Maya, se ha convertido para nosotros en mentor imprescindible. Fuerte, bajito, regordete y amable, se esfuerza siempre por complacer a su tropa citadina. Con una habilidad sorprendente, conduce entre los laberínticos manglares, señalando tucanes, loros, cormoranes y parando el motor en el momento justo para alcanzar a ver cocodrilos, tortugas y hasta los escurridizos manatíes.

Entre las actividades acuáticas destaca por sobre las demás el buceo y el esnórquel a lo largo de los 100 kilómetros que forman parte del Gran Arrecife Maya. No se necesita ir muy profundo para observar peces multicolores, caracoles, esponjas, estrellas y caballitos de mar, erizos, langostas y tortugas. También se alquilan kayaks, tanto de día como de noche, para adentrarse en el mar o la laguna, y por supuesto se puede nadar en cualquiera de las playas y los escondidos cenotes. La arqueología también se hace presente con alrededor de una veintena de sitios que, por no estar excavados ni señalizados, requieren de guías para su visita.

El centro de operaciones para equiparse y organizar cualquier actividad se localiza en el único poblado de la reserva: Punta Allen. Sus menos de medio millar de habitantes se han organizado en diversas cooperativas turísticas que ofrecen excursiones diarias, de acuerdo con la demanda. Entre ellas destacan Las Boyas (T. (984) 877 8017), Los Gaitanes (T. (984) 877 8405) y Vigía Grande (T. (984) 877 8485). Todas son fáciles de encontrar a pesar de contar con la misma imprecisa dirección: domicilio conocido. Para dormir hay de todo: desde arena blanca para colocar la tienda de acampar hasta lodges exclusivos, escondidos entre los matorrales a lo largo del único camino. Dos buenas opciones intermedias, que ofrecen instalaciones limpias, agradables y que limitan su impacto ambiental son el Centro de Visitantes Sian Ka’an (Carretera Tulum-Punta Allen Km. 15; T. (998) 898 3883; www.ecotravelmexico.com/Centro_de_visitantes.htm#1; desde 62 dólares), que ofrece cinco habitaciones con baño compartido y una suite con baño y balcón privados; y el Centro Ecológico Sian Ka’an (Carretera Federal Cancún-Tulum 68; T. (984) 871 2499; www.siankaan.org; desde 55 dólares), un puñado de tiendas sobrepuestas en plataformas y equipadas con cómodas camas e impecables baños secos. Ambas tienen un buen restaurante y ofrecen interesantes tours.

Si prefiere comer más barato, dentro de Punta Allen casi cada cooperativa cuenta con su propio restaurante y muchas mujeres cocinan sobre pedido. La especialidad de la casa siempre será la langosta en todas sus presentaciones, pues la pobre, a diferencia de los peces, no cuenta con ningún tipo de pesca deportiva que la proteja.

CÓMO LLEGAR
Hay dos caminos a medio pavimentar que llevan a la reserva: uno parte de Tulum y el otro de la ciudad de Felipe Carrillo Puerto. De Tulum, siga los señalamientos hacia la Zona Hotelera hasta conectar con el desvío que lleva a Punta Allen, a donde llegará después de 50 kilómetros de arena y baches (sobre todo en temporada de lluvia). Desde Carrillo Puerto, siga las señalizaciones rumbo a Vigía Chico o El Playón. Tras 70 kilómetros se acaba la carretera. No hay de otra que estacionarse y tomar una pequeña lancha colectiva que en 10 minutos lo deja en Punta Allen. Por este lado no hay manera de cruzar con el vehículo.
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