Brasilia de adelante para atrás
Catedral Metropolitana Fotografía de Patrick Grosner

Brasilia de adelante para atrás

Brasilia es una de las pocas ciudades del mundo planeadas en papel. Y sólo hoy, 45 años después de que sus creadores Oscar Niemeyer y Lucio Costa la dejaran lista y reluciente, podemos ver cómo las contradicciones de la sociedad brasileña, y también su sabor, envuelven lo que sigue siendo una sublime utopía arquitectónica sesentera.
Por Raúl Juste Lores | noviembre 2006 | Tags: , , ,
Hubo un tiempo en que Brasil fue la China de hoy. El país del futuro, la tierra de una nueva civilización con democracia que, encima, evocaba sensualidad y mucha gracia. Todo sucedió a mediados del siglo xx. En 1958, Brasil fue campeón por primera vez de un Mundial de futbol; los entonces jóvenes Tom Jobim y João Gilberto seducían a los Estados Unidos con su bossa nova, y Orfeo negro, la película basada en la obra teatral de Vinicius de Moraes, se llevaba la Palma de Oro de Cannes en 1959, y el Oscar en 1960. El país era conducido por Juscelino Kubitschek, un presidente carismático y ambicioso que contagió a todos con su visión, y la economía crecía hacia tasas increíbles de 10 por ciento anual.

En ese preciso contexto el país produjo su propia versión de la modernidad y, en 1960, exactamente el 21 de abril, fue inaugurada Brasilia, la nueva capital, salida de la imaginación de los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa. Brasilia es la representación visual de los años cuando Brasil era el futuro, y al contrario de la Shanghai de hoy, donde las autopistas y los rascacielos al estilo de Flash Gordon son lo moderno, Brasilia optó por una sencillez sofisticada.

El proyecto de cambiar la capital al interior del país existía desde principios del siglo xix, entre otras razones para poblar el vasto e inhabitado territorio del centro oeste. La idea fue aprobada en los años cuarenta, pero hizo falta el empuje de Kubitschek para llevarla a cabo. Su eslogan era “50 años de progreso en 5 de gobierno”. En 1956, su primer año de mandato, se hizo el concurso para la presentación de proyectos para la capital. De los 26 inscriptos, ganó el de Niemeyer y Costa. Y en tiempo récord: menos de tres años, se construyó la ciudad que tiene la forma de un avión.

Le Corbusier y de la Bauhaus buscaban por medio de su modernismo, la funcionalidad, el racionalismo y borrar la carga del pasado, democratizar la arquitectura y utilizar el diseño con ayuda de la tecnología, para mejorar la vida del hombre moderno. Brasilia logró una monumentalidad liviana, que parece flotar, con docenas de edificios públicos, casi todos con pocos pisos de alto, y muchos de ellos revestidos en vidrio, transparentes y frágiles.

Pero como muchas otras cosas nacidas en los años sesenta, el sueño de Brasilia duró poco. El golpe militar que sufrió Brasil en 1964 transformó a la islita utópica en búnker de los dictadores brasileños, que encontraban allí un sitio para evitar cualquier manifestación callejera de protesta, y el crecimiento desordenado provocó que la ciudad exhibiera lo peor de la inequidad brasileña. La Brasilia oficial, muy verdosa, de edificios con espacios generosos y avenidas anchas propuesta en el plano piloto de los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa, es una realidad para 350 mil habitantes privilegiados. En sus alrededores, se amontonan las llamadas ciudades satélite donde malviven 1 millón 800 mil habitantes, los más pobres que hacen funcionar a Brasilia.

Pero si el modernismo no hizo la revolución social que sus creadores soñaron, por lo menos en arquitectura sus logros son evidentes. Una generación de defensores del modernismo domina la arquitectura contemporánea: Frank Gehry, Zaha Hadid y Norman Foster son fanáticos declarados de Oscar Niemeyer.

Dos o tres días son suficientes para conocer Brasilia. Todavía se vive como en una ciudad pequeña, con poco tránsito, escasos turistas, y no hay multitudes.

Uno debe empezar por la Plaza de los Tres Poderes, donde están el Palácio do Planalto —el sitio donde trabaja el presidente (abierto los domingos en la mañana)—; el Supremo Tribunal Federal y el Congreso Nacional, con sus dos torres gemelas y cúpulas de formas invertidas, donde funcionan los plenarios de la Cámara y del Senado. En el subsuelo de la plaza, el Espacio Lucio Costa tiene una enorme maqueta de Brasilia, con diseños originales y textos del urbanista que diseñó la ciudad.

Desde la rambla del Congreso Nacional uno debe mirar a la ciudad. De espaldas a sus dos torres (de 28 pisos, las únicas altas del proyecto original), es conmovedor el cielo azul rabioso que se abre. En pocos lugares como aquí no se tiene la dimensión del gigantismo de Brasil, la impresión del horizonte infinito, apenas interrumpido por una ciudad plana.

DREAM TEAM DEL ARTE BRASILERO
El Ministerio de Relaciones Exteriores es probablemente el edificio más lindo de la capital. Conocido como Itamaraty (T. 55 (61) 3411 6148; visitas guiadas todos los días de la semana), parece flotar en un enorme espejo de agua, con plantas tropicales del Amazonas. En el agua, brilla la escultura Meteoro, de Bruno Giorgi, hecha en una sola pieza de cuatro toneladas de mármol de Carrara. En el interior del edificio se mezcla la naturaleza abundante con una de las mejores colecciones públicas de arte moderno del país. Hay esculturas de Maria Martins y Víctor Brecheret y cuadros de Portinari, Volpi y Franz Post. El lobby del Itamaraty tiene un jardín de plantas amazónicas diseñado por Burle Marx, el gran paisajista brasileño. Además de jardines por toda Brasilia, creó el Aterro do Flamengo en Río, las olas dibujadas en los ladrillos de las veredas de Copacabana, y el principal parque de São Paulo, el Ibirapuera.

Cerca de allí, el ateo Oscar Niemeyer creó la original Catedral Metropolitana (T. 55 (61) 3224 4073). El interior sorprende al visitante, por ser muchísimo más grande de lo que uno imagina al verla por fuera, por los vitrales multicolores de Marianne Peretti, y los ángeles colgados del techo, obra de Alfredo Ceschiatti. Fiel a los ideales modernistas sobre el diálogo entre las artes, Niemeyer invitó a un dream team del arte brasileño de los años cincuenta y sesenta para colaborar en todos sus edificios.

Muchísimo menor, pero de una belleza tierna, es la primera iglesia de la ciudad, la pequeñísima Virgen de Fátima (EQS 307/308; T. 55 (61) 3242 0149), de 1958. Su forma recuerda a la capucha del hábito de una monja. Está erguida desde el suelo y revestida de azulejos dibujados por el artista plástico Athos Bulcão. Queda en una de las superquadras (súper manzanas) originales y mejor conservadas de Brasilia, con edificios residenciales hechos por Niemeyer. Para llegar a la igrejinha (iglesita), es necesario tomar un taxi. Los demás edificios principales están relativamente cerca, dentro del llamado Eje Monumental, y pueden conocerse caminando.

El hecho de que sea necesario tomar un taxi para casi todo en la ciudad comprueba que si la arquitectura envejeció muy bien, el urbanismo atrae las mayores críticas al proyecto de Brasilia.

La idea original planteaba que hubiera barrios para vivir y sectores para trabajar donde se encuentran los hoteles. Pero eso es exactamente opuesto al sistema no planificado de las mejores ciudades del mundo, desde Manhattan a Madrid, donde las funciones de los barrios se mezclan y hay buenos sistemas de transporte público. En cambio, poca gente camina en Brasilia. En eso, se parece a las tristes ciudades norteamericanas con la vida confinada a malls, highways y suburbios.

Las tiendas y restaurantes, en su mayoría, están lado a lado en “manzanas comerciales”, dentro de cajitas de concreto que parecen salidas de alguna ciudad comunista del este europeo.

UNA ARQUITECTURA CON FECHA
Sin embargo, esas faltas son fácilmente comprensibles si se sitúan en el contexto de una época que, como cualquier otra, cometió errores al buscar sus utopías. En 2046, cuando se estudien los lejanos años sesenta del siglo xx, Brasilia será para la arquitectura lo que los Beatles fueron para la música o la minifalda para la moda; un símbolo vivo de una época empapada en modernidad, donde había que descubrir “lo nuevo”, abandonar el pasado y buscar lo mejor para el hombre del futuro.

‘‘La divulgación de las fotos de sus principales edificios cautivó una generación que nunca había visto un palacio presidencial de vidrio, o edificios oficiales más parecidos a esculturas”, dice el crítico de arquitectura André Correa do Lago, miembro del consejo del Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMa.

Claro que los Beatles desaparecieron, aunque Vietnam no fue la última de las guerras y la liberación sexual se resintió debido a la llegada del sida una década y media después.

Hace pocos años, una comisión de diputados chinos visitó Brasilia. Se rieron al ver el Palácio do Planalto. “¿Cómo trabaja el presidente en ese pequeño edificio de vidrio, transparente, casi a ras de suelo?” No podían creerlo. Pero en un mundo donde Bush y el Partido Comunista chino son las dos únicas potencias posibles, Brasilia es la prueba de que alguna vez fue más fácil soñar.

GUÍA PRÁCTICA
La ciudad todavía no tiene buenos museos ni una gran vida cultural y nocturna. Es, irónicamente, más bien provinciana. Las mejores exposiciones están en los centros culturales del Banco do Brasil (SCES, trecho 2, lote 22; T. 55 (61) 3310 7087; martes a domingos de 12 a 21 horas) y en la Caixa Económica Federal (Setor Bancário Sul, Quadra A; T. 55 (61) 3414 9452; martes a viernes y festivos, de 9 a 19 horas). Durante los fines de semana y feriados, es un buen programa visitar la Feria de la Torre de artesanía brasileña. Allí está la Torre de Televisión. Su mirador, a 75 metros de altura, ofrece una buena vista de la ciudad (Eixo Monumental Oeste; T. 55 (61) 3325 5735; lunes de 14 a 18:45 horas y de martes a domingos de 8:45 a 18:45 horas).

DÓNDE COMER
ALICE
Shin QI 11 Conjunto 9, Casa 17, Lago Norte
T. 55 (61) 3368 1099
F. 55 (61) 3368 5584
www.restaurantealice.com.br
Viernes y sábado por las noches.
Alrededor de 50 dólares por persona.

Este restaurante francés es uno de los mejores de la capital. Es fundamental reservar porque el lugar es pequeño. El coq au vin con tartelette de guayabada (dulce de guayaba) es muy bueno, al igual que el jabalí, que hay que pedir con antelación.

ZUU
210 Sul, Bloco C, loja 28
T. 55 (61) 3244 1039
El menú degustación, con 6 platos, cuesta 80 dólares por persona.

El contemporáneo Zuu de la chef Mara Alcamin, discípula de Ferrán Adrià, es pequeño y concurrido. Nada es lo que parece, y el menú cambia a menudo. Ella se atrevió a modificar el plato más típico brasileño: la feijoada, sirviendo frijoles blancos y arroz negro, además de la caipirinha con textura de gelatina. Entre sus mesas hay pipas de narguilé (con menú de tabacos).

CARPE DIEM
104 Sul, Bloco D, loja 1
T. 55 (61) 3325 5300
Aproximadamente 30 dólares por persona.

Para quienes gusten de la feijoada más tradicional, éste es el mejor sitio, el más grande y popular. Es servida los sábados como manda la tradición. En los otros días hay buenos pescados, como el lenguado crocante y risotto con castañas del Pará.

HANÁ
408 Sul, Bloco B, loja 35
T. 55 (61) 3244 9999
Lunes a jueves, de 12 a 15 horas y de 19 a 24 horas; viernes y domingos de 12 a 16 horas y de 19 a 1 horas.
Aproximadamente 25 dólares por persona.

Brasil tiene la mayor colectividad japonesa fuera de Japón, y el chef de Haná se permite ciertas libertades con la comida japonesa, incluso haciendo sushi de plátano con canela, y muchos otros ingredientes brasileños.

DÓNDE DORMIR
BLUE TREE TOWERS HOTEL
SHT Norte, trecho 1, conjunto 1B, bloco C
T. 55 (61) 3429 8000
Habitación doble desde 250 dólares.

El mejor hotel de la ciudad, por ser más moderno que los otros —en su mayoría construidos en los años 60—. Elija las habitaciones que tienen vista para el lago Paranoá. Desde ahí se ve muy bien el lindo Palácio da Alvorada, residencia del presidente de Brasil, cerrado a las visitas.
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