Ronda por los Hoteles-Palacio de Londres
Fotografía de John Brunton

Ronda por los Hoteles-Palacio de Londres

En una época en que el concreto austero, las tinas de líneas rectas y la iluminación invisible resultan perfectamente aceptables en suites que cuestan miles de dólares, resulta más entretenido que nunca recobrar aquel impulso que, en Londres, llevó a los hoteleros de los siglos XIX y XX a erigir suntuosos palacios para hospedar a la aristocracia de la época.
Nadie podría disputarle a Londres el título de “capital de los grandes hoteles” u “hoteles palacio”, como también se les conoce. Instituciones como el Ritz, el Savoy, el Claridge’s, y The Dorchester se han convertido en atracciones turísticas por derecho propio. Y aunque el presupuesto no alcance para hospedarse en una suite, se puede ir al Ritz a tomar el té, al American Bar del Savoy por cocteles, o tomar un clásico desayuno inglés en The Dorchester.

Por alguna extraña razón, ese mundo pomposo y anticuado sigue siendo sumamente seductor, como volver a los días de gloria en que el sol nunca se ponía en el imperio, y cuando los ingleses se regían por los gustos de la reina Victoria y no por los de la familia disfuncional de la actual reina Isabel; un mundo en que los primeros ministros eran personajes heroicos como Winston Churchill, con sus enormes puros y su capacidad para tomar un whisky tras otro, no como Tony Blair, quien a lo sumo se aloca con una ensalada macrobiótica.

THE RITZ
150 Picadilly;
T. 44 (171) 7493 8181;
F. 44 (171) 7493 2687;
www.theritzlondon.com

El legendario César Ritz, conocido como “el rey de los hoteleros y el hotelero de los reyes” fue el artífice de este edificio que semeja un château francés, domina Picadilly, y tiene vista a los jardines reales de Green Park y Buckingham Palace.

Abierto ante la aclamación de todo el mundo en 1906, hace precisamente 100 años, el lugar simplemente exuda glamour. Y nunca ha dejado de estar bajo los reflectores: a principios del siglo XX, el rey Eduardo VII tuvo el descaro de cenar con su amante Mrs. Keppel en el salón Marie Antoinette y, en tiempos recientes, el príncipe Carlos hizo su primera aparición en público con su nueva esposa, Camilla Parker-Bowles, en una cena en el Ritz.

La buena noticia es que hay maneras de que el ciudadano común experimente, al menos una vez en la vida, la experiencia del Ritz. Eso sí, no se admiten pantalones de mezclilla ni tenis, y los caballeros deben vestir saco y corbata.

Adentro, el lobby está dominado por la gran escalera de mármol. César Ritz siempre insistía en tenerla en sus hoteles, para que las damas pudiesen hacer una entrada dramática y mostrar sus vestidos ondulantes cuando bajaran a cenar. Del otro lado está el escritorio del ocupado concierge —que, en el Ritz, se conoce todavía con el anticuado título de hall porter, y cuya vestimenta lo hace parecer más bien un elegante oficial del ejército, con sus guantes blanquísimos metidos en las hombreras.

El único indicador de que estamos en el siglo XXI es que ahora los empleados se comunican mediante discretos audífonos, de modo que el portero de afuera puede avisar inmediatamente sobre la inminente llegada de un dignatario o celebridad: nada sucede en el hotel sin que los hall porters lo sepan, y el head hall porter, Michael de Cozar, ha estado allí 37 años, con su hermano Louis como head luggage porter (encargado del equipaje).

Un par de puertas de cristal se abren del lobby hacia la gran galería del hotel, que inmediatamente transporta al visitante al suntuoso mundo de la decoración Luis XVI —candelabros, sillones de terciopelo, cortinas de ricos brocados, estatuas clásicas de mármol, mesas bañadas en oro—. A la izquierda, está la Palm Court, el lugar por excelencia para tomar el té de la tarde al estilo tradicional inglés. A la derecha, se aprecia el espléndido Rivoli Bar, de estilo art déco, perfecto para tomar cocteles al caer la tarde o cognacs al cerrar la noche; al fondo está el restaurante, donde se puede reservar para una cena gourmet que todavía incluye favoritos atemporales, como el pudín de filete y riñón (que en realidad es una especie de pie bañado en gravy), el pie de cola de res y cerveza Guinness, típico irlandés, o el soufflé Rothschild.

El arquitecto del Ritz creó la gran Palm Court como un exótico jardín de invierno, donde la luz natural pasa a través del techo de vidrio. Meseros impecables sirven té de Darjeeling, Earl Grey o de jazmín, acompañados de sándwiches, salmón ahumado y scones recién horneados con mermelada de fresa y clotted cream —algo intermedio entre la mantequilla y la crema— del condado de Devonshire.

Enfrente, el Rivoli Bar tiene una personalidad muy distinta a la del resto del Ritz. La decoración art déco es mucho más relajada que la del Palm Court, el ambiente es divertido y casual, y los caballeros pueden incluso entrar sin corbata.

El maestro de ceremonias ahí es el simpatiquísimo cantinero Alan Cook, un sudafricano que pasa sin esfuerzo de servir martinis a damas parlanchinas a encontrarle el rincón tranquilo para una pareja de estrellas de cine que no quieren ser descubiertas. Aunque le prepararán cualquier bebida que a usted se le ocurra, lo ideal es ordenar algún viejo coctel de champaña. Uno de ellos lleva el nombre del propio César Ritz, y se hace con armagnac, licor de durazno, granadina y champaña.

THE SAVOY
The Strand;
T. 44 (171) 7836 4343;
F. 44 (171) 7240 6040;
www.savoy-group.co.uk

Lo único que delata al Savoy es el flujo constante de limusinas que se deslizan por su discreta entrada: en un gesto de excentricidad típicamente inglesa, es el único lugar del país donde los carros viajan del lado derecho. Pero si bien por afuera no apantalla tanto como el Ritz, por adentro su lobby de mármol provoca de inmediato la sensación de estar en un hotel legendario.

El famoso empresario victoriano Richard D’Oyly Carte fundó el Savoy Theatre para mostrar las óperas de Gilbert and Sullivan. Al ver el inmenso éxito, decidió que el público necesitaba un lugar para quedarse después del espectáculo, y cinco años más tarde, en 1889, inauguró al lado el Hotel Savoy, que dejó a la sociedad londinense boquiabierta con su iluminación cien por ciento eléctrica y la gran cifra de 67 baños.

Para manejarlo, se trajeron al ubicuo César Ritz de París, y la cocina se puso en manos de Auguste Escoffier, el famoso chef que a principios del siglo XX popularizó la alta cocina francesa.

Hay centenas de anécdotas respecto a los extravagantes huéspedes: en 1905, se hizo una recreación de Venecia con 400 lámparas Fortuny y una góndola tapizada en seda decorada con doce mil claveles, para albergar un gondola dinner, donde Caruso entretuvo a los invitados. Pavlova bailó en el Savoy, maharajás y sus cortes se quedaban ahí por varias semanas, Winston Churchill cenaba en su restaurante al menos una vez a la semana, Monet pintó el Támesis desde uno de los cuartos y, más recientemente, Elton John inundó un piso al dejar el agua de la tina correr mientras hablaba por teléfono.

Actualmente el mejor lugar para sentir la gloria desvanecida del hotel es instalarse en uno de los cómodos sillones del maravilloso American Bar. Sus cocteles son legendarios, acompañados de botanas tradicionales británicas como el Welsh Rarebit (pan con queso fundido, a veces preparado con cerveza o mostaza) y los Devils on Horseback.

El famoso restaurante del Savoy, con vista al río, está cerrado en espera de una renovación, pero de todos modos abre todos los domingos, cuando el jet set de Londres se da cita para tomar el brunch y escuchar excelente jazz.

THE DORCHESTER
Park Lane;
T. 44 (171) 7629 8888;
F. 44 (171) 7409 0114;
www.dorchesterhotel.com

Construido en la década de 1930 como un hotel de lujo “destinado a ser el más refinado de Europa”, el Dorchester puede que no sea el más famoso de los hoteles-palacio de Londres, pero su opulencia y su clientela de ricos y famosos es difícil de igualar. Fue el hotel favorito de la reina madre, el príncipe Philip hizo ahí su despedida de soltero antes de casarse con la reina Isabel y Dwight Eisenhower planeó la invasión de Normandía del día D desde una de sus suites.

El actual propietario es el sultán de Brunei, y su folleto de presentación desglosa su filosofía: “Llamar hotel al Dorchester es como llamar a la champaña ‘bebida gaseosa’, o al caviar un relleno de sándwich. El Dorchester rechaza el lujo soso a favor de una desvergonzada celebración de la opulencia”. Y lo peor de todo es que es cierto.

En los años cincuenta, el hotel contrató al legendario diseñador de teatro Oliver Messel para diseñar una serie de suites, y la que lleva su nombre —reservada por Liz Taylor y Richard Burton para su luna de miel— hay que verla para creerlo, incluso tiene un asiento de excusado cubierto de hoja de oro.

Pero la experiencia más inolvidable es desayunar en el Grill Room, que es una mezcla entre un palacio español y una capilla barroca. O tomar el examen por excelencia de los gastrónomos entusiastas, quienes ordenan sin preguntar el kedgeree, un cremoso risotto al curry con abadejo ahumado, que era el platillo favorito de los gobernantes coloniales del Raj británico. Y verá cosas raras, como cuando un mesero soberrimo, vestido de frac, toma una orden de huevos revueltos cubiertos con una pila de frijoles: en el Dorchester el cliente siempre consigue lo que quiere.

CLARIDGE’S
Brook Street;
T. 44 (171) 7629 8860;
F. 44 (171) 7499 2210;
www.claridges.co.uk

El Claridge’s tiene fama de ser uno de los hoteles más eminentemente respetables e intachables de Londres. Inaugurado en 1812 con el nombre de Mivart’s, el rumor de la época era que James Edward Mivart estaba actuando probablemente bajo la autoridad real para establecer una residencia que recibiera a la realeza extranjera —nobles y diplomáticos— con instalaciones a la altura de su rango, pero sin perder el ambiente y la discreción de una casa privada. El hotel ocupaba cinco casas en el corazón del barrio de Mayfair y se forjó una gran reputación entre aquellos que buscaban el anonimato.

En los años 1850 el hotel fue adquirido por la familia Claridge y pasó por su primera renovación significativa con el cambio de siglo, para poder competir con el Ritz y el Savoy. Luego, en los años treinta, los dueños transformaron el hotel en una deslumbrante celebración del diseño art déco, con los mejores artesanos británicos de la época. A pesar de las obvias demandas de modernización del siglo XXI, el Claridge’s permanece prácticamente intacto, excepto porque el célebre chef Gordon Ramsey abrió un restaurante en el lobby, y porque muchos de los huéspedes deciden seguir el ejemplo de Tony Blair, quien se hizo fotografiar mientras cenaba en la mesa privada del chef en la cocina.

MANDARIN ORIENTAL HYDE PARK
66 Knightbridge;
T. 44 (171) 7235 2000;
F. 44 (171) 7235 2001;
www.mandarinoriental.com/london

Si bien no es tan impresionante como su vecino, el almacén Harrods, este imponente hotel de ladrillo rojo ha pasado por una suntuosa renovación de 57 millones de dólares a cargo de la cadena Mandarin Oriental, líder en el negocio de la hotelería de lujo, que sin duda logró devolverle su antigua gloria.

Con vista a Hyde Park de un lado, y al elegante barrio de Knightsbridge del otro, el hotel fue construido originalmente en 1889 como la más inglesa de las instituciones: un exclusivo club de caballeros, donde las mujeres no podían cruzar la puerta y los miembros se entregaban a sus placeres entre espléndidos salones, restaurantes, cuartos de snooker y billar.

Transformado en un gran hotel, con el cambio de siglo se volvió el lugar favorito de la familia real. La reina Isabel aprendió a bailar en el hotel Hyde Park, el príncipe Philip hizo ahí recepciones para sus amigos del polo y el príncipe Carlos y la princesa Ana venían seguido con sus hijos a la hora del té. Hoy las atracciones son un tanto más sofisticadas. El Mandarin abrió el mejor spa de Londres, y su restaurante Foliage combina un menú gourmet con vistas imbatibles de Hyde Park, que incluso pueden llegar a incluir miembros de la guardia real montada, trotando camino al Palacio de Buckingham.

Además, los huéspedes pueden pedir una canasta para picnic personalizada: el lacayo del hotel la lleva hasta la sombra de uno de los árboles de Hyde Park, donde desplegará manjares como langosta escocesa poché, filete Wellington, queso de Stilton y fresas con clotted cream, otra de las fieles tradiciones que se resiste a cambiar.

*Traducción de Claudia Itzkowich
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